Para José Agustín, siempre
El primer supergrupo de rock de la historia fue el trío de poder Cream. Inmediatamente después vendría Blind Faith, un cuarteto formado con dos de los integrantes del primero. Poco más tarde llegarían Crosby, Stills, Nash & Young y algo después los Traveling Wilburys. Casi todos los demás etiquetados así solo han sido remedos de supergrupo, como los integrados por Jack White o los hijos de los Beatles.
La de Cream fue una historia intensa y ruda que apenas si duró tres tremendos y fogosos años (de 1966 a 1969), período en el cual el grupo grabó cuatro discos LP y dejó muchas grabaciones de sus también muchas presentaciones en vivo. Aquí quiero hablar de la que considero su mejor grabación.
Cream lo integraban Ginger Baker (1939-2019) en la batería, Jack Bruce (1943-2014) en el bajo eléctrico y Eric “Mano lenta” o “Dios” Clapton (1945) en la guitarra eléctrica. Los tres jóvenes músicos venían de agrupaciones importantes en la escena inglesa de blues y música pop de vanguardia. Clapton había alineado con los Bluesbreakers de John Mayall y con los Yardbirds, Baker se había convertido en estrella de la Graham Bond Organisation y Bruce saltó a la fama desde Blues Incorporated hasta también integrarse a la banda del organista Graham Bond, en la que, por cierto, comenzó a tener constantes roces y choques con Ginger Baker. Los tres eran virtuosos juveniles de su instrumento y tenían personalidades muy complejas y misteriosas, oscuras y estridentes, siendo sin duda el más temperamental y bipolar el terrible Bruce. Por eso, la reunión de estos auténticos monstruos del rock inglés, en la justa hora de la llamada invasión inglesa, no pudo durar mucho tiempo, porque los tres hubieran terminado en un psiquiátrico con camisa de fuerza y dentro de cuartos acolchonados por todas partes.

El nombre de la banda es “Crema” y ya; tal cual, el puro sustantivo, sin artículo previo; aunque también se les conoce como “La Crema”, porque se les consideraba “la crema y nata” de la alta cosecha de rock y blues británico de los prodigiosos años sesenta del siglo pasado. El único grupo que les pudo robar la luz de los reflectores y que les hizo sombra seria en el mismo terreno fue ni más ni menos que The Jimi Hendrix Experience, otro buen trío de poder que en ese mismo momento se integraba y comenzaba a tocar música pop pesada, ácida y con marcados tonos de blues en la misma ciudad de Londres, aunque a la larga no funcionaron con la misma elegancia y excelsitud. Vistos a la distancia, los resultados de Cream parecen mejor logrados en todo sentido, por su modo original de mezclar el blues con el rock y por la duración y lo complejo de sus improvisaciones en concierto, algo que The Experience no pudo alcanzar con tan buenos resultados musicales.
Fue extraordinario el ascenso de Cream a la gloria de la música popular entonces para jóvenes. Su primer álbum, Fresh Cream (“Crema fresca”), apareció en 1966. Tuvo buena acogida en Inglaterra y en los Estados Unidos, por la fama de cada uno de los tres músicos que formaban el nuevo grupo con Eric Clapton como centro. Este primer producto de estudio lo integran diez piezas, cinco blues tradicionales y cinco composiciones de los miembros del trío con el apoyo en las letras de la entonces esposa de Jack Bruce, Janet Godfrey. La duración de las canciones y piezas instrumentales es corta, todavía hecha de acuerdo a los usos de la radio comercial de la época; la más extensa de las diez es el blues “Spoonful” (“Cuchara”) de Willie Dixon, con una duración de seis minutos. El disco lo produjo Robert Stigwood para su propia empresa disquera: Reaction Records. De allí salió un sencillo con “I Feel Free” (“Me siento libre”) en el lado A y “N.S.U.” en el lado B.
El segundo álbum de estudio de Cream, titulado Disraeli Gears (“Engranajes Disraeli”, una broma interna del grupo sobre un derrape verbal de uno de sus roadies) apareció al año siguiente, en 1967. Fue un paso trascendental en todos sentidos, un claro ascenso en la construcción del sonido y personalidad propios de la agrupación, apoyada esta vez en la producción por el multi-instrumentista Felix Pappalardi y en las letras por la buena imaginación del poeta beat inglés Pete Brown. Ahora la música es más psicodélica, del lado ácido del ácido, pero al mismo tiempo más pesada y más proto-progresiva. Luce en grande el sonido eléctrico y metálico del bajo y la guitarra, tal como ocurre con la pieza que los identifica por completo, “The Sunshine of Your Love” (“El amanecer de tu amor”). La bateria en todas las piezas es un prodigio de creatividad cronométrica en los tiempos y los cambios. Son once canciones, nueve composiciones de los miembros del trío, más un blues tradicional y una canción de taberna inglesa. La portada de Martin Sharp redondea la imagen de Cream como rock fuertemente afectado por la psicodelia sesentera, es decir, la mera mera psicodelia.
