Atmósferas para épocas oscuras

Entre todo el maremágnum sanitario, económico, social, cultural, etcétera que produjo la pandemia en los años 2020-2022, quedaron inmersos, como acontecimientos musicales desapercibidos, una magnífica obra y la muerte de la creadora de una atmósfera icónica. Es decir, trabajos de artistas que tienen (y tenían) al sonido como materia prima.

Ni el acercamiento o la memoria pudieron emprender su tarea habitual y constante en aquel trienio. El confinamiento en el ámbito artístico fue tan riguroso en casi todo el planeta que obligó a los músicos a la creación sin exposición, algo inconcebible hasta entonces y que despertó la duda y la añoranza.

El futuro de las grabaciones y de las presentaciones vivió en la incertidumbre y en la dificultad de imaginar el futuro mediato o inmediato. Hubo que desembarazarse de vaticinios y proyectos. En las páginas de la agenda quedaron fuera fechas de compromisos que no se cumplirían y un extraño espacio en blanco las cubrió.

La perspectiva del tiempo fue un paisaje borroso y lleno de especulaciones y de significados. La exclusión de cada perspectiva resaltó la singularidad de cada experiencia humana que ojalá en el presente y el futuro no caiga en el olvido y sí determine su mirada y expanda la capacidad de advertir lo fugaz de la existencia.

Las voces que crean se vuelven polifonía y collage cuando el acontecer diario se combina con quienes hablan sobre los tiempos sombríos, pero al mismo tiempo prestan oído al silencio inaudito al que no debemos acostumbrarnos. De ahí el recuerdo de los dos siguientes acontecimientos.

Agnes Caroline Thaarup Obel. Fotografía: Filip Van Lerberge bajo licencia de Creative Commons
Agnes Caroline Thaarup Obel. Fotografía: Filip Van Lerberge bajo licencia de Creative Commons

Relegado

Uno de los álbumes más interesante del año 2020 (y que pasó inadvertido debido a las circunstancias) fue Myopia, de la compositora, pianista y cantante danesa Agnes Obel. Sublime ejemplo de lo que en esta época significa el avant-garde.

El avant-garde es ese subgénero que reúne las obras, las capacidades y los talentos más exquisitos y sofisticados de los hacedores musicales insertados, invitados o huéspedes permanentes de la cultura rockera en plena expansión artística. A Obel se le ha catalogado dentro de diversos rubros del mismo: indie, nu-folk y barroco. Y sí, en todos ellos tiene cabida.

No obstante, todo ello queda sintetizado en el art-rock que ofreció de manera generosa en su obra (con anteriores muestras como Philarmonics, Aventine y Citizen of Glass, aparecidas a lo largo de la década que finalizaba).

Myopia es un disco en el cual Agnes Obel se convierte en alquimista del sonido (con pianos, violonchelos, violines y xilófonos), experimenta en la manipulación del instrumento coral (utiliza octavadores que convierten en abiertamente más graves o agudas las voces) o crea diversas texturas emparejadas con el clasicismo contemporáneo que late bajo sus piezas. Una maravilla sonora.

La gama de la cultura musical que nos ha tocado vivir en las primeras décadas del siglo XXI va de lo unidimensional, tradicionalista y conservador (retro, revival, vintage), con lo mucho importante que ello conlleva de rescate, evocación y referencia, hasta el otro extremo, en donde están el avant-garde y sus sucedáneos (en distintos campos) con la vista al frente.

El avant-garde (con todos los neos que sean necesarios, lo progresivo, lo mix y el art-rock que ya entra en su sexta década de existencia y evolución). Un camino que no sabe de paradas o descansos. Que intuye que cuando una veta ya se ha agotado por el uso y desgaste hay que cuestionarse: ¿Y ahora qué? ¿Hacia dónde? ¿Con qué materiales? ¿Bajo qué estética?

La interpretación que cada artista haga de tal vanguardismo dependerá de su grado de preparación, de sus conocimientos, de su mística, de su capacidad analítica y de la aplicación que haga de ello en la experimentación musical interdisciplinaria. En esta ruta está inscrita la obra de Agnes Obel, una intérprete de tal veta.

Y la muerte no le dará fin…

El sonido del dream pop con tintes góticos es el que le proporcionó una cuota de perturbación, ese estado anímico que le atrajo su sello personal a la obra de Julee Cruise, quien convirtiéndose en instrumento vocal de David Lynch empezó a conocer y a entender el mundo imaginado del director a través de la música.

