The United States of America: vanguardia estética y libertad

Desconcierto inicial: ético, político y estético.

Juventud inquieta. Sorpresa en el mercado de las grabaciones de música. Imagen nebulosa. La rara emoción de descifrar un enigma, como Edipo el del mito famoso o como el Kaspar Hauser de la leyenda romántica.   Querer resolver una inquietud.

Porque ¿cómo te quedarías tú, mi cuate, si de buenas a primeras, en el estante de la discoteca con las novedades de discos importados de rock, te encuentras uno titulado Los Estados Unidos de América y además ves que la banda que lo ha grabado también se llama así: Los Estados Unidos de América? Lógico, ¿no?, te sacas algo de onda, te quedas de a seis. Te inquietas en el alma o mente. Se te prende la maquinita de las interrogantes cruciales. ¿Qué cosa hacer ante este hecho?

Ya estás teorizando y especulando y algo más sobre la sociocultura, el espectáculo, las mercancías.

Esto sucede, para mayor claridad, en el año de 1969.   Hace más de media centuria.

Vives desde tus dieciséis años el incendio espiritual revolucionario que provocó el espíritu de emancipación del movimiento estudiantil internacional del año anterior. Te declaras cada vez más en contra del imperio del dólar, la guerra en Vietnam y todo eso de la mala fama avariciosa del Tío Sam y la explotación capitalista de la fuerza de trabajo. Lo que acabas de empezar a pensar y estudiar con atención, para tratar de entender mejor lo que pasó e imaginar con conocimiento lo que vendrá. Traes la greña hasta los hombros y te vistes con jorongo, ropa de manta, huaraches y muchos collares y botones de protesta. Ya no quieres ser químico industrial, ahora estudiarás economía. Porque quieres entender lo que se dice de Karl Marx y John Maynard Keynes, lo del comunismo y el capitalismo y el anarquismo.

Reacción: aquí hay gato encerrado. El disco que tienes en las manos no parece ser una cosa cualquiera. Revisas con atento cuidado neohermenéutico la portada cuadrada del disco en cuestión, donde ves contenido, dentro de un círculo de fotos, a un grupo de cinco músicos jóvenes con apariencia rockera; no se ven tan fresas y cuadrados como los Ermitaños de Herman o los Ohio Express ni tan guarros como los Pretty Things o las Madres de la invención de Frank Zappa; más bien te dan un aire entre Jefferson Airplane y los Who, muy cerca de Velvet Underground; pero estos cinco, con una mujer como vocalista, se encuentran en situación de generar su música más que nada con dispositivos electrónicos rudimentarios de esos tiempos, algo entonces muy de vanguardia. Hay a la vista en esas fotos un violín eléctrico, cosa rara aunque comprensible; pero no se ve a nadie con una guitarra eléctrica en las manos, cosa aún más rara y de principio inexplicable para ti. ¿Rock sin guitarras eléctricas? ¿Será posible?

Dudas de lo que ves y tienes en las manos, quieres entender, resolver tu desconcierto. Consideras que en este caso “Los Estados Unidos de América” puede ser un nombre sarcástico, un buen detalle de ironía política, una parodia satírica. Porque todo se ve raro en este disco; pero también todo se ve muy atractivo.

Crece la inquietud, aumenta la curiosidad.

Nada en este objeto se ve como las bandas militares chistosas del “espectáculo” de medio tiempo en los juegos colegiales de futbol americano de los EUA. Nada aquí parece glorificar a los marines que llegan, bombardean con napalm y se van. Nada. Más bien todo indica lo contrario.

Asombro poético. Se manifiesta positivo en tu juicio el espíritu de resistencia recién adquirido por la revuelta estudiantil impulsada el año anterior desde el Mayo de París.

Le das vuelta a la funda de cartón envuelta en papel celofán de este LP de vinil que te llamó tanto la atención y miras con cuidado el texto en lengua inglesa de la contraportada. ¡Buena noticia!, allí están las letras de todas las canciones. Con esto puedes comenzar a darte una idea más objetiva del contenido musical del disco. No cabe duda, son letras brillantes, de crítica social. No es rock chupa-paleta o masca-chicle. Incluso hay allí una canción dedicada al “Che (Guevara) muerto”, cosa de veras rara para un disco de la corporativa Columbia. Y en esos lejanos tiempos de tu adolescencia, tú también estabas lavado del cerebro por el mito romántico de ese mercenario argentino que sólo pensaba en matar seres humanos, dizque para cambiar con sangre derramada la historia y hacerla ser dizque de modo más correcto en forma torpemente dualista y homicida.

