Girl in a T-Shirt: cuando el cuerpo es el mensaje

El grupo ZZ Top lo cantó en “Girl in a T-Shirt”, en la voz de Billy Gibbons, lo puso en blanco y negro desde la portada del álbum Antenna. El objeto y sus dos valores.

Some girls gotta get Coco Chanel
Some get the luck of the draw
I got a girl lookin’ naturally well
Hippest chick you ever saw
She like wearin’ powder and paint
Wheelin’ in a big Seville
She’s big cheese with the maitre D’s
Down at the bar and grill
Just a girl in a T-Shirt
Girl in a T-Shirt
Her reputation precedes her…

Estamos en una época en la que todo pensamiento, toda acción, busca ajustarse a las dimensiones del mercado. La economía prevalece como referente a todo lo habido y por haber y nada debe estar fuera de su control, de su radar. Vaya, pues. En la idea más elemental de la economía se encuentran los conceptos diferenciales entre “valor de uso” y “valor de cambio”.

Ambos, como sabe Perogrullo, son valores. El primero deriva de la utilidad de la cosa misma, mientras que el otro se refiere a la cotización que tiene en el mercado, sin contar su funcionalidad.

El metal más preciado, el oro, por mencionar algo, es poseedor de un alto valor de cambio, pero no sirve de manera directa para nada funcional. Mientras que unas tijeras, por su parte, tienen, en general, más valor de uso que el de cambio. Igualmente le pasa a una mesa o una jarra.

Billy Gibbons de ZZ Top. Fotografía: Alberto Cabello bajo licencia de Creative Commons
Billy Gibbons de ZZ Top. Fotografía: bajo licencia de Creative Commons

Esta doble valoración campea en el mundo de los objetos (sin importar que algunos sean obras de arte). ¿Conclusión? La apreciación de unos y otros fluirá según su visibilidad en el mercado; sin embargo, el valor de cambio puede multiplicar su fulgor.

Incluso los de mínimo valor de uso pueden ser parte de nuestro más intenso disfrute. Como ejemplo están las comunes y corrientes t-shirts o camisetas.

Yo tenía un amigo en la universidad al que le gustaba regalarle camisetas a su novia en turno. No las adquiría en alguna tienda de lujoso prestigio ni gastaba dinero en t-shirts de diseñador. No. Se iba al mercado cercano a su casa y compraba las que fueran más baratas o vinieran en paquetes de tres o de cinco piezas. Seleccionaba las blancas y de colores en una talla menor a la requerida por su novia.

Cuando le pregunté el porqué de todo ello, me dijo que primeramente las camisetas baratas tenían un tejido más abierto, se transparentaban y, en segundo lugar, una talla más justa le hacía resaltar los senos a ella y eso a él le encantaba. “¡Es una verdadera delicia!”, me dijo. “Eso sí, nunca le regalo negras, no tienen el mismo efecto”, añadió.

Aquella ilustrativa plática me recordó el valor de uso y el de cambio. Así como también que en la cultura del rock hay una idea que siempre ha estado adherida a su dieta por antonomasia: sex & drugs & rock& roll. Tanto su política como su moda están impregnadas de ese primer elemento, ya que es más asequible que el segundo (menos opcional y más oneroso para la generalidad).

La imaginería tradicional del rock es la de que todo es sexo y puede que en esta ocasión sí lo sea. Hablar de sexo es la cosa más aburrida del mundo y practicarlo, pues, bueno, todo lo contrario.

En las canciones, en las fotografías que acompañan a sus representantes, en los videos promocionales, en las portadas de los discos, se nos cuenta acerca de todas esas mujeres satinadas, enfundadas en camisetas estrechas, embellecidas por la anécdota y que representan sueños húmedos, pulsiones hormonales, fantasías eróticas y demás formas de anticipar el rito carnal, además de ir acompañadas de una buena melodía, como la de “Girl in a T-Shirt” de ZZ Top que ni pintada para el caso.

La historia al final de todo eso es que los tipos admirarán sus camisetas, las alabarán, para enseguida intentar quitárselas; mientras que ellas, al portarlas, querrán ser ellas mismas, con su insignia, su logo, su mensaje escrito. Entre ambos habrá una contradicción de fondo. Los hombres le dan valor de uso al objeto, mientras que ellas le dan el valor de cambio.

La camiseta se ha convertido a lo largo de los años en un medio de comunicación, en una voz, en una tendencia que ha traspasado generaciones y se ha convertido, a lo largo de las décadas, en moda regular, tanto que en Londres existe un museo para legitimarlas, el Fashion and Textile Museum.

Yo, por mi parte, sigo apostando por ella, la prenda en la que se reconoce el cuerpo humano. Es como una página en blanco, que sirve para resaltar lo resaltable en quien lo posee, para evocar y, cómo no, para disfrutar con su vista, con su tacto y con el acto de levantar su telón.

Eso me recuerda una hermosa calle, de un bienaventurado vecindario, que se iluminaba entera cuando ella aparecía en su bicicleta dando vuelta de la avenida cercana. El universo completo se concentraba en aquel bamboleo que producía su cuerpo.

Pedaleaba, sin disminuir la velocidad, hasta encontrarse frente a la puerta de la escuela. Su pelo rojizo y ensortijado era una llama impaciente en busca del elemento que le había dado origen. Bajaba el pie izquierdo regularmente contenido en zapato tenis de inverosímil procedencia. Desmontaba del envidiado asiento y colgaba el vehículo de alguno de los ganchos que el patio principal ofrecía.

Los entallados jeans eran el estuche perfecto para su carne joven. Sus admirables senos viajaban libres bajo la camiseta impresa con las zetas-logo de ZZ Top, mientras yo tarareaba para mí la letra de aquella canción del grupo texano (no hay modo más contundente de transmitir un mensaje que escribiéndolo en el cuerpo, pensaba. Eso  demuestra el poder de una prenda tan básica, con sus dos valores de cambio).

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Publicado en: Historia de una canción