Aynsley Dunbar, rudo batako zappatista

El fracaso “comercial” del LP de vinil que aquí comento para ustedes, grabado en 1970 para la marca de discos BYG por la agrupación inglesa The Ansley Dunbar Retaliation, fue uno de los principales motivos para que el asombroso Aynsley Dunbar trabajara como baterista con Frank Zappa entre 1970 y 1974, un período que sería más que decisivo para la música de ambos y para el rock en general. Hablar aquí y ahora de esta grabación de hace más de medio siglo nos permite ampliar el conocimiento contracultural sobre la importancia de la obra de Zappa como compositor y músico del siglo XX, una situación de élite trascendental en la cual éste se encuentra caminando al lado de autores como George Gershwin y Duke Ellington, dentro de la sociocultura norteamericana, y como Astor Piazzolla en el plano internacional. Pocos músicos populares han logrado tanto como eso: que les interpreten sus obras en las salas de concierto, donde no se puede toser ni bailar ni nada de nada que no sea atender a la música.

Aynsley Dunbar. Fotografía: KaroliK bajo licencia de Creative Commons
Aynsley Dunbar. Fotografía: KaroliK bajo licencia de Creative Commons

“Baila en fuego, si ella te lo exige…”.

El baterista y percusionista Aynsley Dunbar nació en Liverpool, Inglaterra, en 1946 y en 1966 participó en una audición para formar parte de The Jimi Hendrix Experience. Sin embargo, fue superado por Mitch Mitchell. A pesar de ello, con el prestigio adquirido por la prueba se integró a The Bluesbreakers, comandados por el sin igual John Mayall, un grupo de blues inglés en el que Dunbar adquirió pronta fama de baterista a la altura del jazz, por rápido e imaginativo. Lamentablemente, pronto fue expulsado, por soberbio y desmadroso, y quien lo sustituyó fue ese metrónomo humano que era Mike Fleetwood.

Entonces, el divo de la lira eléctrica, Jeff Beck, lo convocó para formar parte de su grupo y Dunbar lo hizo por un ratito, lo que aumentó su fama como baterista creativo y de vanguardia en el rock progresivo. No obstante, ardido por el feo despido de los Bluesbreakers, el belicoso y competitivo percusionista formó su primera agrupación personal, un cuarteto al que llamó The Aynsley Dunbar Retaliation (“La Revancha de Aynsley Dunbar”). Con este proyecto grabó tres LP, en los que interpretaba blues eléctrico, logrando un regular éxito de crítica y de público. La competencia en ese momento era intensa y el grupo nunca pudo igualar ni de lejos los constantes triunfos creativos de Mayall. Y ante las enormes hazañas que en ese momento eran el súper trío de poder Cream y La Experiencia de Jimi Hendrix, las grabaciones de La Revancha parecen grises fantasmas del pasado.

El título del disco que aquí comentaré es Blue Whale (“Ballena Azul”). Fue grabado en los Estudios Marquee de Londres, entre marzo y abril de 1970, hace ya más de medio siglo de ello. La producción estuvo a cargo de Dunbar mismo y de Colin Caldwell, quien también fungió como ingeniero; el resultado es un buen trabajo para una época en la cual la producción de discos era un trabajo analógico muy complejo y delicado. Integraban la banda, ahora un octeto: Peter Friedeberg (bajo), Ivan Zagni (guitarra), Roger Sutton (guitarra), Tommy Eyre (órgano y piano), Charles Greeham (saxofón), Edward Reay-Smith (trombón), Paul Williams (vocales) y Aynsley Dunbar (batería). El álbum lo forman cinco piezas musicales, dos en el lado A: “Willing To Fight” (“Buscando pelea”) y “Willie The Pimp” (“Memito el padrote”) –la primera, composición de Paul Williams, el cantante de la agrupación, y la segunda, una obra de Frank Zappa– y tres en el lado B: “It’s Your Turn”, “Days” y “Going Home”, la segunda compuesta por Dunbar y las otras dos otra vez de Paul Williams. En forma de disco sencillo de 45 rpm aparecieron sin pena ni gloria en ese mismo año las piezas “Days” y “Willing To Fight” y en el CD, editado en los años noventa se incluye como bonus-track un sexto corte, también original de Frank Zappa: “Chunga’s Revenge”.