Eso fue lo que a mí me ocurrió un sábado allá del año 1969, cuando en la tienda Mercado de Discos, que estaba ubicada en la entonces Avenida San Juan de Letrán, que ahora se conoce como Eje Central Lázaro Cárdenas, allí,  en la misma manzana del centro histórico de la gran ciudad donde se encuentra situada, en la esquina con la calle Madero, la gran Torre Latinoamericana.

Así es como di efectivamente por sorpresa inesperada del mundo mercantil con ese extraño disco de larga duración de The United States of America, una obra memorable en la historia del rock y la música popular.

La mercancía que tenía en las manos esa vez me hizo trabajar muy en serio con el don de la racionalidad crítica y evaluadora, para decidir con un juicio sintético a priori, o sea, con una valoración estética hecha antes de poder escuchar su contenido, si lo compraba o no. Porque ese objeto plano y cuadrado no era un disco barato, valía casi el triple de uno de los discos nacionales. Y antes de pagarlos en la caja de la tienda, los discos importados de esa sección de la disquería no podían ser escuchados en las cabinas allí predispuestas para hacerlo con todos los nacionales. Porque la envoltura de celofán de estos objetos mercantiles simples estaba herméticamente cerrada y nadie los compraría por ese alto precio si viera que la envoltura estaba rota o de plano no estaba presente, porque eso además significaría que algún otro sujeto ya había usado y escuchado antes ese disco y que por algo de ve-tú-a-saber-qué-cosa-o-razón no lo quiso comprar; asuntos oscuros y sombríos del fetichismo de las mercancías que se relacionan en lo oscuro con el mito de la virginidad de las mujeres y la propiedad privada de los hijos y todo lo que se pueda revolver con egoísmo.

Cartesiano sin causa, dudé por un rato con ese disco en las manos, mientras miraba las fundas de los otros discos del estante, para ver si encontraba uno que me moviera a tener que dejarlo en donde lo había encontrado. Pero ninguno de los otros discos se veía más atrayente que ese de Los Estados Unidos de América que se llamaba también Los Estados Unidos de América. Así que fui a consultar con el encargado de esa sección de la tienda, un hombre mayor, siempre muy serio, pero amable, de más de setenta años, impecablemente vestido de traje, camisa blanca, corbata ad hoc y zapatos bien boleados.

Nos teníamos confianza comercial, porque cada semana buscaba allí un nuevo disco de rock y cuando dudaba de cuál comprar, él me ayudaba con buenos argumentos a decidir el mero bueno para mí, porque, pese a su edad, más de medio siglo mayor que yo, estaba muy bien enterado de lo que pasaba con lo que podemos llamar rock culto o de vanguardia, el rock que en Nueva York se vendía en las tiendas de discos de música clásica y que era su especialidad en Mercado de Discos. Lugar de la tienda en el segundo piso, a donde poca gente llegaba y era más fácil vigilar que los discos no fueran robados o abiertos para ir a escucharlos en las cabinas. Alguna vez supe el nombre del don ese, ¡lástima que ahora no lo recuerde! No por ello deja de estar en mi memoria.

De inmediato este encargado de esa parte de la disquería me dijo: “Ya te llamó la atención ese disco, ¿verdad? Realmente esperaba que así sucediera. Me da gusto conocerte como cliente de rock. Tú me ayudas a decidir qué tengo que traer a la tienda. Me he fijado que los que tú escoges cuando están recién llegados luego se venden bien. Y este disco lo pedí sólo en tres ejemplares, porque me llamó la atención lo que dicen de él personas que saben de música norteamericana experimental. Tengo uno de esos ejemplares en casa, lo he escuchado varias veces esta semana y no me desagrada para nada; más bien, me sorprende y tiene partes que me parecen memorables como música híbrida. Creo que es un rock más adulto que el Sargento Pimienta de los Beatles, aunque no sea tan complejo como uno de Soft Machine ni tan alocado como los de Frank Zappa. Es buena música electrónica de acuerdo con sus pretensiones. Las letras me parece que llegan a ser auténtica poesía. Te lo recomiendo de veras. No te decepcionará. No son los Estados Unidos de América que tú crees, son los Estados Unidos de América que a ti te hacen comprar discos como éste para hacerte más revolucionario y jipi. Escúchalo y piénsalo”.

Y así fue. Jaque mate a la duda activa. Sale y vale para la decisión efectiva. Me lo llevé a casa para conocer su contenido.

