Banda Elástica, ese combo mitad rock, mitad jazz, habituado a vivir en el limbo —“Hay una situación difícil para Banda Elástica en el sentido de no hallarse con las etiquetas, porque finalmente los jazzistas tampoco te dan cabida en sus movimientos; los músicos contemporáneos tampoco”, decían ya en 1997—, nos ha acostumbrado a largos silencios, a sus intermitencias.

Su placa anterior, un trabajo en concierto (Banda Elástica, aquí, allá y acullá. Rolas y tiraderos en vivo), data de 2013; su última aparición en estudio (Ai tencargo) está fechada en 2003. Quien esto escribe no recuerda con exactitud la última vez que vio a la agrupación en directo, apiñonada trabajosamente en la sala de una casa que para la ocasión se hacía llamar Clandestino, pero tal vez han pasado cinco años o más.
Las prolongadas ausencias suelen llenarlas sus integrantes con proyectos personales, pero ninguno de ellos sirve para paliar esas “desapariciones” que todo seguidor de Banda Elástica siempre está deseoso que puedan romperse en cualquier momento. Así, el anuncio de una nueva producción suele llegar acompañado de un continuo salivar, porque un disco de estos cuatro (Guillermo G. Phillips, guitarras; Guillermo Portillo, saxofones, flauta; Sósimo Hernández, bajo eléctrico y contrabajo y Luis Miguel Costero, batería, tabla, platillos) prácticamente viene garantizado de antemano.
Pandemonium (Luna Negra / Discos Tiradero) es el testimonio de cómo ha vivido la pandemia este núcleo de músicos que se vio confinado y obligado a trabajar a distancia, con la peculiaridad de que en lugar de hacerlo con composiciones escritas, el punto de partida lo hacía uno de ellos, quien ipso facto pasó a convertirse en el “propositor”.
Trabajar bajo ese régimen tuvo que representar retos diversos, paciencia para ver crecer la propuesta hasta que ésta alcanzara la forma ideal; pero al mismo tiempo, debió implicar un gusto el trazar una línea para acompañar la idea original o crear toda una alfombra para completarla.
Debió ser divertido, a veces un dolor de cabeza, pero los resultados ya circulan en plataformas y de forma física y en ellos encontramos a una Banda Elástica que persiste en desconocer el significado del término confort. A fin de hacerlo un poco más interesante, se llamó a varios amigos para colaborar, entre ellos Marcos Miranda (clarinete alto, jinashi, flauta bajo, clarinete alto, gymbarda), Dave Barrett (sax tenor y sax), Dante Pimentel (banjo con y sin arco, voces), Alejandro Folgarolas (sax alto) y Julio González Frank (batería).
En los dos primeros cortes, “Free con tapabocas” y “Sapos y ellos”, hablan el free jazz y la improvisación. En el primero hay varios silencios, pausas, arranque de nuevos diálogos en los que asistimos a varias conversaciones en medio de un discurso mayor en el cual los silencios hacen alusión al tapabocas que se ha convertido en el símbolo de los dos últimos años. El segundo es más el rostro de la improvisación, se acerca a la música contemporánea, guarda ciertas reminiscencias con Henry Cow y está atravesado por el sonido de una juguetona guitarra.

Uno sabe, casi tiene la certeza dados los pasos recientes de Banda Elástica, que cualquiera de sus producciones plantea retos; en ellas, prácticamente es imposible encontrar algo convencional, directo, quizá porque hacerlo así no se encuentra en su radar. Es el caso de “La chica de Ipandemia”, la cual intenta ser melódica y en la que la flauta se esfuerza en apenas rozar lo bello y agradable y los ritmos latinos no es que se presenten desfigurados, simplemente están trastocados por la realidad de una vida en el encierro. Algo similar ocurre en “Bopper Virus”, un lenguaje ya codificado en apariencia, salvo que Banda Elástica lo codifica a su modo, bajo su lenguaje, y deja al escucha la tarea de descifrarlo; mientras en “Covidengue”, el movimiento va de la música contemporánea, al jazz y viceversa. En “Fase 7”, la guitarra dialoga con el sax, mientras el bajo sirve de testigo al tiempo que realiza apuntes y del todo brota un aire casi siniestro.
Abundan las miradas a los virus: “Virus redentor ying”, tema en el que el grupo se muestra irreductible; “Virus redentor yang” que no es la oposición del anterior, aunque sí una extensión de ese lenguaje de la improvisación; “Virulencia”, construido bajo la apariencia de un lenguaje más articulado, menos disonante al escucha y en donde las emociones plasmadas son más intensas, más transparentes si se quiere; “Virus acuático”, el corte más largo y en el que una sensación (de misterio) se hace más clara; “Stalker virus”, pieza breve en una vena rock en oposición-improvisación y enla que resalta el trabajo de las percusiones.
En “Nueva normalidad”, asistimos a otra forma de asimilar el rock en oposición y por instantes el tema recuerda lejanamente otra vez a Henry Cow, más en espíritu (“nos tocó vivir un proceso parecido, un proceso de cambio musical natural” señaló José Navarro, su percusionista, en 1997), aunque aquí la flauta busca rebelarse y sonar latina, mientras los demás instrumentos adquieren una claridad que no buscan en otras de las improvisaciones. En “Concheros de Tlön”, topamos con reminiscencias prehispánicas por la vía de las voces de Dante Pimentel, aunque los toques pretendidamente étnicos los aporta la tabla.
Un grupo de tres cortes lleva por nombre “Envirulada suite”. En el primero, “Plegaria miasmática”, la guitarra borda un acorde, las percusiones lo secundan, el bajo apenas aparece, como insinuado y también como si fuera un boceto, la guitarra busca tejer una melodía. “Pandemic Ballad”, por su parte, es conducida por la guitarra, mientras el sax toca en la periferia, cual si fuera una presencia difusa o una inspiración lejana. Cierra la suite “Microorganismos en pugna”, con un sax que se hace escuchar más, sin colocarse al frente, y debajo de él nuevamente bajo y batería apoyan, se mueven con sobriedad y poco a poco el sax asciende a un plano más destacado y edifica frases que replica la guitarra.
Con su música, Banda Elástica continuamente ha desafiado las nociones. No es un sonido sencillo, tienta al escucha, le demanda atención más referentes; uno sabe de la existencia del gozo en sus composiciones, pero también que éstas no lo exhibirán de inmediato. No: antes hay que atravesar una intrincada red sonora en la que hay jazz, sí, cada vez menos rock, mucha improvisación, música contemporánea y otras hibridaciones.
Por eso, un nuevo álbum de Banda Elástica siempre es motivo para estar contentos y Pandemonium no es la excepción.