Marlene Dietrich murió en 1992, a sus 91 años, y todavía hoy, más de treinta años después, su imagen sigue vigente como un arquetipo de belleza excéntrica y subversiva dentro de la cultura del espectáculo tardocapitalista globalizado o, mejor dicho, norteamericanizado. Porque Dietrich ha sido y es todo un mito de la sociocultura popular.
Nada más busca y observa una foto de ella. Verás que no miento. La reconocerás de inmediato. Luego vendrá a tu memoria alguna película en la que ella apareció. Quizá no sea tan famosa como otras superestrellas del cine en blanco y negro, pero su imagen está presente en la memoria colectiva. Es difícil no haberla visto de un modo u otro. Su rareza está en que Marlene Dietrich encuentra y no se encuentra adentro del orden de conducta de esa cultura domesticadora del prole-tar(i)ado que conocemos como “Hollywood” y que hoy día se extiende por el planeta entero. Ella está adentro (“In”) como una auténtica Gran Estrella (“Star”) del cine del siglo pasado al que llamamos clásico. Se considera por mucha gente que Dietrich es una de las diez más grandes divas de la pantalla de plata, de las películas que había que ir a ver en una gran sala de cine repleta a reventar y también ella está afuera (“Out”) por su modo contracultural de vivir y pensar diferente a la masa aborregada. Más radical y transgresora que muchas estrellitas del rock y el pop actuales.
La fama de Marlene Dietrich oscila, vibra, va de uno a otro de los extremos de los contrarios de las dialécticas impuestas por la moral aborregada del capitalismo todavía hoy día indestructible; con ello borra la frontera imaginaria entre lo “normal” y “deseable” y lo “anormal” e "indeseable”. Seas como quieras y mandes, la deseas, la admiras, igual quieres ser ella y que ella no seas tú, sino ella misma, contigo… en los deseos. Porque Marlene Dietrich nos hace sentir que todo es terrible… y deseable, que decidir por un objeto de deseo es la aventura impredecible de cada instante. Es un monstruo como la Esfinge de Edipo, un monstruo sensacional como los dragones de Paolo Uccello.
Todo lo que la imagen audiovisual de Marlene Dietrich toca lo conmueve a fondo, todo lo trastorna. Es El Deseo. No hay un modo de explicarla que no entre en conflicto con sus paradojas y sublimes contradicciones de mujer emancipada. Una persona fuera de serie. Más intensa, si quieres, que los Beatles o Sex Pistols.
Marlene Dietrich es una estrella del cine cuya imagen glamorosa intranquiliza a las buenas conciencias, sean del color o sabor que sean; ella es una diva divina, una persona mágica que cuestiona el sentido común y lo domesticado de las aburridas costumbres morales de las masas enajenadas, masas que, sin embargo, encuentran en ella el dulce descanso que da el opio de las religiones. No es una Eva domada por Adán, no es un mero objeto para el deseo masculino del “úsese y tírese”, como sí lo es, por ejemplo, Marilyn Monroe. Tampoco es una maraña de contrastes y contradicciones “afeminadas” como Elizabeth Taylor, Judy Garland o Mae West ni es un misterio inexpugnable como Greta Garbo.

Marlene Dietrich no tiene pares. Es una valiosa imagen única en sí misma, como actriz de cine, como cantante de teatro y como personalidad pública. Nadie del espectáculo se le parece y muchas personas la han imitado e imitan de un modo u otro, desde los años treinta del siglo pasado. Por eso es importante seguir interpretando todo lo que ella hizo. Además, como ya indiqué, su vida personal fue contracultural en muchos sentidos; desde reconocerse bisexual y promiscua, hermafrodita, hasta declararse en contra de toda forma de populismo totalitario.
Con su actuación como Lola-Lola en la película El Ángel Azul, dirigida por Josef von Sternberg, en 1930, Marlene Dietrich alcanzó aclamación universal por parte del público y la crítica, lo que también le consiguió un jugoso contrato con Paramount Pictures para trabajar en Hollywood y con el mismo director alemán, quien se convirtió en su amante devoto. En cosa de diez años, Dietrich consolidó su fama como actriz de carácter con películas como Marruecos (por la que fue nominada al Oscar), Deshonrada, Venus Rubia, El diablo es una mujer y Mujer y demonio. Durante la Segunda Guerra Mundial, manifestó su compromiso humanista con la libertad y la democracia, ayudando a escapar de Europa y dando alojamiento en América a judíos y exiliados franceses y alemanes, lo mismo que dándoles todo su apoyo para que obtuvieran la ciudadanía norteamericana. Al mismo tiempo, se dedicaba a viajar de un país a otro de los involucrados en el conflicto, para darles apoyo moral con sus actuaciones como cantante a los soldados que estaban luchando contra el nazi-fascismo en los frentes de guerra.

