La palabra es vieja, pero siempre estará presente en el día a día. Hay palabras para todos, pero algunas son sagradas, secretas, forman parte de ritos de curación y sortilegios que, dice Luis Pérez Ixoneztli, “son esparcidos entre los elementos con el objetivo de ayudar a mantener un sano entorno para vivir en equilibrio y para cultivar alimentos”.

Luego de grabar En el ombligo de la luna, Pérez Ixoneztli (la palabra náhuatl ixoneztli significa en español “el que hace la música) viajó a Estados Unidos y, como es conocido por muchos, después de varias estancias en distintas agrupaciones, en 1993 finalmente se integró a la compañía Cirque du Soleil.
El periplo que siguió lo narra en detalle en las notas interiores de La palabra (Ixoneztli Productions / Discos Donovan, 2021), su más reciente obra, un álbum que le tomó años concluir y que es diferente a sus trabajos previos.
La idea, dice, nació en 1988, cuando se le invitó en Los Angeles, Califonia, a un acoplado, pero éste, por diferentes motivos, no pudo concluirse. Cuenta: “Los años transcurrieron y no fue sino hasta fines de 2012 que retomé la idea de La palabra, grabando nuevas versiones de las piezas originalmente creadas, esta vez haciendo todo el trabajo yo mismo, con la participación de varios artistas mexicanos”.
La palabra es una obra atípica en la discografía de su autor. Conserva algo de los rastros étnicos que lo han caracterizado, pero aquí no hay visos de experimentación. El uso de la electrónica está prácticamente ausente y se encuentra más orientado hacia la etno-fusión. De hecho, si atendemos a sus declaraciones, se trata de un eslabón que nos permitiría unir Tales of Astral Travelers (1998) con su obra posterior.
Pérez Ixoneztli tomó una serie de cantos en lenguas nativas y a su alrededor tejió una música con arreglos contemporáneos. Ello se advierte desde el comienzo con “Sabina”, el corte abridor, el cual inicia con silbatos y percusión, un par de elementos que nos llevan a pensar en la continuidad de su obra, pero en cuanto entra la guitarra acústica, nos percatamos de la existencia de otra sustancia. Es un tema muy bello, aprendido directamente de María Sabina y con la colaboración de César Caal, quien alterna los solos de guitarra con Luis Pérez Ixoneztli. También participan Mauricio Bieletto, cello; Humberto Álvarez, acordeón; Xochitzin, voz y Anastasia Guzmán también en la guitarra acústica.
La palabra destila toques de world music en “Tonalpan”, composición con aires folk, dinámica y contagiosa; en “I coos” (El viento feliz) se advierte un tono de plegaria (los coros de Nathalie Gauvin lo refuerzan) acorde con el cántico, usado para pedir que se lleve a buen puerto a los pescadores de Isla de Tiburón.

“Wotoboli seewa”, “Hilol chamula” (Curandero chamula) y “X’okoot kay ppum t’huul” (Canto y danza del arquero flechador) muestran coincidencias en la construcción de esas atmósferas, en las cuales confluyen fauna y flora, pero mientras la primera y la última nuevamente se abren a la música del mundo (el solo de Caal en “X’okoot…” es digno de mencionarse), “Hilol chamula”, con su sampleo de las voces de varios curanderos de la región, conserva un aire más ritual, incluso sagrado.
“Mujer piedra de sol”, un canto de María Sabina, cuenta con la colaboración de Guillermo Guzmán (bajo) y Paul Tchounga (batería y percusiones), compañeros de Luis Pérez Ixoneztli durante su estancia al lado de Strunz & Farah. Es uno de los cortes más sobresalientes de la placa, por su dinamismo y la interacción instrumental desplegada, mientras el canto rarámuri “Oki a wa ye” es una nueva versión de la aparecida con el nombre de “Rain Maker” en el álbum Primal Magic de los ya citados Strunz & Farah.
Como colofón, Pérez Ixoneztli escogió “Rako” (Lirio blanco), otro canto rarámuri y ofrece una interpretación festiva y muy alegre para concluir un disco que, ante todo, es una manera respetuosa de, dice su creador, “apoyar la difusión de la gran diversidad de lenguas nativas que existe en el territorio mexicano”, pero al mismo tiempo es una contribución más a la cultura popular y a la conservación de la memoria de nuestro país.
Francamente David, a la música «etnial», por llamarla de alguna manera, nunca la hemos sabido entender y eso que me llamo Cuauhtémoc; de momento del único que me acordé fue de Luis Pérez Mesa, «El Trovador del Campo» y la canción de la India Bonita que interpretaba: Me enamoré, perdidamente de una india bonita, le di mi corazón y ella en cambio me entregó todo su amor… Disculpen tanta «inoransia». Vale.