Desde hace casi cuatro décadas, la figura de Carlos Arellano parece incólume. Erguido, alto, delgado, cabellera crecida casi hasta los hombros, de lentes, habitualmente vestido simplemente con una camisa y sus pantalones de mezclilla, de trato afable y sosegado. Mediante su guitarra, canto y poesía, ha alcanzado cada rincón de la capital poblana al igual que numerosas regiones del país, donde conserva una buena cantidad de fieles seguidores y entrañables amigos. Para muchos, su trabajo se enmarca en la trova; otros dicen que es rock o folk y hay quienes lo asocian con el llamado Movimiento rupestre. Existe algo de verdad en todas esas concepciones. No obstante, lo que realmente importa es que su vocación artística sigue imperturbable y muy activa, tal como lo demuestra su más reciente lanzamiento titulado Amor & daño.

Fotografías: cortesía del autor
En esta octava placa dentro de su larga trayectoria, el cantautor huye del confort que su consagrado rol de solista le ha brindado y se propone atender nuevos desafíos creativos, respaldado por un grupo surgido entre viejos y selectos camaradas: Chario Mánez (batería), Jaime Alvarado Millán (bajo), Gustavo Espíndola (guitarra) y Carlos González Marrufo (teclados). Asimismo, en algunos temas se hizo acompañar de otras voces fraternas como las de Javier Cinco (“Uno, dos, tres”), Darío Parga (“No todo está mal”), José Luis Galindo Tornell (“Yo no caí desde ahí”) y Pedro Sandoval (“Brindo” y “Habrá que insistir”).
En realidad, no es esta la primera ocasión en que Arellano resuelve aventurarse al lado de otros músicos. “En el álbum Nada en su sitio (1994), estaba tocando con una banda con la que armé varias canciones y les confíe a mis compañeros el trabajo de los arreglos. De pronto sentí que ese proyecto adquirió un sonido que me emocionaba, pero distaba exactamente de lo que yo quería. Posterior a aquella experiencia, me quedé con muchas preocupaciones sobre cómo hacer otro proyecto discográfico en todos los sentidos, desde cuestiones técnicas y demás. Por otra parte, también me interesaba definir qué deseaba de un grupo, cómo debía sonar para acompañarme. Esas dos razones me motivaron a grabar nuevamente en conjunto”.
Tomada la decisión, el disco comenzó su afanoso desarrollo previo a la pandemia; pero una vez propagado el virus, no hubo otra opción que interrumpirlo durante varios meses, hasta tiempos más benévolos y recientes. Adicional a lo anterior, el proceso creativo implicó desde el inicio grandes esfuerzos para la agrupación, ya que sus miembros se reunieron en numerosas ocasiones con el propósito de abordar las características y directrices a seguir. Sin mencionar que a lo largo de la mezcla se suscitaron nuevas dificultades.
¿Excesivas precauciones y ponderaciones en este último álbum? ¿Es el proyecto más elaborado de Carlos Arellano hasta ahora? Posiblemente así sea, pues para el autor se trataba de un asunto pendiente en su carrera y al mismo tiempo un reto: “Fue un disco de mucho aprendizaje a estas alturas. Desde la parte técnica hasta los arreglos e inclusive de relación con los músicos”. Pese a todo, los frutos obtenidos del arduo trabajo sobresalen a lo largo de los doce cortes que conforman el disco, en el que la guitarra y el timbre vocal del veterano cantante predominan con fuerza ante la confluencia instrumental; igualmente, se buscó preservar los sonidos fieles y naturales, sin sobre procesar o distorsionar sus matices.
Es un trabajo auténtico y minimalista, producto de la experiencia y hecho con el corazón. “Fueron canciones que fui haciendo antes de la pandemia y se juntaron sin ninguna guía o concepto preestablecido. Compuse según mis estados anímicos. Pero después de reunirlas y seleccionarlas, me di cuenta de que estaban en ese tenor del amor y el desamor. Por otro lado, el título me llegó de manera muy extraña: en una de las tantas visitas que suelo hacer a mi hermana, observé por el camino un grafiti en la parte alta de un edificio con las inscripciones ‘Love’, seguida de un hueco y remataba con ‘daño’. Esa fue la señal”, comenta Carlos.