Desde la primera vez que lo puse en el tocadiscos de casa este extraño disco de Los Estados Unidos de América no me decepcionó para nada. Resultó mucho mejor de lo que me esperaba. Luego no he dejado de escucharlo con gusto infinidad de veces y siempre quedo admirado por su novedad duradera como concepto poético trascendental. Es una obra que da para gozar y pensar durante toda la vida, logra llenar de sentido el paso del tiempo. Razón más que conveniente para hablar de él en este espacio donde transmito mi memoria y experiencia de la tradición de resistencia contracultural en música, para que la gente más joven cuente con tal memoria necesaria y para que quienes son de mi vuelo no pierdan la memoria y el sentido de la acción.

* * *

Publicado a principios de ese mitológico año de 1968, el disco The United States of America (Columbia Records) fue grabado a finales del año anterior en la ciudad de Nueva York y es una obra en efecto excepcional dentro del rock experimental en la hora decisiva del buen rock en general, un atinado producto de ese momento espiritual. Se trata de una creación musical propia de la efervescencia política anarquista romántica y del ingenio soberano de su inspirador y productor, el entonces joven compositor norteamericano Joseph Byrd (1937), discípulo de Morton Feldman y John Cage, todo un personaje temperamental por sus ocurrencias y exigencias musicales y todo un artista comprometido con su tiempo por su perspectiva de izquierda justiciera.

Así que este álbum es una obra pop conceptual para tener muy presente a la hora de rememorar, evaluar y cuestionar la historia de la revuelta ética y estética que desde la música popular criticaba lo negativo de la realidad inmediata, una rebelión más que nada espiritual, que desde hace más de dos siglos avanza con diversos nombres y rostros, ofreciendo una fuerte crítica artística y poética al carácter negativo o salvaje de la globalización del capitalismo financiero digital, todas las promesas que la modernidad y la ilustración no han logrado cumplir. Una voluntad creativa colectiva, mundializada, donde la música de rock en lengua inglesa tuvo un papel determinante como vehículo transmisor entre 1950 y 1980.

Este significativo conjunto de rock experimental lo integraron por breve tiempo Craig Woodson (batería eléctrica y percusiones), Rand Forbes (guitarra bajo de cuello sin trastes), Gordon Marron (violín eléctrico, modulador en anillo y voces en “Where Is Yesterday” y “Stranded in Time”), Dorothy Moskowitz (voz principal) y Joseph Byrd (música electrónica, clavecín eléctrico, órgano, calíope, piano y voces). Se formaron como grupo musical para realizar específicamente este disco y duraron muy poco tiempo interpretándolo a la perfección en vivo, porque tenían proyectos de vida diferentes, lo mismo que puntos de vista éticos y políticos no necesariamente coincidentes; pero lo determinante para la desintegración de The United States Of America fueron, según parece, dos cosas. Primero, la personalidad conflictiva de Byrd, quien se consideraba líder y propietario de la banda, y luego el hecho concreto de que tres de sus miembros, los otros tres músicos varones, fueron detenidos por la policía al estar fumando mariguana, de forma que al concierto que daría la agrupación esa noche sólo se presentaron a tocar Moskowitz y Byrd como dúo.

Para la grabación del álbum se agregaron en el estudio dos importantes músicos: Ed Bogas (órgano ocasional, piano y calíope) y el jazzista Don Ellis (trompeta en “I Won’t Leave My Wooden Wife for You, Sugar”). La producción técnica estuvo a cargo de David Rubinson que supo hacer todo lo técnico de acuerdo con los requerimientos y expectativas de Joseph Byrd, quien, como ya se dijo, fue el originador de toda la idea o concepto organizador del disco, además de compositor y arreglista de la mayor parte de las piezas que lo componen.

Dorothy Moskowiitz (1940) y Joseph Byrd se habían conocido el año de 1963 en Nueva York, al compartir los círculos de la música de avanzada. Byrd trabajaba como compositor académico para músicos de vanguardia y Dorothu estudiaba canto en el Barnard College. Pronto establecieron una relación creativa y amorosa y tal fue el modo como comenzó a fraguarse lo que a la larga sería, después de mucho pensarlo y estructurarlo, The United States of America como grupo musical y como el único álbum conceptual que produjeron.

El concepto base era una idea de Byrd, quien quería formar una banda de rock que hiciera música electrónica y tuviera piezas de contenido político de izquierda radical, para integrar una comedia musical minimalista que criticara la superficialidad inmisericorde e hiperconsumista del “sueño americano”. Todo esto bien tramado con sus debidos toques psicodélicos y orientales de tonalidades jipis. El resultado, ya digo, nos entrega muy buena música popular estadunidense.

