Cuando mi cuate Juan Carlos “El Borrego” escuchó el álbum Small Change de Tom Waits, allá en los años setenta del siglo pasado, me dijo que ese tipo cantaba como si Jim Morrison hubiera comido cucarachas disueltas en ácido sulfúrico, después de fumarse al hilo trece cajetillas de Delicados sin filtro. Me pareció un juicio estético atinado, justo y valioso; realista, altamente descriptivo. Porque así de ruda y seca es la diferencia de la excéntrica voz y el modo de cantar de Tom Waits.
Una valoración, la de Juan Carlos, que resultó más contundente y definitiva cuando poco después escuchó cantar a Don Van Vliet (a) Captain Beefheart en Trout Mask Replica. Entonces “El Borrego” me dijo que Tom Waits sonaba junto al Capi como si fuera Angélica María o de a tiro como Julie Andrews. Knock-out. Silogismo realizado.
Con ello se dio el equilibrio “arcesileano” entre esos dos juicios de valor de Juan Carlos “El Borrego” en plan de crítico de rock: se dijo la verdad de la cosa, la esencia esencial del poetizar de Tom Waits como músico y cantautor. Porque Waits se distingue por tener un estilo ronco y rasposo, teatral, incómodo para el espectáculo, pero con detalles poéticos de dulzura juglaresca. Saca sangre, pero no hiere a la malagueña. Es del club de la pelea.
Lo cierto es que el Capitán y Tom Waits, como Frank Zappa y Phil Ochs, son rockeros fuera de serie, inconfundibles por completo. Se les puede imitar y de volada se nota la imitación. Pero resulta imposible igualarlos, por su profunda autenticidad, por ser ellos mismo en cada una de sus actuaciones y composiciones. Artistas de personalidad fuerte que encontraron en el mundo salvaje del rock el medio ideal para manifestar su arte.

Cantante, músico, compositor y actor, Tom Waits comenzó a circular en el mundo de la música popular etiquetado como “jazzista beatnik”, un mundito donde sonó sin etiqueta, rotundamente original, pero con una voz que imitaba y homenajeaba con chispa a don Louis Armstrong. Entonces los pone-etiquetas dijeron que Waits en realidad era un “bluesero posmoderno”; pero allí resultó más raro todavía, medio como un alemán vestido de indio jíbaro. Y así fue a dar Tom Waits a la región ecléctica y muy libre del “rock” como etiqueta, una etiqueta en la que se vale de todo.
Su presencia constante y surreal en los clips de la hora clásica de MTV te hace tener al menos una idea lejana de él y de sus rolas locochonas por vía de los recuerdos de tus abuelitos. Pero si eres una persona algo más ruca, entonces ya lo identificaste bien. Es ese mero, el que de inmediato se hace notar cuando aparece en las películas. Un excéntrico memorable. Un rockero de garra, capaz de convencer a la élite académica y a la masa rebelde.
Aquí yo quiero recordar y recomendar la grabación de una presentación en concierto de Tom Waits. Una muy concreta. La que hizo con su grupo en el legendario programa de rock de la televisión alemana Rockpalast (“Palacio de roca” o de “rock”) en 1977. En ese momento, el cantautor es un músico subterráneo y periférico, todavía no llega la hora de su consagración con álbumes como Swordfish Trombones o Rain Dogs; está dejando de ser un jazzista de minorías y comienza a tener especial recepción por parte del público del punk rock. No era para menos. En esa presentación lo vemos muy a tono punk de élite, porque al menos trae puesta encima media botella de whisky bourbon y quizás algo más canijo y su actuación en escena es retadora, agresiva, petulante, como la de todo músico punk en esa hora cuando los Ramones comienzan a hacer su ruido.
Pero la música de Tom Waits no es el punk clásico que suena peor que rock de garage, como el de los Sex Pistols. Lo agresivo de Waits depende más de la música del expresionismo alemán que tuvo su auge durante los fabulosos años veinte del siglo pasado, cuando se puede considerar como eje de coordenadas la música compuesta por Arnold Schoenberg, Pierrot Lunaire, por ejemplo, y la compuesta por Kurt Weil y Bertolt Brecht, con La Ópera de Tres Centavos. Son piezas musicales con armonías altamente disonantes, con líneas musicales disjuntas y frenéticas, con grandes saltos. Predominan los contrastes violentos y expresivos, los instrumentos son ejecutados con gran fuerza y en el extremo de sus registros. Son canciones con elevado grado de tensión.
La letra de esas composiciones se encuentra más cerca de los poetas de la Generación beat, especialmente del Jack Kerouac de On the Road, que de los cantautores contemporáneos de Waits, aunque es indudable la influencia de Bob Dylan en su misma decisión de hacer canciones. Es poesía en la cual predominan lo oscuro y lo callejero, la bohemia nocturna y la vida rufiana.
Rockpalast es un programa de la televisión musical alemana que se transmite en directo por la estación Westdeutscher Rundfunk (WDR). El espectáculo comenzó en 1974 y continúa hasta el día de hoy, captando la vanguardia de la música. Cientos de grupos de rock y jazz han actuado en Rockpalast, incluidos Roxy Music, Patti Smith y muchos más igual de significativos.
En esta actuación, por completo recomendable, Tom Waits ocupa el lugar que le corresponde detrás del piano y permite que su banda —integrada por Frank Vicari al saxofón, el Dr. Fitzgerald Jenkins III al contrabajo y Chip White a la batería— llene los huecos, guiándola con cada nota gruñona de su boca.
Toda la interpretación de Waits durante una hora y veinte minutos es eléctrica, no hay un solo momento en el que disminuyan la emoción y la fuerza de su expresión, tanto en la voz como en lo gestual y en su trabajo al piano. Él tiene para entonces 28 años y demuestra poseer un pleno dominio de sus facultades y estilo. Los arreglos aquí están todavía más próximos al jazz neoyorkino que al expresionismo alemán. Asombran los recursos de voz del cantautor y la eficacia teatral de sus gestos. Porque su performance se realiza en un espacio ideal para ello, ante un público pequeño y con la proximidad que otorgan las cámaras de televisión y sus precisos movimientos en el escenario.
Son de destacar los momentos en los que Waits introduce fragmentos de la música y las letras del musical West Side Story dentro de sus canciones, lo mismo que las constantes referencias a otras piezas de la música popular. Conmueven de modo profundo las virtuosas versiones que nos da de “Step Right Up”, “I Wish I Was in New Orleans”, “Fumblin with the Blues”, “Bad Liver and a Broken Heart”, “Small Change” y “Tom Traubert’s Blues”.
Vaya esta recomendación de su presentación de hace 45 años en la televisión alemana, para que lo conozcan mejor las jóvenes generaciones y para que lo tengan presente las ya no tan jóvenes. Porque la obra de Tom Waits —que ahora está por cumplir 73 años— será perdurable y memorable, no lo duden ni tantito.