De tal forma, siempre en ascenso técnico y creativo, Baker, Bruce y Clapton llegaron a su tercer álbum, ahora compuesto por dos discos de larga duración, Wheels of Fire (“Ruedas de fuego”). La hora de su consagración. Una obra formidable. Indispensable para quien quiera apreciar el rock como aventura espiritual y rito de carnaval, sin andarse con jaladas y chupadas de dedo de religión de la Nueva Ola después de la muerte de Dios.
Si el barroco no corresponde tan sólo a una etapa histórica de la estética ni tiene una definición fija, podemos calificar esta producción de Cream como una obra excelsa del ultrabarroco pop de los prodigiosos años sesenta, porque la obra entera se integra como una luminosa elipse de gran retablo conceptual-psicodélico con trece cabalísticas imágenes musicales y dos focos de acción estructurándolo todo. Uno de estos focos está situado en el inicio mismo del disco de estudio, es la canción “White Room” (“Cuarto blanco”), una composición de Jack Bruce y Pete Brown, obra épica que ha resultado efectivamente perdurable y contundente. El otro foco de la elipse barroca se encuentra ahora en el disco con grabaciones en vivo y es otra vez el blues “Spoonful” de Willie Dixon que, ahora con una interpretación que dura diecisiete minutos épicos de rauda improvisación en azul eléctrico y pesado como plomo, cierra el tercer lado de este álbum doble. El resultado final es una figura de los signos de los tiempos, cuando el ser humano llegó a la Luna y por todas partes se hizo presente el peso de la juventud para el futuro del mundo.
Las otras once piezas de Wheels of Fire forman un relato conceptual que desborda, por su novedad narrativa, los esquemas de la novela y el cuento. Así se puede plantear que se trata de una obra conceptual de meta-narrativa posmoderna, no porque tenga un tema común en todas las canciones, porque no es una ópera del pasado ni una comedia musical de Broadway, sino porque todas las canciones manifiestan la presencia de un mismo espíritu narrativo, una vibración o respiración común, el concepto propio del alma eléctrica y ácida de este importante trío musical de poderes sobrenaturales. Música que mueve a bailar según el ritmo del cosmos y a meditar sin los retorcimientos del yoga; una pasión espiritual, una transmutación de la carne.
La letra de “White Room” narra de modo poético una historia surreal de amor desdichado, un relato siempre ambiguo, donde alguien habla probablemente con un fantasma, al descubrirse encerrado en un cuarto blanco con cortinas negras, cerca de la estación de ferrocarriles desde donde ella parece haberse ido para siempre, aunque en su inquieta soledad él crea estar viendo de nuevo sus ojos. Pero lo en verdad decisivo de esta interesante composición se encuentra en el arreglo musical con que la interpretan los tres músicos, apoyados por Pappalardi con sobregrabaciones de una viola que remarca lo pesado del arreglo. Desde el inicio de la pieza la guitarra eléctrica de Clapton permite comprender por qué lo llegaron a llamar “Dios” y su virtuosismo hace brillar también el de sus dos compañeros, cuando cada uno aporta la genialidad necesaria para construir una gran catedral bizantina de duro rock ácido. Porque el súper poder esencial de este trío radica en su capacidad de integrar de verdad una comunidad musical en la que cada quien luce y nadie se queda sin demostrar su maestría como instrumentista. La guitarra de Clapton alcanza la apoteosis y la voz rasposa de Bruce convierte a esta canción en un acontecimiento inolvidable.
A continuación viene un blues eléctrico de peso pesado tipo Muhamad Ali con ganas de tundirle en un solo round al cochino Richard Nixon. “Sitting on Top of the World” (“Sentado en la cima del mundo”) es una composición de Walter Vinson y Lonnie Chatmon, interpretada por el trío de rock de poder según un atinado arreglo de Chester Burnett, alias Howlin’ Wolf. La ejecución manifiesta de forma indiscutible que sí es un supergrupo y que su magia está precisamente en la forma épica de alcanzar la piedra filosofal del blues inglés, un blues que los británicos habían aprendido directamente de los músicos negros norteamericanos que llegaron a la isla con guitarras y discos durante la Segunda Guerra Mundial.
