Gustavo Cerati es uno de esos músicos que aparecen muy de vez en cuando. En la biografía Algún tiempo atrás (Grijalbo, 2023), el periodista Sergio Marchi (Buenos Aires, 1963) recupera la parte más luminosa de este argentino excepcional.
En exclusiva, el autor nos brindó la primera entrevista acerca de su libro.

Sergio Marchi ha trabajado en medios gráficos, radiofónicos, televisivos y virtuales. Entre sus libros se encuentran No digas nada. Una vida de Charly García (1997), Room service. La escandalosa vida de las estrellas de rock (2014) y Spinetta. Ruido de magia (2019).
Algún tiempo atrás es un recorrido por las sesiones de grabación de los discos de Soda Stereo y de Cerati como solista. El libro abre con capítulos introductorios que se centran en la infancia y la adolescencia del músico, mismos que aportan luz al personaje, aunque en ocasiones se nos presenta difuso. He aquí el diálogo que sostuvimos con Marchi.

¿Es difícil separar a Cerati del misterio?
Yo no lo siento misterioso. Fue un producto de su época que también fue la mía. Claramente era un súper dotado en lo musical, un muchacho muy inteligente y un artista íntegro e integral. Si Charly García fue Maradona, con lo bueno y lo malo, Gustavo Cerati fue como Messi en el último mundial de fútbol.
Me parece que Cerati no era sólo un músico, un compositor, un cantante famoso, sino una especie de médium. En sus metáforas y rimas se esconden, a mi modo de ver, mensajes espirituales llenos de significado. ¿Estás de acuerdo?
Hasta cierto punto. No lo veo como un chamán, pero sí como alguien dispuesto a experimentar la magia. Creo que sus letras se pueden leer en varios niveles, hay juegos de palabras y mucho ingenio. Por otro lado, él era muy práctico, con los pies en la tierra, pero estaba interesado en las estrellas, en los estados de realidad no ordinarios, en la sabiduría de viejas culturas (sobre todo las mexicanas: mayas y aztecas) y en la religión, sin ser religioso.
En el disco Amor amarillo hay un agradecimiento a Alejandra Pizarnik, una referencia a Poe en “Corazón delator”; estaba Rodolfo Fogwill en su librero y algunos trabajos poéticos y ensayísticos de Brian Eno, pero no conocemos más. ¿Qué leía Cerati?
Gustavo leía todo lo que le llamara la atención; una costumbre que tenía desde chico. Le gustaban las enciclopedias y los atlas. Su mamá, Lilian, era muy lectora; entonces, leía los libros que estaban en su casa. Ahí abordaba cosas más literarias y poéticas. Sé que leyó mi libro sobre Charly García y me agradeció mucho que se lo regalara.
¿Era un hombre melancólico?
No, pero depende que entendamos por melancolía. Si es añoranza del pasado, definitivamente no lo era. Pero le gustaba el color de la melancolía en las melodías, buscaba la emotividad. No era triste, lo recuerdo con muy buen humor, no era de quejarse, pero sí de buscar la perfección.
A lo largo de su vida, Cerati estuvo en indagación con la cosmogonía; pasó por la Cábala, el budismo y la filosofía judeocristiana. ¿Qué me puedes decir de esa búsqueda de un “símbolo de paz”, como diría Charly García?
A Gustavo le atraía todo eso, pero saltaba en sus intereses como quien va de piedra en piedra. Lo constante es la búsqueda de cierta espiritualidad, pero no se quedaba con una sola e iba investigando entre las cosas que le encendían la imaginación. Un artista sin curiosidad es simplemente un músico más y él fue un artista maravilloso que siempre buscó nutrientes para su imaginación.
De Bocanada, Cerati dijo que “es un disco en el que la melancolía juega un papel muy importante, pero intento que nos lleve hacia una situación eufórica a través de la catarsis”.
Es verdad que Bocanada era un disco con melancolía. Era muy diferente a lo que había hecho con Soda Stereo y fue una apuesta muy arriesgada. Podría haber seguido abrazado a lo que hizo con Soda que era fórmula segura, pero decidió intentar algo diferente. Eso sólo lo hace un artista de raza.
Cerati aseguraba haber compuesto su canción “Raíz” tras una experiencia con ayahuasca. ¿Llegó a comentarte algo al respecto?
No. Y es que esas experiencias son intransferibles. Me contó de su paseo por México con un chamán, aprendiendo a reconocer el peyote, y que el chamán le dijo que cuando viera el primero, vería todos los demás. Pero que el primero no había que comerlo. También me dijo que cuando lo contó en un medio mexicano titularon: “El peyote inspiró a Cerati”. A él no le gustó, le pareció como una devaluación de la seriedad con la que él hacía esa búsqueda espiritual.
Gustavo Cerati probó diferentes alucinógenos: “He experimentado cosas en la selva, en el Pacífico, en Oaxaca, con psilocibina (hongos)”. ¿Tienes algún referente de ello?
No recuerdo, pero sí que él era muy investigador, le fascinaban los estados de realidad fuera de lo ordinario. Seguramente leyó Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, pero toda nuestra generación lo hizo, porque Luis Alberto Spinetta, el ídolo de Gustavo cuando era adolescente, siempre lo recomendaba. El nivel más espiritual del rock argentino lo señaló Spinetta.
También encontró algo en el pulque: “La tierra de México tiene cosas muy fuertes; una vez me tomé un pulque y es una de las bebidas más alucinógenas que he tomado hasta ahora”.
Gustavo adoraba México que tiene tantos misterios y es tan diferente a Argentina. No era un músico que se quedaba en el hotel con aire acondicionado, sino que enseguida estaba listo para salir a explorar. Y México tiene harto material para explorar, tanto misticismo, tanto misterio. Generalmente, el estereotipo de México para el extranjero es el mariachi; pero para los rockeros es toda esa cultura de magia, de diálogos con otros mundos, de conexión con los muertos.
A mi modo de ver, Gustavo Cerati fue un espíritu altamente evolucionado que vino a elevar la vibración de las multitudes con su música. ¿Qué piensas al respecto?
Los artistas no son conscientes de eso. Siguen sus instintos, tratan de saciar su curiosidad y encontrar el placer. Conectó con la gente porque Soda Stereo fue una banda extraordinaria y muy trabajadora que no dejó de esforzarse nunca. Fue el grupo exacto en el momento justo.