Gibrana Cervantes: el secreto para pasar la eternidad

Talentosa música emergente, perteneciente a una nueva generación que se ha apoderado de la escena en el último decenio, Gibrana Cervantes es una violinista que luego de años de militar en Vyctoria, ha editado un EP en solitario: ¿Cómo pasamos la eternidad? (Mexican Rarities), cuatro canciones de bella manufactura, aunque apenas un atisbo de su capacidad. También apareció recientemente el primer registro discográfico (A Time to Love, a Time to Die) de Amor Muere, agrupación femenina integrada por ella y complementada por Camille Mandoki, Concepción Huerta y Mabe Fratti.

Gibrana se mudó a Londres el año pasado y desde allí nos habla no sólo de su primera incursión en solitario y del debut en álbum de Amor Muere, también nos cuenta de sus comienzos, su gestión como curadora en el 316 Centro y de las actividades de Vyctoria, su banda nodriza.

Gibrana Cervantes. Fotografía: Jesús Rodriguez

Cuéntame de tu primer acercamiento a la música, ¿comenzaste a tomar clases de violín por gusto o porque tus padres te llevaron?
Empecé a tener atracción por la música cuando tenía como cinco años. Mi abuelo, Salvador Chavela Guerra, era un músico lírico de la región de la Huasteca hidalguense, de un pueblito llamado Tianguistengo, con mucha tradición en la música del son huasteco. Me llamaba la atención verlo tocar con sus amigos cuando iba de viaje con mis abuelos a una casa que tenían en ese lugar, pero no fue hasta los nueve años que quise aprender a tocar guitarra. Mi abuelo tocaba muchos instrumentos y me iba todas las tardes a visitarlo para que revisara mis lecciones de guitarra y fue ahí cuando él me dijo: “A ver, intenta tocar violín”. Aprendí sin técnica, sólo a repetir melodías que él me enseñaba y a veces tomaba el arpa, la huapanguera o la jarana huasteca y nos poníamos a tocar por horas. De ahí él vio mi interés por el instrumento y no sé si decir la facilidad. En ese tiempo vivíamos en Chilpancingo, Guerrero, y había una escuela de música. Teníamos la oportunidad de tomar clases con músicos de la Orquesta Filarmónica de Acapulco, en la que la mayoría de sus integrantes eran rusos, y ahí conocí a mi primer maestro, Shotta Katzarava. A los doce años tuve mi primera experiencia en una Orquesta Sinfónica y después de eso sólo recuerdo que a eso me quería dedicar. A los quince años me mudé a la Ciudad de México y entré a la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, siguiendo mi proceso académico y tomé clases con la maestra Vera Koulkova. Es cuando empecé a hacer mi carrera como violinista. 

Pasaste por diferentes orquestas y en 2016 te integraste a Vyctoria, ¿qué te llevó a hacer ese movimiento?
Tuve la oportunidad de hacer carrera en el “mundo clásico”. Me gustaba tocar el violín, pero tenía inquietudes, me preguntaba de qué servía dominar un instrumento si no podía encontrar mi expresión a través de compositores clásicos. Hacer Vyctoria con mis amigos fue la manera de hacer música por diversión. No es que no sintiera diversión cuando estudiaba música clásica, pero era más estricto todo, se requería cierta disciplina y, a decir verdad, fui algo rebelde con eso. Con Vyctoria exploramos nuestros instrumentos, escuchamos lo que cada quien quería tocar y aprendimos a tener nuestra propia manera de componer. Pude experimentar otra dinámica de tocar violín, amplificando su sonido y procesándolo con pedales. Era divertido juntarnos a tocar e ir aprendiendo lo que como banda queríamos hacer con nuestro sonido. Fue en ese tiempo que empecé a escuchar y hacer otro tipo de música que me alentó a salir de mi zona de confort con el violín. 