Durante los años que siguieron a la guerra mundial, Marlene Dietrich confirmó su estrellato al trabajar en películas de grandes directores como Billy Wilder, Alfred Hitchcock, Fritz Lang y Orson Welles. También comenzó a ser tomada en cuenta como cantante original.
En 1953, Marlene Dietrich fue contratada por un importante hotel de Las Vegas para que presentara allí un breve espectáculo musical con las canciones de sus películas. Fue todo un éxito. La contrataron para repetir al año siguiente y de tal modo inició sus presentaciones como cantante por todo el mundo. Para mejorar estas actuaciones entró en contacto con el compositor y arreglista Burt Bacharach, quien la aconsejó para crear un estilo propio, de acuerdo con sus posibilidades reales, ya que no contaba con una gran voz. Él le pidió que no alargara las sílabas y que las entonara más bien como si las estuviera diciendo o leyendo y no cantando, así construyeron un espectáculo de “una sola mujer en escena”.
Aquí la quiero recordar en un momento muy especial de su larga carrera, el programa de televisión que llevaba por título Una tarde con Marlene Dietrich, grabado el 23 y el 24 de noviembre de 1972, cuando ella tenía 70 años. Fue su consagración definitiva, una obra memorable.
La idea la sugirió Alexander H. Cohen, el exitoso productor de las presentaciones de Dietrich en Broadway en 1967 y 1968. Al encontrarla tan en plenitud de facultades y tan dueña del escenario al llegar a su séptima década de vida y la quinta de trabajar en los espectáculos, le propuso a la diva que repitiera su espectáculo teatral en un programa de televisión, para que la pudiera ver todo el público que la admiraba.
Marlene Dietrich recibió de pago por su actuación 250 mil dólares y se considera que en ese momento fue la artista que más dinero cobró por presentar un show de una sola persona en el escenario. Después de dos transmisiones, una en la Gran Bretaña y otra en los Estados Unidos, los derechos de autor del programa fueron propiedad de Dietrich.
Marlene desconfiaba de la televisión como medio, por eso insistió en que el programa se filmara en un auténtico teatro en Europa, para capturar mejor su actuación y la reacción de la audiencia. Se eligió el New London Theatre de Londres como lugar para el rodaje, aunque el teatro, que abriría oficialmente al año siguiente, todavía estaba en construcción en el momento de la grabación.
Se contrató al diseñador de luces Joe Davis, para recrear la iluminación escénica propia del estilo de Dietrich, y el diseñador Rouben Ter-Arutunian produjo un decorado expresionista con telas vaporosas color de rosa e incorporó como proyección en el ciclorama un boceto de Marlene Dietrich de la autoría de René Bouche. El vestuario de la Gran Señora fue de Jean Louis y Stan Freeman dirigió la orquesta, utilizando las elegantes orquestaciones del repertorio de Dietrich arregladas por Burt Bacharach.
Dietrich ofreció dos espectáculos completos para audiencias sin pago y sólo para invitados. También se grabaron tomas suyas interactuando con la audiencia al final del segundo concierto. Igualmente, filmó repeticiones de “Lili Marlene” y “Falling in Love Again (Can’t Help It)”, la última cantada en inglés y en alemán, sin audiencia presente y contra un fondo de terciopelo negro, para facilitar un montaje de pantalla dividida de postproducción de la estrella cantando junto a viejos fotogramas en blanco y negro de las décadas de 1930 y 1940, lo que se utilizó para promover el programa. Las mejores interpretaciones y tomas de las dos grabaciones se combinarían para formar el especial final de una hora de duración. La orquesta no estuvo presente en el escenario, donde sólo se encontraba la cantante de pie frente a un micrófono.
