Shoegaze y Nu Gaze: con los zapatos bien boleados

En la línea marcada por el romanticismo emergió el shoegazing. Éste es un subgénero del post rock que señaló a un puñado de grupos que brotó durante el fin de la década de los ochenta y los primeros años noventa del siglo XX. Su lugar de origen fue el londinense valle del Támesis. Su centro de reunión, el club Syndrome, en la Oxford Street.

Fotografía: NRK P3 bajo licencia de Creative Commons
Fotografía: NRK P3 bajo licencia de Creative Commons

La etiqueta que primero les adjudicaron, “Madchester Sound”, englobaba lo mismo a Slowdive y My Bloody Valentine que a Blur, Thousend Yard Stare o Stereolab. Al ver la camaradería entre los músicos en el podio y su poca atención hacia el público, la prensa decidió nombrar a aquello the scene that celebrates itself (la escena que se celebra a sí misma), la cual congregaba a un público clasemediero y variopinto, fascinado por el indie. Es decir, en aquella coctelera musical se daban cita los amantes del noisepop, del dream pop y del estilo conocido como C86 (una antología publicada por la revista Melody Maker y luego devenida en subgénero que incluía nombres como los de Primal Scream, The Soup Dragons y Mighty Lemon Drops). A ello se agregaba el germen de su existencia: Velvet Underground, además de las influencias de The Jesus and Mary Chain y Cocteau Twins, Sonic Youth y The Smiths, por mencionar a algunos.

Sin embargo, fue la aparición del disco Ecstasy & Wine (1987), de My Bloody Valentine, la que decantó el asunto. Quedaron claros cuáles eran los elementos distintivos entre unos y otros. Los más se subieron al vehículo del britpop en ciernes y los menos se asentaron en lo que la revista New Musical Express comenzó a llamar shoegazing. El sedazo puso de relieve las características de dicho estilo y a nombres como Ride, Chapterhouse, Lush, Curve y Moose, entre otros.

Por fortuna, la pluralidad de grupos en la que se extendió la corriente evitó la simplificación industrial y por consiguiente su rápido desgaste y hubo entonces bandas que favorecieron el pinturerismo emocional, lo mismo que la expresividad más teórica envuelta en el ensimismamiento, caracterizado por la eterna vista del músico y cantante en los pedales de la guitarra o voz instalados en el suelo, a lo que con cierta ironía se denominó shoegazing (vista fija en los zapatos).

En el ámbito instrumental, su causa estuvo marcada por la tecnología y sus aplicaciones musicales. Se dejó llevar por la ciencia del sampleo y su capacidad transformadora; por la fascinación por el aparato y su habilidad para reinventar la guitarra, convertir su sonido en algo etéreo, elevado y romántico por medio de telarañas de samplers ambientales, de voces lejanas y fantasmales, como el estilo extraterrenal de quienes serían sus máximos representantes: My Bloody Valentine.

Luego de un lustro en este trajín, con agrupaciones como Bailter Space, The Nightblooms, The Boo Radleys, Ecstasy of St. Theresa, Catherine Wheel o Medicine, el shoegazing palideció —tanto como sus seguidores—, su presencia se redujo, pero no así su larga influencia que siguió viva, para celebrarse a sí misma y a sus generadores.

Sea el espíritu de la época o la pura casualidad, el caso es que al final del primer decenio del siglo XXI continuaba dominando un fuerte revival shoegaze. Formaciones como Crystals Stils, Vivian Girls, Manhattan Love Suicides, Sophie, Killed By 9V Batteries, A Place to Bury Strangers, St. Deluxe, Eight Legs, The Horrors o Alcoholic Faith Mission llegaron al gran público. Por lo mismo, se comenzó a usar el término nu gaze para calificar a esa corriente. Terminologías aparte, lo más destacable de esa segunda generación fue el grupo The Pains of Being Pure at Heart.

Al igual que sus compañeros de camada, este cuarteto echó mano y con mucho agradecimiento del inspirador pionero My Bloody Valentine, pero dio un paso de lado al acercarse al dreampop. Las damas que aparecían en la funda de su disco debut homónimo esbozaban, a contracorriente, el inicio de algo semejante a una sonrisa. En blanco y negro, eso sí, pero simbolizaba el empeño estético del grupo. Estos neoyorquinos no resultaban tan pesimistas como la mayoría de sus compañeros de género y su música lo emanaba: la canción, a diferencia del antiguo canon, era lo más importante para ellos. Las guitarras lacerantes pasaron al fondo a la hora de la mezcla, mientras que las transparentes voces, con textos “optimistas”, determinaron la atmósfera.

En Noruega, por su parte, también supieron del regreso del nuevo shoegazing con I Was a King y con Serena Maneesh a la cabeza. No se convirtieron en un producto tan popular como The Pains of Being Pure at Heart, pero todos aquellos que se emocionaron con estos últimos se acercaron sin dudarlo a I Was a King. El grupo produjo canciones de pop sesentero, con su añorado canto soñador, guitarras fuzzy y de vez en cuando extensas partes para el piano. I Was a King fue, hace poco más de diez años, la muestra extrapolar en el retorno de la autocelebración con los zapatos bien boleados.

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Publicado en: Sonidos de Babel