Expectativas
Historia del tren de medianoche que partió con rumbo a Georgia

¿Por qué hay piezas musicales que nos conmueven gacho y nos mueven el tapete más gacho para toda la vida? Nadie lo ha logrado explicar de forma clara y definitiva. Tal es el misterio de la música y del arte. ¿Hasta dónde pueden ser objetivos los sentimientos que nos causa la música? ¿Nos ocurre lo mismo a todos con la misma música? ¿O será algo que ocurre de modo diferente en cada sujeto? ¿En qué consiste la emoción que nos provocan las canciones? ¿Es algo del cuerpo? ¿O de la mente? ¿O de dónde? ¿Está en la letra o en la melodía? ¿O en qué combinación entre ambas? Ya lo dije, nadie tiene aún respuestas claras para estos interrogantes.

Aquí va una reflexión personal sobre ello con respecto a un caso concreto.

Cada vez que escucho la canción “Midnight Train to Georgia”, en la versión oficial, según la cara A del sencillo de 45 rpm de Gladys Knight y los Pips, la piel se me pone bien chinita, de gallina, y se me hace un nudo en la garganta. Siento algo de veras raro. Me ruborizó. Los pelos de la barba y la nuca se me erizan electrizados y los ojos se me arrasan. Ni más ni menos; es una de esas canciones que se nos hacen muy nuestras de modo manifiesto, sentimental. Es una canción que, con ese efecto, cada vez que la escucho siento que me transforma. Una de esas canciones que en serio nos conmueven y nos dan significados íntimos y místicos. Todo mundo tiene las suyas y resultan de veras grandiosas las que consiguen ese efecto en mucha gente y por mucho tiempo.

Todo en esta canción de Gladys Knigth y los Pips me emociona de un modo excepcional, como pocas a esta altura mía de los setenta años, pues me afecta en lo íntimo incomunicable y me gusta hasta moverme a escribir este comentario, como que bailando y haciendo coros. Es lo sublime, dicen. Algo como embrujo o sortilegio. Quiero comunicarlo, compartir mi sentimiento y lo que me mueve a pensar. Una belleza y una sabiduría que sobrepasan las palabras y los conceptos lógicos. Una conmoción espiritual que me ha servido por cosa de cincuenta años para darle forma y sentido a mi identidad, especialmente en ciertos momentos muy precisos, justo cuando me pega como la Belle Dame Sans Merci, o sea, como La Pálida. Música popular que trasciende lo efímero y superficial del espectáculo. Me enseña a entender los momentos amargos del fracaso que se redime de modo insospechado por un acto de amor de parte de otras personas. En fin…

Cada quien tiene rolas que así de duro y seco le pegan y conmocionan; son las rolas que marcan y enmarcan nuestra personalidad y existencia, las rolas que nos rolan en el alma toda la vida. Por ello comparto de este modo esta reflexión sobre esa grabación excepcional de Gladys Knight y los Pips. La comparto con ustedes como un pequeño tesoro personal. Ojalá les diga este texto mío algo de lo mucho que siento y pienso con esta pieza y esa versión original de Gladys Knight y ojalá que entonces, al escuchar por su cuenta esta rolita del pop funk clásico, vivan un arrebato eufórico parecido al mío, porque en buena parte por esto de vibrar así de neta es que anda uno en lo de oír música y reseñarla.

Y es que tal vibrar que siento tiene momentos en los que creo que nos convierte en la auténtica piedra filosofal de los alquimistas, el diamante de la vida. Ser alguien mejor. Lo místico. Ser otro por mí mismo. Cada quien según su proyecto y su deseo. Por eso mero la libertad es infinita.

