Expectativas
La sinfonía “Turangalila” de Olivier Messiaen

A Alejandro Pisanty

Mi pasión por la música me exige escribir esta nota sobre “Turangalila”, aunque todavía no puedo decir que entienda bien todo lo que expresa y transmite esta excéntrica sinfonía en diez movimientos compuesta por Olivier Messiaen (1908-1992). Escribo su elogio amateur rockero, porque considero mi deber aportar mi granito de arena para ampliar el número de escuchas e intérpretes de esta admirable pieza musical. Desde mi perspectiva crítica, considero que esta sinfonía de Messiaen es música indispensable para saber vivir mejor la vida y entender de verdad el significado de lo sagrado en esta medianoche de la nada opaca y mediocre.

Olivier Messianen
Fotografía: Rob Croes, National Archives of the Netherlands / Anefo

Olivier Messiaen fue un creador de música cargada de una sacralidad capaz de disipar la niebla nihilista; bien se puede decir que compuso música mística para este tiempo del absurdo, del mismo modo que se habla de poesía mística o filosofía mística y no necesariamente de especulación teológica. Olivier Messiaen fue, a mi entender, un hombre que vivió la “experiencia interior”, lo que San Juan de la Cruz llama “transformación total del alma en Dios”. La adecuación de la conciencia al ser del cosmos. Porque Olivier Messiaen es un músico religioso, del mismo modo como Andrei Tarkovski es cineasta religioso y Jean Cayrol es novelista religioso. Autores excéntricos en esta posmodernidad en la cual todos los gatos son pardos y ateos, porque son autores que consideran estar comunicando en su obra lo que nos religa con lo sagrado olvidado, la esencia fenomenológica de las divinidades; aun en medio de este enorme desierto donde todo parece ir de modo sin sentido del caos al caos solamente y con comerciales en medio.

La sinfonía “Turangalîla” de Olivier Messiaen se estrenó el 2 de diciembre de 1949 en Boston, con Leonard Bernstein al frente de la Orquesta Sinfónica de esa ciudad. La obra había sido comisionada a Messiaen en 1946 por Serge Koussevitzky, a nombre de la orquesta de Boston. “Turangalila” se interpretó por primera vez en Francia durante el festival de Aix-en-Provence, el 25 de julio de 1950, y lo menos que se puede decir es que esta creación tan novedosa y excéntrica suscitó entonces fuertes reacciones: "Un golpe de fe en el pecho," según Maurice Brillant (del periódico Epoque), para quien Turangalila es la "Consagración de la Primavera de Messiaen"; mientras que los compositores franceses Francis Poulenc y Georges Auric discutieron entre sí y muy a fondo sobre la apreciación de esta obra de arte. Para Auric era un galimatías sin pies ni cabeza, en tanto que para Poulenc era un acto sagrado trascendental.

Hay que decir que el edificio tiene todo para desconcertar: es una obra monumental que dura unos 85 minutos, de números colosales en la instrumentación (103 músicos, con un abanico muy amplio de percusiones y teclados), una sinfonía en diez movimientos que parece ser un concierto para piano y ondas Martenot. Esta gran libertad en la forma también proviene de una gran libertad en el orden. Dice Serge Koussevitsky, al solicitarla al compositor: "Hazme la obra que quieras, en el estilo que quieras, durante el tiempo que quieras, con la composición instrumental que quieras y no te impongas ningún límite de tiempo. Yo sé que la ilimitada imaginación de Messiaen se encargará del resto”.

El concepto de “Turangalîla” proviene de dos palabras en sánscrito: Lîlâ significa literalmente “juego”, pero juego en el sentido de la acción divina en el cosmos que se expresa en nosotros como “la mente”; en esencia, es “el juego de la vida y la muerte”. Lîlâ también significa “amor carnal”. Por su parte, Turanga es el “tiempo que corre como un caballo al galope”; el tiempo que fluye como la arena del reloj de arena. Por lo tanto, Turangalîlâ significa simultáneamente “juego del tiempo”, “tiempo de juego”, “juego de amor” y “amor del juego”.

El nombre poético de los diez movimientos deja comprender el espíritu experimental lírico de esta sinfonía: 1) Introducción (moderado, un poco vivo); 2) Canción de amor (moderado, pesado); 3) Turangalila 1 (casi lento, soñador); 4) Canto de amor 2 (bien moderado); 5) Alegría de la sangre de las estrellas (vivo, apasionado con alegría); 6) Jardín del sueño de amor (muy moderado, muy tierno); 7) Turangalila 2 (un poco vivo, bien moderado); 8) Desarrollo del amor (bien moderado); 9) Turangalila 3 (bien moderado); y 10) Final (moderado, muy vivo, con una gran alegría).

Las características más destacables de la orquestación son la preponderancia de los teclados (celesta, piano, vibráfono y conjuntos de timbres metálicos) que, por su efecto percutivo, nos recuerdan al gamelán de la música javanesa, con un piano muy virtuoso que interpreta numerosas cadencias y el uso muy característico de las ondas Martenot y su sonido extraterrestre que le da al “tema del amor” un aspecto dulce y horroroso a la vez. Un amor que se realiza plenamente en la muerte, chiquita o grande, pues: “Para comprender los excesos de esta obra,” dice su autor, “debemos recordar que la unión de los verdaderos amantes es para ellos una transformación y una transformación a escala cósmica. Un dejar de ser uno para ser otro los dos”.