¿En algún momento has deseado regresar a la música clásica? 
Realmente no. Por muchos años tuve esa balanza: por las mañanas hacía música clásica y por las noches exploraba mi música. Fue hasta el 2021 que pude tomar la decisión de salir completamente del mundo clásico y siempre estaré agradecida por el privilegio que tuve de tener buenos maestros, de tocar con grandes músicos y bajo la dirección de grandes directores de orquesta. Siempre tendré el interés de poder hacer música con alguna orquesta y que pueda colaborar desde lo que estoy haciendo ahora. 

En 2018 se fundó 316 Centro, ¿cómo llegaste a eso? 
316 Centro nació de la necesidad por tener un lugar para escuchar música en vivo que se enfocara en el cuidado de la producción, la calidad del audio, curaduría y el respeto a las personas. Cuando empezaba a tocar con Vyctoria, no había muchos lugares donde presentarse y en los que había te encontrabas con el ingeniero mala onda o el lugar con pésimo sonido. En mi cabeza sólo pasaba que no era posible que en Ciudad de México no tuviéramos espacios donde realmente pudieras compartir tu música sin tener ese tipo de problemas. Sólo recuerdo el Multiforo Cultural Alicia que fue nicho de varias generaciones y en ese tiempo era el único lugar donde me sentía cómoda al tocar y que también fue una inspiración para nosotros al hacer 316 Centro. Empezamos idealizando el lugar de cómo nos gustaría poder tocar con las posibilidades que teníamos en ese momento. El edificio en Fray Servando 316 era el lugar de ensayo de Vyctoria y de otras agrupaciones amigas. Vivían en ese lugar amigos que también hacían música. Uno de ellos tenía un estudio de grabación y pensábamos que sólo hacía falta un lugar de conciertos en el edificio y por suerte uno de los departamentos se desocupó, lo vimos como una oportunidad para llevar a cabo este capricho y demostrarnos que sí se puede tener un lugar con las condiciones necesarias para poder apreciar música en concierto, un espacio que fuera honesto tanto para los músicos que se presentaran, para el público que asistiera y para nosotros al producir un evento. No sabíamos el impacto que esto iba a tener, pero estamos contentos con el resultado y agradecidos con las personas que han colaborado con nosotros para mantener el 316 Centro con música en vivo. Ya lleva cinco años, sobrevivimos a la pandemia que para los espacios independientes en México fue un momento muy duro. En ese tiempo hemos tenido la oportunidad de colaborar con proyectos de más de quince países y diversas partes de la República Mexicana. Por medio de ese espacio sonoro se ha fomentado la diversidad de géneros musicales: jazz, cumbia, electrónica, doom, hardcore, contemporánea, improvisación libre, noise y rock, así como la integración de distintas identidades y géneros en un lugar en el que se propician la apreciación musical y los conciertos inmersivos. 

Gibrana Cervantes. Fotografía: Jesús Rodriguez

Has colaborado con músicos diversos, pero fue hasta 2023 que lanzaste un EP en solitario, ¿sientes que te tardaste en hacerlo o crees que fue el momento adecuado? 
Siempre estuve haciendo mi propia música, desde que empecé a experimentar con Vyctoria. A veces quedaban algunas líneas para el grupo, otras veces sólo hacía música y no la mostraba a nadie. Por varios años estuve en varios proyectos y me demandaba mucho tiempo trabajar en una orquesta y fue hasta que ocurrió la pandemia que todo paró y no pude hacer lo que estaba acostumbrada a hacer; entonces tuve más tiempo para dedicar a esas canciones inconclusas que por muchos años sólo tocaba pero nunca había grabado en solitario.  Considero que fue el momento indicado para empezar a compartir mi música como Gibrana Cervantes. Lo que siempre me ha gustado de hacer música son las posibilidades de explorar tu proceso y considero que estuve mucho en esa exploración, trabajando con más personas, y en estos momentos ha sido increíble conocerme trabajando sola. Agradezco haber consolidado proyectos con mis mejores amigos, como Amor Muere, Vyctoria y 316 Centro, pues por medio de ellos he podido encontrarme en esta nueva etapa de mi vida; aprendí a trabajar conmigo misma.  Cuando me mudé a Coatepec, Veracruz, tuve más tiempo para mí y estuve haciendo mucha música con Camille Mandoki. Ella me ayudó a aprender a escuchar mi música y fui disfrutando de tocar sola. Ese par de años me dieron claridad de cómo quería seguir haciendo música. Ahora vivo en Londres y han valido la pena todas esas decisiones. 

