El sentido de lo oculto ha estado en la mente del ser humano desde que tuvo conciencia de sí. Por la curiosidad acerca de lo que lo rodeaba, por la búsqueda de respuestas a misterios físicos o metafísicos, terrenales o cósmicos. Como una manera de explicarse la existencia y la muerte. Como una forma de ser y estar en el mundo y frente a los demás.
La época antigua creó toda clase de cosmogonías e inframundos. La Edad Media las supersticiones, la religión, el rechazo y la persecución. El Renacimiento lo hizo volver al primer plano y florecer en muchos sentidos. El romanticismo del siglo XIX lo puso en boga. El XX, por medio de la contracultura, lo puso en práctica en muchos campos. La fragmentación del XXI hace de ello una urgencia.
A dicha manifestación se le suele identificar con lo inaccesible, lo rodeado de misterio, con expresiones sólo revelables mediante códigos secretos. En la imaginería más pedestre se le relaciona con celebraciones rituales, sectas, fantasmagorías, demonios, brujería, satanismo y magia negra. En mentalidades más sofisticadas, con la mística, la telepatía, la alquimia, los planos astrales o cósmicos, entre otras cosas.
En una postura creativa, el arte lo contiene desde el comienzo de cualquier civilización, de formas evidentes o invisibles, en la rareza fuera del conocimiento más común o en el exotismo de lo popular. En lo oculto se han recreado todas las artes: la pintura, la arquitectura, la escultura, la danza, la poesía/literatura, la cinematografía y, por supuesto, la música (en muchas de sus expresiones).

El rock, género musical al que todo lo humano le es inherente, lo ha mantenido cerca y presente desde los comienzos. Primero de forma caricaturesca, como corresponde a la etapa lúdica de su evolución, con ejemplos como “The Witch Doctor”, “The Fortune Teller”, “Devil in Disguise” o “I Put a Spell on You” y a la postre con vertientes y subgéneros que lo tienen como materia prima, del art-rock al black metal más extremo.
La historia del rock está conformada por sus mitos y el fundacional es el de Robert Johnson, un joven guitarrista negro que optó por negociar su alma con el Diablo, en un cruce de caminos en Clarksdale, a cambio de la habilidad de interpretar el blues mejor que cualquier otro hasta ese momento. La localidad de Clarksdale se ubica en el corazón de Mississippi, en la zona conocida como el Delta.
Ahí se encuentra el mítico crucero de caminos donde, según los rumores, es posible contactar con el mismísimo Demonio y negociar el alma a cambio del anhelo más acendrado, como convertirse en poseedor de la originalidad artística.
Hoy, quienes peregrinan por esa misma tierra mantienen la sensación o la fe de que en ese crucero el polvo mágico de dichos lodos (justo donde se encuentran las autopistas 61 y la 49 de la topografía estadounidense) podrá levantarse de nuevo y volar en beneficio propio.
A partir de ahí, han transitado hacia y por el lado oscuro infinidad de historias de la misma índole, a través de todas las épocas del género rockero, con casos notables y muy publicitados por los propios músicos y por los medios, disectados tanto por los fundamentalistas religiosos de toda índole y caterva que los acompaña (en páginas y páginas web de condenas infernales y dedos flamígeros), como por los fans adolescentes del heavy metal y derivados (en páginas y páginas web de celebración, estulticia y defensa).
En fin, la relación del rock con lo oculto es larga, transgresora, tormentosa, global y harto productiva. La pila de discos es grande, al igual que el arte respectivo de las portadas, t-shirts, simbología (incluyendo las manos haciendo los cuernos), espectáculo, imposturas, malditismo y demás parafernalia.
El verano pasado, entre vacaciones y trabajo, lo pasé en Estonia, en Tallín su capital y en algunas otras localidades portuarias del mismo país báltico (Haapsalu, Kärdla y Pärnu). En Tallín, durante una caminata por las calles peatonales del centro de la ciudad, plagada de turistas nórdicos principalmente, me detuve en la terraza de un restaurante para tomarme una cerveza Saku.
Mientras leía un poco de la historia del país en el que tendría que estar un tiempo, repasé la cantidad de invasiones y diversas culturas que han participado en su formación que se remonta al inicio del siglo XI antes de Cristo. Desde grupos y pueblos prehistóricos, pasando por el nazismo, hasta su independencia de los soviéticos en la última década del siglo XX. Toda clase de religiones paganas y cristianas han permeado su cultura, lo mismo que el comunismo, todo lo cual ha quedado manifiesto en su arquitectura, pero no solamente.