La estructura intelectual de esta obra se presenta como un mosaico de ensayos-poema sobre la vida de la clase media recién acomodada en los prósperos Estados Unidos de América después de la segunda guerra mundial, la base de la sociedad del bienestar acomodaticio de los años sesenta. Hay piezas musicales de esta obra en las que la crítica sobre la psicología de doble-moral egoísta compulsiva y hedonista del “sueño americano” es mordaz y profunda, como también hay otras en las cuales la crítica sociocultural se sublima y trasciende lo meramente negativo, al imaginar las utopías de amor y equidad que contradicen tal moralina y solipsismo. El concepto general del álbum, como teatro para la mente, une los sueños de paz y amor de la juventud psicodélica con los reclamos directos de la revolución política que busca cambiar la vida en lo profundo para transformar la historia en lo inmediato.

Para darle un contexto histórico específico, bien se puede considerar que este álbum camina en paralelo y en debate ilustrado indirecto con el ya mencionado Sargento Pimienta de los Beatles, del mismo modo como en lo subterráneo y duro dialoga con el Absolutely Free de Frank Zappa y sus Madres de la invención. El resultado se puede medir con esos dos ejes de coordenadas como referencia hermenéutica. El disco se diferencia del de los Beatles por lo extremadamente conceptista y académico de élite de su propuesta crítica y se diferencia de Zappa por no alcanzar su grave escepticismo cínico. Ni te manda a soñar con tu Disneylandia favorita ni te deja pensando en el suicidio como única salida digna de este caos en que estamos metidos.

Todo comienza con una presentación u obertura que nos transmite el sentido de la obra entera. El título de esta programática primera pieza del disco es “The American Metaphysical Circus” (“El Circo Metafísico Americano”), una alegoría circense sobre la sociedad que critican las canciones del álbum, un circo “psicoanalítico” y “espectacular” donde el precio del boleto de entrada es “tu mente”. Hay que renunciar a pensar por cuenta propia para poder considerar como normal el funcionamiento de la realidad cotidiana del proletariado consumista compulsivo. Y para despojarnos de nuestra mente propia está el diván psicoanalítico del doctor Frederick von Meier, nombre sarcástico por el origen austriaco y judío del psicoanálisis freudiano, como también, en una segunda connotación, con Hollywood como fábrica de sueños morbosos: “Estudios Metro-Goldwyn-Mayer”. Pero también este nombre de médico de la mente conecta en reflejo ultrabarroco con un filósofo y esteta alemán medio chiflado del siglo XVIII que creía que los animales tenían alma e inteligencia como los seres humanos, al grado de atribuirles lenguajes como el nuestro. El circo de que habla la canción es un lugar simbólico donde se tortura animales, un lugar donde la gente goza viendo el dolor de otros. La contradicción ética de poder gozar de verdad al causar el dolor ajeno también de verdad. Nos encontramos adentro de una maquinaria mental en la que el dinero, aquí y en China y donde sea, convierte en espectáculo gozoso cualquiera de nuestros vicios o desvíos perversos, porque nadie existe de verdad sin sentir esos turbios deseos; no importa lo raro o queer que se crea ser: con dinero todo deseo se puede hacer realidad, especialmente si es de veras algo perverso. En este circo nada está prohibido, a condición de que todo lo prohibido se realice como espectáculo mercantil y que al realizarse nos cause a la vez placer y culpabilidad, manchas y deudas. Tal es la metafísica del mundo donde predomina el egoísmo hedonista y maniqueo, la esquizofrenia que impone la distinción entre dinero y mercancía como lo “invisible” y “esencial” de la propiedad privada. Pero hoy día la alegoría del circo se vuelve oscura, pues este espectáculo se encuentra en vías de extinción.

El aspecto musical de esta canción corresponde al carácter irónico de la alegoría del circo, es música de calíope de feria y carnaval, música que en la voz de Dorothy Moskowitz se transforma en una especie de ensalmo iniciático para el ritual. Con el cierre de esta pieza se escucha un humorista collage hecho con segmentos de marchas de banda militar de soldaditos de chocolate, ahora sí como los intermedios del futbol americano o las transmisiones oficiales del presidente de los Estados Unidos de America.

