Fue una diosa lunar, nada la gobernó, se movía libremente, como quería. Bruja diabólica, nadie la dominó, porque nada la domó, era dueña absoluta de su voluntad soberana. Sacerdotisa pagana más allá del bien y del mal, su cuerpo era su gran templo y también era su víctima sacrificial. Ella era La Diosa Triple y la Demonio Roja.
Su amar fue un estruendo. Modelo caprichosa, vivió desnuda de alma y cuerpo. Venus monstruosa, devoró todo lo que amaba. Terrible belleza, ver el propio reflejo en sus ojos destruía a quien así la miraba. Angustia estoica. Viciosa soberbia. Misterio. Silencio.
Nunca fue una persona normal. Para nada. Siempre fue extraña, indescifrable.
Era Frankenstein y Mary Shelley juntos, dentro del cuerpo de una maniquí de pasarela para Dior, vestida con estrafalaria ropa de color negro y el cabello pintado de un rojo incendiario. Era Lady Godiva con su desnudez como armadura y su desprecio al qué dirán como escudo y lanza, montada a gusto en el blanco caballo desbocado que sí nos mata siempre, tal como le pasó a ella. Y así sucesivamente. Una pesadilla que enamora.
Porque ella es imposible de definir. Y ahora es inmortal, y, por ello, más indefinible todavía, más y más. Sin duda, su fama de rebelde ejemplar perdurará por muchos años más.
Todo esto es bueno decirlo para tratar de transmitir una idea aproximada de la extrema importancia de esta artista dentro de la historia del rock y la poesía.

Si digo su nombre verdadero, el que estaba inscrito en su pasaporte, quizá no signifique mucho para quien lea; ella se llamó: Christa Päffgen. Nació en Colonia, Alemania, el año de 1938, cuando estaba por estallar, allí mismo, la Segunda Guerra Mundial. Y llegó de improviso a la muerte cincuenta años después, en Ibiza (España), cuando estaba por derrumbarse en la nada la sangrienta utopía comunista del Muro de Berlín.
Pero si digo el nombre que ella eligió como artista, por muy joven que sea quien esté leyendo esto, si es una persona interesada en las cosas del rock y la música, seguro que ya tiene alguna noticia de ella y su estimación como artista excepcional. Porque esta extraña mujer dedicada en definitiva al rock decidió llamarse Nico para su época y la posteridad, el nombre que le otorgó el fotógrafo de modas que la descubrió un día trabajando en una tienda de lencería fina y la proyectó a la inmortalidad que hoy ya goza con ese nombre.
Sí, ella es Nico, la cantante incluida por Andy Warhol en el primer disco de The Velvet Underground; sí, el grupo de rock en el que participaban Lou Reed y John Cale. Y si quien lee ya peina canas o luce una calva, como se dice, entonces segurito que recordará los títulos de las cuatro canciones del disco con el plátano en la portada en las que Nico interviene: “Femme Fatale”, “All Tomorrow’s Parties”, “I’ll Be Your Mirror” y “Sunday Morning”. En las primeras tres, ella es la voz principal, inconfundible, y en la última hace coros.
Nico es una estrella suprema de la contracultura y por eso aquí la celebro y elogio. Nunca le hizo concesiones a la industria del espectáculo y el entretenimiento bobo; siempre hizo lo que le dictó su voluntad de artista, hasta las muchas veces que se equivocó en la vida. Después de todo, nadie es perfecto.
Nico es una diva precoz del rock gótico extremo, porque su melancolía no era solamente suya, le llegaba del fondo de los tiempos, como un don que se adueñó de ella y la hizo ser como fue. Un demonio de las oscuridades místicas de la poesía, al mismo tiempo que otra luminaria en el museo de la gente maldita y rara. Y muchas cosas más. De allí su trascendencia sociocultural e histórica.
Hoy día es fácil encontrar información sobre la vida y la obra de Nico en internet; allí está, por ejemplo, la no mal informada Wikipedia, especialmente en el artículo escrito en lengua inglesa sobre ella. Por eso, aquí lo cuento todo a muy grandes rasgos…
Ya se dijo, Nico nació en Alemania. Le tocó padecer en directo la Segunda Guerra Mundial, el nazismo, la derrota y su triste posguerra. Al lado de su madre, pasó hambre y tuvo muchas carencias en la infancia. Incluso confesó haber sido violada a los quince años por un soldado norteamericano, acusación que no se ha podido probar con documentos. Su misteriosa belleza física la llevó pronto a ser una exitosa modelo de modas, trabajo que rápidamente la encumbró y la convirtió en una celebridad del mundo del espectáculo, todo antes de que ella cumpliera los 25 años. Tuvo un amorío intenso pero breve con el actor francés Alain Delon, del que resultó embarazada con un hijo, Ari, al que Delon nunca quiso reconocer como suyo.
Vía la divina bruja Anita Pallenberg y Marianne Faithfull, Nico conoció al guitarrista de los Rolling Stones Brian Jones, quien la alentó para que se convirtiera en cantante de rock. Ella grabó en Londres un primer sencillo, producido por Jimmy Page para la marca del manager de los Stones, Andrew Loog Oldham. Por ese camino, un amigo actor de cine la presentó en Nueva York con Bob Dylan y pronto estaba interactuando con Andy Warhol en The Factory y apareciendo en sus películas experimentales, hasta convertirse en la protagonista indiscutible de Chelsea Girls. Warhol condicionaría su apoyo a The Velvet Underground sólo si aceptaban incluir a Nico como cantante; ellos la aceptaron a regañadientes, pues Nico tenía una personalidad muy extravagante y conflictiva. Sin embargo, participó en las performances de la agrupación, en lo que Warhol nombró como “Plástico Explosivo Inevitable”; de ello existe la filmación de un ensayo que se puede encontrar en YouTube: The Velvet Underground and Nico live 1966.