Como su nombre propone, Amor & daño está dirigido en gran medida a los extremos más afectuosos y penosos del sentir humano, apartado nada inusual en la obra de Arellano, quien pugna por develarlo bajo nuevas aristas y un sello más logrado. En “Uno, dos, tres”, corte con el cual se inicia la placa, tanto Arellano como Javier Cinco, alzan sus afectuosos cantos en torno al florecimiento del amor y su repentina pérdida; el carácter de la melodía es robusto y marchoso, con claras influencias rocanroleras (o como probablemente diría su autor: “neilyoungnianas”). Caso similar, aunque más bondadoso en cuanto a la trama, lo hallamos en “La luna un escorpión”, oda gozosa sobre el deseo carnal que se resguarda durante las horas de la noche.
En el sentido opuesto del espectro, inmersos por los sangrantes dominios de la pena y el recuerdo, encontramos “Yo no caí desde ahí”, “Muchos no” y la sumamente emotiva melodía a piano llamada “Dame una señal” (“Jura seguirla queriendo / Jura que no puede más / Jura que no halla el momento para volverla a encontrar / Alguien le cierra las puertas / Alguien le impide avanzar / Alguien que borre sus huellas / Alguien que juega a matar / Grita no puedo olvidarte / Grita te pido perdón / Grita cuanto quisiera oír de nuevo tu voz / Grita te necesito / Grita no puedo más / Grita dónde te escondes / Dame una señal”).
Como ya se había dicho, Pedro Sandoval colabora en las piezas “Brindo” y “Habrá que insistir”. La primera inicia entre delicados arpegios de guitarra y suaves entonaciones, para luego abrir paso al resto de instrumentos que musicalizan versos de gratitud (“Brindo en esta noche camaradas / porque a esa mujer le debo tanto / noches forajidas bajo su manto / días de virtud y carcajadas”). Para el segundo tema, Sandoval –unido a su armónica– acompaña la voz y guitarra de Arellano en un recorrido sonoro pacífico e íntimo que sirve de fondo para aquellos amores titubeantes o indecibles.
En este trabajo hay también algo más que temas dedicados a los vaivenes del corazón humano y para ello están aquellos que rondan la reflexión y el compañerismo. Ejemplo de esto lo encontramos en “Velas”, corte introspectivo que deambula imaginariamente sobre el brillo de una candela; la letra es del finado escritor poblano Alejandro Meneses, quien fuera para Arellano un preciado amigo y mentor literario.
Le sigue “No todo está mal”, en la que el compositor y Darío Parga nos recuerdan que aún sumidos en el caos, existen detalles cotidianos y lugares privados que nos brindan protección o alivio; aparentes minucias del día a día, pero fundamentales en nuestra existencia (“No todo está mal / No todo se perdió, con tanto lío / Tengo una idea animal / Un sueño lateral / Pequeños paraísos / Un sol en combustión / La luna en un jarrón / Y al lado mis amigos / Tengo un trozo de pan / Un ron por escanciar / Y un Dios que no se ha ido”).
Amor & daño es un álbum que se propone marcar una diferencia en la fructífera carrera de Carlos Arellano y posiblemente tome por sorpresa a muchos entusiastas de su trabajo en solitario; sin embargo, resulta innegable que la actual versión del curtido músico rebosa de renovados bríos y aires de cambio. El poblano asegura tener bajo el brazo varios proyectos avanzados y la firme intención de que se materialicen sin tanta dilación, por lo que seguramente habrá más de su música en un cercano porvenir.
Gracias Pablo Bautista ,descripción exacta de este álbum , gracias