La segunda canción, “Hard Coming Love” (“Amor de dura venida”), es rápida y directa como flecha ardiente, un rock ácido y acelerado en el que reluce la electrónica, sin necesidad de guitarras eléctricas ni de riffs repetitivos.   Contrasta con la obertura y vuelve dinámica la presentación del relato de imágenes minimalistas. El bajista fabrica todo un edificio en llamas danzarinas. Deseo y misterio, descaro y sabiduría, con un ritmo realmente cautivador e impulsos de baile frenético. Todo se concentra en el doble sentido lúbrico de la letra machacona, reflejado e intensificado por el tiempo acelerado de la música. Como habla una voz femenina, se puede entender que escuchamos el digno reclamo de una mujer clitórica para realizar como ella quiere el acto sexual, es decir, “hacer el amor”. Le informa a su amante que ella “no se viene rápido” en el amor y que tiene que ser algo lento, porque, para venirse necesita saber todo lo que siente y piensa justamente la otra persona cuando se viene. No quiere verla llegar rápido a ese momento, necesita que sea algo de veras muy conversado y bien convenido, muy comunicado. Para poder alcanzar el punto máximo después que lo alcance la otra persona. Un raro deseo expresado con buen sentido del humor.

En el tercer acto de la obra ingresamos en un erotismo de sentido contrario al de la canción anterior, que era de carácter predominantemente viril. Ahora ingresamos en el goce femenino que no tiene un punto final concreto, porque no es como la eyaculación masculina, sino que se extiende y disemina sin nunca extinguirse. Su título es “Cloud Song” (“Canción Nube”) y la música une en un fino nudo pop el espíritu psicodélico con el oriental. Es como un haikú japonés surrealista. “¡Qué dulce es ser una nube flotando en el azul!”.

El sujeto narrativo que dice esto es un personaje femenino, alguien que se ablanda y diluye, alguien que goza al aguadarse y flotar, porque se ha transformado de modo jipi para ese momento, gracias a los alimentos que nos dejan sentir lo sagrado, un giro de la juventud en general hacia lo femenino reprimido, con la voluntad de contrarrestar la violencia de la guerra y la avaricia. La melodía de música electrónica con sus delicadas armonías es efectivamente bella. Otra vez la voz de Moskowitz le da una personalidad propia. El autor de la letra es A. A. Milne, quien escribiera los libros infantiles sobre el oso de peluche Winnie-the-Pooh. Así que no todo en esta comedia musical es negativo y pesimista, porque aquí ya plantea posible la experiencia interior de un erotismo trascendental, un impulso que mueve las vidas y la historia hacia un futuro más justo y correcto, que ya podemos imaginar y sentir desde ahora.

Cambio de escena. Regresa el rock ácido y se ilumina la vivencia surreal de lo femenino como futuro desconocido. No faltará quien encuentre en la letra de este tema  relaciones simbólicas con el mito de la Diosa Blanca según lo cuenta Robert Graves, la triple divinidad en su manifestación como fuerza terrible. Vale. Estamos en el jardín de las delicias terrestres (“The Garden of Earthly Delights”), un espacio diferente al jardín del edén bíblico. Estos son versos con sentido abierto, no se refieren directamente a algo específico, dejan volar la imaginación, hacen posibles muchas interpretaciones, pero la deriva dominante es la de una nueva vivencia del goce femenino ahora con rostro terrible, siniestro y, sin embargo, deleitoso, atrayente, seductor, la serpiente del otro lado del espejo. Lo mismo es una crítica del goce ciego consumista que nunca halla término para gastar, crítica que es una celebración de la transgresión, el gesto que libera de la normalidad monótona. “Todo lo encontrarás en los ojos de ella…”.

El quinto acto representa desde su fundamento machista y en forma irónica la comedia de la doble moral del orden patriarcal, en el que los varones se adueñan de las mujeres como esposas-objeto-mercancía, para luego perseguir a otras mujeres más jóvenes que sus esposas. Deseo perverso que, para funcionar, debe mover a las mujeres hacia los varones adultos para engañar a sus esposos. Una relación social que reproduce la infidelidad del dinero para con la mercancía: una vez que la adquiere, sale en busca de otra más nueva. Punto donde la cuestión feminista se expresa como superestructura ideológica de la contradicción infraestructural de la economía libidinal del capitalismo. La canción tiene por título “I Won’t Leave My Wooden Wife for You, Sugar” (“Yo no dejaré a mi esposa de madera por ti, azuquitar”). La mujer de este caso es “de madera” porque su esposo la ve, la tiene y la usa como un mueble de madera, como una cosa dentro del mobiliario de la casa patriarcal, y la amante adúltera es vista como un anónimo dulce o postre callejero, “azuquitar”. Así, resulta que desde la mirada masculina “normal” ninguna mujer es igual al varón, porque las supone carentes de subjetividad, meras cosas sin vida interior. Para encontrar una justa igualdad entre las personas de ambos sexos, todo parece indicar que es necesario dejar de fabricar varones y mujeres, hay que encontrar otra forma de identificarnos y socializarnos, lo que significa cambiar la estructura familiar por completo. Al cierre de la canción, se escucha una marcha del tipo de las que toca el Ejército de Salvación en sus actos de propaganda religiosa, algo así como un himno de la sociedad de la decencia o algo así de mocho.

