Rust, un fulgor en el negro pozo libanés

El Líbano afronta uno de los peores momentos de su historia. Arrastraba una profunda crisis desde la guerra civil (1975-1990) cuando, además, se produjeron dos acontecimientos imprevisibles: la explosión del puerto de Beirut en el 2020 que dejó muertos, miles de heridos y enormes daños y la pandemia global que derrumbó el sistema sanitario y la débil economía.

A todo esto se agregaron los problemas políticos, religiosos (en los que dominan los talibanes) y étnicos. El Banco Mundial dijo en su último informe que el Líbano ha sido víctima de una gran estafa “orquestada por las élites que capturaron al Estado” para ponerlo a su servicio. El informe relata cómo desde el gobierno inflaron la economía a base de préstamos, “con el único objetivo de que las empresas privadas se enriquecieran”.

Tras ello, el país sufrió una caída drástica del PIB de cerca del 40 %, la inflación un alza del 200 % y la devaluación de su moneda el 90 %. Ante todo ello, el Estado no tiene capacidad de respuesta. En todos los ámbitos se arrastran problemas de infraestructura eléctrica. El abastecimiento es complicado por el alza del precio del gasóleo para los generadores, debido a la guerra en Ucrania. No se garantiza tal suministro en los hospitales (y de uso doméstico por más de dos horas al día) ni el acceso al agua, a las medicinas (caras y escasas) o la recogida de la basura. Según las Naciones Unidas, cerca de un 80 % de los libaneses se encuentra por debajo del umbral de la pobreza.

Todo es caos y fealdad. No obstante, cuando se vive con tanta destrucción alrededor, se busca la belleza en cosas tan intangibles como cercanas: las canciones y la poesía, por ejemplo. Sólo la música en las calles disimula el cansancio de un pueblo que ha dejado de hacer planes para el mañana.

La capital, Beirut, es una ciudad con heridas múltiples. Pero también de pulsiones artísticas conectadas con su remoto pasado. Los hacedores que hoy la convierten en un vibrante centro creativo han regresado para ayudar a reconstruir aquello. Con ese objetivo surgió el dueto Rust, compuesto por una pareja de creadores idealistas: ella, Petra Hawi (nacida en Líbano) y él, Hany Manja (nacido en Damasco). 

Hawi es vocalista además de instrumentista. Su base estética está arraigada en la música árabe tradicional y con ella ha actuado desde 2012 con varias agrupaciones de su paía. Al crecer dentro de una familia de artistas, ha estado inmersa en la música, el arte y la cultura desde muy joven. Le apasiona el poder de la música para unir a las personas e investigar su potencial.

El sirio Manja, a su vez, es un músico y productor de música electrónica. Ésta pasó de ser una pasión a una práctica después de que dejó su país natal a los 17 años y se fue a Europa, donde descubrió la música electrónica y comenzó a crear la propia. Pasó quince años en la República Checa. Ahí, asistió a la Synth Library de Praga para aprender a utilizar los sintetizadores y producirse él mismo. Luego, se mudó a Beirut en el 2019. Una vez ahí, estudió el oud y la música árabe tradicional, lo que le permitió ampliar sus capacidades musicales. Desde entonces, le entusiasma unir lo antiguo con lo contemporáneo, explorar nuevos sonidos y empujar los límites.

Mientras buscaba una cantante con la cual colaborar, tuvo la suerte de conocer a Hawi, quien buscaba un nuevo desafío y una oportunidad para poner en práctica su pasión y conocimiento del canto árabe popular. Así comenzó su colaboración y nació el dueto Rust, en septiembre del 2020.

Rust es una palabra en farsi –o persa– que significa óxido (curiosamente, en inglés rust es también óxido, nota de la redacción), nombre que hace alusión a su propuesta de recuperar los poemas y la música árabe “oxidada y olvidada por el paso del tiempo”, según precisan. El objetivo era volver a darle valor a través de una fusión con la actualidad.

El dúo comenzó explorando la poesía vetusta del mundo árabe y con ese conocimiento sus integrantes compusieron melodías para el oud, volviendo a la vida los viejos versos. Luego, esas melodías las arreglaron y estructuraron sobre un equipo electrónico, en el que se forjó el sonido final. Rust también realiza versiones del repertorio de composiciones árabes clásicas. Cada canción se reorganiza y se reinterpreta para adaptarse a su estilo musical. Durante las presentaciones en concierto, el dúo constantemente agrega improvisaciones y efectos para crear un sonido a la vez cautivador y fascinante.

