Novi val, punk y new wave en la Croacia de los años setenta

La República de Yugoslavia se integró tras la Segunda Guerra Mundial como un conglomerado de seis entidades: Croacia, Serbia, Eslovenia, Macedonia, Bosnia Herzegovina y Montenegro y estuvo dirigida con mano dura por el mariscal Josip Broz Tito, durante casi tres décadas, hasta que las tensiones políticas de 1968, en el bloque socialista y el resto del mundo, condujeron a la llamada Primavera Croata de 1970-71, cuando estudiantes y académicos de la capital, Zagreb, organizaron manifestaciones para reivindicar las libertades civiles y una mayor autonomía para Croacia.

El gobierno reprimió las protestas públicas y encarceló a sus cabecillas, temiendo que éstas significaran un resurgimiento del nacionalismo que el régimen soviético trataba de evitar. Sin embargo, al término de la década de los setenta y tras la muerte de Tito en 1980 y hasta finales del nuevo decenio, el ascenso de los movimientos nacionalistas en las repúblicas constituyentes llevó al desencuentro entre los múltiples grupos étnicos, seguido por el fracaso de las conversaciones entre dichas repúblicas para la transformación del país. Además, esto se producía en una época en la que la región sufría una fuerte crisis económica y laboral.

Darko Rundek en concierto. Fotografía: Darko Maksimovic en dominio público
Darko Rundek en concierto. Fotografía: Darko Maksimovic en dominio público

En medio de ese maremágnum vivía el rock, creado en unas condiciones muy precarias (tenía sólo veinte años de haber sido adoptado): empezando por el de los pioneros, con su entusiasmo e inocencia compartida entre obligados coterráneos. Con el fin de la década de los setenta y la convulsión en que entró el país, entre los rocanroleros (músicos y público) tuvo lugar un proceso de selección natural. Surgió entonces una música que para el régimen comunista era indeseable: el punk.

Los punks brotaron por las calles croatas desde 1977. Las fronteras resultaban lo bastante porosas como para permitir que se colaran la música y la imagen de los Sex Pistols. Y los lemas, inicialmente provocaciones calculadas en boutiques londinenses, adquirían otra dimensión en Croacia. Ellos podían entender lo que quería expresar Johnny Rotten cuando berreaba “no hay futuro”; porque en su país había demasiado futuro, pero totalmente regulado por el Estado.

Fue odio a primera vista. Los atuendos y los peinados convirtieron a los portadores en blancos fáciles La hostilidad de la población y la antipatía de los profesores se unieron al implacable acoso de la autoridad. A pesar de todo, el punk en Croacia no se esfumó. Si no hubiera sido por la discografía, podría haber quedado sepultado por el relato oficial. Dentro de la rama del punk los mejores grupos yugoslavos (croatas) fueron Azra, Film y Haustor, entre otros.

La energía universal y transformadora de dicha contracultura brotó cuando un sistema de poder determinado impuso sus límites frente a la afirmación de las libertades (y subjetividades) individuales. No fue un fenómeno que coincidiera con una ortodoxa forma de resistencia política o ideológica, sino que tuvo que ver, esencialmente, con lo vital, lo creativo y su heterodoxia.

En Croacia, esa corriente musical recreó en blanco y negro —el color de la vida bajo Tito— esa Zagreb (la capital) de 1980 en la que se cruzaron los caminos de estos grupos, vértices de un triángulo que tanteó nuevas formas de hacer y escuchar (y de gestionar la falsedad del deslumbramiento propagandístico, incompatible con las limitaciones de su régimen), mientras la apropiación de sonidos venidos de la sociedad capitalista (muchos de ellos ecos de otras utopías) daba forma al nuevo lenguaje de la ruptura tras la Cortina de Hierro.

Crónica de la articulación de una resistencia subterránea, de la construcción de una sensibilidad a la contra mediante el impulso casi de fanzine de dibujar y reconstruir lo que no se posee, los punks de aquella zona geográfica propusieron la inmersión en unas vidas sojuzgadas, pero en las que no sólo habitaba la utopía oficial sino también la capacidad de imaginar otras realidades, encarnadas en esos números musicales que rasgaban y grafiteaban la imagen de su regulada cotidianidad.