El sexto cuadro de esta narración más que nada filosófica plantea la pregunta por el sentido del tiempo y la memoria, “Where Is Yesterday” (“¿Dónde está el ayer?”). Con un tono de canto litúrgico que recurre al “Agnus Dei” para presentarse, regresa el escepticismo pesimista: la vida no puede ser sólo recuerdos ni tiene mucho sentido creer que todo tiempo pasado fue mejor, cuando todo tiempo pasado es imposible de volver a vivir, porque hasta en el recuerdo todo se está desgastando y olvidando. Esto nos debe llevar a considerar que todo tiempo que es ya no será y que a fin de cuentas todo será olvido. Una cuestión existencialista, analizada aquí desde un punto de vista próximo al de la generación beat, porque la moraleja de esta canción se trata de vivir el ahora en forma intensa y profunda, atrapar el día como es en lo efímero, estar aquí y ser en forma auténtica, sin ilusiones de perdurabilidad imposible, deseando romper con los círculos viciosos que nos regresan al pasado que ya no hay y nos impiden avanzar hacia el futuro que ya viene. Los compositores de esta compleja canción en forma y contenido fueron Gordon Marron, Ed Bogas y Moskowitz.

La siguiente escena del despliegue del concepto de este significativo disco plantea la necesidad de ofrecer resistencia total al círculo vicioso de la vida proletaria domesticada, donde el engrane (¿”inconsciente”?) de la ideología de la familia nuclear (“disfuncional”, sea del género que sea) sirve de trampa simbólica para doblegar la conciencia individual al trabajo asalariado y todo eso que sirve para reproducir el capital día con día, haya o no haya guerra, haya o no haya sobreexplotación populista, haya o no haya mano invisible, porque hasta en el peor de los casos funciona el mercado negro, siempre hay mercado, aunque sólo sea del tipo de trueque. Esta canción se titula “Coming Down” (“De bajada”), un enunciado multívoco: en ese momento histórico “ir de bajada” significaba dejar la universidad e ir a la acción subterránea clandestina directa, para acelerar el proceso revolucionario. Por otro lado, ese mismo enunciado significa “ir a la raíz”, llegar hasta el origen del problema para tratar de resolverlo de verdad; agréguese a todo esto un indudable doble sentido sexual o alburero. Total, si el ayer se ha ido, nunca habrá de regresar, dice la letra; el presente burgués sólo repite el pasado y el futuro, dando vueltas a la noria todo se detiene y se congela y la vida real es movimiento puro. Tenemos que romper con un proceso que sólo imita casos anteriores, ya sin una respuesta satisfactoria para lo que nos ocurre, un proceso en el que el presente sólo repite el futuro y el pasado. De allí la importancia de saber desprendernos a tiempo de las excrecencias del pasado que nos impiden mirar de verdad hacia el futuro, donde todo puede ser un poquito mejor cuando menos.

* * *

Para que, con el siguiente capítulo, el octavo de este ensayo-poema musical, el proceso filosófico de crítica de la realidad inmediata se sublime y ascienda un grado espiritual en la expresión brechtiana de la voluntad de ser libres en un mundo cada vez más justo y equitativo, un mundo donde la igualdad política significa reconocer y respetar la diferencia esencial de cada uno como persona libre y soberana. Es la canción dedicada al Che Guevara muerto, “Love Song for the Dead Che”, una toma de posición política radical para ese preciso momento histórico, algo que asombra al ser validado y aceptado por la empresa corporativa capitalista que produjo el disco: Columbia Records, los amos del mercado. Un elemento a favor de la sociedad democrática abierta, donde todo se puede decir y pensar, a condición de que lo social se resuelva de forma racional y no por medio de la fuerza bruta. Lo primero que llama la atención es que ni la letra ni la música de esta dulce balada tienen que ver con la propaganda política ni con la reproducción de la ideología izquierdista. Porque resulta más positivo mostrar lo injusto del presente por medio de un poema en el que las garzas vuelan libres en el cielo, en vez de hacer un recuento morboso de los fracasos y derrotas constantes e inevitables del paciente proceso revolucionario de liberación de la humanidad, el trabajo subterráneo del viejo topo. La letra de la canción no menciona lo obvio de la truculenta y ridícula muerte del Che en Bolivia, un fracaso estruendoso para su ideología guerrillera de macho despiadado, fundada en la creencia criminal y antidemocrática de que el fin justifica los medios; por eso aquí la traduzco completa. Nos hará pensar en cosas grandes y bellas sin duda…