La letra, el relato que cuenta esta canción popular, fue lo primero que me conmovió. La entendí a la primera, como novela o película… Habla una mujer joven, dice que esa noche tomará el tren que va de regreso de Los Angeles a Georgia, porque ha decidido acompañar allá al varón que ella ama. Él se va de la gran ciudad porque está desilusionado, no ha podido triunfar en ella como esperaba; seguramente como músico o como actor de cine. No quiere perderse en la nada de los que allí se quedan por no reconocer su fracaso miserable y godinezco. Ella podría quedarse en Los Angeles sin él y alcanzar por su cuenta ese triunfo de superestrella tan deseado por medio mundo fracasado, lo que los trajo a los dos hasta allí. Pero el amor que siente ella por él es más fuerte que su deseo de éxito y fama. En un acto de amor libre por completo, ella ha elegido vivir dentro de la vida pequeña de él, porque no podría vivir en su propia vida a lo grande, pero sin él. Triunfa en ese momento su amor, aunque ella deba sacrificar más que lo sacrificado por él; porque él está perdiendo el triunfo, se reconoce incapaz de alcanzarlo, pero ella lo sacrifica todo por él. Él no sacrifica en realidad nada, porque está entendiendo que ya lo sacrificaron. Eso fue lo primero que me movió el tapete con “El tren de la medianoche a Georgia”, entender lo que se estaba diciendo con esa melodía tan cautivante.

A la larga, ese gran amor de dos no es probable que desemboque en un final feliz, de esos de “comieron perdices” y sanseacabó. Razón para querer imaginar lo que él está pensando y sintiendo. ¿Sabe que ella regresará a Georgia con él? ¿Ella llegará por sorpresa a la estación de trenes de Los Angeles? ¿Cómo reaccionará él? ¿Le dirá: “No me tengas lástima, tú no fracases también, no me acompañes al olvido”? ¿O solamente se mirarán a los ojos, se abrazarán y besarán y nada se dirán sobre por qué regresan juntos en el tren de la medianoche a Georgia? ¿Y si los dos han llegado juntos a la estación, están llorando? ¿Sólo llora ella? ¿Sólo él?

Desde cierto punto de vista, es un relato machista y heteropatriarcal. Ella renuncia a ser libre y exitosa, se deja encerrar en la vida del macho al que ama, la fuerza del amor la encadena a la costumbre de servir al deseo del varón; aun si este deseo está cargado de desilusión y fracaso, ella lo quiere. Así de terrible puede ser el juego del amor, un medio para enajenar vidas proletarias. Por otro lado, ese sacrificio que ella hace resulta sublime precisamente como figura de amor, como deseo de ser de verdad con el otro, el deseo de unificar mentes, cuerpos y existencias, alcanzar un valor espiritual que ofrece goces trascendentes, goces y conocimiento capaces de superar los fracasos y las derrotas. El enigmático goce masoquista que se encuentra en el dolor, una paradoja de la libertad. Y después de todo, es una canción en la cual el varón fracasa en sus sueños y la mujer es la que triunfa en su amor real. Se puede predecir que pronto acabará el sueño de amor patriarcal. O se terminan separando o se terminan aburriendo: no suele haber más al respecto entre gente fracasada. Pero ya fue. Lo gozaron. Y ella fue muy libre. ¿Qué más se puede pedir?

A continuación, está la música como lo que me conmueve de esta canción de Gladys Knight y los Pips. La grabación original corresponde a los estándares más altos de la música pop de los setentas, de acuerdo al paradigma impuesto por la disquera Motown; música negra contemporánea que no busca únicamente el mercado cautivo de la gente negra, música que desea alcanzar también el poderoso mercado de la gente blanca joven. No es rock, como el de Jimi Hendrix o Buddy Miles, es rhythm n’ blues, como el de James Brown o el de Las Supremas.

La estrella polar son las voces, punto nodal de esta grabación, la de Gladys Knight es excepcional, con mucho sentimiento y personalidad propia; por eso el coro masculino de su hermano Merald “Bubba” Knight, William Guest y Edward Patten hace resaltar los poderes de la voz de ella, todo según un esquema de canto del tipo call and response (“llamada y respuesta”). Luego está la contundente instrumentación, integrada por una primera pista de batería (Andrew Smith), bajo eléctrico (Bob Babbitt), guitarra eléctrica (Jeff  Mironov, con una Fender Stratocaster de 1955) y piano eléctrico (Tony Camillo); más una segunda pista de piano (Barry Miles), órgano Hammond (Tony Camillo), percusiones (también Tony Camillo), violín (Norman Carr), cello (Jesse Levy), trompeta (Randy Brecker), saxofón (Michael Brecker) y trombón (Meco Monardo). El arreglo de Tony Camillo integra al sonido Motown con los estilos funk de Al Green, Curtis Mayfield y Cornell Dupree, con un empleo muy discreto y certero de la guitarra eléctrica. Raro para ese momento pop: no hay reverberación ni pared de sonido. El resultado como cara A tuvo millones de ventas y de reproducciones por la radio de entonces, hasta ganó un Grammy por la interpretación vocal.

