“Incomodar al burgués común y corriente y hacer reventar los sesos al pequeño-pequeño-burgués”, esa era la consigna del círculo de estudio trotskista al que me integré en 1969, un grupo “clandestino” post-sesentayochero, en el que, con la idea de hacer guerrilla urbana, admirábamos al Che Guevara tanto como al movimiento surrealista organizado y desorganizado en torno a André Breton, porque León Trotski, con André Breton y Diego Rivera, eso lo vio hace un siglo como la revolución cultural necesaria y posible aquí y ahora. Hoy el trotskismo es otra joya muerta del pasado utópico de aquellos ingenuos adolescentes más artistas que guerrilleros, algo que ya no regresará, y el surrealismo es el canon de todos los comerciales publicitarios; sin embargo, lo de joder a los normales y acomodaticios sigue siendo una norma de la contracultura de hoy y de siempre. El lema en los sesenta era que, si no le disgustaba a tu padre, rompieras el disco y olvidaras al conjunto, porque lo de papá no es rock. Y creo que esto vale igual en 2023.
La agrupación musical de la que quiero hablar esta vez lo hizo de modo perfecto, al grado que todavía hoy su disco incomodará un buen rato a quien lo escuche por vez primera con oídos cuadrados como wafle, porque es lo que debe hacer todo buen disco de rock: incomodar a la gente que llamábamos “fresa”.

Haciendo honor a su digno nombre, los de la banda El Tarro de Mostaza todavía hoy, cincuenta años después de grabar su único disco, suenan bien pachecotes, hasta cuando recurren a las rolas melosas como que de Angélica María o Emily Cranz; luego entonces, aún suenan bien pachucotes estos cuates destrampados y psicodélicos con su rock en español y descontrolan a la crítica como disco de culto, según la dominación yanqui del mercado de canciones. Raros. En 1968 ni más ni menos. La hora del destrampe total. Suenan, además, progresivos, de los tiempos del organito eléctrico, tipo Iron Butterfly o The Doors o, mejor, Question Mark y los Misteriosos; aunque ya entonces se quedan más que nada en “rockcito” a secas, como lo califica el jefe HGM. Yep, es mero rockcito mexicano y nada más que eso, pero hecho, eso sí, con hartas ganas, como para no desmerecer en la mayor parte del LP. De modo que no son deplorables del todo. Tampoco son Procol Harum ni The Zombies. Pero, con todo y sus derrapes color de rosa pálido como de misa de jóvenes o de bandita sonsa y sosa como Los Ángeles Azules, estos batos de origen veracruzano lucen con su música. Conmueven. En definitiva, no quedan nada mal. Ponen a bailar el cuerpo y la mente, despiertan la imaginación, comunican voluntad de poder y convocan la iluminación espiritual de la ganya. Asombran, más bien.
Vinieron al entonces Distrito Federal desde Poza Rica, Veracruz, un lugar que en esos tiempos sólo era muchas banquetas, la planta de Pemex y unos cuantos negocios y muchos tugurios. Entiendo que eran niños bien, de los que tocaban en kermeses como se dice, por ello los buenos contactos los llevaron a grabar en Capitol Records, la marca en la que grababan los Beatles mismos, je je. Y los produjo con cuidado el mismito Alfredo “El Güero” Gil, sí, el del trío Los Panchos. También fue él quien cambió el nombre del grupo. De ser los insípidos The Sounds a ser El Tarro de Mostaza, cuando les vio los ojotes colorados disque por ser provincianos atrapados en el aire ya harto contaminado de la Ciudad de México. El resultado fue el LP de seis canciones que aquí comento para ustedes, su única producción discográfica; poco después se separaron, al ver que el mundo de los discos en México era pura trácala y robadera, mucha flojera burocrática y nada de imaginación liberada. Todavía hoy la disquera les debe dinero por sus regalías.