Al amanecer de un domingo cualquiera
Recuerdo tu sabor, dulce en mi boca
Lejos en el año
Y en la quietud de una lluvia de Oriente
Recuerdo tu calidez, aún en mis brazos
Lejos, muy lejos en el año
Puedo traerte flores en la noche
Suaves como te tocan mis dedos temblorosos, amor

Puedo ofrecerte vino y luz de velas
Si tan sólo mis dedos doloridos te tocaran, amor
Lejos en el año

La melodía es de una dulzura exquisita que corresponde sin conflicto al sentido positivo de la letra sencilla y directa, pone chinita la piel. Contrasta con las canciones anteriores, incluida la de la nube. Es una auténtica canción de amor melancólico, con la virtud de ser una pieza muy breve, lo que, según Gracián, la hace ser dos veces buena. Su compositor es Joseph Byrd, quien con ello demuestra ser un poeta comprometido políticamente con la justicia, sin ser un ripioso propagandista doctrinario de consignas siempre huecas. Porque puede más una gota de miel…

No pocas personas han declarado, al analizar y comentar el disco, que esta canción es la cumbre espiritual del mismo y que por ella valdrá la pena tenerla siempre presente.

En la siguiente canción, la penúltima dentro de la trama original de la obra, se llega al punto culminante de la indagación existencialista por el sentido del tiempo que ni Dios detiene. Se titula “Stranded in Time” (“Varados en el tiempo”) y fue compuesta por Marron y Bogas. Quien cuenta la historia es un hijo o una hija que juzga desde su juventud el modo inconsciente como su padre y su madre se anquilosaron, incapaces de hacer crecer su amor hacia el futuro; así que los dos han quedado atrapados en los recuerdos de lo que creen que pasó ayer y que quizá solo imaginaron. Se hace evidente el infierno neurótico en que deviene la vida cotidiana de toda pareja de carácter nuclear familiar, un aburrido convivir más que nada por obligación bovina, pero no exactamente por gusto y placer, sólo para mantener funcionando el sistema nada más porque sí, por pura costumbre ciega o automatismo de repetición. Es la moralidad obtusa de la sociedad patriarcal autoritaria, la trampa ideológica que nos hace creer que todo tiempo pasado fue mejor y que nadie puede vivir sin la telaraña sentimental de la familia, una ilusión teatral que la era del divorcio compulsivo hace añicos, sin conseguir deshacerla por completo. La música es la de un vals decadente y perverso, cargado de sarcasmo.

La décima parte y conclusión del relato, “The American Way of Love” (“El modo americano de amar”) está dividida en tres movimientos: I) “Metaphor for an Older Man” (“Metáfora para un varón viejo”), II) “California Good-Time Music” (“Música de California para pasar un buen rato”) y III) “Love Is All” (“Todo es amor”), las primeras dos son creaciones de Byrd y la tercera es de toda la banda. Aquí es donde se sienten los caminos paralelos de esta obra con los de Frank Zappa y los Fugs, igual que con Bob Dylan y Phil Ochs; la diferencia en el resultado es la formación académica de Joseph Byrd y su seria militancia política. Aquí es importante señalar que Byrd, debido a su proximidad con el partido comunista, se encargó del arreglo experimental de música electrónica de la canción “The Crucifixion” (“La crucifixión”) de Phil Ochs para el álbum Pleasures of the Harbor (“Placeres de la bahía”), un arreglo que el cantautor deploró, aunque con el tiempo se ha ido reconociendo lo certero que responde como acompañamiento de los versos en los que Ochs compara de forma crítica la muerte del presidente Kennedy con la de Jesús en el Calvario.