¿Cómo trabajaste ¿Cómo pasamos la eternidad??¿Es resultado de improvisaciones, se trata de temas compuestos previamente o es una mezcla de ambos? 
Los tracks de ¿Cómo pasamos la eternidad? son temas compuestos. Sin embargo, mi música siempre deja la puerta abierta a improvisar sobre una composición.  Desde hace varios años llevaba trabajando estas canciones que pude concluir cuando tuve la invitación de publicar un disco de 7”, para el que escogí las canciones “Moving Through Our Waters” y “Fuera de nada” como parte del EP. Trabajé esas canciones desde el principio con Camille Mandoki, quien estuvo a cargo de la grabación y la mezcla. Nos fuimos a grabar a un estudio en Tepoztlán y para mí fue un desafío, ya que cada lado tenía que durar menos de cinco minutos y son canciones que al tocarlas en vivo pueden llegar a durar diez minutos cada una. Al principio sólo iban a ser dos canciones, pero hubo la posibilidad de entrar nuevamente al estudio para grabar más música. En ese momento, estaba de gira en México  con Lori Goldston y Dave Abramson y los invité a pasar unos días en el estudio y también a Concepción Huerta.  Grabamos mucha música que lamentablemente no pude recuperar por problemas con la primera disquera que me había ofrecido grabarla, salvo los tracks que acompañan este disco en formato digital “Infinita presencia” y la colaboración con Concepción y Dave en “Sleeper Ship”. La mezcla la hizo Sebastian Neyra y el master de todos los cortes de ¿Cómo pasamos la eternidad? fue hecho con Rafael Anton Irisarri; el arte estuvo a cargo de la artista Corbin La Mont. Fue un disco con un proceso muy lento. Venía arrastrando esas composiciones desde una etapa de mi vida en la que había perdido a varias personas y plasmé la música desde ese sentimiento. Al final no publiqué el disco con esa primera disquera interesada. Se paró el proceso por casi un año. Me puse muy vulnerable al no poder sacarlo cuando terminamos de grabar y mezclar, ya que no sólo mi trabajo estaba ahí, también el de las personas con las que colaboré, pero únicamente necesitaba paciencia y todo se fue acomodando a principios de 2022, cuando Mexican Rarities se interesó en mi música, les mostré esos tracks y a partir de ahí me regresó la confianza en el proyecto.

(¿Cómo pasamos la eternidad? abre con un drone que anuncia el inicio de “Infinita presencia” y ello le permite al violín posarse sobre el track como si efectivamente fuera algo interminable; bajo éste, otros violines aparecen, así como una alfombra de sonidos electrónicos que, entrelazados, forman un hermoso tejido sonoro, como si se tratara de un despertar, un alumbramiento, la visión de una luz en proceso de gestación. “Moving Trough Our Waters” es un tema muy hermoso, más luminoso que el anterior, y aquí los violines de Gibrana crean un sinuoso vaivén, como si se flotara sobre el agua: pero, al mismo tiempo, de la composición se desprende un sentimiento de elevación, especialmente cuando aparecen ligeros tintes de  minimalismo. “Fuera de nada”, con el instrumento tocado en las cuerdas y un persistente sonido que simula el paso del tiempo es, por momentos, más espacial, cósmico incluso. Esa sensación se extiende a “Sleeper Ship”, cuyo comienzo anuncia un trayecto. Aquí la atmósfera creada por Cervantes es completamente espacial, pero el viaje que empieza fuera de la órbita paulatinamente se vuelve un tranquilo y agradable descenso, se acerca a la Tierra y nos posa en ella amablemente).

