“Dead and Lovely”, un Tom Waits interdisciplinario

Siempre resulta tentador responder cuando alguien pregunta por qué el rock es una cultura. Una forma de hacerlo es compararlo con la sociología. La sociología estudia a la sociedad, el rock habla de sus vericuetos. Habrá que matizar, claro, pero al menos la premisa sirve para establecer que una de las singularidades de la cultura rockera es la aplicación del método comparativo al conjunto de la experiencia social humana.

Dicho de otra manera, el andamiaje del género implica que para entender nuestro mundo es indispensable haberlo hecho, en lo posible, con alguno de esos otros mundos que están en él, descubrir su relación con las diversas formas de expresión en las artes, las variadas disciplinas humanísticas e incluso las ciencias exactas.

Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello provocar o inspirar a que creen sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto.

Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios (entre ellos la muerte y/o el mal) o definiendo la belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas, ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.

El resultado de tal encuentro –del rock con otras manifestaciones artísticas– ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son artefactos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva.

Tom Waits es un hombre añoso y experimentado, tiene el perfil del intérprete incómodo para los no iniciados. La realidad que define con la voz y la palabra está en su espíritu de comunión con las formas de la derrota, en algunos de sus enigmas y desafueros. Sus canciones pueden ser calmosas o vibrantes, pasar de lo oscuro a lo sobrecogedor o viceversa. Como si fueran serpientes poderosas e inquietantes que se doblan, retuercen y serpentean alrededor y ante las cuales habrá que rendirse, pero a la vez mantener el temple en medio de la fascinación por la dureza de la vida. La suya es una poética del lamento interior humano.

Tom Waits. Ilustración: Leo Reynolds bajo licencia de Creative Commons
Tom Waits. Ilustración: Leo Reynolds bajo licencia de Creative Commons

El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de sus adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales. Uno de sus ejemplos es la pieza “Dead and Lovely” de Waits, contenida en su disco de 2004 Real Gone (“que narra la trágica muerte de una ingenua ‘chica de clase media’ que se enamora de un hombre rico de cuestionable carácter moral”).

Tal tema se deberá aprender a escuchar con su naturaleza oscura y el aroma del blues astroso. Música de un hombre que no se anda con rodeos y que del mundo conoce en profundidad el crujido de sus vísceras. Tom Waits sigue los pasos de un alquimista al intentar la transformación del hombre en su propio grito. Es un artista del ahora (en cada una de sus épocas) y en el ahora no hay belleza. Ésta no es lo importante para el arte. Lo relevante es el significado de la obra y en su obra hay significado con estilo personal y poesía –ríspida, grotesca, cruda. Waits ha alcanzado este punto culminante, universalista, y lo ha hecho con una sustancial obra discográfica y con una auténtica puesta en escena de ella, como lo ha hecho en la canción mencionada y su relación con una obra proustiana.

Marcel Proust escribió una de las obras maestras de la literatura: À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido). La misma está dividida en siete partes que se pueden leer de manera independiente. Aquí me gustaría centrarme en “La prisionnière” (“La prisionera”) y “Albertine disparue” (“Albertine desaparecida”) que son el tomo V y VI de la misma.

¿Por qué? Porque en mi cabeza no ha dejado de sonar esa canción de Tom Waits que desde que la escuché me ha remitido a dichos volúmenes. He ahí, para mí, la conexión entre ambos creadores: la evocación fatal. El sonido que remite a la memoria mórbida y el recuerdo que se liga a una melodía funesta.

Escribe Proust: “La realidad es el más hábil de los enemigos. Lanza sus ataques al punto de nuestro corazón en el que no lo esperábamos y no habíamos preparado una defensa”.

En “La prisionera” y “Albertine desaparecida” existe esa dramaturgia que sucede y que hace poner el cadáver –un requerimiento, la huida– en medio de los dos protagonistas (el que narra y la que es narrada), como lo hace el escucha de “Dead and Lovely”:

Él era difícil de impresionar
Conocía los secretos de todo el mundo
La llevaba atada a su brazo
Al igual que joyería
Él nunca se rendía, pero tuvo que hacerlo
De nada le sirvió retenerla con una correa…

Es la destrucción de la pureza, de lo irrepetible, a manos del azar y lo cotidiano. El mundo gótico de Proust no necesita apenas escenarios, sino dos protagonistas y algunos personajes secundarios alrededor que ajustan las palancas de los cambios en las escenas. Es un libro construido como émbolo emocional que, sin piedad, el autor presiona hasta la asfixia. Lo hace para poder vivir en paz su extrañeza. Cuando se termina de leer, uno se sigue preguntando cómo consigue sostener la tensión sobre esos dúos de sumisión y luchas por el poder emocional.

“Entre la satisfacción de mis necesidades de cariño y las particularidades de su cuerpo se había constituido un entretejido de recuerdos tan inextricable que ya no podía yo separar el deseo de cariño de todo aquel bordado de recuerdos del cuerpo de Albertine… Ya no podía yo desear ternura sin necesitarla, sin sufrir por su ausencia… Lo era todo y no volvería a ser nunca, ya que estaba muerta”.

Literatura detonada desde la imposibilidad de tocarse de los personajes que se desean sólo desde las palabras y no les es permitido crecer y ser parte de la normalidad. Todo eso con una escritura falsamente serena y buen pulso en la incisión del bisturí sobre la sociedad, la deslealtad, la incomunicación entre las personas y las palabras –las desdichadas, las escuchadas y las escritas–, frente a lo irracional, lo intuitivo y lo no explicado. Proust en dos tomos de su obra maestra arroja un manual de instrucciones que podrá hacerlo comprensible para quien lee. Tom Waits lo logró en síntesis y maestría rockera, para quien escucha.

Todo tiene su precio
Todo tiene su lugar
¿Qué es más romántico que morir a la luz de la luna?

Ahora todos están mirando el mar
Lo que se pierde nunca se puede romper
Sus raíces eran dulces, pero tan superficiales

Y ahora está muerta
Para siempre muerta
Para siempre muerta y encantadora.

 

 

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Publicado en: Historia de una canción