El acercamiento general entre Oriente y Occidente comenzó a mediados de los años sesenta del siglo pasado. Los Beatles fueron precursores en ello, al conectar la sonoridad india a la occidental contemporánea. Otras filosofías, las religiones distintas, el yoga, la meditación, la literatura, el pop, la exposición mediática, el jipismo, la música tradicional y eléctrica, fueron las materias de intercambio cultural y acercamiento mutuo. Pero el rock fue la principal vía para ello.
Sin embargo, en otros terrenos de la disciplina musical también hubo intercambios. En la vanguardia, por ejemplo. El avance de las ideas que se aplicaron en aquel entonces a la creatividad de la nueva música electrónica y sus sucedáneas llegó a través de la necesidad por la experimentación, por la curiosidad de plantear preguntas genuinas e interesantes y la tozudez para responderlas. Para hacerlo, se requirió ser seriamente creativos y no adaptarse a aquella acomodaticia plegaria por un mundo que fuera lineal y estable. Porque todo él no lo era (ni lo es).
Las máquinas han formado parte de todas las culturas humanas. Sin ellas, la humanidad no sería como es ni lo que es. Si hoy mismo algo las paralizara a todas, una gran parte del mundo quedaría detenida y los habitantes del planeta se sentirían descentrados. Es más, si ese algo les restara a las personas la capacidad de crear máquinas, la especie dejaría de ser también lo que es. La historia está ligada desde su mismo comienzo a la capacidad de imaginar, diseñar, construir y utilizar máquinas.
Dentro de la música electrónica, la experimentación tiene una tradición propia y puntos de coincidencia con la música culta moderna, en especial con la música concreta, basada en sonidos, y otros campos de vanguardia. En los sesenta surgió un movimiento formado por artistas, inventores e ingenieros de sonido que no deseaban someter sus medios de trabajo a formatos ya dados y crearon nuevos modos de hacer y de oír la música.
La de la tecnología es una manifestación dinámica que ha asumido su condición intelectualmente y promovido el experimentalismo artístico interesado en el proceso de cambio y asimilación, en la manera de pensar, producir y escuchar la música. La triple orientación ha dado lugar a una intensa e histórica búsqueda de las relaciones entre la música y la high-tech, concebida ésta como la máxima manifestación cultural del nuevo orden mundial, el cual vino a romper con todo, incluyendo la rigidez sobre cómo debía escucharse la música.
De tal suerte, desde fines de los años sesenta y principios de la siguiente década, la electrónica se erigió como un irradiador importante para la música contemporánea –con todas sus definiciones y derivados–, plena de energía e imaginación. El desarrollo se observó por doquier y a ello cooperaron las discográficas alternativas, los productores independientes y poco convencionales, así como los equipos tecnológicos y su democratización. Ejemplo fundamental para ese devenir fue el aparato conocido como Moog.
Este sintetizador se fabricó en los Estados Unidos entre mediados de los sesenta y 1981. Sin embargo, su sonido distintivo aún continúa muy presente en la escena musical. Keith Emerson (tecladista de Emerson Lake and Palmer, ya fallecido) y Jan Hammer (extecladista de la Mahavishnu Orchestra) fueron de los primeros en adoptarlo, porque en su opinión tenía “una cualidad orgánica, plástica y palpable que no se encuentra en otras máquinas digitales. Su flexibilidad también es importante para definir el sonido”.
Entre los compositores, el caso de David Tudor fue singular. Este creador y pianista nació en Filadelfia en 1926. Como músico, fue un pionero en la interpretación de piezas de John Cage (quien compuso muchos temas para él), Pierre Boulez, Bussotti y La Monte Young, entre otros. Es decir, era un vanguardista, experimentador y amante de la música electrónica.

Dentro de este campo obtuvo éxito y reconocimiento, lo cual lo llevó a dar cursos en diversas partes del mundo en la década de los cincuenta, tiempo en el que también se convirtió en compositor. En este rubro trabajó intensamente con el coreógrafo Merce Cunningham (en una de cuyas representaciones musicalizadas, Reunion, actuaron Cage y Marcel Duchamp).
Mientras ejercía la docencia en Alemania, recibió una invitación para hacerlo en la India. Esta invitación no provino de la nada. Surgió en un momento en que la India estaba contemplando su futuro. Después de su independencia en 1947, era una nueva nación que buscaba modernizarse en sus propios términos y sentía que tenía un futuro por delante. Además de una importante industrialización, parte de esta construcción nacional implicó el desarrollo de nuevas instalaciones educativas, aunque éstas tardarían en materializarse.
