Así como este planeta contiene lugares en los que se concentra una energía magnética extraordinaria, como el Tíbet, Machu Picchu, Teotihuacán, las pirámides de Egipto, Ítaca, etcétera, la cultura rockera también posee lugares cargados de un misterioso poder que los hace sagrados, reconocibles y pueden (o deben) ser revisitados por el oído. Uno de ellos es Laurel Canyon, en Los Ángeles.
En la década de los sesenta, el lugar se asentó como un centro local de la contracultura y muchos músicos del folk y el rock se mudaron al área, lo que la convirtió en un nexo para la colaboración musical. Fue un momento histórico para la fundación de un subgénero, el folk-rock, y para que el sonido de éste se estableciera como icono, primero, y como tabernáculo pragmático y de la imaginación, después.
A ese subgénero se le conocería también como sonido de California. A grandes rasgos estuvo integrado por gente como Brian Wilson, The Mamas and The Papas, Jackson Bowne, Joni Mitchell y sobre todo por los dos grandes pilares del mismo: The Byrds (con David Crosby y Roger McGuinn, este último a cargo de la entonces novedosa guitarra Rickenbacker modelo 360/12 de doce cuerdas) y The Buffalo Springfield (de Neil Young, Steven Stills y Richie Furay), los cuales sembraron un árbol genealógico que sigue extendiendo su ramaje.
En la actualidad, una novísima generación del folk-rock la constituyen solistas como Mike Viola y Ed Ryan o grupos como Dropkick, The Lemon Twigs, Vanity Mirror o Bennett Wilson Poole, por mencionar algunos. La cancelación durante tres años (2020, 2021 y 2022) de las presentaciones en vivo, así como de la participación en festivales (y de los festivales mismos), más el cierre de los estudios de grabación, todo a causa de la pandemia, tuvo obvias consecuencias para los hacedores de música.
En el campo del rock, la situación obligó a los veteranos a frenar la dinámica de las giras y de la composición de nuevos materiales que regularmente se producen durante los viajes. La muerte, las amenazas a la salud colectiva, el miedo omnipresente, el cambio en las relaciones humanas, la manera de ser y estar en el mundo entraron en la reflexión de los confinados para escribir nuevas canciones. Todo se volvió más íntimo y personal, se retomaron los instrumentos tradicionales del rock y se grabó de manera minimalista en las propias casas.
Los más jóvenes, a su vez, se encontraron con tiempo para pensar las cosas y no resolverlas en nanosegundos, antes de pasar a otra y a otra. Descubrieron las colecciones de álbumes y discografías de sus mayores y se tomaron el tiempo de escuchar los discos de vinil completos.
Así que compusieron sus canciones con las características de los años sesenta y setenta, con la guitarra eléctrica como instrumento principal, temas profundos, con melodías y armonías vocales y vertientes más abrasivas, evocadoras y demás etcéteras.

De entre esta cosecha, el que más destaca es el trío Bennett Wilson Poole, una agrupación inglesa formada por Robin Bennett, Danny Wilson y Tony Poole. Este último es mucho mayor que Bennett y Wilson y en el pasado fue miembro del grupo de pub rock Starry Eyed & Laughing (aclamado como “los Byrds ingleses”) que se formó en la primera mitad de los años setenta del siglo pasado y lanzó dos álbumes. Después de eso, se convirtió principalmente en productor. También es un guitarrista fabuloso. Sobresale con su Rickenbacker en los dos discos que ha publicado BWP: el homónimo Bennett Wilson Poole (2018) y I Saw a Star Behind Your Eyes (2023). En ambos álbumes, las voces, guitarras y composición se combinaron con un efecto avasallador, en una colección de canciones edificantes que se convierten en algo mucho más amplio y trascendente a través de cada escucha. Quizá lo más notable sea la calidad y la originalidad de las mismas. Tratan temas de gran alcance y verdades personales.
Las credenciales de Danny Wilson se remontan a sus días en el grupo Grand Drive, con su hermano Julian. Su constante producción con ese grupo los llevó a arrasar en la primera edición de los UK Americana Awards, en la que se llevaron los premios al mejor álbum, el mejor artista y la canción del año.
Robin Bennett, por su parte, ha estado produciendo sin descanso canciones atemporales desde su oriunda Oxfordshire, en agrupaciones que han ido desde Goldrush hasta The Dreaming Spires, además de fundar dos festivales tan concurridos como galardonados y prestar sus habilidades multiinstrumentales a otros grupos, incluido Saint Etienne.
En el conglomerado Bennett Wilson Poole, el trío parece haberse topado con aquello de que el todo es más grande que sus partes. Su primer álbum homónimo fue pensado inicialmente sólo como un proyecto colaborativo único, tras una serie de eventos fortuitos que comenzó con una sesión nocturna en la que escribieron “Hate Won’t Win”, una respuesta al asesinato de la parlamentaria Jo Cox. Fue algo así como una nueva versión de “Ohio”, la clásica canción de protesta de Crosby, Stills, Nash & Young.
El álbum de lanzamiento fue bien recibido por la comunidad estadounidense y permitió al trío presentarse en el programa de Andrew Marr y a la vez ser coronado como artista del año en el Reino Unido, durante los premios UK Americana del 2019.
I Saw a Star Behind Your Eyes se armó de manera similar. Robin Bennett y Danny Wilson comenzaron a escribir nuevas canciones mientras estaban de gira para promover el primer disco, una gira que pasó de una residencia de tres noches en un pub de barrio a la odisea de un año que culminó con un concierto en el Hall One del afamado auditorio londinense Kings Place. Antes de que se dieran cuenta, ya había suficientes canciones para comenzar a grabar un segundo álbum que en realidad no habían planeado.
Mientras que el primer disco bebió profundamente del folk-rock de la costa oeste de la Unión Americana, el segundo, además de ello, se enriqueceió con la psicodelia británica de los años sesenta, incluso con una contribución del legendario artista contracultural inglés John Hurford.
La meticulosa e inspirada producción de Tony Poole convirtió el nuevo lote de canciones de Robin y Danny en una delicada y gozosa red musical. Muchos de los cortes del nuevo álbum cuentan con una sección rítmica grabada en vivo en el estudio, con los agregados de Fin Kenny (batería) y Joe Bennett (bajo).
Para aquellos que gustan del juego melómano de “descubrir las referencias” que el grupo comenzó con el primer disco, tampoco se sentirán decepcionados esta vez, ya que hay mucho material más que encontrar en la nueva producción. Igualmente, las letras no rehúyen los temas de actualidad. Al final de aquel año de gira, el grupo ya estaba tocando “I Wanna Love You (But I Can’t Right Now)”, en la que reflexionan sobre el estado de la política estadounidense.
El título I Saw a Star Behind Your Eyes proviene de la letra de “Help Me See My Way”, el primer sencillo extraído del disco, una oración de fortaleza para tiempos difíciles, cuyo video animado se emitió originalmente durante el encierro pandémico. La ensoñadora línea “Vi una estrella detrás de tus ojos” se atenúa con la súplica “no dejes que se apague”, un mensaje que se siente siempre importante tras aquella experiencia colectiva.
Con eso, más el canto nítido de los tres integrantes de la agrupación, aparece de vuelta la época más californiana del sonido (Byrds, Buffalo Springfield, CSN&Young, Beach Boys et al). Un álbum con mucha clase y compromiso social y musical, buenas canciones (con toques de Tom Petty y Bruce Springsteen), impecable interpretación y la seguridad de que el disfrute con estos neoclásicos está garantizado.