El jazz vocal ha prosperado de forma constante desde el inicio del género, al adquirir nuevas técnicas y nuevos conceptos, y con cada cambio legítimo amplía sus alcances y extiende su creatividad. Los cambios periódicos en su historia han implicado rupturas, pero han sido las rupturas inevitables de un crecimiento orgánico, señal indudable de vitalidad.
El jazz vocal, surgido a principios del siglo XX, representó una de las primeras reflexiones fundamentales sobre el procedimiento y los materiales básicos del jazz, con los exponentes del charleston y el hot jazz, pasando por las innovaciones de los crooners, del swing, el bebop, el cool, el jazz-rock, el world jazz, el rap, el hip hop y todas las derivaciones que se presentaron con la electrónica. Y tras la pasión y profundo convencimiento con que lo hicieron sus representantes, ya no hubo vuelta atrás. En medio de ello ha estado en los últimos tiempos un cantante, productor y diseñador sonoro sueco llamado Jay-Jay Johanson.
Hace tres décadas con su irrupción en la escena, como neocrooner, y con el deseo por buscar la liberación de las frases musicales gracias al jazz mezclado con la electrónica, le surgió igualmente el empeño por investigar nuevas formas de instrumentarlo y cantarlo, sin estereotipos y sin fórmulas previsibles en la manera de interpretar y proceder.
Así apareció Jäje Folke Andreas Johansson (nacido en Trolhättan, Suecia, en 1968 y convertido artísticamente en Jay-Jay Johanson). A comienzos del siglo su música sonaba por doquier (desde pasarelas de moda a la publicidad televisiva), debido a temas como “So Tell the Girls That I Am Back in Town” y “On the Radio”, entre ellos, que fundían la sedosidad jazzística con los efluvios electrónicos del trip hop.

En sus años de infancia, su padre tenía una imprenta, pero como actividad paralela, al margen de su trabajo, también administraba un club de jazz en la propia Trolhättan, una ciudad pequeña, de 50 mil habitantes, pero muy bien situada, entre Gotemburgo y Estocolmo. De ese modo, consiguió que muchos de los grandes jazzistas estadounidenses que estuvieran de gira por Suecia hicieran una parada en el club. Fue así como aquel muchacho pudo ver muchos conciertos, aunque en realidad el jazz no le gustaba, prefería el rock duro y el punk.
Corría 1984 y él tenía quince años. Sin embargo, fue el momento adecuado. Creía que para ser cantante se tenía que ser extrovertido, ruidoso y arrogante. Así eran todos los tipos a los que veía en MTV. Pero cuando vio actuar en persona a Chet Baker, se dio cuenta de que podía ser lo contrario y eso le dio la idea de que él también quería hacerlo.
A finales de la década y comienzos de los noventa, pasó mucho tiempo en Londres y Bristol, donde había una escena de clubes muy activa y las tendencias cambiaban prácticamente cada semana. Pero lo que en realidad lo impresionó fue descubrir a Portishead. Su álbum Dummy lo escuchó todos los días durante el verano de 1994.
Luego regresó a su casa y arregló las canciones que había compuesto para un cuarteto de jazz en Estocolmo, porque quería ser un cantante más moderno y a raíz de escuchar a Portishead se puso a componerlas de otra manera. Se deshizo del cuarteto, rentó un estudio y trabajó en ralentizar singles de hip hop, añadir sampleos de jazz y de muchas bandas sonoras, como las de las películas del agente 007, con otros beats. Portishead tuvo esa influencia fundamental en su primer álbum, Whiskey (1996).
De esta manera, abolió las limitaciones armónicas y consolidó una nueva actitud, nada ortodoxa, para el crooner avant-gard; no tanto con la idea de hacer desaparecer la tradición vocal, sino de crear caminos alternativos para el desarrollo de músicos, cantantes y artistas interdisciplinarios. El jazz se volvió para él una aventura dinámica y emocionante.
Los únicos límites hacia el futuro se fijaron en aquella nueva corriente a partir de la cual algo distinto empezó a manifestar su esencia. Nuevos sonidos, nuevas voces, diferentes lenguajes inscritos más allá de cualquier cosa conocida. Ahí es precisamente donde surgen, trabajan y crean los “alternativos”, como Jay-Jay Johanson. En el sentido musical, de manera específica, son aquellos que buscan, que exploran, que descubren nuevos modos, nuevas formas de la experiencia artística.
El cantante y diseñador sonoro se ha convertido en un elemento influyente para escuchar nuevas músicas y moldear gustos y modos. Con el paso del tiempo el sector más comprometido con esta ocupación ha logrado incluso volver imprecisas las palabras “músico” y “compositor”. Sus intérpretes han asumido esos papeles en formas musicales actuales bajo otros conceptos estéticos. Haber evolucionado de esta forma ha hecho que el jazz haya seguido extraordinariamente en contacto con la fuerza impulsora de sus orígenes: la mezcla.
Al jazz entretejido con el pulso electrónico este cantante le aportó una nueva concepción rítmica, librándolo de la uniformidad, tanto en la métrica como en el beat; desató la exploración y la mezcla se convirtió así en una forma de expresión ricamente articulada que comandó toda la escala de las emociones humanas.
Actualmente, tres décadas después de su debut, de una carrera como modelo de ropa de diseñador y como DJ y tras más de una docena de álbumes, publicó Fetish (2023), una obra que continúa el desarrollo de su estilo, con diez temas que fungen como la clave perpetua para un futuro posible.
Para dominar una voz perturbadora tuvo que inventar un sistema original de referencias, forzosamente heterogéneo, utilizando los elementos históricos del género, la interpretación de los crooners cantando standards y otras esencias del songbook estadounidense, de los que disponía, pero practicando también en su nuevo entorno un auténtico enriquecimiento cultural con la electrónica. Al igual que cualquier río seminal, Johanson es un cantante que cambia de curso naturalmente y que escucha a su tiempo, lo abraza y se adapta.
Piezas como “Seine”, “Jeopardize”, “Summer Night of Love” o “Finally”, confrontan a los escuchas con la inmediatez de la experiencia vocal, lejos por igual de la actitud innovadora antiacadémica como de las reglas tradicionales del canto.
En medio de todas sus transformaciones, Jay-Jay Johanson se ha mantenido fiel a sí mismo como artista del sonido. A pesar de la perfección de su autonomía estilística conserva una fascinante naturalidad y encanto. En su música las tradiciones estadounidenses y europeas se mezclan con el jazz que integra elementos percusivos y ornamentales de la electrónica en su estilo vocal.
Las transformaciones significan la desestabilización de viejas formas musicales y de pensamiento, extinción de informaciones anticuadas o su reordenamiento en contacto con los nuevos saberes, técnicas y tecnologías que confluyen en otras formas y senderos. Ahí es precisamente donde brotan los artistas novedosos que canalizan sus expresiones al margen de lo netamente comercial. Se evaden de lo acostumbrado, de lo convencional, y mantienen en forma constante la difusión de sus innovaciones, distanciamientos y propuestas estéticas, como lo hace este creador sueco.