Por ese camino es como Nico se ganaría la amistad y admiración del chamán Jim Morrison. Él la animó para que compusiera sus propias canciones con sus poemas como letra, él le pidió que volviera música su muy personal poesía. Ella inició entonces su carrera como solista. No buscó hacer el rock negocio que enajena a las masas que llenan estadios y compran millones de discos todos los días, tampoco el rock que suena en la radio y del que hablan los medios de comunicación institucionales. Nico no quiso hacer música para bailar o para sonar de fondo en las fiestas, ella buscó la reacción ritual del público que sigue al rock de vanguardia, el rock subterráneo y transgresivo. Hizo rock para cambiar la vida.
En ese momento, a fines de los años sesenta del siglo XX, ya Nico estaba bien enganchada en la noria de las drogas pesadas, especialmente en la pesadilla del caballo blanco de la heroína. Se enamoró del actor y director de cine francés Philippe Garrel, con quien hizo varias películas en verdad desconcertantes que pueden ser vistas por internet; la más interesante es, a mi gusto, La cuna de cristal (1976), en la que actuó junto a Pierre Clementi y Anita Pallenberg.
Cuando se separó de Garrel, Nico regresó al mundo de la música acompañada por sus bandas. Su estilo era rudo, ajeno por completo a lo comercial y facilón. El instrumento que empleaba para acompañarse era un armonio, instrumento excéntrico que la hacía sonar oscura y gótica, muy por adelantado a ese estilo, lo que la volvió en algo más que una mera precursora. Su voz de tonos graves hay quien la ha comparado con el sonido de un cello que se entona dándose un buen flamazo de vodka temprano por la mañana.
John Cale sería el único miembro del Velvet Underground que continuó tratando con ella y haciendo arreglos y música para sus discos y conciertos. Durante un período de veinte años, Nico grabó siete álbumes LP, todos desiguales, todos inquietantes, pero todos cargados con su genio original y dignos de una buena discoteca de rock de altura. Hay varias grabaciones de sus presentaciones en vivo y también ninguna es despreciable. Todas dan idea de la magia real de la presencia de Nico en el escenario. Yo recomiendo ver y oír en YouTube la grabación de su presentación de 1982 en la Warehouse de la ciudad de Preston, en el Reino Unido.
De vida salvaje y alocada, Nico siempre tuvo serios problemas con la heroína, nunca podría dejarla por completo. Igual sucedería con su hijo Ari, quien antes de llegar a los treinta años ya era un serio adicto y había realizado varios intentos de suicidio. En un intento por desintoxicarse juntos y por recomendación de su manager, en 1988 Ari y Nico se tomaron unas vacaciones en la isla de Ibiza, España. Allí, Nico tuvo un accidente al pasear en bicicleta por la carretera, se golpeó la cabeza y murió a causa de una embolia.
Con esto se puede entender que, como prácticamente toda la gente, Nico fue un ser humano que nació, trabajó y murió. Lo importante es que no trabajó en lo de toda la gente, sino en lo excepcional del arte de vanguardia, caminando entre la élite individualista y la manada anónima.
Lo importante, la razón de ser de este comentario en el diván de los recuerdos del abuelo es reconocer el carácter inmortal de la obra poética de Nico como artista del rock. Porque el marco del rock es y será el que mejor le otorga sentido místico a su actuar errático, a veces confundido, pero siempre apasionado, siempre intenso. Su deseo de ser ella misma la obra de arte, sin dudas ni interrupciones, todo el tiempo, por destino y por deseo propio; querer ser un acontecimiento de libertad emancipada, arte de vanguardia, hasta por la forma de encontrarse encadenada a la heroína destructora. Tal como lo transmite la tremenda película Nico, 1988 (2017) de Susanna Nicchiarelli. Una película biográfica sobre el valor ético y estético del último año de vida de Nico como una obra de arte vivo que sirve de inspiración para la contracultura actual.
Por último, mi recomendación de abuelo talibán del rock: si vas a comenzar a escuchar el rock subterráneo y contracultural según la rebelión de Nico, comienza por prestar especial atención a su muy personal versión de la canción “The End”, de su amigo y colega poeta: Jim Morrison, el cantante de The Doors. Busca la versión en estudio del álbum de vinil con título epónimo. Percibe la diferencia en la interpretación que ella entrega, es más que una traducción, lo que demuestra con creces que un buen cover no es una copia ni sólo más de lo mismo, sino una prueba de fuego para artistas de verdad. La versión de Nico hace brillar la poesía de la letra, hace suyo el sentido de esa poesía, la forma de unir la tragedia griega con el delirio psicodélico. Más que cantar, ella actúa la canción con la voz y su música demuestra que no estamos dentro de un espectáculo de moda efímera, sino en un rito sagrado intemporal, necesario: la consagración del Rey Lagarto en la voz de la Bella Dama Inmisericorde.
Y si ya eres toda una persona iniciada en los misterios de Nico, estoy más que seguro de que, al escuchar de nuevo esta auténtica música sacra oscura y gótica, alimentarás el espíritu, fortalecerás la memoria y confirmarás tu voluntad de ser libre por tu cuenta y por tu riesgo. Vale.