“Passing the Time” (“Dejando pasar el tiempo”), la tercera canción del lado A del primer LP de este álbum excepcional, es toda una canción psicodélica. Como en una obra de teatro del absurdo al estilo de Samuel Beckett o de Eugene Ionesco, en medio del crudo invierno una mujer espera sentada junto a una chimenea el regreso de un viajero, un viajero que nunca regresará. El arreglo musical es original y de vanguardia. Este es un momento del concepto de Wheels of Fire que intensifica el carácter surrealista del conjunto, en un tono más próximo al Pink Floyd de Syd Barret que al Sargento Pimienta de los Beatles. Esta pieza es obra del percusionista Ginger Baker, apoyado en la letra y el arreglo por el compositor y pianista de jazz Mike Taylor.
La cuarta pista y cierre del primer lado de este disco es obra de Jack Bruce y Pete Brown y se titula “As You Said” (“Como tú dijiste”). La estructura corresponde a la música folclórica inglesa al estilo de esa época, incluso Clapton toca una guitarra acústica, pero la resultante en manos de Cream es algo más intenso y moderno, otra vez están más cerca de Pink Floyd que de The Pentangle o de It’s A Beautiful Day. La letra habla otra vez de amor melancólico y desdichado. Esta vez el cello puesto en manos de Jack Bruce resulta clave para alcanzar el efecto dramático de la canción.
El lado B del disco de estudio de Wheels of Fire incluye cinco pistas. La primera es “Pressed Rat and Warthog” (“Rata prensada y jabalí”), un recitativo psicodélico con un nuevo relato del absurdo sobre dos amigos dueños de una tienda y sus fantásticas aventuras y desventuras en contra de la realidad inauténtica. La parte musical manifiesta el carácter vanguardista de la agrupación y nos deja sentir el mucho trabajo acumulado en el estudio de grabación, pues la producción del álbum doble significó todo un año de trabajo para los tres músicos. Deja mudo y pone la carne de gallina escucharlos interpretarla en vivo durante su concierto de breve regreso en el Royal Albert Hall el año 2005. Esta canción es otra obra de Ginger Baker y Mike Taylor y también es Baker mismo quien recita el texto del poema.
La siguiente canción es “Politician” (“Político”), un blues del futuro, pues es una composición de Jack Bruce y Pete Brown. La novedad está en la forma como lo hacen sonar como proto-rock pesado y en la forma rasposa y chirriante con que lo canta Bruce. Se cuenta que la letra de esta pieza se la inspiró el ver la fatuidad de un político de la época en su llegada a un aeropuerto durante una de las muchas giras del grupo. Otra vez es increíble la manera como se trenzan los tres instrumentos musicales en un desarrollo creativo que al mismo tiempo los une como trío y los diferencia perfectamente como solistas. La guitarra de Clapton se vuelve todo un coro wagneriano y alcanza lo sublime en plural. No hacen arqueología del blues como John Mayall ni se desbocan en la monotonía del rock metalero, como otros grupos de esa época, sino que construyen un gran edificio cargado de buena memoria y proyectado hacia lo que vendrá como futuro desconocido.
Para el tercer momento de este lado del disco y séptimo en la construcción del retablo ultrabarroco, se encuentra “Those Where the Days” (“Aquellos fueron los días”). No se asusten, ésta nada tiene que ver con la mermelada waflera que por esas épocas hacía sonar la soprano también británica Mary Hopkin, apadrinada por “el carita” Paul McCartney en la marca Apple de los Beatles. El tema de Cream suena harto más alocado y de altura operística; una balada rockera efectivamente trastornada y acelerada por la magia del virtuosismo del trío. Los efectos con campanas y otras percusiones la vuelven interesante para escuchar con unos buenos audífonos, por la forma en que el sonido estereofónico hace aparecer la bocina imaginaria de “en medio”. La letra es un poema cargado de nostalgia por las mitologías antiguas y al mismo tiempo con destellos de nuevo surreales de amor loco, creación de Pete Brown; la música la compuso Jack Bruce, la guitarra rockera de Clapton tiene instantes cumbre.
