Hace catorce años apareció Saena, el disco homónimo de una agrupación conformada en ese entonces por José Luis Fernández Ledesma (guitarras, piano rhodes, sintetizador), Margarita Botello (voz, piano, acordeón, percusiones), Alejandro Sánchez (ex Decibel, ex Nazca, en violín acústico y eléctrico), Hugo Santos (grand stick, bajo fretless y loops) y Adrián Zárate (batería).

La placa era un muestrario de los altos vuelos de un quinteto comandado por un compositor (Fernández Ledesma) que ya ha dejado una huella importante con trabajos con Nirgal Vallis, en solitario y al lado de Margarita Botello, entre ellos Sol central, obra incluida en el libro 100 discos esenciales del rock mexicano.
Saena, se cuenta en el booklet de ese primer CD, es el rey de las aves, quien mora en la lejana montaña de Haraiti Bareza y cuya espléndida pluma convoca a las aves deseosas de conocerlo en una travesía de muchos años y en la cual atravesarán siete inmensos valles. Al final, sólo pueden llegar treinta aves que cuando ven iluminados sus rostros por los rayos del sol descubren en su reflejo que Saena son todas y cada una de ellas.
El año pasado comenzó a circular Días eternos (Discos Azafrán), trabajo que viene a saciar la sed de los seguidores del grupo. Ha sido un periodo largo de espera, propiciado por diferentes vicisitudes, pérdidas y cambios de alineación. Se han convertido en un cuarteto en el cual se mantienen Fernández Ledesma y Margarita Botello y ahora se han añadido Eduardo Fierro (batería, percusión) y Adrián Plowes (warr guitar).

Días eternos abre con “Fin de blues”, un corte inscrito en una vena progresiva aparentemente sinfónica, pero su estructura resulta más compleja, la acerca más hacia un sonido de rock en oposición en el que se advierten ecos de Univers Zero. A medio track la tensión crece, se acerca el fin de blues que no es el fin de un género, sino el de una tristeza.
En “Pos rock”, el tono del disco se mantiene, la cohesión del conjunto se hace sentir en la solidez del corte, en el cual encontramos paradas continuas. La voz aparece por primera vez y baja a terreno “mundano” lo que antes era pura elevación. Brillan, sin perderse en un onanismo virtuoso, cada uno de los instrumentistas. Plowes da profundidad, más cuerpo en la warr guitar; Fierro, consistencia y fuerza en la batería.
Es un corte en el que encontramos uno de los principales atributos de la música no sólo de Saena, sino de la totalidad de la obra de José Luis Fernández Ledesma, porque si bien su trabajo presenta complejidad, al mismo tiempo logra ser amable con el escucha, le tiende una invitación a seguirlo y una muestra está en “Musetta”, en la que el acordeón imprime un falso tono folk; falso, porque son destellos, un recurso, en realidad se acerca más a los terrenos de lo hispanoamericano, tal vez al tango, a la música porteña que evidentemente se cruza, se armoniza más bien, con la vorágine del rock y una vez hecha esa fusión, nos adentramos a terrenos totalmente progresivos. La voz acaba de dar esos tonos celestiales, nostálgicos por momentos, que entrega el acordeón. Hay una hermosa parte del violín de Alejandro Sánchez, quien aparece como invitado.
El siguiente tema, “Por el aire vino, por la mar se fue”, con Sánchez nuevamente en el violín, es uno de los cortes más largos del álbum. Prometedor arranque del grupo en pleno, aunque a medio gas. Los teclados toman ligeramente el comando, guían pero no dominan y bajo y batería se regodean, alcanzan el primer plano, para luego replegarse y dejar a la guitarra la conducción que comienza a luchar fraternalmente con el piano y toma breves partes solistas. La voz hace scat. A medio corte, hay un giro de intención, la orografía cambia, el Dios que llegó por agua ahora camina en tierra y se puede sentir su andar, su trote, sus pensamientos, sus dudas, lo atribulado de su corazón.
“Chivita al precipicio” es una composición de inicio juguetón que observa ciertas similitudes (la vena sinfónica y una parte media cercana a la fusión) con “Fin de blues”, mientras “Caminos de agua”, si bien de entrada adscrito a una vena clásica, pronto deja ver que no se quedará allí y después vendrán visitaciones al rock en oposición, ciertos coqueteos con el jazz y la música de concierto.
En la pieza que da título al álbum, aparecen como invitados Germán Bringas (sax soprano), Alejandro Sánchez (violín) y Jerzaín Vargas (trompeta). Su comienzo es apacible y conforme se desarrolla, se imbuye de fuerza para luego descender nuevamente en cuanto entra la trompeta, instrumento que proyecta, primero, sombras de ensimismamiento y luego de resurgimiento que se mezclan con las notas del violín que refuerzan esa sensación. La música desciende, queda la warr guitar, lanza un aullido el sax soprano, la warr guitar tiende unos arpegios (o casi) y la atmósfera se enturbia, pero entra el piano y vuelve todo a una “normalidad”. Al final, la warr guitar hacer un bello solo para cerrar por lo alto un hermoso disco.
Frente a las composiciones de José Luis Fernández Ledesma, las palabras resultan insuficientes. Es un compositor infravalorado, un músico que disco a disco ha buscado superarse y lo ha logrado. Si no ha habido más obra de él en los años recientes es por los imponderables, pero tal vez la mejor forma de cerrar esta nota sea con las palabras de un amigo del grupo. Dice Salvador Carrillo Herrera: “Parece mentira que apenas sea el segundo disco de Saena, agrupación que siempre está en las mentes, sin perder vigencia, de los amantes del rock progresivo y de la música de vanguardia. Las trayectorias de José Luis Fernández Ledesma y Margarita Botello, una de las voces más bellas del rock progresivo, por separado o juntas hablan por sí solas, son puntos de referencia”.