La elección y el orden de presentación de las veinte canciones que interpretó en esa emisión integran una biografía espiritual de Marlene Dietrich en su siglo XX. Son su legado como artista y como ser humano, la culminación de su brillante carrera, en ese momento de cincuenta años.
El programa comienza con el escenario totalmente iluminado. Vemos a una parte del público de luneta y el dibujo con el rostro de Marlene Dietrich proyectándose en el ciclorama. La escenografía, como ya dije, la formaron telas de color rosa transparentes que integraban figuras geométricas como de templo gótico, al estilo del expresionismo alemán puesto en tono minimalista de Hollywood y Las Vegas. Se escucha entonces la voz del presentador que anuncia: “Señoras y señores, miss Marlene Dietrich…”. Las luces se apagan por completo y sólo queda encendido un reflector cenital. Escuchamos las notas de “Falling In Love Again” que será el leit-motiv de la función, la rúbrica de Dietrich como actriz y persona, una mujer libre enamorada de la vida libre, y aparece en el círculo de luz la gran estrella, vistiendo un traje largo vaporoso y brillante de color rosa pálido y con un gran abrigo de plumón de cisne que elegantemente ella desliza por el suelo, hace una caravana para el público y se escucha la música de “I Get a Kick Out of You”, la licenciosa y romántica canción de Cole Porter para la comedia musical Anything Goes. Dietrich dice la letra de esta canción de un modo al mismo tiempo sensual y desafiante, marcadamente pausado, para hacer sentir al público del teatro y a quienes la vemos ahora su presencia de gran dama incomparable. Toda la interpretación dramática de la canción la expresa la gestualidad del rostro de la cantante, quien no se mueve en absoluto y conserva brazos y manos quietas. Es un rostro capaz de llenar por completo una pantalla enorme de sala de cine de la primera mitad del siglo pasado.
(A sus 70 años, el tiempo y el envejecimiento, por supuesto, habían afectado a la gran estrella clásica de Hollywood, del mismo modo que afectan a los varones y mujeres promedio de hoy. Para ayudar a controlar su atractivo juvenil a medida que pasaban los años, Marlene Dietrich no recurrió a la cirugía plástica, que era arriesgada en esos días, sino a un peinado innovador que no solo mantuvo su cabello atemporal en su lugar, sino que también ayudó a suavizar su piel. Fue a partir de 1944, cuando Dietrich tenía 43 años, que desarrolló una técnica con sus maquilladores. Le enrollaron el cabello con tanta fuerza alrededor de las horquillas que le tiraron hacia atrás la piel de la cara. A veces, su cabello estaba tan apretado que este tipo de cirugía plástica sin corte a veces extraía sangre. Pero la rutina de belleza extrema de Dietrich no se detuvo allí. También se sabe que usó cinta quirúrgica y cadenas de oro para hacer que sus arrugas naturales fueran menos visibles y, aunque es únicamente un rumor, incluso se dice que más tarde se extrajo algunos molares para mantener sus mejillas bonitas y elegantes).
A continuación, Marlene Dietrich interpreta “You’re the Cream in My Coffee”, la canción que interpretó para la audición que le dio el papel principal de El ángel azul. El color del fondo se vuelve azul y prosigue con “My Blue Heaven”, un estándar del teatro de revista que, siendo una pieza de los años veinte, el arreglo de Bacharach la transmuta en una balada intemporal para que le dé profundidad y sentimiento a la voz de Dietrich, la cual declara que esta canción le dio la inspiración para viajar a Hollywood.
El escenario vuelve al color rosa y durante cada canción adquirirá el color adecuado a su ambiente simbólico. La siguiente pieza del programa da un salto dinámico hacia el lado festivo de Marlene Dietrich. Es la canción “See What the Boys in the Back Room Will Have”. La diva interpreta con fina ironía esta canción, compuesta para ella en la película “de vaqueros” Destry Rides Again (“Mujer o demonio”, en español), misma que filmó bajo la dirección de Georges Marshall. Se trata de una pieza obligada en su repertorio, una magnífica oportunidad para apreciar su gesticulación y el modo como hace vibrar su voz al mover con la mano la piel del cuello. Dietrich la presenta con la ironía de su situación actual de gran señora libre con respecto al cine y el mundo de Hollywood, un mundo que ella imagino romántico y creativo y resultó tan mercantil que tardaron buen tiempo en reconocer que no era solamente una mujer fálica o una vampiresa, sino también un alma poética de una fina sentimentalidad inusual para su tiempo, alma que expresa en el escenario donde ahora, en el programa, se encuentra como cantante.
