Los Dorados se tomaron un sabático de más de diez años, aunque en la pandemia, no sin ciertos contratiempos, grabaron un nuevo álbum. Esto sin embargo no implica su regreso, dadas las complicadas agendas que cada uno de sus integrantes lleva.
El disco, puesto en circulación de manera digital únicamente, es un testimonio de la musicalidad de los miembros de la banda, quienes a pesar de no haber tocado juntos en tan prolongado tiempo, conservan intactos la comunicación y el entendimiento.

Nueva luz es una obra que exuda tonos mexicanos sin recurrir a los habituales clichés —posiblemente sea el trabajo más “mexicano” del quinteto— y abre con “Canción de espinas”, una composición cargada de tristeza, como si fuera el soundtrack de un breve western en el cual se respiran aires de Ennio Morricone y en en el que el ambiente de evocación está allí desde el principio, en ese clarinete bajo junto con una guitarra que suena a bolero; un bello tema para iniciar un regreso que durará cerca de una hora.
En “Naufragio”, con una sensual base de contrabajo y percusión, la guitarra se mueve en la tónica de marcar junto con el sax otro bolero, este de corte arrabalero, en el que los aires del son y de la música latina campean a sus anchas. Es una composición que retoma el tono instaurado en “Canción de espinas”, con olor a mar, malecón y brisa suave, como un viaje en el tiempo que conforme se acerca a su fin se moderniza por la vía de los efectos.
“Un mundo muy raro” posee un aire cinemático, de tensión inicial, soledad, desolación, inmensidad, suavidad, como un lento transcurrir, cual si fuera una balada, pero sin llegar a un tono de lamento y que cuando se aviva otra vez acude a los ritmos latinos, mismos que se despliegan elegantemente, con donaire, pero sin llegar a la exuberancia.
¿Cuánta tristeza puede contener una canción? ¿Pueden soportarse seis minutos de dolor? O mejor: ¿puede condensarse el dolor de una vida, de una etapa de ésta, en seis minutos? Eso pensé al escuchar “Despedida”, composición que incluso en su primer tercio parece llegar a su fin, pero que el contrabajo, con un gran trabajo (valga la redundancia), devuelve a la vida, para después ser ayudado por el arribo del sax y una serie de efectos que están allí, hacen ruido y complementan.
“Cumbia No. 9”, por su parte, es la menos “latina”, aunque ese despliegue elegante de las notas del sax que luego se intensifica y ese ritmo entre el contrabajo y la batería, muy sugerente, cachondo, invita a pensar en la noche, en el erotismo y la sensualidad.
En Nueva luz la fusión aparece por la vía de “Rock Bottom” y “Desert Blues”, la última uno de los registros en que encontramos mayor movimiento y algo de funky, pero el predomino de la obra está en los sonidos reposados. Es como si los cinco músicos hubieran decidido hacer un disco contemplativo, en el cual privilegiaran las emociones y sentimientos nacidos de la madurez, del goce de las experiencias y esa sensación aflora nuevamente en “Arantxa’s Lullaby”, tema que luego de unos compases gana en movimiento, sin llegar al frenesí; mientras “Morn Mourn” es como un amanecer, pero también de orden cinemático, por esa voz que a manera de un diálogo fílmico aparece a la mitad.
Cierra el álbum “Nueva luz” que a mi gusto es anticlimática luego del viaje que llevamos desde el corte abridor hasta aquí. Sin embargo, no deja de ser una apreciación subjetiva, como todo este texto, que no resta mérito alguno a un trabajo que apunta a estar entre lo mejor de este 2022, aunque Los Dorados, lástima, seguirán ausentes. Al menos eso dijeron antes de su presentación al lado de los tapatíos de Troker en el Lunario del Auditorio Nacional.
• Los Dorados / Troker, Lunario del Auditorio Nacional, jueves 20 de octubre, 20:00 hrs.