Sha Na Na y la invención de la nostalgia

Los hechos lo indican: el pasado no está muerto –ni siquiera es pasado– y nunca termina de pasar y además se mezcla, convive y compite con el presente en diversas manifestaciones. En realidad, nadie quiere que se vaya. Siempre es evocado en todos los ámbitos de las épocas; a veces de manera flagrante, otras en forma encubierta.

Lo comprobé cuando leí la noticia, por ejemplo, de que en octubre de 2016 (del viernes 7 al domingo 9) se llevaría a cabo el Desert Trip Concert, en Indio, California, el cual tendría el cartel único e histórico de los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul McCartney, Neil Young, Roger Waters y The Who, juntos por primera vez, en un festival que duraría esos tres días.

Al reflexionar al respecto, el lector atento se preguntará cuándo comenzó en el rock este enganchamiento con la nostalgia, quién lo inició, cómo y por qué. Para las primeras preguntas tengo una rápida respuesta: la nostalgia en el rock la inventó el grupo Sha Na Na y lo hizo hace más de cincuenta años. El cómo y el por qué vienen a continuación.

Cuando aquello sucedió, el rock & roll ya tenía casi veinte años de existencia. Había pasado por un nacimiento que causó un shock cultural, industrial, interracial, intergeneracional. A ello había seguido la reafirmación de su presencia con sus pioneros, puntales, pautas y fundamentos estilísticos y temáticos.

A todo esto, siguió la respuesta del status quo con la persecución, alistamiento y encarcelamiento de algunos de tales pioneros, incluso la muerte colaboró en la desaparición de otros. De la crisis brotó lo nuevo: la beatlemanía, la Ola Inglesa, el garage. La evolución llevó a la creación de subgéneros, corrientes y movimientos.

La poesía, la política, los enfrentamientos sociales y raciales tuvieron su apoyo musical e inspiración en el folk-rock, el country-rock, el blues-rock, la psicodelia, el hard y el heavy metal. Hubo el descubrimiento cultural de la India, de Alemania (el krautrock), de lo afrocaribeño y latino. Mucho de ello ya había sucedido o estaba por suceder cuando Sha Na Na apareció en escena.

Fue en un momento clave: el fin de los años sesenta. Ante la nueva hornada de grupos y músicas primerizos que andaban en plena exploración, como toda una generación que abría puertas interiores y exteriores, el de Sha Na Na parecía un extravío en medio de todo aquello. Era una agrupación que no tenía el horizonte como impulso, sino una actitud pendenciera desde lo inamovible.

Como la de aquel sedentario que un buen día al despertar siente que le han cambiado el panorama y, perdido, busca un asidero en lo único conocido. Así, este grupo lanzó sus amarras hacia el muelle de lo familiar y se abocó a no congeniar con el presente que se le revelaba y con el inútil afán por reconquistar lo que ya se había ido.

Sha Na Na surgió, pues, para brindar tributo a su añoranza: los años cincuenta, la era pre-beatle. Fueron los primeros en hacerlo y en afincar su existencia en ello. Introdujeron la nostalgia en el rock, el concepto del oldie y el cliché de que todo tiempo pasado había sido mejor. Esta forma de pensamiento generaría nichos desde entonces.

Aparecería el famoso “aquí me planto” de muchos seguidores del rock, quienes a partir de su confusión con los tiempos y los ritmos escogerían el momento, la década sonora en la que quedarse a vivir para el resto de sus días, anteponiendo el logo de “I Love” a su selección: los cincuenta, los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa…, como droga dura, omnipresente y siempre contemporánea.

El rock, como género, como cualquier forma de cultura viva, va desarrollándose porque el valor de los viejos modelos se desgasta y debe transitar hacia los nuevos. La dirección en que lo haga tiene también, a todas luces, motivos y efectos socioculturales y psicológicos.