A continuación, viene otra transfiguración mística del blues norteamericano: “Born Under a Bad Sign” (“Nacido bajo una mala señal”), un original de Booker T. Jones y William Bell. El trabajo de Cream para hacerla sentir profunda y negra es ejemplar, pues no la enmascara, sino que la traduce, la pone al día y la vuelve universal. Luce por su eficacia creativa la batería de Baker y el bajo de Bruce sostiene los arranques geniales de Clapton en la lira de notas azules. De entonces para acá, mucha gente los ha tratado de imitar, pero muy pocos han logrado siquiera acercárseles y yo creo que nadie, ni Clapton en solitario, los ha superado todavía como bluseros de cepa internacionalista y bien cargada de impulsos negros a lo afroamericano.
“Deserted Cities of the Heart” (“Desiertas ciudades del corazón”) cierra el lado B del disco grabado en estudio. Sintetiza en forma trascendente todo lo que hemos venido escuchando hasta aquí. Es una acelerada balada psicodélica en la que resalta de modo salvaje el solo de guitarra de Clapton y el modo como lo acompañan y adornan la batería de un Baker inspirado y el contundente bajo bien sincopado del talentoso Jack Bruce, además del golpe de luz oscura y proto-gótica que de nuevo aportan en su debido momento las cuerdas de la viola de Felix Pappalardi en varias sobregrabaciones.
El segundo disco del álbum Wheels Of Fire es sensacional, porque nos entrega la esencia única de Cream como trío de rock de poder, su soberbia habilidad para tocar en público con improvisaciones lúcidas y certeras, ejecutadas a velocidad sideral y llenas de acertadas armonías y síncopas espléndidamente integradas. Sin duda, éstas son las mejores grabaciones de ellos tres tocando en directo y con ganas de ser lo mejor de lo mejor, la crema de la crema, al construir de forma inmediata una música efectivamente situada más allá del blues normal y el jazz clásico, algo que sólo puede ser caracterizado con la palabra rock; de manera que en su momento los miembros de Cream competían efectivamente con los logros del Miles Davis electrificado de ese momento, un Miles Davis que nunca integró una banda capaz de improvisar a tal velocidad y con tales buenos resultados de ejecución en todas las partes de cada pieza, sin por ello perder el contacto con lo profundo y definitivo del blues. También aquí, Cream demuestra ser una propuesta mejor integrada para hacer música en concierto que la Experiencia de Hendrix y deja en buena voluntad los logros de Blue Cheer, The Who o The Doors.
La primera pieza del lado A de este segundo disco es ni más ni nada menos que “Crossroads” (“Encrucijada”), un blues en efecto emblemático del legendario Robert Johnson. El resultado es todo un manifiesto de rock experimental, por la forma como el grupo transmuta el blues de los orígenes en el blues del futuro, en efecto psicodélico, pero más que nada ácido y pesado, con todo el acelere loco del gran final de la década prodigiosa que fueron los sesenta del siglo XX. De acuerdo con la leyenda de Johnson, los tres de Cream corren y vuelan como almas que lleva el diablo, los galopa el santo niño de la imaginación desbocada. Así se puede empezar a distinguir entre el blues rural, el blues de Chicago, el blues inglés y El Blues de Cream. Son cuatro minutos de girar y girar en la espiral de la iluminación admirable de la música.
En seguida, cierra el lado A de este disco la interpretación presencial de otro blues clásico. Ahora es “Spoonful”, todo un emblema o talismán de Willie Dixon, el meritito padrino del blues de Chicago. Ya antes el trío había grabado esta noble canción en su primer LP, allí la interpretación de la pieza tiene una duración de seis minutos y medio. La versión en vivo de Wheels of Fire se extiende por cosa de diecisiete minutos, que segundo a segundo traman un gran desarrollo arquitectónico del potencial del blues puesto a tono con la improvisación meta-jazzera que aquí se pone densa y compleja como sólo puede ser el rock progresivo bien pesado y metálico. Bajo, guitarra y batería se combinan e interaccionan como si estuvieran en un simposio académico con sesudas ponencias y mesas redondas sobre lo que deben ser los altos vuelos de las almas libres y nobles de que nos habla el Zaratustra de Friedrich Nietzsche. Tal es la razón por la que señalé que este álbum doble no tiene específicamente un centro clásico, sino más bien dos focos de acción barroca, desde donde se dibuja una elipse, todo un concepto de música propia, auténtica música del futuro, he dicho. El primer foco, como ya dije antes, se encuentra en “White Room”, es la quintaesencia de Cream en el estudio y el asombroso efecto del sabio montaje de las muchas pistas de grabación, así que se puede decir que este es el foco cerebral y místico de la elipse ultrabarroca. Su segundo foco, el corpóreo y erótico, se encuentra justo en este blues de Willie Dixon, en el que los tres músicos magnifican y consagran su esencia única e inimitable, llenando de kundalini la letra finamente alburera en gabacho.