Blue Whale no es una obra perfecta, más bien es muy desigual. Su importancia, a mi gusto, radica en la forma noble como fracasa sin dejarse convertir en mera mercancía del espectáculo. El resultado artístico está poco integrado como unidad creativa. Son muchas buenas intenciones sin resultados concluyentes, falta el concepto. Pudo ser algo bastante mejor. Pero no es un mal disco. Todavía hoy se le puede escuchar una y otra vez y siempre encontrarle nuevos elementos de aprecio. Es el  resultado de música hecha con una auténtica voluntad de trascender como arte juvenil de vanguardia, allá al principio de los años setenta del siglo pasado, cuando el rock era todavía uno de los signos de los tiempos.

Las seis piezas dan luz sobre un momento bien logrado del punto de unión ecléctico entre el jazz, el blues y el rock; luego entonces, Blue Whale es un fruto cargado de tradición y de deseo de innovar para estar al día. De querer demostrar que aunque la contracultura parece siempre ser lo mismo, en realidad todo el tiempo está dando pasos hacia adelante dentro de la historia. De querer transmitir y recibir íntegro el espíritu de las almas libres por medio de las buenas vibraciones de la música surgida de la norteamericanización del planeta. De saber producir arte popular internacional, transcultural; arte que no se deja convertir en un fetiche mercantil más del círculo vicioso del “úsese y tírese”.

Predomina la improvisación propia del jazz, con estructuras de ritmo y melodía propias del rock pesado y del rock progresivo, del tipo que bandas como Black Sabath y Led Zeppelin hicieron sublime, pero con el recurso de los metales funkies en los arreglos, lo que los ponía a la par de bandas como Blood, Sweat and Tears y Chicago, aunque con un sonido más rudo y más grueso.   Tal es el espíritu que transmite la grabación entera de Blue Whale, un aceptable trabajo de rock jazzeado que por pesado y funky no se deja domesticar por la ilusión acaramelada de la “fusión” comercial. El disco es la sublimación pop inglesa del blues eléctrico de Chicago, transmutado en música americana libre, música capaz de brotar desde Inglaterra como lo que precisamente en esa misma época había provocado la acción subversiva del free-jazz, un retumbe que condujo a Miles Davis hacia el rock de Jimi Hendrix y Steve Winwood, por ejemplo.

Esta aventura musical queda muy bien enmarcada y dirigida por la genialidad específica de Aynsley Dunbar como baterista, siempre un virtuoso del rock. Ni demasiado protagónico ni demasiado predecible, más bien siempre creativo. Esto lo llevaría a participar en una importante cantidad de agrupaciones rockeras de fama y logros perdurables, como Journey, Jefferson Starship, The Tubes, Whitesnake, además de una infinidad de solistas importantes del género. De tal manera, se puede pensar que Jimi Hendrix salió perdiendo al elegir a Mitch Mitchell, porque de este último no hay una huella importante como músico de rock fuera de lo que hizo con el sublime guitarrista; en cambio, de Aynsley Dunbar apenas comenzamos a apreciar con detalle la importancia de sus aportes como virtuoso de la bataka rockera.

Con esto se puede ver mejor también la importancia de Frank Zappa como promotor de intérpretes virtuosos del rock, músicos contagiados por su pasión de aventura en las improvisaciones y su exigencia en la ejecución (como Aynsley Dunbar), virtuosos con un serio deseo de hacer música de verdad y no sólo ruido para la domesticación de la adolescencia que baila y obedece y está cada vez más globalizada y americanizada, hasta cuando escucha rock en su idioma y baila reguetón o cumbia villera. Un impulso histórico. éste, en el que va perfectamente incrustada la sociocultura mexicana, lo quieran o no lo quieran quienes tienen el sueño guajiro de descolonizarnos lo occidental-conquistador para que quedemos como en los tiempos “comunistas” de Moctezuma Xocoyotzin (o algo así) y de de(s)construirnos (sic) lo heterosexual patriarcal machista y bla bla bla hasta quedar “todxs (sic) trans” y cantar “catala catala” y bailar a saltitos queer de contento y colorín colorado, se acabaron los problemas. ¿Tú crees?

