Todas las naves del mundo (Canciones viajeras del mestizaje) es el disco número 16 de una trayectoria artística impresionante, aunque no suficientemente valorada. Ella ha grabado poesía de Nezahualcóyotl (Si yo nunca muriera, 1996), canciones sefardíes (Entre la pena y el gozo, 1993) y uno de sus trabajos, al lado del Cuarteto Latinoamericano, se hizo acreedor a un Latin Grammy en la categoría de mejor álbum de música clásica (El hilo invisible, 2015).
En 30 años de carrera como solista que celebra este 2022 —40 en total dentro del canto—, Jaramar ha dejado una impronta en la música antigua, no sólo al recuperar canciones milenarias, sino, lo más importante, al recrearlas, hacerlas suyas y entregarlas, con arreglos contemporáneos, a su manera.
El disco comenzó a circular hace unos días y para presentarlo Jaramar, acompañada por Luis Javier Ochoa (guitarra y laúd), Alejandro Fernández Figueroa (violín), Carlos Sánchez Vilches (contrabajo) y Luciano Sánchez (batería), lo presentará en Ciudad de México el próximo 13 de marzo, motivo suficiente para sostener una plática con la cantante jalisciense.

Todas las naves del mundo, ¿por qué el título?
Es una de las líneas de una canción y tiene mucho que ver con la idea conceptual del disco que es narrar lo que he venido narrando a lo largo de todos mis álbumes, pero ahora de una manera intencional. Son canciones españolas del siglo XIV y XV, canciones viajeras que llegan y permean la lírica popular y dan pie a lo que somos ahora como pueblo mestizo. Es una especie de síntesis de mi viaje a lo largo de 30 años de carrera como solista, narraciones de sucesos de aquellos años a las que les tengo un particular amor, canciones de mujeres enamoradas que cantan al mar en la ausencia del amado, a quien pueda traerles noticias de él, canciones nostálgicas, de añoranza.
¿Cómo las recopilas? Hablas de ellas como si estuvieran allí, a la mano, en el primer escritorio, ¿cómo fue la epifanía?
Fue por accidente. Hace mil años, como en el 77 o 78, estaba recién llegada a Guadalajara y empezaba a hacer amistades; mi papa era museógrafo y me encontré a un amigo suyo que también era director de teatro y dirigía una pequeña compañía y le encantaba el teatro clásico español. Un día me dijo que iba a montar una obra de Valle Inclán y que si me interesaba montar un programa de canciones antiguas españolas para abrir. Yo le decía que sí a todo. En ese entonces estaba en el canto nuevo y no tenia ni idea, pero él me prestó discos. Sin conocimiento de causa alguno, me puse a escuchar y a seleccionar, invité a un amigo guitarrista y fue una revelación. Quienes me escucharon cantar ese repertorio y que me oían cantar lo que hacía normalmente me dijeron “esto es lo que tienes que hacer”. Entonces comenzó el proyecto Escalón y quien me empezó a acompañar en ese repertorio de música antigua fue Alfredo Sánchez. Buena parte de lo que cantaba eran canciones sefardíes y nos empezaron a invitar a esa comunidad en Guadalajara. Luego nos descubrió Ars Antiqua, el grupo de Eduardo Arámbula, y entonces el mismo camino me exigió buscar canciones, pero siempre con la idea de que no era cantante de música antigua y yo iba a cantar esas canciones a mi manera. Escalón se desbarató y en Ars Antiqua comenzó un aprendizaje muy serio, porque mi voz estaba al servicio del repertorio de un grupo. Aprendí muchísimo. Estuve diez años allí, hasta que comencé mi proyecto solista. Empecé a acercarme a los expertos, ya tenía mucho material y cada disco no empezaba por las canciones, sino por un tema que yo quería explorar y a partir de él buscaba los materiales que me iban a permitir construir esa obra y después ya comenzaba el proceso de producción, arreglos, composición, etcétera.

¿Cómo fue recuperar parte de ese trabajo para llegar a este disco?
La idea nació porque en 2019, justo antes de la pandemia, fuimos a España, al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, donde el invitado de honor era México y consideraron pertinente que diera un concierto y se me ocurrió el tema del mestizaje. Me dije que tenía que hacer un disco con ese tema, no con ese repertorio, con otro tal vez, y en eso estaba cuando llegó la pandemia, pero conseguí un financiamiento de la Secretaría de Cultura de Jalisco que nos permitió hacerlo. Me encerré con el productor Luciano Sánchez a definir las canciones, depurar el repertorio y elegir a los músicos que se quisieran sumar al proyecto, que los conociéramos bien en cuanto a sus capacidades, porque no iba a haber ensayos. Primero grabamos maquetas de voz a capella. Escogía la tonalidad, el tempo y la estudiaba. Después grababa con un metrónomo mi voz limpia, sin armonía, para que Luciano construyera los arreglos a partir de ella. Hablamos de cómo debían ser las canciones, de la instrumentación, y él me mostraba lo que iba haciendo. Teníamos charlas por Zoom con los músicos. Fue un proceso más largo del que sería una grabación convencional. Algunos preferían llegar al estudio y grabar ahí, otros grababan varias propuestas y se elegía la mejor. Fue un arduo trabajo de edición.
¿Cómo hicieron para no matar la espontaneidad de las canciones con tanto recorte y pega?
Porque es la forma en que están interpretadas. Había flexibilidad y yo grabé hasta el final y ensayé las canciones, buscando la respiración de todo esto a partir de lo que ya estaba grabado. Es un disco que está teñido del color del aislamiento, con su oscuridad, un rollo de añoranza y de distancia en muchos momentos y se nota en la forma como está cantado. Me encanta que suene mi respiración, hace más viva la voz.

