En 1969, hace algo más de medio siglo, el rock llegó a la edad de la razón; alcanzó la plenitud como sociocultura y música. Dejó de ser “rock and roll”, un entretenimiento banal para adolescentes consumistas, y se transformó por sí mismo en un importante fenómeno sociocultural, uno de los paradigmas estéticos de la segunda mitad del siglo pasado, una “forma” del tiempo, porque el rock fue la música de la globalización financiera resultado de la Segunda Guerra mundial. Y durante los doce meses de ese intenso año de 1969, aparecieron más de cincuenta álbumes de rock de muy alta calidad ética y estética. También 1969 fue el año en que se dieron los conciertos masivos de Woodstock y Altamont; el primero marcó el punto más alto y sublime de la generación de la paz y el amor, una pacífica utopía con máscara de catástrofe, y el segundo concierto de masas fue su contraparte perfecta, el derrumbe, brutalmente realista, de la ilusión; la hora diabólica para los jipis buena onda y el carnaval de los desmanes y abusos para los ángeles del infierno. De igual manera, 1969 fue el año en que los Beatles tocaron juntos por última vez, en la azotea de su negocio, y luego se separaron para siempre. Un año después, a fines de 1970, John Lennon sentenciaría que el sueño había terminado.

Visto desde la distancia, fue rápido y constante el proceso de maduración de la música de rock, la marca o señal musical de quienes vivimos en la segunda mitad del siglo pasado. Todo comenzó con la refrescante aparición de los Beatles en 1963. Dos años después, en 1965, llegaron a la radio mundial canciones tan originales y poderosas como “Satisfacción” de los Rolling Stones y “Como una piedra que rueda” de Bob Dylan. Luego, en 1967, los Beatles aportaron a la cultura universal el trascendental y decisivo LP La Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta: el rock como objeto disco pop y como relato conceptual metaoperístico podía ser arte de vanguardia. Lo que había comenzado como canciones insulsas para bailar y enamorarse tontamente, empezó a transmitir una poesía poderosa en letras y música y planteó toda otra forma de pensar y vivir. Toda la realidad de ese momento de la civilización occidental ingresó en lo que parecía ser una vulgar forma de escape. Por un lado, siguió siendo el opio comercial de las masas; pero del otro lado resultó justo lo contrario: una puerta de ingreso a mayor libertad y mejor justicia. Las cosas cambiaron por el impulso del rock como cultura y contracultura, por la idea del rock como libertad sin límites.
Aquí quiero comentar para ustedes los que a mi juicio considero son los diez discos más importantes aparecidos durante ese año decisivo que fue 1969, cuando se produjo la crema y nata del rock perdurable, los modelos ejemplares. Los diez álbumes que ahora nos permiten comprender en amplitud y profundidad la transformación histórica que produjo en el mundo la sociocultura de masas que lleva la factura rockera de la segunda mitad del siglo pasado.
El número diez es Five Leaves Left, del cantautor inglés Nick Drake (1948-1974). No fue un éxito comercial, en ese momento no se vendieron más de cinco mil copias, pero con el paso del tiempo este disco ha ganado cada vez más fama y ya demuestra ser una obra valiosa y perdurable. Lo elijo por eso. Es lo auténtico sin concesiones. Una obra personal e intimista. El joven poeta melancólico y su guitarra acústica. Nick Drake era un joven poeta inglés que se atrevió a escribir sus propias canciones cuando escuchó el primer álbum de Leonard Cohen. Fue recomendado al productor Joe Boyd por Ashley Hutchings, de Fairport Convention, después de haber visto a Drake hipnotizar a una audiencia con una actuación en el Roundhouse de Londres. Este, el álbum debut de Drake, presentaba al estudiante de la Universidad de Cambridge en su forma más apacible y radiante. Melódicamente aventurero al estilo de Jim Webb, con algo de la extravagancia de Donovan, el álbum tomó su título del mensaje que viene dentro de los paquetes de papel para forjar cigarrillos marca Rizla, de ahí los abiertos himnos de Drake a la ganya o marihuana: “Man in a Shed” y “Thoughts of Mary Jane”. También la calidad lírica y melódica de “Three Hours” y “River Man” se han hecho igualmente persuasivas. Por desgracia, el carácter depresivo e introspectivo de Nick Drake no soportaría por mucho tiempo la vida y las contradicciones de la sociedad del espectáculo y terminará quitándose la vida a los 26 años.