La muerte de Tito y la crisis recurrente acarrearon muchas consecuencias económicas, sociales, étnicas, políticas y culturales. La música no se sustrajo a ellas, obviamente, sino que se acomodó a las circunstancias. Con la llegada de la década de los ochenta, muchos de aquellos grupos entraron en contacto con otros ritmos y los incorporaron a sus repertorios, sumándose con ello a una corriente internacional a la que se denominaría new wave.

El final del punk, en una primera etapa, como alternativa musical (rudeza, mensajes directos y escandalosos) obligó a los distintos actores del ambiente rockero a seleccionar cauces propios entre su legado. Por ese motivo fue dejado de lado el término post-punk y apareció con fuerza el de new wave que aludía a un movimiento artístico-intelectual, parecido al que estaba ocurriendo en Nueva York y Londres.

La new wave estuvo considerada como un término global para varios subgéneros del rock de fines de la década de los setenta y mediados de la siguiente, además de ser un estilo musical con fuertes vínculos con el punk y ciertos sonidos del rock setentero que, a su vez, incorporó la influencia de otros géneros como el funk, el ska, el reggae, la música electrónica y el pop.

Inicialmente, la new wave se mantuvo prácticamente análoga al post-punk antes de mostrarse como un género distinto e identificable. Posteriormente engendró otros subgéneros y fusiones.

Difirió de otros movimientos con vínculos con la primera ola del punk, ya que presentaba características comunes a la música pop, a diferencia del más “artístico” post-punk, si bien incorporó gran parte del sonido y el ethos originales de aquél. Exhibió una mayor complejidad tanto en la música como en la letra.

Las características comunes de la new wave, al margen de sus influencias punk, incluyeron el uso de sintetizadores y producciones electrónicas, la importancia del estilo y las artes, así como una gran diversidad que a la postre (dos décadas después) lo hizo mutar de nombre: a indie.

Yugoslavia (Croacia en particular) era el país socialista donde el rock se había desarrollado más tempranamente. La new wave apareció hacia finales de los años setenta en todas las repúblicas de la federación yugoslava, donde fue conocida como novi val o hоби tалас (nueva ola) y se desarrolló plenamente a partir de 1980, con la aparición de agrupaciones como VIS Idoli, Šarlo Akrobata, Electrični Orgazam, Prljavo Kazalište y muchas otras, algunas de las cuales habían evolucionado desde el punk a la novi val: los ya mencionados Azra, Film y Haustor, como ejemplos sobresalientes.

El movimiento de la nueva ola croata, que explotó en 1979/80 y se prolongó durante toda la década de 1980, es considerado por muchos investigadores e historiadores como la marca más alta del rock en esa región, tanto en términos de calidad como de éxito comercial. Entre los grupos más influyentes y populares de la novi val estuvo Haustor.

Haustor fue una banda de rock croata formada en Zagreb en 1977, cuando el guitarrista Darko Rundek conoció al bajista Srđan Sacher y juntos crearon al grupo con Ozren Štiglić (guitarra) y Boris Leiner (batería), para agregar al año siguiente al tecladista Zoran Vuletić y una sección de metales, tras lo cual mostraron su influencia de la música caribeña (reggae, ska) que añadieron a sus interpretaciones.

En 1981 hicieron su debut discográfico con un álbum homónimo y el sencillo “Moja prva ljubav” (Mi primer amor) que se convirtió en un hit en todos los países que integraban Yugoslavia. Sin embargo, tuvieron que entrar en un parón, debido a que la mayoría de sus miembros fue llamado a cumplir con el servicio militar.

Tras ello, en 1984 regresaron al estudio para grabar su segundo disco, Treći svijet (Tercer mundo). Afloraron entonces las diferencias artísticas y Sacher abandonó la banda, dejando a Rundek como único compositor del material. Con él al frente, realizaron otro par de álbumes, Bolero (1985) y Tajni grad (La ciudad secreta, 1988), antes de desbandarse en 1990, con breves reuniones a lo largo de las siguientes décadas (lo mismo que la impresión de un álbum en concierto y varias compilaciones).

Su andanza y presencia dentro de la historia del rock yugo, al igual que otras agrupaciones representativas de la novi val (en su rama croata), quedó inscrita en el documental Sretno dijete (Niño feliz), como un gran testimonio de una época anterior al derrumbe del bloque soviético y de las guerras balcánicas que le siguieron, antes de que Yugoslavia se convirtiera en un recuerdo y los países del conglomerado obtuvieran su definitiva independencia.

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Publicado en: Sonidos de Babel