Oxomaxoma: 42 años de anarquía sonora

Del 21 al 23 de julio de 2022, Oxomaxoma, esa agrupación siempre cambiante del rock de este país, celebró en el “Alicia” 42 años de trayectoria y a tal efecto sus integrantes reunieron a amigos de varias generaciones en tres conciertos que ahora arriban al formato de disco compacto, con el título 1980-2022. Una retrospectiva sonora, 42 años (Grabaxiones Alicia / El Otro Rock / Ignoto Records).

El álbum doble está dividido en blanco y negro y recoge lo más representativo de lo interpretado esas noches dominadas por los múltiples senderos de la improvisación, cuando José Álvarez y Arturo Romo (como invitado de lujo), ambos fundadores de la agrupación, tocaron con diferentes ensambles creados ex profeso para la ocasión.

José Álvarez (aka Josephalo), único sobreviviente de la formación original, hizo una interesante curaduría que le permitió agrupar camaradas con quienes se ha topado a lo largo del camino, músicos de diferentes tendencias solamente unidos por su vocación de ir más allá de lo convencional.

La obra en su totalidad está encapsulada entre dos recitatorios: el de apertura, a cargo de Álvarez, un texto pergeñado por él mismo cargado de esoterismo, y el final, una emotiva apología de Farah Farach. Luego de ello, Romo y Álvarez se hacen acompañar por Humberto Álvarez y Ramiro Ramírez (ex Tribu) en un corte abridor que, cargado de atmósferas y percusiones étnicas, también se adentró en ciertos pasajes experimentales en los que las voces de los dos Álvarez crearon un melisma cósmico, muy hipnótico.

La improvisación estuvo representada por lo que bautizaron como Jazz in Opposition y en donde Germán e Iván Bringas se dedicaron a explorar —el primero con su saxofón, el segundo con la guitarra— lo impensable (el segundo track de este ensamble, incluido en el disco negro, en el cual Álvarez habla-declama-gime, es brillante en su consecución).

Esa vena a medio camino entre el free jazz y la improvisación libre la prosiguieron otro día —en el disco, lamentablemente, no se da cuenta de las fechas en las cuales cada uno de los ensambles participó, como tampoco se dice el instrumento ejecutado por los músicos— Loope (Ernesto Andriano, sax; Adriana Camacho, contrabajo; Rodo Ocampo, batería).

El rock en oposición tuvo su representación con la colaboración de Romo-Ávarez (con Alex Eisenring, guitarra y Carlos Vivanco —en realidad Bardo Todhol—, quien dejó el instrumento de seis cuerdas para situarse detrás de una batería de su invención). Los músicos lograron fusionarse para extraer un sonido diferente a lo que cada uno de ellos suele hacer, un corte repetitivo sin llegar a irritar en una vertiente monótona cercana al krautrock.

Fotografía: cortesía de Oxomaxoma
Fotografía: cortesía de Oxomaxoma

Una vena industrial agresiva, dinámica, la explora Oxomaxoma (Álvarez, Luis “Bishop” y Rabdoll Orea) con la voz de Sarmen Almond quien, conforme pasa el tiempo, hace de su garganta un instrumento seductor, maleable y cambiante. Un terreno similar, menos agresivo, tal vez más experimental, lindando con el noise y la improvisación —en realidad todo lo plasmado en estos dos discos, con excepción de “Violenta”, son improvisaciones— fue el logrado por Álvarez-Romo más Naufragios y Demoliciones (Sergio Sánchez, ¡guitarra!; Rodrigo Ambriz, voz y Fx; Ramsés Guevara, también integrante de Deimusaranea) en batería.

La fusión, muy sui generis, inclinada al ambient estuvo a cargo de Ramsés Luna (sax) y Luis Nasser (bajo) y por un ensamble integrado por Álvarez y Romo, más Leonore Rodríguez (integrante de Reax) en la voz, los saxofones de Germán Bringas y Octavio Patiño (alias “Blue”) y la guitarra de Víctor Méndez. Los últimos incluso derivaron, en uno de sus tracks, en un caos revestido de matices de world music y pizcas de free jazz.

Lo electrónico-experimental tuvo de exponentes a Gibrana Cervantes (violín) y Concepción Huerta y Eduardo G. (electrónicos), quienes perlaron la noche de texturas y atmósferas en una de sus intervenciones y en la segunda se acercaron a los límites de un noise ligero, mientras los sonidos de tintes industriales y electrónicos los hicieron Dr. Kontra y Virgen Siamesa (Ulises Avath y Daniel Lazarini), en un set inclasificable —trepidante, futurista, distópica su segunda intervención—, como también podemos dar ese calificativo a lo perpetrado por Álvarez-Romo al lado de Armando Velasco, músico que en algún momento formara parte de Oxomaxoma y largo tiempo retirado de los escenarios.

1980-2022. Una retrospectiva sonora, 42 años es una instantánea, una Polaroid perfecta, el retrato de un momento irrepetible. Cada una de esas noches fue de riesgo continuo, como si se atravesara de un edificio a otro a una gran altura por un cable sin red debajo de cada uno de los participantes. Y a pesar de la diversidad de los acercamientos sonoros, la placa guarda uniformidad, lo cual habla de una visión compartida, de una escena en la cual existen vasos comunicantes y las ideas tienen excelente circulación entre ellos.

Fotografía: cortesía de Oxomaxoma
Fotografía: cortesía de Oxomaxoma

Pudieron ser tres discos —material había en abundancia—, pero Álvarez, encargado de la selección final y cuyo impulso fue decisivo para la realización de estos conciertos, sólo eligió un par de muestras de cada una de las agrupaciones participantes. También el álbum pudo haberse signado por los altibajos, pero resulta uniforme y en ello incide la vocación de búsqueda y experimentación de cada uno de los participantes, además de ser un muestrario breve, somero, de una de las muchas caras de la escena de vanguardia de Ciudad de México.

La obra no es un resumen de la trayectoria de Oxomaxoma; más bien funciona como un teaser del trabajo futuro, porque Álvarez es un músico que recorre las calles con oído avizor, atento a todas las manifestaciones sonoras que lo rodean, listo a abrazar lo nuevo y dejar a un lado el pasado.

Tal vez una mejor definición de cómo reacciona Oxomaxoma ante lo imprevisible y el credo que los ha mantenido vivos durante más de cuatro décadas lo anota Álvarez en las notas que acompañan al disco y que fueron redactadas especialmente para el mismo.

Escribe: “Fuimos cambiando de acuerdo con la instrumentación que se ponía ante nosotros: si eran los objetos sonoros, nos remitía a ritmos iniciáticos, danzas y concilios de mucha fuerza emocional y si era una instrumentación convencional, la mezcla del lenguaje musical con lo experimental resultaba muy sorprendente, pues contrastaba a la perfección con la anarquía sonora que profesamos en el momento de cada sesión”.

 

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Publicado en: Disco de la semana