Estaba en esas cuestiones, cuando un tipo joven, vestido de negro y con una camiseta de llamativa imagen impresa se paró junto a mí y me preguntó si quería comprar uno de los discos que vendía. “Mi grupo y yo estamos creando un nuevo tipo de música y su mitología”, me dijo. Podía ser interesante, así que lo invité a sentarse y a tomarse algo. Lo hizo. Le pidió al mesero una A. Le Coq, sin vaso.
Antes de que me soltara su discurso, le dije que tenía que resolverme primero cuatro preguntas: ¿qué? ¿quiénes? ¿cuándo? y ¿cómo? y después hablar de lo que quisiera y, a mi vez, le pregunté si podía grabar lo que dijera. Me afirmó con la cabeza y empezamos.
“Somos un grupo de rock independiente”, subrayó. “Nos llamamos Illumenium. Es un nombre que surgió de la conjunción de las palabras “Illuminati” y “Millenium”, una inspiración surgida en un momento de represión. Somos los iluminadores del milenio, con un nuevo mensaje. Nuestra música es una amalgama de diversas corrientes del rock: hard, metal, punk y posgrunge.
“Al grupo lo formamos seis músicos, pero en realidad hay más integrantes en el proyecto, quizás hasta quince con la producción y el diseño: Kari Kärner en la voz, Andre Kaldas, en los gritos y gruñidos, Grigori Rõžuk en la guitarra, Kevin Presmann en la batería, Alo Puusepp en el bajo y Artjom Jevstafjev en los demás instrumentos (no aclaró cuáles).
“La mayoría procedemos de una banda anterior, Defrage, que se fundó en Pärnu en el 2007. Tocábamos básicamente heavy metal. Grabamos un par de discos EP y otros tantos álbumes. Pero uno de nuestros integrantes murió, así, de repente. Pasamos un tiempo de desconcierto, por lo que acudimos a un chamán de nuestra ciudad para saber por qué había sucedido aquel fallecimiento.
“Él nos reveló nuestra misión y destino y entonces decidimos cambiar de nombre. Algunos se fueron –no creían ser capaces del cambio– y otros llegaron para ayudar. La concepción musical ya no sería la misma, aunque conserváramos parte del material anterior. Agregaríamos géneros y modos distintos. Así surgió Illumenium, en el 2014, en octubre, el mes mágico.
“Procedemos de una milenaria cultura que vivió en Pulli hace once mil años, en el momento en que todos los dioses vigentes se reunieron ahí para construir la ciudad más grandiosa y al mejor hombre. Sin embargo, habían dejado de convocar al creador del Mal, quien se presentó con sus pájaros de fuego cuando todo aquello estaba en su esplendor. La única manera de evitar la destrucción fue cubrirlo todo con agua y así tal esplendor quedó sumergido en las profundidades del mar. Algunos sobrevivieron y fueron enviados a divulgar el conocimiento por toda la Tierra. Nuestro clan permaneció cerca del sitio original en un lugar llamado Sinti y desde entonces nos hemos dedicado a hacerlo con la música a través de las épocas. En ésta –inicio de un nuevo ciclo cósmico– lo hacemos como Illumenium.
“Al principio te dije que somos un grupo independiente. Eso quiere decir que no tenemos patrocinadores, no tenemos contrato con ninguna compañía discográfica y todo el trabajo lo hacemos todos juntos, desde la concepción de la música hasta la distribución de los discos que hacemos de esa manera, acercándonos a la gente y vendiéndolos por lo que nos quieran dar por ellos. Así sufragamos la gira ininterrumpida en la que estamos inmersos desde el 2015 y con lo ganado por los conciertos que damos, reunimos el dinero para la siguiente producción. Hemos publicado dos álbumes: Towards Endless 8 y Gehenna (aquí me anunció que el siguiente sería Underdogs, con otro sonido llamado Hop Hip). Esa es nuestra historia hasta ahora”.
Le compré los dos discos por el mismo precio que hubiera pagado en una tienda. No tenía ni idea de cómo sonarían, solo la vaguedad del heavy metal y algunas asociaciones semejantes, pero mi romanticismo quiso colaborar con su espíritu alternativo, sus legados punk y con su imaginería, un aglomerado de leyendas, regadas con un discurso plagado de un vocabulario cuidado y selectivo que evidenciaba lecturas y conocimientos varios. Ahora sé que en Estonia la historia del rock con lo oculto tiene un significativo representante.