Tallé mis ojos un par de veces para aclarar la vista. No parecía haber error alguno. Aquella publicación proveniente de las redes sociales anunciaba lo siguiente: “La Zarigüeya. 1.° Festival de experimentación mexicana contemporánea Puebla-Cholula”. Incrédulo, leí y releí cuidadosamente los pormenores en busca de alguna pista que delatara la farsa, el equívoco o inclusive la fecha vencida; pero todo concordaba, aunque lo repentino del anuncio no terminaba de calmar mi recelo. En cualquier caso, la información detallaba cuatro días, seis foros, más de diez extraordinarios músicos y agrupaciones y siete eventos repartidos entre ambas ciudades. Si todo era correcto, entonces restaban menos de 24 horas para que iniciara un acontecimiento inusitado por estos lares y, en consecuencia, resultaba imperativo atestiguar —y por supuesto disfrutar— parte del fascinante banquete auditivo que se presentaría.

Fotografías: cortesía Polo Bautista
Uno de los organizadores —y miembro del grupo bautizado como La Zarigüeya— es el multifacético y activo ciudadano de origen holandés Feike de Jong, quien durante el concierto inaugural, celebrado en el espacio Error (sitio destinado a las artes contemporáneas, los proyectos editoriales y la experimentación gráfica asentado en el corazón de la capital angelopolitana), comentó algunos de los propósitos del festival: desarrollar a mediano y largo plazos un circuito conformado por músicos y artistas experimentales que puedan exhibir su talento en diferentes sitios, tanto dentro de Ciudad de México como por las principales urbes adyacentes. Indudablemente un plan audaz y significativo.
En el caso particular del estado poblano, la producción y el desenvolvimiento artístico se distribuye principalmente entre su capital y el municipio aledaño de San Andrés Cholula. Pese a la vecindad, cada zona mantiene sus características relativamente propias en cuanto a público, espacios y escenas. Así, los organizadores del festival optaron por abarcar la oferta sonora entre ambos territorios y dirigir su propuesta hacia nuevos oyentes.

El primer acto del festival estuvo a cargo de tres sobresalientes y jóvenes mujeres, quienes portaban en sus rostros y ropas la imagen del tlacuache: María Lipkau (violonchelo), Sarmen Almond (voz y efectos) y la chilena Amanda Irarrazábal (contrabajo); cada una con trayectoria y experiencia acreditada en diferentes proyectos como Kin Nini, Man In Motion, Caudal, etcétera.
Tras una breve pero intensa expectación, Lipkau fue la elegida para irrumpir el sosiego nocturno y utilizó su arco para raspar imprevisiblemente las cuerdas del chelo, el cual, expedía sonoridades irregulares y ásperas, aunque hipnotizantes. No pasó demasiado tiempo para que su mano izquierda comenzara a soltarse lentamente; entonces, peculiares notas de variadas intensidades y duraciones se levantaron para luego desaparecer en la atmósfera.
Llegó el turno de Almond, quien desde antes se había despojado del calzado y con los ojos cerrados parecía sumergida en un profundo trance. Describir lo que hizo con tan soberbio talento resulta complejo, pues no existen palabras inteligibles o cantos ordinarios que broten de su boca y garganta. En cambio, exhibió una extraña clase de sonidos guturales, chasquidos, silbidos, resoplidos, aullidos o chillidos que vagabundeaban a sus anchas; sus vocalizaciones cambiaban de potencia, se aquietaban y se encrespaban. Una diestra escultora de la voz.
Por su parte, Irarrazábal inició otra ronda y tiró fuertemente de las cuerdas del contrabajo, como si quisiera arrancarlas, pero el resultado fue el de unas notas estruendosas que ascendían y se arrastraban brevemente. Luego echó mano del arco y le extrajo al voluminoso instrumento fragmentos sonoros dispersos. Realizó una interrupción y volvió su acometida, esta vez vertiginosa y precipitada, para posteriormente volver a la serenidad. Había mucho vigor en sus maniobras, las cuales oscilaban entre la fragorosa acción y el efímero reposo. Después de algunos minutos, sus extremidades anunciaron el término del primer set y un breve receso.
Pese a todo lo escuchado, la segunda parte del recital se antojaba más espléndida aún, pues la tríada femenina tocó en conjunto. Las cuerdas arrancaron e inmediatamente buscaron desplegar un diálogo reposado, mientras Almond, percutía rítmicamente el piso con las patas de su asiento y realizaba unos chasquidos. Sobrevino un momentáneo silencio, el cual sirvió de reacomodo, pero luego los arcos volvieron a moverse, esta vez con más determinación, iban de un lado a otro y frotaban o aporreaban las cuerdas. Fue cuando la cantante optó por desmelenarse y expulsar singulares vocalizaciones que fluctuaban y se dispersaban.
Finalmente, sus personalidades se fundieron completamente en un extraordinario ente sonoro que bramaba y aullaba sin control. Por algunos periodos, Irarrazábal sumaba al estruendo musical su penetrante voz, la cual que se entrelazaba con la de Almond, para luego volver a contenerse. El acto continuó su desarrollo, pasaron largos minutos y nadie pareció percatarse, pues aquellas mujeres con los ojos cerrados se agitaban, contorsionaban y gesticulaban, al tiempo que permanecían inmersas en su actividad creativa y etérea. Cuando la ejecución llegó a su término, los asistentes las ovacionaron con beneplácito.
Fue una sesión íntima, sobria en cuanto a escenario, pero repleta de fuerza y espontaneidad; un preámbulo brillante para el festival de La Zarigüeya. En los subsecuentes días, más músicos y conjuntos como Nicolás Vander (guitarra), Ernesto Andriano (saxofón), Darío Bernal (percusiones), Adriana Camacho (contrabajo), Carlos Greco Pantoja (saxofón y flauta transversal), Rodo Ocampo (batería), Alda Arita (guitarra), Rocío Cerón (poemas), la fastuosa Zarigüeya Pig Band y Los Chinos Poblanos (Gabriel Luna y “Don Zanate”, ambos multinstrumentistas) hicieron de Cholula y Puebla un agasajo sonoro único e irrepetible.
Concluida la fiesta musical de fin de semana, las zarigüeyas se dispersaron. Gran parte retornó a Ciudad de México, mientras que las oriundas muy probablemente se encuentran en estos instantes tramando nuevas correrías.
¿Cuál será el próximo destino de La Zarigüeya? ¿Logrará el cometido expansionista para su música? ¿Volverá por estas tierras algún día? Las anteriores interrogantes y muchas más son un misterio que sólo el tiempo despejará.