Hay quienes piensan que eso es un defecto.
¿Sabes? Aprendí con Gerry Rosado que no. Grabar con él fue para mí una gran escuela. Desde Diluvio, el primer disco que me produjo, me enseñó que se puede cantar de otra manera. Todos mis discos anteriores me concentraban en la emisión de la voz, la afinación y siempre los ingenieros me decían que tenía que mantener una distancia del micrófono para que no golpeara, etcétera. Era clavarme en la técnica y en la precisión. Con Gerry eso se fue a volar. Me decía: yo tengo que creerte, tengo que creerte cuando te estoy oyendo. Así como la estás cantando, no te creo todavía.
Hizo que te descubrieras de otra manera…
Sí, en algunas me decía algo que nadie me había dicho: “Quiero que cantes lo más cerca del micrófono que puedas. Quiero oír tu garganta. Quiero oír tu voz como sale desde adentro, porque esta canción lo necesita, es una canción que tiene que tener esa conexión con tu interior; así que acércate al micrófono, sin miedo”. Entonces tuve que matizar de otra manera, hablar más susurrado. Todo eso lo empecé a explorar y dejé de preocuparme por la parte técnica y me clavé en la parte expresiva, buscando el color de la voz, y perdí mucho miedo y se hizo más natural.
Siempre resulta sorprendente escuchar a una cantante como tú, hablar con tanta pasión; la mayoría de la gente cree que cantar no cuesta trabajo.
Desde la época de Ars Antiqua no me halagaba en absoluto que me dijeran que tenía una bella voz, “es un don de Dios, cuídala”. Yo me preguntaba qué querían decir con eso, ¿qué es un regalo y tengo que estar agradecida?, pero no.
Como si no la tuvieras que cultivar.
Exacto, yo la he trabajado. Tener una voz bella es lo que menos me interesa. Quiero una voz que diga, que conecte, que transmita, que vibre. Creo firmemente que hay grandes cantantes sin una bella voz y hay bellas voces que no dicen cosa alguna. Prefiero que me digan: “qué voz tan emocionante tienes, me hiciste llorar”.
Al acabar ese proceso de grabación tan complejo, ¿cómo te sentiste al escuchar el disco?
Fue un proceso muy largo y cuando le mandamos a Gerry Rosado las mezclas definitivas y nos regresó el master, tomó otra dimensión y además me sentí muy orgullosa. Primero lo escuchamos Luciano y yo y luego nos sentamos con los músicos que lo van a tocar para escuchar canción por canción. Porque ahora viene la siguiente etapa, ¿cómo vamos a tocar esto? Evidentemente va a cambiar, porque no van a estar todos los músicos ni se van a tocar todos los instrumentos, porque no es posible y habrá unos que no se grabaron y otros sí.
¿No van a ser versiones apegadas al disco original?
Son versiones distintas, pero que mantienen la esencia. No habrá tuba, tampoco trombón. Me decía el violinista que si no me gustaban más, pero no lo sé, tienen otra energía. Lo que me gusta mucho es poderlas cantar. Sí va a haber batería y será una sonoridad distinta, porque el disco no tiene batería y desde el inicio decía yo que en concierto debía haberla, porque resulta más explosivo, más hacia afuera, y el disco y la grabación son hacia adentro.
Tienes muchos años trabajando, ¿qué reto no has alcanzado, qué te gustaría lograr?
Justo estoy trabajando en lo que sigue. En los años recientes –desde Diluvio que es cuando empecé a componer más–, hago un proyecto de recopilación y otro de composición, así, alternadamente. Ahora tengo el honor de estar en el Sistema Nacional de Creadores y con ello voy a hacer el trabajo de composición siguiente. Es en dos partes: la primera está inspirada en ese género que son las cantigas de amigo, de enamorada, del medioevo; la otra parte tiene como eje principal a la memoria y es muy bonito, porque también tiene que ver con Todas las naves del mundo, ya que el concierto del Teatro de la Ciudad está inscrito en un ciclo de mujeres en la escena llamado Nosotras somos memoria que se vincula perfectamente con lo que hago. Mi idea de explorar la temática de la memoria es que nosotros somos lo que somos, pero esa memoria nos la inventamos y la vamos construyendo a lo largo de la vida y cambia en cada momento de ésta; cada vez vamos recreando quiénes somos a partir de la memoria y cuando hablo de memoria no sólo hablo de una personal, sino ancestral. Esa es la temática del próximo proyecto.
Ahora que hablas de la memoria, aunque tú te refieres a una ancestral, milenaria, a mí me preocupa la inmediata y tú eres una mujer cuyo trabajo es amplio, con un gran número de discos y cada vez es como volver a empezar, ¿no te desgasta eso?
Sí, por supuesto, y comentaba con Aarón Bitrán, del Cuarteto Latinoamericano, lo cansado que es. Todos los años que llevas y es como si nada hubieras hecho; es decir, la búsqueda de contactos, el esfuerzo de construcción… Tal vez se te aclaran ciertos caminos, pero es muy cansado. Es muy cansado que nunca acabe la necesidad de convencer a los otros de que tu trabajo vale la pena de ser conocido y escuchado; que arriben nuevas personas a los puestos directivos de las instituciones culturales y tengas que llegar con ellas sin que tengan la menor idea de quién eres, a pesar de llevar años en esto, y explicarles de qué se trata, etcétera. Si no hubiera la enorme recompensa de la emoción de pararte en el escenario y sentir la emoción de los otros, ya hubiera dejado esto hace mucho tiempo, pero es tan grande el gozo, tan reconfortante saber que estás llegando a otros, que finalmente vale la pena. Pero sí, es agotador.
Jaramar. Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, ciclo Nosotras somos memoria. Domingo 13 de marzo, 18:00 hrs.