El LP comienza con “Willing to Fight” (“Queriendo camorra”), un arreglo funky de rock duro progresivo, en el cual resuena significativo el riff de guitarra que da forma al trabajo creativo conjunto de todo el grupo, en el que nadie sobresale de más y cada instrumento aporta lo necesario para lograr música progresiva que igual mueve a bailar con gusto que a meditar en zen estático y sin olvidar en dónde y para qué estamos. La voz de Paul Williams, que igual recuerda a Joe Cocker que a Tom Jones, luce por su tono grave y emotivo y con ello les da más peso a las palabras de la letra, la cual presenta una intención punk de pelea que critica el pacifismo bobalicón del “paz y amor” bucólico de los jipis de ese tiempo. El desarrollo progresivo del tema lo determinan, discretos pero contundentes, el bajo eléctrico de Peter Friedeberg y la batería de Dunbar que funcionan como engarce para las joyas forjadas por cada músico como solista.

La siguiente pieza es un cover de “Willie de Pimp” de Frank Zappa. Esta canción, con diez minutos de duración, forma parte del LP Hot Rats, primero de Frank Zappa como solista, una de sus grandes obras maestras, en el que demuestra que la música más música es precisamente la que no tiene letra ni se canta, la música instrumental. Pero en este caso en concreto, la letra procaz y sarcástica que habla de un padrote callejero luce en la versión original con la participación vocal de Don Van Vliet, alias Capitán Beefheart. También ésta es la pieza más cercana al blues dentro del LP original.

Hasta ahora no he escuchado una versión que supere la original de Zappa, una versión que ni él mismo pudo igualar en sus interpretaciones en concierto. Pero el arreglo de Dunbar para su banda no desmerece y es más que un homenaje a Zappa, demuestra que la música de éste es importante por sí misma, como la de Thelonious Monk; los covers no la repiten, la transforman, nos revelan nuevos matices de la composición. Resalta de nuevo la forma como los tiempos de la batería y su desarrollo hacen que todo el conjunto camine en una misma dirección en forma efectivamente coreográfica, como en una danza ritual salvaje.

El arreglo de la banda de Dunbar para esta pieza no pretende ser una fotocopia del original, ellos optan por traducirla o transmutarla en jazz-rock pesado, al estilo, por ejemplo, de Brian Auger, con finas e ingeniosas improvisaciones, bien integradas con su debida síncopa entre todos los instrumentos. La guitarra no puede igualar a la de Zappa, pero logra tener su propia personalidad al tocar casi en cámara lenta y sin repetir una sola estructura en su solo genial. para luego poder acelerarse y alcanzar detalles de Alvin Lee y, ¿por qué no?, de Jimmy Page. La batería de Dunbar alcanza la quintaesencia percutiva y esto sin duda lo eleva hasta el cielo más alto que es, sin duda, el de Frank Zappa.

“La rola es de quien la trabaja en forma excelsa como Frank Zappa, lo otro son los Beatles o los Monkees o de plano los Crydenz…”, pudo decir Ponciano Arriaga de haber llegado a escuchar al chief Zappa en auriculares de esos que son más minúsculos que un chícharo y te hacen oír la música como la escuchaba Beethoven.

