La world music no es un arte de formas fijas, de estilos definidos, sino de inflexiones que se van produciendo principalmente a base de modelos remotos en el ámbito de las metrópolis mundiales. Sus músicos creadores tienen la ventaja de abrevar en fuentes de una larga tradición, dotada de caracteres propicios que a ellos corresponde universalizar.
Son nuevas maneras de sentir y de pensar: en mestizo, en lengua indígena o jerga negruna, asimilando el habla o hablas de los pueblos que contribuyeron básicamente a la formación de las culturas tal como las conocemos en el planeta.
De todo ello se ha derivado también la categoría world beat, que se aplica a las fusiones contemporáneas entre el rock, el jazz, la electrónica y las músicas tradicionales que resultan exóticas por su lejanía excéntrica. Esta última interpretación es la nueva música creada por los inmigrantes de las grandes urbes internacionales.
Afortunadamente, los músicos inscritos en esta órbita ya no se conforman con nacionalismos trasnochados o cursis, sino que enfrentan tareas de búsqueda, de investigación y experimentación y son los que en todo momento hacen avanzar el arte de sus propios sonidos para abrir nuevas veredas. En tal tarea, el profundo conocimiento del ámbito propio resulta de suma utilidad.
El world beat es una sinfonía global de vida en busca siempre de nuevas alianzas. Hicieron falta muchas improvisaciones en mares primitivos y de reciente cuño, pero al fin brotó la fuente del sonido planetario. Los productos híbridos del world beat funden formas musicales ancestrales con el dinamismo y el énfasis en el carácter individual que distinguen a la sonoridad de la aldea global del momento.
Después del reggae y posteriormente de la música africana, actualmente gozan del cálido interés de los escuchas y los medios de comunicación la música folclórica de Europa oriental y Asia, la música caribeña y las manifestaciones regionales de la India, entre otros ejemplos.
Cuando nos encontramos dicho concepto, descubrimos que éste se desarrolla con base en un arte regido por un constante juego de confrontaciones entre lo propio y lo ajeno, lo autóctono y lo importado. Un producto de lo primigenio y telúrico maridado con las técnicas avanzadas. Tal producto se ha convertido en una especie de onda neofolk que recorre el mundo entero, para salvaguardar las pulsiones auténticas de sus creadores.
Gracias a todas estas expresiones hipermodernas, es posible escuchar, hoy por hoy, los antiquísimos cantos de los monjes tibetanos dimensionados por el techno ambient actual; los cantos rituales de las tribus indígenas del norte de los Estados Unidos y Canadá, remezclados con orquestaciones del blues eléctrico, o la tradición percusiva de la etnia garífuna, lanzada hacia el futuro por el tratamiento funk de los jóvenes centroamericanos. De esta forma y diversas maneras, el sonido del mundo en sus cuatro esquinas está más presente que nunca.
En el world beat del presente, todas las formas musicales se sitúan entre la conservación de los modos antiguos y su redefinición con los tonos de hoy. Muchos de los experimentos que dan sustancia a la música actual se extinguirán en un parpadeo evolutivo y se preservarán como las formas arcaicas de un futuro registro. Otras quizá se mantengan mientras dure la humanidad. En muchos casos, se sabrá que estamos en presencia de hermosas y nuevas formas musicales descubiertas por la vida para conservarse: en esencia, los latidos del mundo.

A esos latidos se acercaron los DJ europeos, desde hace aproximadamente tres décadas, con sampleos y experimentalismos diversos, fundamentados en ritmos que buscaron inspiración en los sonidos del Medio Oriente y norte africano. Banco de Gaia (también conocido como Toby Marks, músico y productor oriundo del sur de Londres) comenzó a inventar pistas arabescas acompañadas por ventiscas saharianas hace unos treinta años.
Ahí se inició una más profunda inmersión de aquella zona, cuyo latido implacable induce al trance (como muy bien lo investigaron in situ Paul Bowles o Brian Jones). Igualmente, el conterráneo británico de Marks, Bryn Jones (en una evocación al nombre y trabajo del ex Rolling Stone), presentándose como Muslimgauze, realizó álbumes ruidosos, distorsionados, políticos y plenos de ritmo ethno electrónico, en álbumes como The Rape of Palestine o Izlamaphobia.
Actualmente, con otro punto de vista, la propuesta del grupo franco-argelino Acid Arab (primero un dueto y ahora convertido en quinteto), que ha trabajado en colaboración con muchos invitados en diversos discos EP, es música hecha por individuos cuya exploración, además de ser de carácter estudioso o de investigación, es también recreativa.
Así aparecieron los álbumes Musique de France (2016), Jdid (2019), y ahora Trois (2023), un tejido arrollador, elaborado y sintético que combina la electrónica con músicas de la diáspora arábiga, con diversos invitados de la misma como el cantante de rai Sofiane Saidi y el sirio Wael Alkak, quien con un ritmo brioso (surgido de la danza dabkeh) emite un saludo “a los árabes revolucionarios” (los que optan por combatir el fundamentalismo). También aparecen el turco Cem Yildiz, cuya intervención aporta el trance de Anatolia y Halim Guelil y su combinación de música popular y andalusí. Marruecos, por su parte, inserta a Ghizlane Melih. Además, se incluye en el álbum una legendaria improvisación del argelino Rachid Taha (fallecido en 2018) que, grabada con un teléfono celular, suena sobre una base techno del house de Detroit.
Igulmente, eco del ritmo de aquella ciudad son las piezas “Emos”, composición de Kenzi Bourras, el tecladista del grupo, y ‘Sorayat 303 Part 2′, con la que se cierra el álbum, la cual continúa por la senda abierta por ‘Sorayat 303′, del primer disco, Musique de France.
Acid Arab tiene por objetivo no incurrir en la ruta típica del DJ del mainstream, cuya simplona y reduccionista labor adereza superficialmente con especias electrónicas las músicas de raíz. Su obra va más allá. No es una mezcla lounge, sino que se adentra en esa geografía en la cual los sonidos orgánicos y sintéticos dialogan tête à tête con argumentos semejantes.
Integrado en el año 2012 por los DJ parisinos Guido Minisky y Hervé Carvalho, Acid Arab perfeccionó con paciencia su estilo distintivo, colaborando con infinidad de cantantes y músicos de Medio Oriente y el norte de África. La agrupación nació en el caldero multicultural que se gestaba y se sigue gestando en París, donde forjaron el concepto de crear un espacio para la cultura musical árabe en el mundo de la electrónica contemporánea.
Bajo tal concepto, cimentaron las bases y lanzaron varios discos EP (la ya famosa serie Collections) en el sello de música electrónica Versatile, con colaboraciones y remixes de otros artistas. A la postre, pasaron a establecer sus propias pistas y con ello se convirtieron en una entidad musical que les adjudicó el pleno derecho al asociarse con Pierrot Casanova, Nicolas Borne y, para actividades de estudio y en concierto, con el tecladista argelino Kenzi Bourras, en un grupo elástico y flexible, según lo requieran las circunstancias del track o la actuación en vivo.
Acid Arab ha ensamblado todo un andamiaje (con incorporaciones, descubrimientos, encuentros, experimentos) para concretar una paleta de estilos con la cual trascienden cualquier frontera genérica. Tras una década de pruebas, ensayos y exploraciones con variopintos tipos de música, mediante numerosas colaboraciones y un largo periplo por todo el Mar Mediterráneo y algunas áreas circunvecinas, el grupo sigue empujando límites y ensanchando sus demarcaciones musicales.