Un elemento clave para el sentido vanguardista de esta sinfonía es el empleo en ella de las ondas Martenot como instrumento solista junto con el piano. En 1928, en París, Francia, el violonchelista Maurice Martenot (1898-1980) inventó el aparato de ondas que lleva su nombre; uno de los primeros sintetizadores electrónicos de sonido. El instrumento está formado por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia. El sonido se produce mediante un anillo metálico que el intérprete se ha de colocar en el dedo índice de su mano derecha. La posición de dicho anillo frente al teclado determinará la altura de las notas. De esta forma el nuevo instrumento permitía la realización de unos característicos glissandos y vibratos, gracias a la facilidad de desplazarse por todo el teclado. La mano izquierda debe hacer uso de unos controladores, situados a la izquierda del teclado en un pequeño cajón. Mediante estos controladores, el intérprete podrá variar las dinámicas y la articulación de las notas. Puesto que el sonido se produce de forma electrónica, requiere de un altavoz que amplifique las ondas y emita el sonido característico de este instrumento. En nuestra memoria colectiva las ondas Martenot son la clave sonora del cine de horror y ciencia-ficción de la segunda mitad del siglo pasado.

Bien se puede sostener que toda la obra musical de Olivier Messiaen es de carácter religioso, basado en su profunda fe católica, misma que le ayudó a sobrevivir el campo de concentración Stalag-VIII-A, en donde los nazis lo tuvieron arrestado de 1940 a 1941. De allí brotó la inspiración para su obra más conocida: “Cuarteto para el fin de los tiempos”.

La sinfonía “Turangalila” no proviene directamente de un tema religioso, sino de las investigaciones del compositor con la música de Wagner y el mito amoroso de Tristán e Isolda. El resultado de esta indagación sobre la música y el amor humano será una trilogía en la que la sinfonía es acompañada por el ciclo de canciones “Harawi” y la pieza “Cinq rechants”, inspirada también en las canciones de los trovadores medievales. Sin embargo, insisto aquí, la sinfonía “Turangalila” es quizá la obra más religiosa y mística de Olivier Messiaen, precisamente por su forma de exaltar en diez movimientos musicales el amor erótico de los cuerpos sexuados; no como lujuria y pecado, sino como don divino supremo, como muestra sensible de que Dios ama a la humanidad por su sagrado ser mortal y finito, sueños encarnados en un cuerpo vivo, “llama de amor”.

Resulta significativo que una de las reacciones de la crítica especializada ante esta composición fue declararla “música vulgar”, al grado de que Pierre Boulez, discípulo de Messiaen, la calificará como “música de burdel”. Tal vulgaridad se ubica en la forma como “Turangalila” deshace el dogma del “buen gusto” en la música sinfónica de élite. Aunque en los hechos resulta harto difícil y subjetivo establecer qué cosa es “vulgar” o “de mal gusto” en la música, se ha dicho que en “Turangalila” esto se manifiesta en su abuso de la séptima dominante y de acordes 6/4. Si se examina el quinto movimiento (“Joie du sang des étoiles”: “Alegría de sangre de las estrellas”), se puede empezar a entender lo que eso significa. La orquesta está seccionada en dos partes: en la primera se encuentran los vientos, los metales y los instrumentos de percusión, comandados por el piano, y en la segunda están las ondas Martenot y las cuerdas que le acompañan.   Messiaen establece entonces un call-and-response (“llama -y-responde”) de música negra afroamericana entre ambas partes y de manera colectiva, las dos secciones describen un modo mayor pentatónico de carácter anhemitónico, sí, como el de las bandas de pueblo en Oaxaca y Michoacán.   Este es el justo momento cuando la orquesta suena como un gamelán oriental, música estridente de procesión callejera y orgiástica, algo inusual dentro del dogma católico papista. Dos cuerpos exaltados que se entrelazan en el gozo de la epidermis en nudo de moebio, una unión encabronada de amor encabronado en la que todo es carne y que deviene en un gran estallido de estrellas. El escándalo de plumas de las aves al consagrar la llegada de la aurora.

Eros místico. Porque el concepto místico de la sinfonía “Turangalila” nos dice que, tal como somos, ya somos como dioses, aquí y ahora mismo, cuando realizamos de verdad en forma erótica el acto de unión sexual de las personas. Sin instinto animal procreativo y sin usura del gozo. En amor. Cuando la carne viva deviene espíritu inmortal manifiesto, en el goce inaudito del ser infinito real, aunque el estallido de luz interior sólo dure unos cuantos segundos deslumbrantes y oscuros. Se da en verdad el asombro en frío de pasar a ser la otra persona del acto sexual, en la carne viva del acto de amor entre nuestras personas, y así poder llegar a ser una sola alma con esa otra persona corpórea, el tú más real. En donde dos son tres y más que tres, hasta infinito inmortal cierto. Por un instante. Nuestra más evidente forma de ser algo más que aburridos animales inocentes que obedecen  ciegamente al instinto y también más que materia orgánica insensible y dócil al big-bang; el poder llegar a ser el milagro sublime de la vida espiritual humana, vuelta goce lúdico del goce lúdico de ser un cuerpo sustancialmente lúdico. Porque lo sagrado será divertido, o no será.

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Publicado en: Columnas