El blues continuo (la tercera ola)

El interés despertado por el british blues, es decir, los grupos ingleses blancos (Rolling Stones, Savoy Brown, Fleetwood Mac, Chicken Shack, Ten Years After, etcétera) y el de sus contemporáneos estadunidenses (Paul Butterfield, Mike Bloomfield, Canned Heat, etcétera), hacia el género original durante la década de los sesenta, le otorgó a este último un primer reconocimiento generacional y la posibilidad de darse a conocer masivamente. 

De aquella camada de músicos y cantantes blancos surgieron los nombres de Eric Clapton, Alvin Lee, Mick Jagger, Keith Richards, Robert Plant, Jimmy Page, Jeff Beck, Joe Cocker, Eric Burdon y hasta Rod Stewart.

A la vuelta de los años, un segundo homenaje se realizó con los músicos más jóvenes y quizás a los viejos bluesmen –los que quedaban– sí les tocó una buena rebanada del pastel financiero y el crédito justo que merecían.

De alguna manera, ese segundo revival inició en varios frentes: uno de ellos fue con el álbum The Healer (1989) de John Lee Hooker, en el que pidieron colaborar Carlos Santana, Bonnie Raitt, George Thorogood y Los Lobos, entre otros. Hooker después intervino en diversos proyectos: cantó con Hank Williams Jr. en el disco Major Moves; participó en la obra musical Iron Man de Pete Townshend, representada en Broadway; con Santana en su composición neoclásica para bluesero y orquesta sinfónica y en el soundtrack de la película The Hot Spot, dirigida por Dennis Hooper. The Healer se convirtió en un éxito, cosa que no le había sucedido a Hooker desde que su canción “Boom Boom” estuvo en el número 60 en las listas de sencillos de los Estados Unidos, en 1962.

Un segundo frente corrió a cargo de B. B. King.  La carrera de B. B., al cual algunos consideran el guitarrista más influyente del siglo XX, estuvo llena de baches. Su ascenso significó una larga y tenaz lucha. Hasta mediados de los años sesenta, tocó en forma exclusiva para públicos negros, aunque ya lo conocían los guitarristas blancos. 

B. B. King en 1971. Fotografía: Heinrich Klaffs bajo licencia de Creative Commons

Influyó en igual medida en los más importantes: Clapton, Beck, Peter Green, Mick Taylor, Johnny Winter, y en sus homólogos contemporáneos, como los hermanos Vaughan: Jimmy (de los Fabulous Thunderbirds) y el desaparecido y genial Stevie Ray, así como el fallecido Jeff Healey y el grupo U2.

Bono compuso “When Love Comes to Town” y contrató a B. B. King para colaborar en la grabación de la pieza y como estrella invitada para su gira de promoción del disco Rattle and Hum, realizada en los últimos años de la década de los ochenta.

La segunda celebración generacional para el blues continuó cuando Albert King aceptó una oferta para grabar con el heavymetalero Gary Moore en el álbum Still Got the Blues (1990).

Eric Clapton, por su parte, prosiguió con la empresa iniciada hacía casi sesenta años, con su homenaje a Robert Johnson y su colaboración con B. B. King, más  invitaciones a Buddy Guy para que tocara con él en algunos conciertos.

A pesar de todo esto, uno muy bien puede preguntarse por qué los bluesmen negros sólo saltan a la luz pública cuando las estrellas de rock deciden que ha llegado el momento para otro revival periódico. La culpa, sin embargo, no es de los músicos, sino del público que no se decide a buscar por sí mismo a los creadores originales de esta música, la cual satisface con creces la necesidad de un contenido emocional y además con una fuerza que conmueve.

Entre los muchos revivals a los que de manera regular convida la industria discográfica, el del blues es quizás el que tiene mayor sentido. Al fin y al cabo, la historia del rock y del jazz comenzó con el blues. Sanear el ambiente desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en las raíces fundamentales de esta música, no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

Actualmente, con los álbumes realizados por Ben Harper y Charlie Musselwhite, comenzó la tercera ola de tal movimiento. Sólo que ahora a la inversa y con un punto de vista diferente. El músico joven negro comparte créditos con el viejo bluesman blanco (en esa línea se anotan las colaboraciones de Eric Steckel con John Mayall, Davy Knowles con Eric Clapton, Tyler Bryant con ZZ Top o Jared James Nichols con Leslie West, por ejemplo).

Charlie Musselwhite (nacido en Kosciusko, Mississippi, en 1944) es dueño de una enorme colección de armónicas, sin saber cuántas tiene en realidad. Su historia y posesión hace de los instrumentos joyería preciosa o dagas afiladas. Son ambas cosas y tan intensas como brillantes y simbólicas. Son sus armas frente a la vida.

Este músico creció en Memphis y se contagió del poderoso ritmo emergido de la Sun Records (cuna de Jerry Lee Lewis y de Elvis Presley). Sin embargo, fue en Chicago, con el sello Chess, meca del blues eléctrico, donde colaboró, entre otros pioneros, con Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Buddy Guy y sobre todo Sonny Boy Williamson, su influencia mayor en el instrumento.

Musselwhite es leyenda viva del blues por sí mismo, por su alargada carrera dentro del género e igualmente por ser uno de esos compañeros de viaje musical con los que se puede cabalgar hacia el horizonte, porque son confiables plenamente, sin ambages. Estará ahí para cualquier cosa que se necesite y en el humor que se necesite.

Es un viejo sabio (80 años a cuestas, con algunos achaques propios de la edad) con un espíritu joven que sabe controlar cualquier situación y siempre tiene un plan B o C o D y que, como el lobo del cuento, soplará y soplará y la casa derribará.

También en Chicago entabló amistad con John Lee Hooker, quien se encargó de presentarle al joven Ben Harper, sugiriéndoles desde ese momento que hicieran algo juntos.

Harper (nacido en Pomona, California, en 1969) ya había mostrado su voz aterciopelada y su gran habilidad instrumental en álbumes como Welcome to the Cruel World, Burn to Shine y Diamonds on the Inside, con las que se erigió, a fines de los años noventa y principios del siglo XXI, como un nuevo pilar del rhythm and blues, al cual había mezclado con elementos del folk, el rock y el soul.

Musselwhite, a quien nunca le ha gustado la nostalgia y con cada disco apunta su valor de actualidad, aceptó la reunión y en dos obras (Get Up! y No Mercy in this Land) ambos músicos enseñaron que, además de constituirse en un binomio musical formidable, representaban la alianza y la simbiosis del blues entre dos apasionados musicales de generaciones distintas.

Estos discos emanan tanto el blues de la vieja escuela, el de aquellos discos de mediados del siglo pasado, como el blues más contemporáneo del siglo XXI.  La mancuerna, pues, manifestó tener un pie en la tradición y otro en el presente.

Tras la colaboración con Harper, Musselwhite lo ha hecho también con otros músicos como Tom Waits, Eric Clapton o Bonnie Riatt.

Musselwhite, en las entrevistas que le han hecho, se ha puesto a meditar sobre el género. Su veteranía le ha dado la posibilidad de asumirlo con una perspectiva histórica.

“El blues es una comunidad, una filosofía vital que condujo los relatos de todo un país en construcción. Es un sentimiento y, como tal, es una música que se ha hecho universal. Nuestro propósito en estos discos se basa fundamentalmente en mantenernos fieles a ese propósito sentimental”, ha comentado el armoniquista, mientras que Harper ha sentenciado que en sus álbumes conjuntos “el blues es una celebración”, una que sin lugar a dudas festeja la tercera ola de su acontecer histórico.

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Publicado en: Columnas