De allí pasa a otra canción festiva y aparentemente superficial, “The Laziest Gal in Town”. Al terminar el tema, Marlene hace mutis por la izquierda con el fondo musical del leit-motiv del programa. Cambia la iluminación, regresa el tono azul oscuro. Ella regresa a escena por donde salió, ahora sin el largo abrigo blanco. Maravilla su delgadez. Cambia la música. Ahora escuchamos lo que se puede considerar una canción de las que a ella más le agradan, porque expresan su auténtico sentimiento melancólico. Es “When the World Was Young”, una canción del repertorio de Edith Piaf que ha tenido una gran cantidad de buenos covers de cantantes de renombre, entre ellos Frank Sinatra. En francés se intitula “Le Chevalier de Paris”, la versión en lengua inglesa que canta Marlene Dietrich poco tiene que ver con la letra original; en la suya, quien habla es una mujer vieja y coqueta que camina por París y rememora sin queja el camino de su vida amorosa, la forma en que dejó de ser ingenua y aparentemente feliz, para aprender a ser más escéptica y realista, pero siempre enamorada del amor. Con el gesto final de sus manos y brazos Dietrich hace un homenaje para Piaf, La Cantante, y al mismo tiempo se manifiesta como una figura de La Piedad.
El escenario regresa al color rosa y La diva presenta la siguiente canción, “Johnny”, como la primera que cantó y grabó en su vida y por ello explica que la cantará en la lengua original, el alemán, porque no hay letra en lengua inglesa; entonces dice que es la historia sencilla de una muchacha enamorada que llama por teléfono a su amante para pedirle que regrese a casa y no la abandone. Aquí resalta la gestualidad minimalista de las manos de la estrella, al hacer resaltar lo que narra la letra de la canción.
A continuación, interpreta una composición conmovedora: “Go ‘Way From My Window”, del compositor, cantante y coleccionista de baladas folclóricas norteamericanas John Jacob Niles, reconocido como decano de los baladistas de música folk. La letra es contundente como relato de amor desdichado. Es una de las canciones que interpretaba constantemente el joven Bob Dylan, pero también existen magníficas versiones en las voces de Odetta, Joan Baez y Peter, Paul and Mary. La interpretación de Dietrich sobre el arreglo de Bacharach conmueve por la forma como transmite el sentido épico de esta balada americana de los Apalaches, manifestando con ello la firme voluntad de demócrata americana que la estrella de cine manifestó desde que se declaró en contra del fascismo totalitario de Hitler y Mussolini.
Luego la señora Dietrich interpreta “I Wish You Love”, una canción popular francesa con letra en lengua inglesa. Ésta es una de las canciones que más interpretaciones diferentes tiene, la han cantado todas las grandes voces de la música popular, lo mismo Sinatra que Nat King Cole, Shirley Bassey, Johnny Mathis, Ella Fitzgerald, Dean Martin, Judy Garland o The Bachelors. Dietrich explica que es una canción de buenos deseos para una criatura recién nacida, pero también se puede entender como una canción de despedida entre dos personas que se amaron intensamente y por eso han llegado al punto inevitable en el cual ese amor apasionado ha tenido que terminar.
La intensidad dramática de la presentación llega a un nuevo nivel con “White Grass”, una balada antibélica y pacifista que representa a un soldado que regresa de la guerra para encontrar a su esposa muerta y su casa vacía (“La guerra ha terminado, parece que ganamos… ¡hurra!”). Marlene Dietrich la cantó a menudo en concierto durante los últimos años de su carrera, aunque curiosamente nunca la grabó. En esta ocasión la canta efectivamente como un manifiesto ético y político, a fin de mostrar lo insensato e inmoral de la desolación de la guerra, de todas las guerras.
(No olvidemos que cuando ella cantaba en ese teatro de Londres, se llevaba a cabo la inmisericorde guerra de los EUA contra Vietnam y Dietrich era ciudadana norteamericana, por eso usó su derecho de expresión para protestar contra lo absurdo de la guerra).