La tercera pieza, “It’s Your Turn” (“Es tu turno”), agarra por una senda sinfónica en plan de orquesta de cámara que pone de punta los pelos de la nuca en quienes gozan con la música como con el sexo y los pelos de la barba o el pubis para quienes ya avanzan por la senda del sufí.   Todo conecta en plan chido de rock espirituoso y de jazz sin miedo a agarrar la carrera y no ir de puntitas como Miles Davis, pero sin sonar como cajita de música tipo Return To Forever. Escuchen con cuidado el trabajo de improvisación compartida del bajo y el modo como llega al punto en que hace trenza con el órgano y la batería; si ya le cranean al jazz, los dejará con la boca abierta, cuando menos, y si apenas le están llegando, les hará caer de rodillas y llorar por un rato. Así que prepárense para recibir la iluminación y el estruendo. Con esta pieza, el álbum podría perdurar sonando en el gusto popular por cosa de siglos, cuando menos, sobre todo si es verdad que la humanidad en conjunto evoluciona en la historia para el bien de todos y de todas.

“Days” es el corte que sigue en el orden del disco. Te la puedes saltar si no te agrada el rock teatral que se queja por adelantado de dejar de ser joven y volverse ruco y olvidar lo que no había que olvidar y terminar votando sin memoria como cualquier otro pendejo por Morena, nada más porque te gusta el modo como López, para siempre provinciano, dice “suidá” en vez de “ciudad” en sus Majaderas. Pero si le vas a prestar atención a la música y no a la letra, aquí se demuestra que el grupo integrado por Dunbar es de alta calidad instrumental, pues sin protagonismos integran una pieza de estructura asombrosa, otra vez por la síncopa y lo propio de cada instrumento, en esta ocasión siguiendo una partitura rigurosa.

El álbum original concluye en el lado B con “Going Home” (“Yendo a casa”). Otra vez la banda de Ansley Dunbar se luce al hacer un rock más allá de los límites evidentes de los Beatles o los Rolling Stones, pero también más allá de las florituras con límite de Black Sabath y Deep Purple, por ejemplo. No es música para adolescentes masca chicle que sólo piden rolitas para bailar y fajar y de vez en vez sí poder coger de verdad con otra persona y no con las portadas de los discos y la mano propia. En este caso se impone el rock pesado y lo del jazz y el pop suena del pasado. Otra vez trabajan sobre la base de tres compases y la desarrollan como pide Bach, a saltos danzarines, dejándose llevar por la imaginación de un grupo de músicos creativos, dirigidos por la marca de Dunbar en la batería. La voz en este tema es la del propio baterista y no la de Williams. Aquí el momento decisivo es de trío de poder: bajo, batería y guitarra que vuelan juntos como un halcón al ver a su presa desde lo alto, para dejarse caer y tenerla en menos de un segundo entre las garras. Caminan dialogando como personajes de filosofía moderna, debatiendo sin pudor sobre las cuestiones de la libertad y la autoconciencia mística sin Dios ni amo. Luego ingresa el órgano y todo lo pone con ese tono y esa velocidad con los que Jimi Hendrix dejó su marca en la época. Es rock progresivo sin las mamerteces de ópera italiana o de comedia musical de Broadway o de historieta cómica, al modo de Yes o Premiata Forneria Marconi, con los que por esa época hacían ruido los músicos “jóvenes” heridos de conservatorio y Rossini.

Fue de esa basura “progresiva” de lo que nos liberó Hot Rats de Frank Zappa. Por ello resulta valioso que el CD de este álbum de The Aynsley Dunbar Retaliation incluya como bonus-track un cover de “Chunga’s Revenge” (“La venganza de Chunga”) de Frank Zappa. Otra vez no igualan al maestro, pero como buenos discípulos peregrinan por caminos que dejan sentir lo profundo y serio de la obra de Zappa. Música de vanguardia, generada desde el espectáculo del rock, para desviar la trampa enajenadora que todavía hoy tiene a tu abuelito creyendo que grupos como Rare Earth o Mandril eran lo más chido de lo chido cuando él tenía todos los dientes juntos y adentro de la boca y no en una bolsita, como ahora te los muestra con ganas de espantar y causar lástimas.

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Publicado en: El diván del abuelo