Jorge Clemente López Martínez, encargado de los teclados y de las composiciones y arreglos; Juan Felipe Castro, guitarra; Francisco Javier, voz; Oscar García Granados, batería; y Santiago Galván, bajo. Para su edad y experiencia alcanzan el estándar del rockcito de la época, hay ingenio y virtuosismo en los teclados e idea del blues y la psicodelia en la lira eléctrica; bajo y batería suenan a buen rock de garage, quizá lo único que tiene muchos altibajos sea la voz principal. Pero lo primero que hace de este disco una grabación de respeto es la primera pieza, la cual tiene una duración de nada menos que veintiún minutos y ocupa todo el primer lado del LP de vinil; algo, si no inusual en ese momento, difícil de conseguir dentro de la definitiva frialdad de un estudio de grabación mexicano. Su título es “Brillo azul”, suena psicodelicona o jipiosa de buena onda, aunque no logra ser poesía digna de pensar ni de tomarse muy en serio; la continuidad de la pieza da saltos y tiene ratos grises, pero domina la intención de rockear a todo dar. Aquí es donde luce López Martínez en los tecleados, ya que hace sonar momentos de veras funky sin ser Ray Manzarek.

El segundo lado del disco incluye cinco canciones. Ninguna logra lo alcanzado en la primera, suenan algo anémicas y la temática de las letras está muy cerca de Palito Ortega y Leo Dan, pero queda a una distancia de siglos de las letras de rock en inglés de esa misma época. La primera, titulada “En caso de que se pare mi reloj”, uf, alcanza la risa loca del albur al afirmar que al narrador “se le para el reloj” hasta cuando no está con ella. Sigue “El ruido del silencio”, en la que se luce el guitarrista, sonando con fuzz y a buena velocidad; los teclados le dan un ambiente entre espacial y de profecía del horno de microondas, la letra es regularzona y párenle de contar. La tercera canción se titula “Amor por teléfono”, es algo que suena como a los Herman Hermits y la única que me causa rechazo y repugnancia, especialmente por la letra; no se la deseo ni al peor de los ripiosos y empalagosos Ángeles Negros; la pieza concluye con un mal experimento psicodélico que se empeña en querer sonar creativo sin lograrlo. En el cuarto surco de este LP se escucha “La fuente del jardín”, olvídenla por completo. Y todo termina con la canción “No debes verme llorar”, cuyo título ya anuncia lo cursi que es, aunque la música no es tan mala como la letra. Y todo termina en una cascada de miel de maple con crema chantilly que atosiga al más hecho a las dulzuras del fracaso amoroso bobo.
Por allá de 1970, tuve oportunidad de oír a El Tarro de Mostaza tocar en una fiesta privada en una casa muy pitiflorita del Pedregal de San Ángel, a donde me invitó mi prima Pola Mejía Reiss. Como es de suponer, sonaban mejor que en el disco. Tenían una buena capacidad de improvisación. No sólo tocaban rola tras rola y ya. Hicieron una sola canción con todas las piezas del álbum e intercalaron lo que se les fue ocurriendo y lo que el público les pedía. Puro rock pesado, incluidas piezas de Led Zeppelin y de Frank Zappa. El humo de ganya los envolvía y los hacía volar con los ojos rojos y la boca reseca, como a monjes budistas echando cantos sagrados a la hora del anuncio de la aurora; los churritos forjados en papel de estraza les pasaban por las manos, los pulmones y el alma a los cinco músicos en el clásico toque y rol jipiteca. Me quedé con ganas de volver a escucharlos, pero no se pudo; dejaron de brillar muy pronto y desaparecieron. Muchos años después me encontré el disco en YouTube, por eso escribo este texto.
Total. Si no quieres manchar tu ética de talibán del rock, no escuches el lado 2 de este viejo disco. Basta el primer lado con su larga canción para poder sentir lo que pudo ser un buen rock hecho en México. Si eres viej@, te llenará de nostalgia melancólica y tal tez te mueva a bailar, aunque sea desde la silla de ruedas y con temor a que se desconecte el tanque de oxígeno: si eres joven, podrás tener en los oídos un matiz de lo que fue la época cuando los jipitecas rulearon en Mexicalpán de las Tunas. Creo que, de esta forma, informando sobre lo que hubo y no pudo progresar, incomodamos desde este espacio a quienes creen que con el rockcito en español se recuperó lo perdido.