A continuación, en el número nueve de esta selección, está una obra maestra de lo que será el rock progresivo: el álbum In the Court of the Crimson King de la agrupación inglesa King Crimson, liderada por el virtuoso de la guitarra Robert Fripp. No pocos lo habían intentado antes; pero no fue sino hasta la llegada de este, el innovador debut de King Crimson, que los hilos del folk, el jazz, el rock y la música clásica finalmente se convirtieron en una proclamación cohesiva y el rock progresivo realmente comenzó a existir; por eso muchos consideran a esta obra como el primer álbum realmente progresivo sin defecto. El riff apocalíptico de la canción “21st Century Schizoid Man” no sólo pisoteó a los aventureros de la guitarra psicodélica y metálica, por su peso y volumen melódicos y tonales, también por sus variaciones de tiempo y su dinámica armónica que hipnotizó las mentes y los pies de la gente. En otras partes, el álbum está repleto de sonidos del melotrón, instrumento entonces novedoso, y gloriosas estructuras armónicas y melódicas, particularmente efectivas en “Epitaph” y en la épica canción principal, que es la que cierra el segundo lado del álbum de vinil: “In the Court of the Crimson King”.
Como número ocho sitúo el álbum Everybody Knows This Is Nowhere de Neil Young. Después de la separación de los egos soberbios de Buffalo Springfield, grupo que ya había impuesto su marca indeleble en la historia del rock de después de la invasión inglesa, este será el segundo álbum que Neil Young firmará con su nombre, acompañado por la agrupación que armó para acompañarlo: Crazy Horse. Seguro de sí y de lo que esperaba provocar, Young grabó el disco completo en cosa de unas cuantas semanas, mientras se recuperaba de un fuerte resfriado. La banda vivía junta en la gran hacienda del guitarrista y cantante, situada entre las montañas. Bien se puede decir que este disco es la transformación del rock de garage en música sublime, todo sobredeterminado por la capacidad de estos músicos para hacer jams, de modo que los largos y geniales solos de Young en estas grabaciones serán su signo distintivo con la guitarra eléctrica. Resaltan dentro del conjunto de canciones que integran las dos caras del álbum tres de ellas, todas majestuosas: “Cinnamon Girl”, “Cowgirl in the Sand” y “Down by the River”, aunque la pieza que amerita amplificar el sonido hasta donde sea posible, lo mismo que merece ser escuchada con audífonos de muy alta definición es “Running Dry”, con un arreglo en el que asombra la presencia dramática del violín, mientras que la unidad armónica alcanzada en voces e instrumentos nos presenta una canción oscura y compleja como lo son las del blues blanco de las montañas.
El cabalístico número siete de esta selección es el álbum homónimo y primero del trío Crosby, Stills & Nash. Aquí encontramos la unión en forma de súper banda de tres héroes provenientes de grupos de culto como Buffalo Springfield, de donde venía Stephen Stills; The Byrds, del que venía David Crosby, y The Hollies, del que llegó Graham Nash, acompañados certeramente en la batería por Dallas Taylor y Jim Gordon y con el apoyo vocal de la divina Mama Cass Eliot en la canción “Pre-Road Downs”. Músicos virtuosos con las guitarras acústicas y eléctricas, con voces excepcionales. También se reúnen durante un tiempo para vivir juntos, componiendo canciones y ensayándolas exhaustivamente, a fin de lograr una grabación ejemplar, al grado de que resultaba imposible igualarla en las presentaciones del trío. Aquí vemos la consagración rotunda de lo que será llamado “rock suave”, una revuelta de las guitarras de palo en contra del “rock duro” de las chirriantes guitarras eléctricas. Todos los temas que incluye este disco son de antología, pero sobresalen “Suite: Judy Blue Eyes” y “Wooden Ships”. La primera es una composición de Stephen Stills de muy variada estructura rítmica y melódica, con una duración de siete efectivos minutos, algo inusual para las canciones comerciales; con el detalle significativo de transformarse al final en música afrocubana. La segunda es una canción de protesta contra la guerra, un relato de ciencia-ficción apocalíptica, con un arreglo musical y de voces que los manifiesta como la súper banda que sí eran.
En el lugar número seis se encuentra Happy Trails de Quicksilver Messenger Service. Una obra excepcional. La música ácida de San Francisco incursionando de modo arrollador en el rock progresivo, con una exactitud y pericia que por momentos logra eclipsar a Greatful Dead y Jefferson Airplane. Su mayor virtud es que todo en este disco es antes que nada rock and roll y no música de conservatorio o jazz acelerado y ruidoso. Incluso en los momentos cuando llegan a los experimentos con música disonante y atonal de vanguardia, se oyen como grupo de rock que puede escucharse sin miedo a toser y que invita a desembocar la audición en danza tribal de carnaval lúdico. Todo un lado del LP original lo ocupa una pieza de casi media hora de duración, “Who Do You Love”, dividida en segmentos de diferentes texturas rockeras, transfigurando el blues original de Bo Diddley (Ellas McDaniel) en toda una sinfonía psicodélica de guitarras, bajo y batería.