La trama de este tríptico que cierra la comedia musical de Los Estados Unidos de América gira en torno del conflicto entre el sexo por sexo y el sexo por amor, para tratar de decirlo de algún modo sencillo y claro.   Reconocer la diferencia que hay entre las relaciones sexuales por puro placer, obtenidas generalmente a cambio de dinero, y las relaciones sexuales hechas por amor, ya sea para integrar una familia o para alcanzar nuevas figuras eróticas de existencia y libertad. Una cuestión en la cual tal vez Freud no tuviera la razón definitiva, pero sí fue capaz de hacer ver que el impulso sexual, por él llamado “libido”, nos determina de forma preminente, pues de su dominio se originó el homo sapiens. La metáfora de la mente de un viejo morboso es el tema del primer movimiento de la letra. Con una música de nuevo sarcástica nos sumergimos en las oscuridades del sexo por dinero, los negocios de la pornografía que terminan en varones masturbándose en baños públicos viendo revistas pornográficas o dejando que otro varón les haga lo que les gusta en secreto, algo que en este todavía aburridísimo siglo XXI no ocurre de igual forma, aunque sigue ocurriendo como si nada. No hay mejor forma de lucrar sin riesgo que haciéndolo con el morbo sexual, una perversión social que igual da para el amarillismo que para la nota roja, que también son pornografía. Lo que nomás no prospera en sentido contrario es la idea de amor libre y sin familia nuclear.   Por ello la segunda parte del tríptico tiene como tema la forma como los varones atrapan a las mujeres por el sexo, no para integrar una familia como lo mandan la Biblia y el código napoleónico, sino para que ellas se vendan como objetos sexuales, ya sea en la calle de la prostitución o en la pantalla de plata del cine de Hollywood (ahora de Netflix). El tercer movimiento de esta interesante composición, “El amor es todo”, plantea el punto de cierre del relato: ¿podrá la fantasía jipi de amor universal acabar con la trampa proletaria del amor en pareja y su doble-moral? ¿De veras el amor auténtico es amor de todo mundo por todo mundo, sin prohibiciones simbólicas como la del incesto del hijo con la madre, para acabar de veras con la diabólica ternura de la neurosis que nos dan papá y mamá? Y si todo es amor, ¿por qué estalla el mal a cada rato por todas partes?

La respuesta está en el aire.

La coda de esta décima canción la integra un collage con segmentos de todas las piezas de la obra, dando a entender que el relato ha ocurrido en un instante, en un solo momento metafísico donde alguien (“norteamericanizado”) recuerda los puntos claves de lo que ha vivido. ¿Recuerda para cambiar de vida o para dejar de vivir? No hay respuesta clara, cada uno debe decidir el significado del álbum como reflexión crítica sobre el tiempo, la memoria y la existencia, y sobre lo que le deja comprender tal recuerdo trascendental acerca del sentido de su propia vida. Ojalá que la imagen te lleve a tener una sonrisa de Buda satisfecho con lo cumplido, pues ello sin duda te hará saber lo que significa El Tercer Ojo.

En fin, como creo que diría el Libro del Tao del Rock Perenne: “Es propio de la senda de la vanguardia, beneficiar y no causar daño, enseñar a actuar y no luchar.”

* * *

Después de peregrinar por media centuria a través de la información musical y sociocultural de este significativo álbum de rock experimental, he pasado del desconcierto total a la iluminación mística posible, la experiencia interior del asombro que causa reconocer el sentido del exterior infinito y eterno, sin comienzo ni fin. Por la parte ética de la existencia, me ayudó a ser justiciero por cuenta propia, del lado, sí, de la gente humillada y ofendida, pero sin etiquetas y sin ideología, sin ver las cosas de forma maniquea vulgar, creyendo que hay algo así como “los buenos buenos” (“nosotros, por supuesto”) y “los malos malos” (“los que nos contradigan, rete que por supuesto”) y todas esas bobadas todavía religiosas. En la cuestión política me hizo comprender que el problema esencial del modo de producción capitalista no es cuestión de países y sindicatos, sino que radica en la sobreexplotación del trabajo real de las personas del sexo femenino que son quienes producen la carne viva de la fuerza de trabajo y lo hacen de modo impago; por ello, lo decisivo es acabar con la familia nuclear y la pareja de iluso amor romántico que desemboca en más y más familias disfuncionales proletarias por todas partes de la pirámide social. Y en la mirada estética me amplió los horizontes del rock hasta confundirlo con toda la música, para desde allí saber reconocer con cuidado lo individual y único de cada caso concreto, tal como precisamente puede ocurrirnos con la escucha atenta de este disco de The United States of America.

Vejez serena. Sabiduría en lo sagrado. La gran virtud se manifiesta, la verdad ha sido transmitida.

 

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Publicado en: El diván del abuelo