También me interesa que me hables de Amor Muere. Empecemos por la formación del grupo, ¿cómo nace y por qué lleva ese nombre? 
Amor Muere somos Mabe Fratti, Camille Mandoki, Concepción Huerta y yo. Empezamos a tocar para un performance multidisciplinario escrito y dirigido por Camille Mandoki y después de varias presentaciones fuimos conociéndonos más y encontramos una complicidad al hacer música, generando sesiones de improvisación y composiciones colaborativas. Estas experiencias profundizaron nuestra amistad y en 2018 queríamos viajar-tocar juntas. Organizamos una gira por Baja California y Los Ángeles y ahí decidimos que fuéramos a tocar no con nuestros proyectos solistas sino con ese ensamble que estábamos haciendo; entonces  empezamos a componer. Queríamos ponerle un nombre al tour y lo llamamos Love Dies. Después regresamos a Ciudad de México… ¡y nos decían “Las Love Dies”, ja ja! No nos gustaba que ese fuera nuestro nombre como agrupación y después de varias propuestas y por la racha de mal de amores que atravesábamos, sólo tradujimos a Amor Muere. Se sentía más fuerte que usarlo en inglés. 

Amor Muere. Fotografía: Cortesía Amor Muere

¿Cómo trabaja Amor Muere? ¿Alguien llega con una idea o éstas nacen en el estudio de grabación o en el ensayo?
Nuestra conexión es nuestra voluntad de escucharnos unas a otras. La forma de trabajar que tenemos es reunirnos para hablar de los procesos sonoros y personales que está navegando cada una en ese momento. A veces tocamos y van saliendo las piezas; al final de la improvisación decidimos qué incorporar y vamos componiendo de forma intuitiva. Básicamente, Amor Muere es este colectivo que tenemos y que se basa en la escucha de la otra, de nuestros instrumentos, del tiempo entre el silencio y la ocurrencia del sonido. 

Cuéntame de A Time to Love, a Time to Die, el primer álbum de Amor Muere, ¿cómo se dio su gestación? 
La música se hizo desde 2018 y ya habíamos grabado el disco en 2019, pero no estábamos convencidas de que eso queríamos mostrar. Realmente es difícil juntarnos como Amor Muere, ya que cada una tiene su proyecto solista y a veces es complicado que nuestros calendarios coincidan. Fue hasta 2021 que pudimos grabar nuevamente, en el estudio de Camille, en La Pitaya, Veracruz. Camille estuvo a cargo de esas grabaciones intensas y tuvimos la oportunidad de mostrar el disco a varios sellos que estaban interesados en trabajar con nosotras. Así fue como  conocimos a Harriet, del sello londinense Scrawl, con quien sentimos mucha empatía y pudimos trabajar la mezcla y el master.

(“La” abre A Time to Love, a Time to Die (Scrawl, 2023) con el cello de Mabe Fratti y bajo éste, los instrumentos electrónicos cargan la atmósfera; su voz, como siempre, es luminosidad en el todo, luminosidad que el violín de Gibrana matiza un poco. El track se escucha amable, pero también hay en él energía concentrada y eso hace de  “La” una poderosa composición. “Shhhhh” es más misteriosa, con el violín que rasga y el chelo que puntea, los sonidos electrónicos en la base imprimen una cama de misterio que deviene en experimentación. “Can We Provoke a Reciprocal Reaction” es una bella balada interpretada por Camille Mandoki en la voz y una alfombra de sonoridades electrónicas que bien podría ser terrorífica, aunada a un violín punteado y un cello que tocado con la mano marca un ritmo pulsante. “Love Dies” es otra canción atípica, cantada por Mandoki y que las cuatro musicalizan con una red de sonidos extraños y sugerentes, más una percusión que luego cambia a un pasaje dominado por las cuerdas y la sempiterna percusión. “Violeta y Malva”, el corte más largo del álbum, es un tour de force. Aquí Fratti, Huerta, Mandoki y Cervantes se subliman, crean una composición envolvente, un ambient oscuro en su base que funciona como un paisaje marcado por la bruma y roto por un pulso electrónico, voces distantes, ruidos que oscilan, la voz de Mabe (duplicada) que hace algo parecido a un scat y es mecida por las olas del mar; el violín eleva entonces la voz, sin opacar al resto, y hace más intensa la atmósfera que, convertida en un especie de lamento, refrenda el cello con su gravedad. Es un corte inmersivo que en sus últimos cuatro minutos se convierte en un viaje cósmico y debe escucharse sin interrupción para degustarlo bien. Una de las mejores composiciones que se han escrito en su género en nuestro país en el último quinquenio…, por lo menos).

