No soy un brujo,
quítenme la capucha,
soy el verdugo.
[…]
Oscurísima prehistoria,
tal pareciera que el punk
y el diabólico metal,
por acá se patentó;
siglos de anticipación
y el país a todo dark.
—“Paramecio & el cantar de Casimiro”, Jaime López
No es de extrañar que el diccionario de la Real Academia Española defina al paramecio como un protozoo (organismo microscópico constituido por una sola célula) ciliado (flagelado) con forma de suela de zapato; en este caso de zapato de plata, como aquellos que la bruja buenérrima le agasajó a Dorothy en El Mago de Oz —tómense un segundo para imaginarse a Judy Garland recargada sobre la barra de la pulquería La Risa de Ciudad de México—, unas chanclas que pueden llevarte a cualquier parte del mundo con sólo tres versos, cada línea en diecisiete sílabas, en un abrir y cerrar de haikus. Todo lo que tienes que hacer en Paramecio & el cantar de Casimiro (Katakana Editores, 2023) es unir los tacones de tus botas piporreras de Oz tres veces seguidas —como en la composición oficial del haiku— y ordenar a las suelas protozoarias que te lleven a donde desees ir.
Los de Jaime López son haikus y versos andariegos, errabundos entre la bucólica y vilipendiada historia de la misericordia, desde los hijos bastardos de Lilith, pasando por las plantaciones de algodón y azúcar en Nueva Orleans, donde se ingenió el góspel (godspel), hasta Las Glorias de Baco, el Manhattan, el Belua, el Nasdarovia, La Taberna de Panchuá, Las Pedas Negadas, El Tablao del Morao, La Canchina de Canchinflas, cantinas y tascas de Tamaulipas y el mundo metafísico, rebosantes de hollín y vasca, donde el obcecado Casimiro Buenavista se miró al espejo y vio la poesía.

La carretera de la vuelta en este poemario nos lleva por espesas ciudades como Detroit, Dallas, Nashville, la Mancha española —o Urano—; somos arrastrados debajo de la falda de popelina de una jalisciense hasta llegar a la celeridad del ferrocarril subterráneo de la gran Tenochtitlán que, a manera de salto cuántico, despeja la cruda del “Calostro”, es decir, de aquél que sale siempre con la primera chupada.
Paramecio & el cantar de Casimiro es una biografía de sí mismo, del haiku, del verso, del koan, de Casimiro, de Jaime López, la autobiografía o autoficción de la trova en celo y la semblanza de la humanidad enrimada a contrahaz de la literatura ecuménica; porque en este triste oficio, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no lo dejan hacer zapatos, pero a los marginados siempre nos quedarán las botellas como París a Rick Blain. Este es el libro de un músico que se atrevió a robarle un beso a la poesía y la musa le abrió las piernas. “Zapatos para qué los quiero si tengo alas para volar” dijo la monoceja.
La “radio y la sinfonola juntos / lo engendraron una noche / yendo del susurro al tope / de volumen y bulbos”. Jaime López nació en Heroica Matamoros, Tamaulipas, el año de 1954 —el mismo en que murió la Kahlo—. Se dice que es un cantante underground y que como compositor ha ideado propuestas líricas inteligentes y desinhibidas, fuera del ámbito comercial de la payola y el mandato de Televisa. En sus letras, se describen y denuncian las cotidianidades de la sociedad mexicana y su cultura popular, así como el faje libre y el desencuentro postrero, de una manera grácil, por medio del juego de palabras robustecidas con el lenguaje de la calle y la cantina. Dentro de sus publicaciones más destacadas en formato libro se encuentra Rolando “Trokas” El Trailero Intergaláctico, una novela gráfica publicada en 2001 por Ediciones del Ermitaño, con ilustraciones del artista y ensayista Felipe Ehrenberg, reconocido a nivel internacional por su labor en la investigación de medios no ortodoxos. Como músico, López ha publicado más de dieciséis discos y otros seis más en intervención, entre los que se destacan los colaborativos con José Manuel Aguilera: Odio funky, tomas de buró (1995) y No más héroes por favor (2006).

El haiku encuentra sus orígenes en el hokku, una fórmula de construcción literaria utilizada en un tipo de poema más largo conocido como renga. El poeta Masaoka Shiki (1867-1902) prescindió de las estrofas sucesivas del hokku porque carecían de valor literario e independizó este como un poema de estrofa única, compuesta por tres versos, bautizándolo como haiku. Jaime López le dota una mística diferente a esta poesía japonesa, la emborracha con su largo aliento. La sombra de su estética de vampiro urbano vaga por senderos sin luz, cual oveja negra que encontró un cerco quebrado y se perdió. Su poesía aún no encuentra el camino de regreso a casa, la Playa Bagdad, pero vegeta en un sempiterno hedonismo en la Ciudad de México, entre tugurios, cabarets, burlesques, tabernas, bodegas y cuchitriles.
Los versos de Paramecio & el cantar de Casimiro son revoltosos, insumisos, videntes en su ceguera porque miran hacia dentro. Su autor ha visto y ha padecido la caída del hombre, la caída del ego. Sus poemas están condenados y malditos; huyen hacia las violadas ciudades de Norteamérica en busca de un blues áspero, hacia el mundo del ensueño, siempre en busca de la nueva curva, la de la carretera, la de la mujer; lo nuevo que será, lo que el velo del tiempo le ha ocultado a la infancia matamorense.
Jaime López fundió en su verso las formas más recónditas de sus impulsos transgresores, por lo menos ésa fue su tentativa, la postulada en su cantar del “invidente”, para superar las habituales limitaciones humanas e integrar su vida en poesía. En tal sentido, el verso de este artista no es más que la exteriorización de un estallido interno. La palabra que hace ¡crack! Así ha logrado unir a la estrofa la transmutación del cambio o el fenómeno simultáneo de la alteridad y la alteración que pone de relieve tanto lo continuo como lo estable, es decir, muestra lo permanente en movimiento, como el paramecio, destacando lo absoluto a través del ropaje sonoro del lenguaje, trascendiendo o transparentando el alma de las cosas, como esa cama de Transilvania (“Transilvana”) de un panteón cercano al que el trovador asiste, para el propio sueño del vampiro, y relata todo desde ahí, con voz profana: la voz de ultratumba de Jaime López.

El autor de “Chilanga banda” ha vivificado la forma de la poesía clásica al infundirle su espíritu sarnoso, logrando una perfecta unidad de contenido y forma, unidad que le permitió en tiempos pandémicos liberar esa pasión abrasante de una visión reveladora de lo real —la lágrima y el esperma—, de una búsqueda de poder en la belleza, para sostener un desorden interno o para ocultarlo de la vista, como un verídico Casimiro.
Es menester decirles, chichifos y malafachas, que estamos frente a un poeta; aquí, donde los estetas rifan y cantan “me gustas cuando callas”.