Número cinco. Durante los movimientos estudiantiles internacionales que provocó la revuelta de mayo de los estudiantes parisinos en 1968, el rock no ocupó un lugar importante; más bien los revoltosos lo consideraron parte de la ideología enajenante del imperialismo yanqui contra el que decían rebelarse. Aunque los Beatles y los Rolling Stones mostraron señales de que les afectaba la revolución cultural de los estudiantes, no se acercaron mucho a los puntos reales de la revuelta y los escándalos callejeros. Las agrupaciones musicales que, como Jefferson Airplane, se politizaron en ese momento, también se mantuvieron lejos de las manifestaciones y acciones políticas callejeras. Hasta donde tengo entendido, sólo el grupo norteamericano MC5 se involucró más en serio en la revolución estudiantil. Sus integrantes fueron los únicos que participaron en las manifestaciones de Chicago durante la convención nacional del Partido Demócrata y esto marca la importancia política de su primer álbum: Kick Out The Jams. Se trata de una arrogante invitación a la rebelión y una provocación contracultural contra el orden establecido, con un rock estruendoso y potente, lejos del quietismo de paz y amor del movimiento jipi. Porque en ese momento, por medio de John Sinclair, su fundador y líder espiritual, el quinteto se encontró ligado al Partido de las Panteras Blancas, un grupo radical de apoyo a la lucha de los Panteras Negras. Y el clímax rockero lo alcanzaron estos cinco virtuosos del rock sucio y punketa en la rola “Rocket Reducer No. 62 (Rama Lama Fa Fa Fa)”, por el modo como Fred Sonic Smith y Wayne Kramer entrelazaron el juego frenético de sus guitarras eléctricas.
El cuarto lugar de mi selección de los diez mejores lo ocupa el álbum titulado Santana de la banda de Carlos Santana, el rockero de origen mexicano más importante en la historia del rock. Fue un debut fuera de serie. Como agrupación, pertenece a la segunda ola del rock de San Francisco y tiene la virtud cosmopolita de ser un combinado interracial. Su música hace cabalgar el rock sobre el jazz y el son cubano, pero en definitiva es rock bluesero y funky por la guitarra del virtuoso Carlos Santana, quien ya era en ese momento uno de los mejores guitarristas de la gran historia del rock. De golpe hicieron que Tito Puente y Pérez Prado sonaran un tanto cuanto prehistóricos, del mismo modo que rompieron de bien lejos las cadenas de burda simpleza de Mike Laure y la Sonora Santanera. Una vez que platiqué con Dámaso Pérez Prado, señor del mambo, me dijo que la ventaja de Santana era que le habían dado la producción que merecía, algo muy difícil de lograr en lo que entonces era el tercer mundo subdesarrollado, mientras que situados del otro lado del río se ponían a dialogar al tú por tú con grandes monstruos como The Experience de Jimi Hendrix y las florituras de Cream. Cada vez que escucho de corrido este álbum de Santana me dan ganas de salir a brincar y correr dando vueltas en la Columna de la Independencia, donde por cierto hace unos años dio un concierto gratuito y callejero nuestro excelso Santana.
Ocupando el tercer lugar de importancia en la música de rock grabada en 1969, yo ubico el disco sin par Hot Rats de Frank Zappa. Fue el segundo que este genio musical firmaba como solista y fue grabado justo después de disolver a The Mothers Of Invention. Lo mejor es que todavía, más de medio siglo después, sigue vigente por completo, aún suena vivo y cargado de porvenir para rato. Es la magna obra, básicamente instrumental, que consagró a Frank Zappa como músico de gran altura; una isla dentro del mundo del rock, por la calidad de sus conocimientos musicales y lo original y brillante de la música que componía, arreglaba y producía. Porque Zappa es un autor del rock, todo lo que compuso y grabó lleva su firma inconfundible. Razón para festejar aquí su gran momento de blues ácido y pesado, la composición “Willie The Pimp”, en la que acierta por completo al incluir el violín caliente de Sugar Cane Harris y la voz de Don Van Vliet, el mismito Capitán Beefheart; nadie pudo cantar o gritar mejor esa letra. Y también aquí conviene hacer una mención de la canción “The Gumbo Variations”, más de quince minutos continuos de improvisación meta-jazzera en la cual sobresalen los momentos de metales y la presencia otra vez candente del violín de Harris. La guitarra del virtuoso Frank Zappa luce como diamante en anillo durante estos dos temas, para que el momento clásico y de música muy compleja se dé en piezas como “Peaches in Regalia” y “Little Umbrellas”, sin que desmerezcan para nada las otras dos que integran el conjunto de seis cortes compuestos por Zappa: “Son of Mr. Green Genes” e “It Must Be a Camel”.
