No es noticia que al rock mexicano le hace falta una bibliografía que dé cuenta de su recorrido. No sólo hace falta una historia general rigurosa y confiable; también es necesario escudriñar en cada una de las distintas vertientes que lo conforman y justo eso hicieron Macarena Muñoz Ramos y José Hernández Riwes Cruz al editar, al cierre del año pasado, Vamos a jugar a Londres. La escena oscura del rock mexicano al sur del D. F. en los 80 (Universidad Metropolitana Azcapotzalco).

El libro, dividido en tres partes y precedido por una introducción —fundamental leerla porque allí se recoge el entramado teórico que soporta el todo—, echa mano de la historia oral en su construcción (“la razón principal para hacer la narración de esta manera es la posibilidad de contar hechos de una manera lúdica y atractiva para el lector”) y aunque su objeto de estudio es el nacimiento, desarrollo, transformaciones y mutaciones de la escena oscura en México, el volumen cuenta buena parte de la historia del rock nacional a partir de los años ochenta, cuando términos como dark, goth o postpunk todavía no se insinuaban en el horizonte.

¿Por qué elegir esa década como punto de partida? Dicen los autores en la introducción: “Lo que consideramos en este trabajo como ‘los 80’ es un periodo que comienza a manifestarse desde mediados de los 70, con la aparición de grupos de rock como Decibel, El Queso Sagrado y Mistus (así como con gente y otros grupos asociados con ellos) que planteaban un discurso estético, modos de difusión y producción diferentes de los que hasta entonces representaban el común denominador en la escena roquera de la época en el aquel entonces D.F., pero que arranca formalmente en 1979 con la irrupción del grupo Size, el cual abanderó a grupos y solistas ligados a ellos y asociados con géneros considerados futuristas, como el new wave y el tecno pop”.
Aquí se retrata un momento importante de la música popular mexicana, el instante en el cual un grupo de músicos comienza a mirar hacia otra parte del espectro rockero, más cercano al subterráneo y la vanguardia europeos y cuando el éxito se torna relativo o al menos inalcanzable, dadas las condiciones existentes entonces en México.
Muñoz Ramos y Hernández Riwes Cruz interrogan a un buen número de informantes y en ciertos momentos de la narración ellos mismos funcionan como elemento importante para enlazar los discursos a partir de su experiencia: ambos han sido partícipes de la escena oscura, ella como fundadora de La Mandrágora (publicación pionera dedicada al horror, la fantasía y el género negro); él como integrante de Hueco, grupo seminal en el género.
El texto es revelador, porque cada una de sus páginas trae algún detalle significativo y si bien los autores advierten en la introducción acerca “de la clase social a la que pertenecen la mayoría de los integrantes de este nicho, se debe comentar que usualmente las manifestaciones relacionadas con el rock o el pop llegan a través de la clase media”, no deja de sorprender el hecho de constatar que al menos esa escena del rock nacional creció gracias a ello y que, involuntariamente, reafirmó el clasismo existente en el rock que se hace en México.

Una gran travesía es la que han organizado Muñoz Ramos y Hernández Riwes Cruz. La cual no se detiene en nuestro país y viajan lo mismo a España y Argentina para rastrear cómo las escenas de estos países impactaron en el nuestro. Decibel, Queso Sagrado, Mistus, Syntoma, Size (“no es que haya una conexión directa a lo que ocurriría años después, pero como dice Macarena, es algo que está en el ambiente, que ya traemos”, comenta Riwes Cruz en la página 61), Las Insólitas Imágenes de Aurora, Caifanes, Alaska, Mecano, Soda Stereo, Mistus, Década Dos, Volti, entre otros, se entretejen en esta narración y preparan-sirven de preludio a la llegada de tres agrupaciones fundamentales a partir de las cuales se generará la escena oscura: Caifanes, Ansia y Santa Sabina.
Ocho años se llevó la gestación de este primer volumen que cuenta con cerca de noventa informantes que nos conducen por la década de los setenta hasta llegar a la primera mitad de los noventa y atraviesan por diferentes géneros (progresivo, punk, new wave, techno, industrial, etcétera) y lugares (Tutti Frutti, el Nueve, Rockotitlán, LUCC, Rock Stock), para formar un rico mosaico en el cual abundan los detalles, las historias divertidas, pero sobre todo una riqueza informativa que nos deja a medio camino y anuncia una segunda parte de esa escena poco conocida pero que, dicen sus autores al final, se convertirá en uno de los troncos sólidos del que “saldrán diversas ramas que, al día de hoy, la colocan como una de las más sólidas y propositivas a nivel nacional y han hecho voltear a sus pares internacionales con asombro y admiración”.
Una lectura indispensable.
Vamos a jugar a Londres se presenta mañana 23 de febrero a las 18:00 hrs, en el Salón de la Academia de Ingeniería del Palacio de Minería, dentro del marco de la 44 Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, con la participación de Karina Morales Martínez, Alex Eisenring, Jacobo Vázquez y los autores.
Lastima que en la UAM no publiquen en electrónico, reducen el acceso a más lectores. Este libro lo tienen sólo en impreso