¿Qué esperas de ¿Cómo pasamos la eternidad? y del álbum de Amor Muere para el 2024? 
En este momento estoy muy feliz de que estos dos discos que pasaron por muchas cosas salgan y la gente pueda escucharlos. A veces no te das cuenta cuánto tiempo puede pasar para que un disco sea escuchado, así que el 2024 será de tocarlos en vivo lo más que se pueda. Con mi proyecto solista estaré haciendo conciertos en Europa, México y Estados Unidos y con Amor Muere se está trabajando una gira por Europa para darle promoción y seguir divirtiéndonos tocando juntas. 

¿Vyctoria seguirá hibernando? Ahora que has estado en Londres, ¿con quiénes has tenido oportunidad de colaborar?
Estamos trabajando en un nuevo disco y queremos seguir tocando en vivo que es lo que más disfrutamos como banda. Hemos estado juntos casi diez años y obviamente en este tiempo muchas cosas cambian. Ahora no vivo en México, pero con Vyctoria ocurre que no somos un grupo activo todos los meses del año, aunque siempre encontramos tiempo para seguir haciendo música. Apenas tuvimos una gira por Europa, donde nos fue bien, y ya estamos avanzando en nuevas canciones. Sólo hay que tener paciencia para reactivar las necesidades que este proyecto requiere. Londres me ha recibido muy bien, he conocido a muy buenos músicos, mucha inspiración de lo que fue y es la música en esta ciudad. Conocí al percusionista Charles Hayward, quien fue miembro fundador de los grupos de rock experimental This Heat y Camberwell Now. Esta conexión la hizo nuestra amiga en común Lori Goldston, quien sólo me comento: “si vas a vivir en Londres, tienes que conocer a Charles Hayward”, nos presentó y fue increíble saber que los dos vivimos en South East London. Nos pusimos en contacto y recuerdo que me dijo: “Ha de ser difícil ser músico y mudarse de país”. La verdad no lo había pensado en esa forma, pero tenía mucha razón, pues ya estaba muy acostumbrada a  cómo funcionan los circuitos en México, pero ni idea de cómo empezar a hacer amigos para tocar. Charles me invitó a una sesión de improvisación en un estudio que tiene desde hace treinta años. Ahí también conocí a Nathan Greywater del proyecto Harmergeddon. Ellos dos llevan varios años colaborando y me invitaron a echar el jam. Fue una conexión única. A Charles le gustó la música que estaba sonando e invitó para el siguiente jam a Jasmin Pender, quien tiene un proyecto solista llamado Rotten Bliss. Empezamos a vernos una vez a la semana en el invierno, sólo por el gusto de hacer música. A veces no tenemos que platicar de nada, sólo crear sesiones de improvisación y pasarla bien tocando juntos. Apenas el pasado agosto nos salimos de la sala de ensayo y dimos nuestra primera presentación en vivo y ya tenemos invitación para presentarnos otra vez. Estoy muy agradecida de haberlos encontrado y hacer música para un ritual de incertidumbre. Además, estoy colaborando con Nyksan, un artista sonoro colombiano, también radicado en Londres y cofundador de TraTraTrax, un sello latino clave en el circuito electrónico global. Esta conexión fue a través de nuestra mutua amiga Concepción Huerta y desde que conocí a Nico nos juntamos a tocar y tenemos un EP que saldrá como Colombian Drone Mafia & Gibrana Cervantes. Es un proyecto que la verdad ha fluido muy orgánicamente, con gran diseño sonoro, atmósferas cinemáticas y narrativas sonoras de nuestra natal Latinoamérica. 

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Publicado en: Entrevista