Queda de esta manera en el segundo lugar, por sus indiscutibles méritos propios, Trout Mask Replica de Captain Beefheart and the Magic Band. La obra más redonda y contundente del rock como música del porvenir y al mismo tiempo como crítica del presente. Nada se le parece. Es más que rock progresivo y también más que rock pesado, su mayor virtud está en ser rock sin adjetivos. Un álbum de dos discos de vinil con un total de 28 canciones, prácticamente todas con menos de tres minutos de duración. Es música minimalista y música de vanguardia; por un lado, conecta con las fuentes del blues y por el otro lado conecta con las obras de Anton Webern y la Escuela de Viena. Pero predomina un enorme sentido del humor negro surrealista, con chispeantes toques dadaistas puros. Como trama narrativa es un corte transversal perfecto de la sociedad norteamericana de ese final tremendo de los años sesenta, con alocados elementos de ciencia-ficción y segmentos de ironía absoluta. Todas las canciones resultan memorables y por ello mismo no me atrevo a mentar una en concreto, pues tendría que hablar igual de todas las demás.
Y en el número uno o primer lugar de esta selección de los diez discos síntesis de la edad de la razón del rock, tenemos ahora el asombroso álbum debut de Led Zeppelin. Si vinieran los extraterrestres imposibles y nos preguntaran qué cosa es el rock, la respuesta ideal sería pedirles que escuchen completo y a todo volumen este disco. El asombro que sus rostros manifiesten será prueba contundente de que el rock es humano, demasiado humano, y que es una cosa que rompe la normalidad, aquí y en China, como aquí y en el planeta que ustedes quieran. No falta ni sobra nada en esta grabación técnicamente perfecta. Todo lo estructura la portentosa guitarra de Jimmy Page, con el apoyo a la vez técnico y salvaje de la batería de John Bonham, entrelazados ambos instrumentos por el sincopado y sonoro bajo de John Paul Jones, para que así nos deslumbre y conmueva la voz de Robert Plant. Era claro el cambio, el gran salto, la revolución que significó pasar de los Yardbirds a Led Zeppelin. Fue pasar con un chasquido de dedos de lo ingenuo y agrario del blues urbano a lo rudo y pesado del rock internacional. Nomás cayó la aguja del tocadiscos sobre el primer lado de este disco y comenzó a sonar el porvenir del mundo en los acordes iniciales de “Good Times Bad Times”. Se iniciaba el vuelo a los discos de platino y las incontables premiaciones que reuniría este cuarteto. La producción fue de Jimmy Page en lo técnico y musical, con el apoyo en lo ejecutivo de Peter Grant. Lograron la fórmula perfecta, de principio a fin, nueve piezas musicales que le dieron un nuevo destino al rock. Luego venía la prodigiosa versión de “Babe I’m Gonna Leave You”, una composición de Anne Brendon que Plant y Page transformaron en un lamento melancólico y gótico, con momentos inigualables en la guitarra que llega a parecer la suma de infinitas grabaciones. La versión genial de Joan Baez en vivo devino el boceto en blanco y negro de lo que Page convirtió en una superproducción a todo color y con sonido estereofónico. La voz de Plant dejó en el olvido a la de Baez. Para pasar de ahí a “You Shook Me”, el blues en toda su cruel vulgaridad y su siempre eficiente modo de poner la carne de gallina. Sigue “Dazed and Confused” y ya no había otro grupo que sonara tan moderno y completo. El lado dos arranca con “Your Time Is Gonna Come” y la consagración de la voz de Robert Plant. Luego estalla, sublime, asombrosa, “Black Mountain Side”, en la que Jimmy Page demuestra que su guitarra puede comunicar lo que sea, incluida la experiencia mística. “Communication Breakdown”, “I Can’t Quit You Baby” y “How Many More Times” anunciaban que en ese mismo año el ser humano caminaría en la Luna. Era el mediodía del rock.
