Entre el material sobresaliente acerca de la relación de los indígenas estadunidenses (nativo-americanos) y la cultura de aquel país, existen dos ejemplos de los cuales vale la pena hablar. Se trata de dos documentales sobre la influencia de la música autóctona en la tierra del Tío Sam, tanto en la popular como en el rock. El primero está musicalizado por Robbie Robertson y el segundo es una obra codirigida por Catherine Bainbridge y Alfonso Maiorana.
Music for the Native Americans (1994) es una obra de seis horas de duración que contiene la música compuesta por Robertson para un documental estadunidense de televisión, sobre el destino de los indígenas de aquel país. Por lo tanto, muchos pasajes tienen más bien el carácter de un estudio ontológico musical que de un álbum común del ex líder de The Band, grupo de culto.

Aunque su voz baja da un tono distintivo a las canciones de tono folklórico, el conjunto es dominado por los ritmos y cantos indígenas, así como los sampleados sonidos de las praderas. El resultado de esta colaboración inter-tribal (para la cual Robbie Robertson formó la agrupación The Red Road Ensemble) se puede describir como música tradicional moderna, porque además de las canciones mencionadas el álbum incluye sobre todo composiciones eclécticas del propio Robertson. Un proyecto testimonial y digno en el aspecto político tanto como en el musical.
“Tuve que cumplir 51 años antes de lograr armarme del valor para intentar este proyecto —indicó Robbie Robertson en su momento—. Antes de comenzar con las canciones, tuve que cobrar conciencia acerca de mi propia identidad. Mi mamá era mohicana. Hasta entonces comprendí lo que eso significaba para mí”, admitió.
El viaje analítico sacó a relucir su hasta entonces oculta alma indígena. Vale la pena escuchar su búsqueda de sí mismo, en la que funde elementos indígenas con el blues.
Robbie Robertson se había mostrado fascinado por el pasado estadunidense desde su época con The Band (en plena resaca psicodélica, el quinteto aportaba unas canciones sobrias y una imagen arcaica: “Era música plantada en la tierra, sin la ira o las alucinaciones de aquella época. Excepto Levon Helm, el baterista, todos éramos canadienses y asimilamos unas tradiciones que los estadunidenses, por cercanía, no solían apreciar. Una cultura que era más profunda y más exótica de lo que parecía, musicalizábamos migraciones mitológicas. Tardaron años en buscarnos una etiqueta: ahora dicen que tocábamos americana”).
Para el álbum como solista y soundtrack de la serie, se inspiró en su ascendencia indígena, la cual le valió el encargo de poner música al documental. Robertson nació en Toronto, Canadá, el 5 de julio de 1943. Fue hijo único de Rose Marie Chrysler, mujer de ascendencia mohawk, que creció en la reservación Six Nations, al norte del Lago Erie, lugar a donde, tras irse a vivir a Toronto, regresaba con Robbie para visitar a su familia. Ahí fue donde él aprendió a tocar la guitarra y a conocer la música local.
La agrupación se armó con vocalistas e instrumentistas de diversas tribus, entre ellos la actualmente casi olvidada cantante de rock-pop Rita Coolidge, Pura Fé, Douglas Spotted Eagle, Florent Vollant, Claude McKenzie y Bonnie Joe Hunt, entre otros convocados.

El otro material es Rumble: The Indians Who Rocked the World, de Catherine Bainbridge y Alfonso Maiorana. Esta película se centra en las contribuciones pasadas por alto de los nativos americanos en la música popular. Abarca la música desde las primeras piezas de blues hasta el hair metal.
Uno de los hallazgos del filme es el de mostrar que ser nativo americano era algo que los músicos generalmente ocultaban a la vista del público, la publicidad acerca de sus orígenes étnicos era una cuestión que afectaba la posibilidad de que su música se promoviera en el mainstream.
Había una sensación de incomodidad en los medios estadunidenses, mezclada con un sentimiento de culpa colectivo por el trato que históricamente se les ha dado a los nativos del país.
La película detalla el racismo que se dirigió hacia ellos, especialmente en la primera parte del siglo XX, y la forma en que su cultura fue de hecho reprimida y casi borrada por completo. Esto se extendió a su música que se consideraba subversiva.
Catherine Bainbridge elaboró una película sobre un tema al que realmente se ha prestado poca atención. La parte sustancial es interesante e incisiva cuando detalla todas aquellas circunstancias. Por ejemplo, las primeras grabaciones de blues de Charley Patton realmente tienen un sonido nativo-americano con la entrega vocal y los ritmos distintivos, un hecho que nunca había sido notado. Y teniendo en cuenta que fue uno de los actores clave en los primeros días de lo que se convertiría en música popular, hay que decir que la influencia de su cultura en la música moderna tuvo gran significado.
Otro intérprete clave fue Link Wray, quien desarrolló un estilo de música de guitarra que sería una gran influencia en toda la música posterior que utilizó el zumbido de la distorsión (fuzz) en el instrumento por primera vez, así como el power chord (acorde de poder).
Varios rockeros importantes (Iggy Pop, Slash, Marky Ramone y Wayne Kramer) salen en pantalla rindiéndole pleitesía a este guitarrista de origen shawnee, quien mantuvo en secreto tal circunstancia “porque todo el mundo los odiaba”, como dice su hija en el documental. En 1958, le pidieron en una fiesta que tocara un foxtrot y como no sabía hacerlo decidió probar con una combinación extraña de notas. Con ello inventó el power chord, la columna vertebral del rock duro y pesado. “Sin Wray –dice Dave Grohl, baterista de los Foo Fighters– no habría The Who ni Jeff Beck ni Led Zeppelin”.
A través de la cinta nos enteramos, igualmente, de las dificultades que experimentó la cantante de folk Buffy Sainte-Marie con las estaciones de radio presionadas para que no reprodujeran sus canciones, pues se consideraban peligrosamente políticas.
Luego estuvo Jimi Hendrix, cuya ascendencia cherokee fue menos promovida hacia el público que su etnia negra, aunque llegó a usar reiteradamente alguna vestimenta que lo recordaba, como su camisola con flecos, cinta en la frente, plumas y collares alusivos.
Más tarde, hay en la película una mirada hacia el muy respetado guitarrista Jesse Ed Davis, a Robbie Robertson de The Band, al grupo Redbone, a los metaleros Randy Castillo y Steve Salas y al rapero de hip-hop, Taboo.
En la parte final, aunque las cosas y los testimonios siguen siendo interesantes, se sienten un poco fragmentados y faltos de claridad en el contexto de la influencia real de los nativo-americanos. Pero en general, ciertamente, es un muy buen documental sobre tal música, con mucho que reflexionar y un enfoque importante sobre algunos músicos surgidos de aquellas raíces, quienes no han recibido mucha atención a lo largo de los años.
La película muestra que la influencia de los nativo-americanos es algo que nunca ha recibido el reconocimiento que se merece, pero intenta abordarlo y provocar más puntos de vista que se sustenten con las investigaciones y los estudios académicos respectivos.