Un novedoso estudio de música empezó a gestarse a mediados de la década de los sesenta, como un intento de anclar un proyecto a largo plazo (que incluyera una subvención estadunidense que ayudara a su precario presupuesto). De tal suerte, la familia Sarabhai (conocida por su filantropía) logró atraer a David Tudor para que impartiera cursos y brindara apoyo tecnológico. Tudor aceptó la propuesta y colaboró gustosamente en la instalación del primer sintetizador Moog de la India en Ahmedabad, en octubre de 1968. Este instrumento, tan grande como costoso, más tarde se convertiría en un símbolo y durante un corto tiempo captó la imaginación de quienes estaban dentro y alrededor del recién creado Instituto Nacional de Diseño (NID por sus siglas en inglés).
La valía del estudio comenzaba con su fluidez para el trabajo. Inicialmente fue supervisado por Tudor, quien trabajó a medio camino entre maestro y artista durante su residencia de tres meses (en la cual produjo también algunas composiciones). El músico creó un espacio que facilitó a los compositores locales el descubrimiento de sus propias voces. Personalmente instaló un sistema modular Moog y una máquina de cinta en el otoño de 1969.
Esas voces resultaron notables. Los aspectos más destacados incluyeron, entre otras piezas, “Space Liner 2001” de Jinraj Joshipura, una extensión musical de burbujeantes ideas indofuturistas con una imaginería de viajes interestelares generada orgánicamente; dos destacadas composiciones de Gita Sarabhai, que ayudaron a cimentar su posición dentro de la historia de la vanguardia india y otros temas que mostraron la diversidad estilística del compositor y técnico de estudio S.C. Sharma, cuya serie de proto-techno “Dance Music” y “Wind & Burbujas” lo inscribió en la historia de aquella sonoridad.
A diferencia de los estudios de música electrónica europeos (el Groupe de Recherches Musicales de París, el Studio für Elektronische Musik des Westdeutschen Rundfunks de Colonia o el Radiophonic Workshop del Reino Unido), el NID tenía un exclusivo papel funcional que iba descubriendo mientras se probaba con la experimentación.
En cierta velada de 1969, el instituto de diseño organizó el llamado Soundscape, un evento de luz y sonido al que asistieron 20 mil personas, toda una hazaña, dado lo nueva que era esta música en la zona. El sonido podría haber causado el rechazo y la extrañeza, pero esas presentaciones tuvieron una cualidad mágica, quimérica, casi poética, proporcionada a un público que intentaba entender algo nuevo. Era el sonido de compositores que experimentaban y soñaban con el futuro.
Además de los ya mencionados, destacó también el trabajo de I. S. Mathur y Atul Desai, quienes trabajaron en ese primer estudio de música electrónica en los años posteriores a la independencia del país.
Sin embargo, el momento musical del NID no duró, más por circunstancias externas que por falta de espíritu creativo. Una marea cambiante de opinión política pragmática en un país que entraba en sus primeros veinte años independientes tuvo consecuencias para los métodos de enseñanza del instituto que se formalizaron, academizaron y volvieron escépticos ante la experimentación musical por sí misma (el acceso al Moog se restringió por temor a los costos de mantenimiento y reparación. La última grabación del aparato se realizó en 1972).
La decisión del presidente estadunidense Richard Nixon de apoyar a Paquistán en la guerra Indo-Paquistaní de 1971 vetó el flujo económico de las fundaciones de la Unión Americana que apoyaban los proyectos indios. El NID resultó perjudicado y prácticamente se detuvo todo el proceso experimental, en beneficio de “músicas más útiles”.
Medio siglo después surgió como proyecto la eventual restauración y digitalización del material creado en aquella época, mismo que apareció en 2023, con el álbum The NID Tapes: Electronic Music from India 1969-1972, que también incluyó un extracto de la obra de Tudor, descubierto entre la colección de cintas. El lanzamiento del disco fue resultado de la investigación a largo plazo realizada por el artista y músico británico Paul Purgas, quien viajó a Ahmedabad durante muchos años para explorar los orígenes de la música electrónica en la India. Esto llevó al descubrimiento del archivo de tal música en sus instalaciones.
La compilación presenta extractos de los 27 carretes de cinta de archivo que abarcan los tres años de historia operativa del estudio, mostrando el trabajo de los compositores electrónicos pioneros que incluyen al músico y poeta Atul Desai, a los docentes y técnicos I. S. Mathur y S. C. Shama, Gita Sarabhai (quien había estudiado previamente con John Cage en Nueva York. en la década de 1940) y al joven estudiante de arquitectura Jinraj Joshipura, quien tenía sólo 19 años cuando compuso por primera vez con el sintetizador Moog (hoy, es el último compositor vivo del NID).
La compilación muestra diversas visiones de la producción de música electrónica, explorando la síntesis analógica, los collages de cintas, los experimentos con la voz y las grabaciones de campo, revelando un punto de encuentro entre las tradiciones de vanguardia occidentales e indias y ofreciendo una visión única del imaginario sonoro de aquel país, durante un periodo de experimentación radical, visionaria y en completa libertad artística.