El tono dramático se da un respiro con la siguiente canción, también de la autoría de Charles Marawood: “Boomerang Baby”. Otra vez el tema es la separación de los amantes, el punto en donde el amor en pareja demuestra ser una enajenante enfermedad burguesa. Desde mediados de los años sesenta, Dietrich la cantó en Australia y luego en muchas de sus presentaciones. Su tono festivo permite que el drama se vuelva más humano y cierto, no estamos viendo y escuchando a una activista política, sino a una estrella de la farándula y en un momento en que se sabe consagrada como tal.
Un nuevo giro de las emociones lo da la canción “La Vie en Rose”, con la que de nuevo se hace presente el espíritu de Edith Piaf. Interpretar esta maravilla musical significa rendir un homenaje a la cantante francesa y pasar una prueba sublime. Marlene la entona en perfecto francés y la incorpora a su imagen. Todo en escena es color de rosa y la voz de la estrella resuena en un magnífico tono también rosa. Escuchamos, sí, el misterio del eterno femenino, eso que ahora quieren confundir y olvidar con la ideología de género que todo lo degenera en nada. Al concluir la canción, la diva, nerviosa, hace mutis de nuevo por la derecha y luego de unos instantes de espera regresa al escenario y presenta la siguiente pieza.
De aquí en adelante se hará evidente que la obra en sí se llama Marlene Dietrich, pues la siguiente pieza que interpreta, ahora de nuevo en lengua alemana, es “Allein in Einer Grossen Stadt” (“A solas en una ciudad grande”), una composición de Max Kolpe y Franz Waxman, hecha ex profeso para la voz y la personalidad de la Dietrich, quien la grabó por vez primera en 1933. Aquí le sirve, ya digo, para imponer su imagen en el escenario y en el corazón del relato que trama con cada una de estas canciones. Se nos manifiesta como una divinidad terrena en cada instante y detalle de su pausado y dolido cantar. Nadie lo puede hacer mejor.
Por eso, la función de Esta tarde con Marlene Dietrich continúa, debe continuar con “Lola”, otra canción que se identifica totalmente con ella y su personaje terrible y hermoso de El ángel azul. Es una canción “traviesa” como el personaje. Asombra que Dietrich la cante con un mínimo de movimientos. No baila, no salta ni gesticula en forma exagerada, todo lo contiene dentro de una fina destreza para irradiar belleza y genialidad, sin tener una voz sorprendente o un cuerpo despampanante.

Nos aproximamos de modo radiante al clímax del programa. La siguiente canción es “Das Lied ist Aus” (“La canción ha terminado”), compuesta por Walter Reisch, Armind Lockenda Robinson y Robert Stolz para la película de 1930 que lleva el mismo título; película en la que no actuó Dietrich. Otra vez la letra habla del amor de pareja que llega a un triste final, el dolor de ver que se pierde en nada lo que en algún momento parece ser todo. Obviamente, la diva la canta en alemán. En la presentación, dice que esta canción era la favorita de su amigo, el tenor y actor Richard Tauber, un buen cantante y músico.
Llegamos entonces a una gran canción de Gilbert Becaud, “Marie Marie”, cantada en francés por Dietrich. Es la carta que un preso de la resistencia francesa le escribe a su novia, pidiéndole que le siga escribiendo cartas al campo de concentración en que está encarcelado, donde sus mensajes de amor él se los comparte a los catorce mil doscientos presos que lo acompañan. La versión de Marlene hace que se nos pongan los pelos de punta y se nos llenen los ojos de lágrimas, porque música y letra están cargadas de un intenso anhelo de libertad y dignidad, una muestra de que la poesía esencial siempre está encendiendo el deseo de un mundo mejor para todos, el sublime anhelo del bien supremo. Resulta asombrosa la actuación que realiza con el rostro y las manos al cantar, hasta llegar al intenso gesto de llanto con que oculta el rostro tras del brazo derecho al final de esta pieza.