Tal es mi selección. La he tratado de hacer tan objetiva como mi subjetividad lo permite. En 1969 yo tenía 16 años, era el público adolescente ideal para recibir la experiencia, igual como moda y rito de paso que como autoeducación y transformación mística. Porque ese año comencé a practicar el periodismo de rock desde la radio, haciendo programas en los que se hablaba de los discos y sus interpretaciones.
Como ya dije al principio de este artículo: en aquel año se publicaron cerca de cincuenta discos por completo perdurables por su importancia musical y sociocultural. La suma total establece la madurez del rock como forma artística y episteme histórica. No quiero dejar de mencionar por tanto títulos como Nashville Skyline de Bob Dylan, el regreso del bardo convertido en legítimo cantautor ranchero, con grandes composiciones de amor y ya no sólo de queja y protesta. Otra joya de la corona del rock es el álbum de la súper-banda más súper-banda de todos los tiempos: Blind Faith. Una obra única de verdad. Agréguense entonces Tommy de los Who, Stand Up de Jethro Tull, Basket of Ligth de Pentangle, Ummagumma de Pink Floyd, Green River de Creedence Clearwater Revival, Let It Bleed de los Rolling Stones y Chicago Transit Authority de la banda que pasó a la historia como Chicago. ¿Verdad que ese año es el de la culminación del rock? Fue la hora de la floración creativa y del pleno despliegue de la imaginación eléctrica de la segunda mitad del siglo de las dos incógnitas: XX.
Pero el clímax de esta indagación lo quiero situar en un lugar aparte, por afuera y por arriba de la música popular, por todo lo que significa para la historia del rock y para la historia en general. Es I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama! de Janis Joplin, un punto de ruptura al interior del desorden machista y misógino que predominaba en el rock and roll, tanto en las letras de las canciones como en la constitución de los grupos musicales que lo interpretaban, donde la división de género implicaba separar una primera división de los varones, fueran blancos o negros, y una segunda división de las mujeres, fueran solas o acompañadas. Porque esta aparición de Janis Joplin como solista acabó con todo lo anterior y les abrió las puertas de la igualdad y la equidad a las mujeres dentro de la masa receptora de los espejismos del espectáculo mercantil globalizado. Janis Joplin, transfigurada en la diosa del pop y el rock, después de romper los corazones melosos y ácidos de los jipis de San Francisco al separarse de Big Brother and the Holding Company, con quienes grabó su primer disco. Como también se salía de los planes wharholescos de los negocios aterciopelados a lo mafia rosa de Nueva York. La Bruja Cósmica sabía ir sola, por su cuenta, aunque fuera al altar de los sacrificios, la divina muerte, a los 27 años. Por fin una grabación pudo captar la fuerza inaudita de Janis Joplin en escena.
De golpe y porrazo una mujer, muy mujer, muy cierta y traviesa, muy lúcida y soñadora, muy joven y texana, se hizo dueña de la escena del rock y la hizo suya por completo, muy suya, toda suya; tal como Billie Holiday se hizo dueña total de la era del jazz. No había que hacer más, Janis lo sabía, todo se cumplía con ella como la estrella, pero también había que hacer vibrar la hora de la muerte del cisne, para no ocultar la verdad del rock como lo sagrado para gente atea. Kozmic Blues es la síntesis del rock maduro y adulto. Ser libre significaba tener que chocar con todo lo normal y mediocre de la vida cotidiana, para no ser alguien del montón, saber ser de verdad una estrella. La nueva banda le dio a la emoción cruda una plataforma musical sólida desde la entusiasta “Try (Just A Little Bit Harder)”, hasta la conmovedora “Maybe” y la sensacional “Work Me Lord” teñida de gospel. Y su versión de “Little Girl Blue” le hace a la pareja melosa y cursi de Rodgers & Hart lo mismo que Joe Cocker les hizo a los platanitos Lennon & McCartney con “A Little Help from My Friends”. Se dice que Rodgers estaba horrorizado con la versión de Janis, pero el estatus de diva de culto de la Joplin fue restaurado de inmediato con esta interpretación tan suya: ella era la diosa del rock. Ni Jim Morrison o Jimi Hendrix podían ser más auténticos o más expresivos. Janis Joplin le dio cuerpo de mujer y mente liberada al rock; lo hizo decir lo interdicto, lo hizo volar y no tener que bajar al suelo; volar y volar, alto y más alto, hasta llegar al Olimpo y hacer caer sobre la humanidad la más santa bendición que es la risa de los dioses.