La evolución de esta música nunca termina y quien reniega de ello se desfasa y crea prejuicios. Así nació Sha Na Na, la melancolía por el género, la modalidad sucesiva de los tributos, el revival, lo retro, lo vintage, lo neo… Y los hay, a partir de ahí, que se regodean en ello, en el mantenimiento de su fijación por un ideal incontaminado.

En la segunda mitad de los años cincuenta, en el Bronx neoyorkino había nacido un nuevo sonido. Sus raíces procedían del sur, de las canteras del góspel, pero sus intérpretes comenzaron a experimentar con el canto, añadiendo gradualmente armonías y estilos vocales fuera del ritual religioso, para realizar combinaciones con músicas profanas.

Desterrada del interior de las iglesias, esta fusión salió a la calle y se instaló en las esquinas de los barrios pobres. Los grupos mezclaban el baile, las armonías vocales e incluso las imitaciones vocales de sonidos instrumentales en un animado popurrí de blues, rock & roll y canciones con influencias varias. Debido a una repetida onomatopeya dentro de las mismas, al estilo se le comenzó a llamar “doo-wop”. Éste, conjuntado con el rock & roll y el baile público, se convirtió en una institución en las vidas de los adolescentes. La esencia de las calles de Nueva York –con su mezcla de razas y credos, su desenfreno adolescente y callejero y su ambición vital tras la posguerra– responde a la historia y  a la sustancia sonora de la ciudad en aquella época.

Basados en esta mitología, cinco amigos de la Universidad de Columbia (David Garrett, Richard Joffe, Donny York, Dennis Green y Robert Leonard), disgustados ante el panorama musical sesentero, decidieron reivindicar lo que les gustaba: el sonido de la década anterior. Organizaron un show en el que interpretaban el doo-wop y el rock & roll primigenio. Lo hicieron con varios nombres como The Strong Kingsmen, Eddie & the Evergreens o The Dirty Dozen (la agrupación creció hasta tal número de miembros) y se presentaron en auditorios colegiales, vestidos con chamarras de cuero y de lamé dorado, con grandes copetes envaselinados, botas y sobrenombres como Screamin’, Zoroaster, Jacko, Gino, Rico, Bowzer o Kid.

Fue así como, en 1969, fueron descubiertos por los organizadores de un inminente macrofestival de música, a quienes les parecieron de lo más freak que habían visto en su vida. Un espectáculo tan off-off –la palabra era out en aquel tiempo– que sería el preámbulo perfecto para la actuación de Jimi Hendrix, nada menos que en el Festival  de Woodstock.

De esta manera y al grito de “jodidos hippies ahora van a saber lo que es música”, el grupo, ya con el nombre de Sha Na Na, se presentó ante el medio millón de asistentes al histórico evento, en el mismo cartel que Jefferson Airplane, Crosby, Stills, Nash and Young, Ritchie Havens, John B. Sebastian, Country Joe and The Fish y demás miembros de la psicodelia.

Sha Na Na interpretó la canción que le había inspirado su actual nombre, “Get a Job”, así como “At the Hop”, su declaración de principios. El grupo quedaría inmortalizado –con su vestimenta, coreografías y bailes anticuados– en una corta secuencia de la película y del  álbum triple que sirvieron como testimonio del festival. Al público reunido le pareció una buena puntada; a los empresarios, una mina de oro.

Vinieron los contratos para una serie de televisión que duraría varios años (con decenas de imitadores). Fueron el leitmotiv de la película Grease (“Vaselina”), en la que además de su aparición harían parte del soundtrack. Realizaron giras por doquier y se instalaron por un tiempo  como banda fija en Disneylandia y Las Vegas, además de la hechura de más de una treintena de discos. La nostalgia había llegado al rock para quedarse. Tanto como fijación vital que como parque temático a revisitar de ahí en adelante: “I Love Sixties… Seventies… Eighties… Nineties…”. En fin, la opción irrestricta.

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Publicado en: Sonidos de Babel