Troy Vermut: rock and roll para incendiar los traumas

Lo último que sabía de Troy, un viejo amigo de Santa Catarina, Nuevo León, era que estaba completamente dedicado a Di Parma Bistro, su restaurante de comida italiana y repostería gourmet.

Me enteré de eso, porque al regresar a Ciudad de México y comenzar a escribir, lo contacté para hacer una crónica que titulé “Troy y el encuentro con su otro yo: un ex Panchito”. El texto forma parte de mi libro debut Una tragedia en tres acordes. Historias desde el moshpit (Producciones El Salario del Miedo/Conarte 2019).

La crónica cuenta sus años como un punk santacatarinense que escuchaba a Johnny Thunders & The Heartbreakers, The Stitches o Urgente. También menciona el guitarrazo que le dio a un hardcorero en un toquín de Los Pesticidas, su antigua banda de streetpunk, con quienes interpretaba canciones como “Desamada”, y, por supuesto, se centra en su encuentro con “El Roto”, un rocker de Ecatepec que decía ser miembro de Los Panchitos, la afamada cofradía de chavos banda que, en los años setenta y parte de los ochenta causaba “terror entre la sociedad”, como decían los noticieros para crear un pánico moral.

Fotografías: cortesía del autor

Sin embargo, en esta nueva vida que nos está dejando el coronavirus, mi amigo comenzó un proyecto en solitario, en el que graba todos los instrumentos. “Las rolas ya las tenía hechas, sólo que con el ajetreo del restaurante no me daba tiempo para grabarlas. Por eso, desde que tocaba con Los Retretes, mi antigua banda de garage, estuve inactivo en la música”, explica Troy Vermut, como ahora se hace llamar, por ese vino macerado en hierbas que tanto le gusta.

La última vez que vi a Troy, disfruté de una pizza que preparó para mí y otros amigos chilangos que estábamos en Santa Catarina. Era 2013 o 2014 y ya se distinguía por ser el único mod que existía en la periferia neolonesa que se hizo popular por Cartel de Santa. Desde entonces, el adolescente que parecía rata de alcantarilla y patinaba para no envejecer se había convertido en un Keith Moon norteño que era chef.

Así como maduró, también formalizó su forma para hacer música. “No es que haya profesionalizado por completo el sonido que quiero desarrollar, pues sigo grabando con mi vieja grabadora Tascam”, menciona. Lo único que hizo fue invertir dinero en unos micrófonos y compresores para lograr una mejor calidad. “Hoy el público que escucha rock se ha vuelto más exigente”, comenta Troy. “Si parece que grabaste en una regadera, no te toman en cuenta”.

Por lo mismo, sus gustos hacia el garage inglés y artistas como Peter Perrett le han dejado crear canciones como “Siempre hay algo que incendiar” o “Felices días de tu vida”, incluidas en su EP titulado La vida ya no es igual.  También, para los próximos meses, planea lanzar otro material: Quadrophenia quedó atrás.

“Mis canciones hablan de experiencias propias, abordan los excesos, los amores que te jodieron y lo más culero de la vida”, explica. “Hablo de eso, para salir a la calle a incendiar los traumas”.

De hecho, su principal idea es que la gente ponga atención al rock and roll. “Aunque tengo unas canciones que emplean sintetizadores, no he dejado de apostar por los sonidos viejos y sucios que han tenido mis antiguas bandas, sin perder la energía y una buena actitud”, dice el músico y cocinero.

Y mientras conduce su scooter Vespa 1991 por Santa Catarina, acelerando y sin perder de vista el pavimento, espera a que llegue el día para tocar en vivo, retumbar los escenarios con su guitarra eléctrica y dar a conocer la música hecha en la periferia neolonesa.

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Publicado en: Reportajes