Así es como accedemos a la culminación simbólica de esta presentación de Marlene Dietrich como cantante y persona, como artista y humanista. Es la canción “Lili Marlene”, la canción que se identifica por completo con ella, con la gran estrella de cine Marlene Dietrich. Porque esta canción se convirtió en el punto central de sus presentaciones para los soldados que lucharon contra el fascismo de Hitler, Mussolini e Hirohito. Todo un símbolo para no dejarse vencer por las adversidades de la guerra inevitable, porque de esta forma la imagen de Dietrich se convirtió en todo un emblema de la libertad y la democracia. Lo que ella confirma con la siguiente canción del repertorio que ahora sí marca lo más alto del programa, porque es la trascendental “Where Have All the Flowers Gone”, compuesta en 1955 por el músico norteamericano “de protesta” Pete Seeger. El escenario se oscurece y la pantalla la irá ocupando el rostro de la artista, su enigmática y poderosa belleza, los gestos asimétricos de su expresiva boca. Otra vez se presenta en escena el pacifismo humanista de Marlene, su compromiso ético y político a favor de los jóvenes soldados que en ese momento morían a diario en la guerra de Vietnam. Por cierto, durante una exitosa gira por Israel, en 1960, Dietrich interpretó esta canción en alemán, quince años después del Holocausto. Fue la primera vez que se volvió a escuchar allá esa lengua en público.
La pantalla se va al negro, después aparece la figura de la gran diva frente al micrófono, iluminada únicamente por el reflector cenital. Hace un gesto de agradecimiento para el público, regresa a la escena el color rosa, ella sale de nuevo por la pierna derecha, una persona de la primera fila de público se pone de pie y lanza un buqué de rosas al suelo del escenario, se escucha de nuevo la música del tema del programa y, después de unos segundos, regresa la gran señora Dietrich al centro de la escena para recibir una ovación, recoge el buqué y empieza a cantar ahora “Honeysuckle Rose”, otro de sus grandes temas. La música de esta composición es del pianista de jazz Thomas “Fats” Waller y la letra es de Andy Razaf, otra vez es música de la comedia musical norteamericana, música de Broadway. Regresa la alegría, revive el humor, sin exabruptos, de modo sereno; tiene sentido la existencia, esta es la moraleja del show, el mensaje de Marlene Dietrich para la posteridad, su legado. Al concluir su interpretación, visiblemente emocionada, la gran dama lanza el buqué de rosas al público de las primeras filas frente a ella, hace una caravana y se acerca al micrófono para decir que cantará otra canción de la película El ángel azul, esta canción es su firma, el leit-motiv de la función: “Falling in Love Again (Can’t Help It)”. Es el gran final. La síntesis mística del mito Marlene Dietrich, su consagración absoluta. Estalla el aplauso del público, es una rotunda ovación. Le llenan el suelo del escenario de rosas y claveles de color de rosa. Un varón se acerca al proscenio y le entrega un ramo de rosas. Aplausos y más aplausos. Podéis ir en paz, la misa ha terminado. ¡Viva La Diosa!
Es historia verdadera, memorable.
Después de esa presentación en televisión, la artista tuvo pocas apariciones en público; lo había logrado todo, vino el tiempo de caminar a lo definitivo. Ahora ya es inmortal. ¡Viva Marlene Dietrich!
Originalmente titulado I Wish You Love, el programa se estrenó en el Reino Unido en la BBC el 1 de enero de 1973 y en Estados Unidos el 13 de enero de 1973, en CBS Television (patrocinado por Kraft Foods). El tiempo de ejecución original en el Reino Unido fue de 54 minutos, pero el programa se redujo a 50 minutos para satisfacer las demandas de la red en Estados Unidos. Para promover el espectáculo, Dietrich se hizo una serie de fotos con el afamado Milton Greene, lo que produjo un famoso retrato en el que parece estar desnuda tras el largo abrigo blanco de plumón de cisne. Sin embargo, esas fotos no se usaron en la publicidad oficial de la transmisión televisiva, porque se consideró que la estrella solamente las había hecho para presumir su famoso abrigo.
La CBS organizó una rueda de prensa con Dietrich en el Hotel Waldorf-Astoria y una entrevista exclusiva con Rex Reed para dar a conocer la proyección en la cadena estadounidense. En la conferencia y en su entrevista con Reed, para sorpresa de sus productores y de la red, Marlene criticó la emisión, al afirmar que no estaba a la par con sus presentaciones en vivo, que el tiempo de ensayo había sido muy limitado y que el programa era técnicamente inepto.
A pesar de sus declaraciones, el show obtuvo buenas (si no espectaculares) calificaciones y críticas generalmente positivas de la prensa.
