Los cuarenta y tres atardeceres de Ledesma y Botello

Hace 22 años, Margarita Botello y José Luis Fernández Ledesma hicieron Sol central, disco que no obstante el paso del tiempo se mantiene vigente y además es muy significativo, porque a partir de éste la dupla inició un trabajo que desde entonces permanece y cuya reciente entrega es Un día vi cuarenta y tres atardeceres (Azafrán Media).

Las composiciones, como siempre, están a cargo del tecladista-guitarrista Fernández Ledesma, pero él ha encontrado en la voz y el trabajo instrumental de Botello a una importante aliada, aunque en esta ocasión la voz, como canto, es uno de los elementos menos presentes en el álbum.

La placa abre con el tema que da título al mismo y en la que una entrada a piano que ha sido doblado nos adentra en un tema de tonos clásicos, impresionistas los llamaría, pero en el que también hay algo de jazz reminiscente de Alice Coltrane. Es un corte que instaura el tono general de la obra y en el cual se nos informa que el trayecto estará marcado por una belleza reposada y plácida.

En “Horizonte de sucesos”, sorprenden las texturas electrónicas que construye el tecladista con un sintetizador andarino y de pronto desquiciado que será conducido al fondo para dejar la entrada al rhodes y a la voz de la cantante, quien ayudada por el acordeón y las percusiones imprime un matiz folk a la tonada, aunque el ritmo “desquiciado” del sintetizador regresará acompañado por la guitarra eléctrica y el scat de la voz femenina.

“El primer amanecer” posee una orientación progresiva, pero no sinfónica; aquí hay una búsqueda sonora en la que se incorpora música del mundo con toques étnicos muy ligeros, pero cuyo predominio es del rock en oposición (en realidad se ha vuelto una firma muy personal en las composiciones de José Luis Fernández Ledesma).

“El tercer planeta” es de esos temas amables al oído, elegante, pero también cargado de musicalidad que aquí comanda Fernández Ledesma desde el piano y complementa Margarita Botello con acordeón, percusiones y su voz (duplicada). Es una imagen de la tierra, de algunas de sus regiones, con guiños a ciertos ambientes selváticos.

Fotografía: cortesía del autor
Fotografía: cortesía del autor

En “Secretos y pequeños”, el pianista juega y nos entrega acercamientos diferentes a la música; la guitarra teje una melodía de ecos crimsonianos, con las percusiones y la marimbita que baila alrededor y con las voces que crean un coro de ligeros toques exóticos en su parte media, para luego dar pie al sintetizador. Una cama de guitarras eléctricas y acústicas, más un bajo que dialoga con el piano, bordan una hermosa composición en la que el acordeón hace las veces de un drone en el fondo y sobre esa alfombra destacan las percusiones y la voz es como un murmullo terso y suave.

https://www.youtube.com/watch?v=QeVqTc1FC-I

El piano abre “El goce de los vientos” y el acordeón crea la melodía, otra vez con esos tonos folk que recuerdan algo de lo hecho por el sueco Lars Hollmer y en donde las voces de ambos crean otra fuente instrumental a partir de su diálogo.

Fotografía: cortesía del autor
Fotografía: cortesía del autor

En “La Rosa de Jericó”, un sampleo que forma un loop señala la entrada y luego tendremos una sucesión de instrumentos que entran y ocupan su lugar para gestar un corte en el que hay reminiscencias épicas. Si bien en la música de Fernández Ledesma los momentos bombásticos y épicos no son frecuentes, cuando se dan no lo hacen de forma obvia y éste es uno de esos casos; el corte crece de manera orgánica y al final es una gran construcción sonora en la cual lo que sí tenemos son ecos de la música del mundo.

En “La trampilla”, la voz es un instrumento más; el sintetizador, con un ritmo cantarino, es omnipresente, pero también dialoga con la guitarra que aquí brilla intensamente, mientras en “Estrella doble” la exuberancia de la música del mundo aflora, no como si fuera la pintura definitiva, sino apenas con trazos que aportan rasgos, colores, tonalidades y que nosotros hilvanamos para conformar el mosaico, el cual alcanza uno de sus más bellos momentos en el solo de flauta.

https://www.youtube.com/watch?v=KuD6PQYTyxI

Cierra el trabajo “El silencio”, el único track en que la voz eslabona palabras. La pieza está dominada por la guitarra que borda un cuadro más de este pequeño museo de retablos, aguafuertes y grabados que gira alrededor de una idea de El Principito, la muy conocida novela de Antoine de Saint-Exupéry, sin por ello llegar a ser un disco conceptual.

Un día vi cuarenta y tres atardeceres es un disco pletórico en sutilezas, con una música madura, demandante; la energía se despliega aquí de manera paulatina y no a partir de explosiones volcánicas o ráfagas violentas. Al contrario, hay muchos sonidos, voces nuevas (armonio, santur, steeldrum, laúd, flautas, ocarinas, kalimba) y varias capas por desmenuzar.

Es el trabajo de un dueto que se regodea en el estudio y que con el paso de los años ha generado un profundo y mutuo entendimiento, siempre atento a las nuevas tendencias; pero no necesariamente las del mainstream, sino aquellas que no están comprometidas con lo extremadamente comercial. Un día vi cuarenta y tres atardeceres es un disco para sentir, dejarse envolver, escuchar las diferentes capas sonoras con las cuales ha sido tejido y maravillarse con ello.

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Publicado en: Disco de la semana