Cruise, originaria de Ohio, donde nació en 1956, estudió música en la Universidad de Drake y como actriz y cantante trabajó en diversas compañías y obras. Mientras actuaba en una de ellas (Beehive), haciendo el papel de Janis Joplin, conoció al compositor y productor Angelo Bedalmenti, quien a su vez colaboraba en ese momento en la producción de la película Blue Velvet de Lynch. El realizador estadounidense tenía problema para conseguir los derechos de “Song to the Siren”, de This Mortal Coil. Buscaba una voz etérea. Entonces, Badalamenti le recomendó a Julee y de ahí surgió la historia de su colaboración, misma que se extendió a la serie Twin Peaks y a la grabación del primer disco de Cruise: Floating into the Night, de 1989.

Del primer encuentro surgió “Mysteries of Love” que entró al soundtrack de aquella película. Lynch y Bedalmenti quedaron tan impresionados con el resultado que volvieron a intentarlo con “Floating”, la entrada musical para Twin Peaks. El éxito estético obtenido hizo que le propusieran a Julee grabar un disco completo. Lynch se encargaría de proporcionar las letras y Badalamenti de su musicalización. La producción correría a cargo de ambos.

A los estudios de la Warner, Lynch llevó alrededor de 40 temas posibles. Entre los tres escogieron los que compondrían el álbum. A la cantante la arroparon con un grupo muy ad hoc, conformado por Vinnie Bell en la guitarra eléctrica, Eddie Dixon en la segunda guitarra, Kenny Landrum en el sintetizador, Al Regni en el sax tenor y el clarinete y el propio Angelo Badalamenti en piano y sintetizador.

Con la experiencia que habían ya obtenido al trabajar juntos, el material fluyó y fue lanzado como álbum justo con el título de Floating into the Night. La dulzura y ligereza de la voz de Julee, así como la orquestación de Badalamenti, quien utilizó el dream pop como estructura musical, le proporcionaron a Lynch las atmósferas inquietantes, de pozo narcótico, que buscaba plasmar en esas breves películas imaginarias que constituyeron los tracks del disco.

El álbum es un soundtrack para la enajenación y el anhelo, el cual debe escucharse de noche, cuando las distracciones del mundo sean mínimas; cuando sea posible lograr un estado más puro de la emoción. Es una mezcla de la opresión y el ambiente que la envuelve.

El dream pop es un subgénero musical descendiente de la corriente denominada ethereal wave, pero con un estilo más suave, atmosférico y onírico que ​se caracteriza por sus efectos con eco, en especial el delay y el chorus o también sin efectos, pero con sonidos tersos, casi carentes de distorsiones o ruidos abrasivos y con un ambiente melancólico y triste.

Con Floating into the Night llegó el tiempo de preparar el espíritu y el corazón para escuchar tal sonido en una de sus manifestaciones más puras: la bruma gótica. En el álbum, los teclados inusitados inundan y abrazan a una profunda y susurrada voz, quizá demasiado sensual para expresarse con palabras.

Efectivamente, la pulsación sensual sombría no es una pulsación intensa y apaciguadora. Es una sensación contraria y posiblemente trágica. Su placer  no es éxtasis, sino algo cercano al frenesí. Y la satisfacción de los deseos no proporciona plenitud, sino ansiedad. Una ansiedad que es el siniestro escenario de placeres insospechados envueltos en una magnífica aura musical.

El atractivo de Julee Cruise con este disco es espectral y exige al escucha cierto grado de imaginación y capacidad para desasirse de la vida común. Con su extraño haz de fantasía, inunda los rincones oscuros de la cabeza más saturada.

El efecto causado en Floating into the Night conmueve cada vez que se le escucha. Son un canto y una música que sobresaltan el espacio sin violentarlo. La suavidad del murmullo es tan poderosa que provoca lo visual. Es un susurro que se convierte en imagen. Con sus sensaciones fuertes y su invisibilidad, hace olvidar la dimensión al escucha y lo trasplanta de manera ubicua a lugares y realidades evocadoras que no le pertenecen.

Voz y música crean un ambiente elocuente con territorios inusitados. Sin embargo, esa sonoridad de todo el álbum no sólo propicia traslados y sueños, sino que también estremece por la percepción de que tras su belleza se esconde algo turbador, inesperado. Es un canto atávico de sirena en un puñado de tracks que atrapa.

La programación electrónica, los instrumentos orgánicos, la suavidad vocal matizan la lírica y conducen a sobrecogimientos inquietantes. Este efecto se prolongaría en el segundo álbum de la cantante, The Voice of Love (1993), con materiales de otras películas de Lynch, pero con una producción semejante. Todo ello le proporcionó a Julee Cruise su rúbrica distintiva. Un estilo que varió de alguna manera en sus dos siguientes discos, The Art of Being Girl y My Secret Life. Cuatro álbumes en total durante su carrera, la cual quedó truncada cuando la cantante falleció el 9 de junio de 2022.

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Publicado en: Sonidos de Babel