Como resultado de esas entrevistas, el productor Alexander H. Cohen la demandó, con éxito en el Reino Unido, pero sin éxito en los Estados Unidos. Después de sus dos transmisiones iniciales, varias ediciones del programa se vieron en todo el mundo, incluidos países como Australia, Alemania, Francia, España y Sudáfrica. Poco tiempo después se vio en México. La edición final que aquí recuerdo y comento incluye todas las canciones que Marlene Dietrich interpretó para festejar sus 70 años.
Cambian los tiempos, cambia la sensibilidad. Ya no es usual ver algo de este tipo. Ahora es difícil presentar lo auténtico en público o en privado, todo debe ir edulcorado, simplificado, sin chiste. Por ello recuerdo de esta manera ese singular programa de televisión que me hizo madurar como ser humano y poeta desde la primera vez que lo vi, hace tres décadas.
Total. Yo no tengo claro cuándo fue que me sedujo la imagen mitológica de Marlene Dietrich, razón por la cual ahora escribo de ella. La recuerdo por su trascendencia liberadora. Entiendo que fue ya durante mi más tierna infancia cuando su figura simbólica me atrapó, seguramente a través de su presencia inquietante en las caricaturas de la Warner Brothers que yo veía en la televisión junto con mi hermana y mis hermanos, caricaturas en las que de vez en vez ella se presentaba junto con otras estrellas del cine en blanco y negro, distinguiéndose de manera especial por su rostro ovalado y su voz profunda. Luego la fui encontrando en las películas, hasta verla transfigurada como la gitana de la película Sombras del mal de Orson Welles. El eterno femenino del romanticismo alemán y de los surrealistas. Ya en la juventud, me dejó con la boca abierta y una cosquilleante emoción perversa la forma en que el director Luchino Visconti hizo que la representara en forma de travesti el actor Helmut Berger para la película La caída de los dioses. Admiro el carácter hermafrodita de su imagen que, vestida con indumentaria de varón, se ve femenina y sensual y con indumentaria de mujer se ve poderosa y agresiva, emancipada. Me gusta su vida promiscua y en definitiva muy divertida. Cuenta la leyenda que durante un largo período de su vida tuvo no menos de tres amantes de ambos sexos por noche. Lo cierto es que tuvo amores y encuentros eróticos con muchos grandes personajes del espectáculo y la política. Pero lo más importante de su presencia viva como símbolo o signo de la época, la encuentro en la forma en que exalta la materia carnal, nuestro ser más cierto, lo que nos hace aparecer como un milagro diabólico en su espiritualidad sin Dios ni amo, la materia profunda del cuerpo que siempre somos, el cuerpo material concreto en sus relaciones estéticas con el espíritu de la libertad de donde ha surgido. Su espectro de deseo femenino, siempre femenino, en todas las formas que permanece activo hoy día, treinta años después de su muerte, juega con la materia misma del erotismo que es perverso y polimorfo, el erotismo de(s)generado que nos hace vibrar como seres diferentes entre los animales y los ángeles, entre lo macho y lo hembra. Una emoción oscura que no tiene trasposición a las palabras. Y también por el hecho de que esta imagen espectral, pero cierta, juega con la materia de lo sensual inconsciente mismo, la presencia aparente de Marlene Dietrich en nuestro mundo de múltiples pantallas crea situaciones de pasión que provienen de un simple choque de objetos del deseo, de formas de la voluntad afirmativa, de repulsiones, de atracciones. No se separa de la vida, es humana, demasiado humana, femenina, efectivamente femenina; por eso no nos conduce al cielo ni al infierno, pero reencuentra la disposición primitiva de las cosas, la verdad antes de las prohibiciones dualistas del orden simbólico imperante. En definitiva, ella es el cine esmaltado de sueños que nos transmite la sensación física de la vida pura, el humor más excesivo. Es la complicidad de los sexos sin género en la risa amorosa que, según Georges Bataille, a la hora del orgasmo nos hace ver que lo más sagrado de la existencia humana también está en lo más vulgar, porque todo lo humano es humano porque sí, afirmación pura.
Sí, así es lo del mito de Marlene Dietrich como fuente sagrada del eterno femenino y ahora recuerden conmigo:
“La belleza será convulsiva o no será”.
Salvador Mendiola