En estos pocos años años, la pareja ha encontrado su camino, a través de la mezcla de ritmos originarios de Oriente Próximo con otros como los occidentales trip hop o techno. Así, producen música como la aramea, pero la transforman con el sonido electrónico y las texturas. Es un proyecto musical que intenta revolucionar la forma de hacer música en aquel país. El sintetizador, el sonido del oud, la voz y la recopilación de canciones árabes clásicas son los pilares de Rust.

El manejo de la voz, así como el dominio de los instrumentos han sido sus principales retos. Para Hawi, por ejemplo, recuperar su voz árabe sigue siendo un trabajo cotidiano. Ella aprendió el canto occidental desde los nueve años y ha perfeccionado su técnica vocal en el Conservatorio Superior de Música del Líbano, pero no fue hasta la universidad donde aprendió canto árabe. Los maqams o melodías árabes son diferentes a las melodías occidentales. La escala maqam tiene más notas y una gama de sonidos mucho más amplia y flexible. En ella la improvisación es fundamental.

Por otro lado, imitar sonidos de instrumentos comunes de la cultura árabe en el sintetizador es muy difícil. “Se corre el riesgo de que suene exótico”, ha explicado Manja. Por eso, él ha dedicado mucho tiempo a encontrar un software que cambie el tono de cada nota, para que el sonido resulte lo más fiel posible a la escala árabe.

La pareja lo tiene claro: darle el toque de actualidad a lo arcaico, lo ven como algo refrescante. Producen música nueva utilizando el acervo –que es muy rico y profundo– y en el proceso tienen que aprender a expresarlo a su manera con el objetivo de cerrar la brecha entre el legado y la modernidad, en un proceso continuo de descubrimiento y experimentación.

Producto de ello es el EP Echoes que lanzaron digitalmente el 15 de diciembre de 2022. Se trata de una reelaboración de antiguas canciones árabes de artistas icónicos, como Om Kulthoum y Ashmahan, en diferentes géneros electrónicos que van desde el electro hasta el trip hop y el techno. Cada pista tiene su propia versión única de la sensación clásica, así como un sonido actualizado, con lo que se crea una vivencia única.

El disco lleva a los oyentes a un viaje a través de las profundidades de la música, despertando el pasado y explorando nuevos límites sonoros y armónicos. Pero, con él, también han querido aclarar que su obra no es música electrónica con influencias árabes. Lo que hacen es música electrónica árabe contemporánea, esa es otra de las cosas que los caracteriza.

Esta es la belleza de la música electrónica como ellos la utilizan: no es un género, es una textura, es imaginación, una visión. Por ello están cambiando y adaptándose todo el tiempo. Echoes es una colección de versiones reinventadas de canciones árabes clásicas, por medio de técnicas de producción innovadoras, en las que el dúo transforma melodías añejas en composiciones modernas. 

Hace mucho que los límites antes claros entre las culturas se desmoronaron. El mundo se ha encogido por obra de los medios de comunicación que lo han convertido en aquella aldea global tan llevada y traída en la que todo está disponible al instante. Todo se mezcla y tanto el público como los músicos se hallan en el cruce de caminos de una simultaneidad que ha abolido el espacio y el tiempo.

Cabe suponer que el éxito del world beat –en el que se mueve Rust– se basó en el deseo de entregarse a la fuerza de ritmos imperiosos creados por los pueblos extrarradiales de los históricos centros de la cultura. Ritmos que reflejaban los momentos en que el propósito de la música era el de alentar, encantar y hechizar. Hoy, Rust ha podido confirmar la suposición, pero también asombrarse ante el alcance que ha tenido su proyección musical y las distintas diásporas étnicas y su disolución en diversos géneros.

Es el suyo un serio esfuerzo para dar a conocer la música árabe en su búsqueda por conectar con el resto del mundo, con su tiempo y espacio y por su propia ruta, a fin de recordar y paliar su entorno. Se trata de un esfuerzo más que legítimo.

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Publicado en: Sonidos de Babel