Y si en el segundo blues del primer lado de este disco grabado en vivo había resaltado la creatividad de Eric Clapton con la guitarra eléctrica, en el primer blues del lado B, “Traintime” (“Hora del tren”), brilla en grande y con luz propia la creatividad de Jack Bruce en la armónica y la voz; además, la composición, en realidad basada en un antiguo blues tradicional y anónimo, en esta versión Bruce se la atribuye como propia.
La pieza instrumental que cierra el segundo lado del segundo disco de Wheels of Fire, o sea, la conclusión del concepto es un nuevo blues progresivo que bien conecta con el jazz sin dejar de sonar a rock, todo por el gran solo de batería que ejecuta Ginger Baker por cosa de diez minutos. Es su turno para lucirse como Dios manda y lo hace en forma cabal por lo amplio y diverso de su construcción percutiva. La canción se titula “Toad” (“Sapo”) y es una composición propia del baterista del trío, la interpretación completa dura casi diecisiete minutos otra vez.
Las cuatro piezas que forman este segundo disco fueron grabadas directamente en vivo durante tres presentaciones en la ciudad de San Francisco, California, calificada en ese momento como la ciudad capital de la psicodelia contracultural y la rebelión pacífica de la juventud inconforme. Las dos primeras canciones provienen del concierto que dieron, el 10 de marzo, en la sala Winterland, la tercera es de la primera presentación, el 8 de marzo, en la misma sala y la cuarta fue grabada durante la segunda actuación, el 7 de marzo, ahora en The Fillmore West. En las cuatro se siente la gran unidad musical que alcanzaron estos tres músicos con sus experimentaciones, nos comunican la gran tensión de sus almas al tener que conducir rituales de alto volumen sonoro y dar demostraciones de un virtuosismo hasta entonces inusual en la música popular para jóvenes y adolescentes. De allí viene la grandeza de su perdurable memoria.
Wheels of Fire fue el primer álbum doble que alcanzó por sus grandes ventas un disco de platino, dejando atrás a Frank Zappa y Bob Dylan que lo habían intentado antes. Al año siguiente, el disco blanco de The Beatles llegaría todavía más alto en las ventas, pero no así en lo duro y pesado de la música.
Cabe señalar que los números de las canciones de este álbum dan para jugar un rato con la cábala contracultural. Son trece en total, nueve del primer disco más cuatro del segundo; un número de valor “femenino”, pues trece son los orificios del cuerpo femenino y doce los del masculino. Luego, el nueve es también un número de carácter femenino, nada más recuerden que es el número que organiza la estructura retórica y simbólica de la Comedia de Dante, t el número cuatro es el resultado de la suma del uno y el tres: también es el número que marca las direcciones del espacio material: este, norte, oeste y sur. El número uno es la figura del Todo y el número tres la de las partes.
Después de este álbum, Cream sólo grabó un nuevo disco, el de su despedida: Goodbye Cream (“Adiós Cream”). Lo hicieron más que nada para salir de compromisos comerciales y así poder separarse sin dejar algo pendiente. El resultado es muy desigual, inferior a la calidad de sus primeros tres álbumes. Con el tiempo han ido apareciendo buenas y malas grabaciones piratas y legales de sus múltiples conciertos, pero nada que se pueda comparar con lo alcanzado por el supergrupo en Wheels of Fire que es, a mi humilde entender, su obra maestra.
Total. Otra vez con un magnífico diseño de portada plateada en metálico y dibujos psicodélicos de Martin Sharp que connotan la imagen de una eyaculación enorme, este tercer álbum de Cream lo recomiendo como un buen modo de transmitir a la gente joven del siglo XXI lo que significó en la historia el impulso musical del rock de los tríos de poder de fines de los años sesenta del siglo anterior y también como una muy buena forma didáctica para apreciar el alto valor musical de la guitarra eléctrica de ese entonces y de siempre, porque Eric Clapton como gran guitarrista, si no es un Dios en efecto, al menos sí es uno de los diez más chingones guitarristas eléctricos de todos los tiempos. Y por todo esto el supergrupo Cream será un acontecimiento musical perdurable, por la eficiencia con que se integraron, al estruendo de Clapton, la contundencia de Bruce y la sofisticación de Baker. Música válida para alimentar el espíritu libre de todas las edades y en todas las circunstancias. Vale.
Creo que la primer super banda son las de Muddy Waters , bandas locas y picudas