https://www.youtube.com/watch?v=J3_JQr6RqWs

Quien compuso esta pieza se llama Jim Weatherly, un músico de country. La historia de su composición y resultado final es más que simpática, paradójica, poética para estos tiempos sin poetas. Resulta que Weatherly era amigo del actor de televisión Lee Majors, con quien había jugado futbol americano en la Universidad de Mississippi, y al comienzo de los años setenta jugaban juntos en un equipo de tochito. Así que un día Weatherly le habló por teléfono a Majors a fin de ponerse de acuerdo para el juego siguiente y le respondió al auricular la novia de éste, que era ni más ni menos que Farrah Fawcett, la de las meras Ángeles de Charlie y no sus secuelas. Ella le dijo a Weatherly que esa noche tomaría el avión de la medianoche a Houston para visitar a su familia. Sólo le dijo esa frase hasta cierto punto inocua. Sin embargo, dice Weatherly que en ese justo momento y con esas precisas palabras de Fawcett, él imaginó completa la trama de la canción. Pensó en ella y Majors como personajes de película y de inmediato armó el relato y encontró las palabras justas para volverlo una canción vaquera que con gusto él grabó para un álbum propio, con el título de “Midnight Plane to Houston”. Sin embargo, los de su compañía disquera no la convirtieron en sencillo.

La versión del autor es conmovedora de por sí. Pero allí la que se regresa a Houston cargando su fracaso es ella, la muchacha, y él, el muchacho, es el que decide acompañarla. Le falta la magia del cambio de género y sexo, las oscuridades rotundas de la sociocultura funk, lo afroamericano que no es afro ni americano sino precisamente afroamericano y no se diga más.

Así que cuando la escuchó en Atlanta un productor de la compañía Janus Records, llamado Sonny Limbo, la quiso grabar como R&B para la cantante Cissy Houston. Tan sólo pidió permiso al editor, Larry Gordon, de cambiar el título por “Midnight Train to Georgia”, para que no redundara el nombre de la cantante con el título de su canción. Gordon le contestó: “Bien, le puedes cambiar a la canción todo lo que quieras, excepto el autor y el editor, y no recibirás ningún crédito o cualquier cosa que se le parezca”. El arreglo de esta versión siguió siendo más country que R&B.

Entonces, esta nueva versión fue escuchada por Neil Bogart, directivo de Buddah Records, y le propuso al productor Tony Camillo que la arreglara y la grabara ahora con Gladys Knight y los Pips. Bogart estaba más que seguro de que la voz y la personalidad de Gladys la convertirían en todo un éxito de ventas, tal como ocurrió, porque Knight y su grupo eran originarios precisamente del estado de Georgia. Y la fórmula no falló, dio en el blanco y esta versión de “Midnight Train to Georgia” se convirtió en una canción inmortal y altamente conmovedora para mí, y para muchas personas más. Deseo que al escucharla ustedes por su cuenta les pase algo parecido.

El éxito de ventas anterior de Gladys Knight y los Pips fue una balada funk: “Neither One of Us (Wants to Be the First to Say Goodbye)” (“Ninguno de los dos –quiere ser el primero en decir adiós”). El título da idea de la pedrada al alma amorosa que resulta ser. Bien, pero quién sabe.   No es “Midnight…”. De hecho, el grupo nunca alcanzaría otro éxito de tal envergadura y durabilidad. Sin embargo, se puede escuchar con gran placer estético y no poco asombro filosófico una compilación de sus mejores logros musicales que incluye títulos como “I Heard It Through The Grapevine” (“Lo escuché por ahí”), “The Way We Were” (“La forma en que fuimos”) y “Memories” (“Recuerdos”), canciones que fueron éxitos en otros grupos y voces, pero que la voz de Gladys Knight sabe traducir a ese ambiente clave de “Midnight..”, el funk melódico de tiempo marcado del R&B.

(Para otro día prometo escribir algo sobre la coreografía en sí con que Gladys Knight y los Pips hicieron la interpretación de esta canción en el programa de televisión Soul Train. Es un punto de sociedad y cultura que implica, creo yo, no menos de unas quince mil palabras para hacerlo comprensible –y también, creo yo, que ya no hay gente en el mundo que hoy día pueda leer todo eso de corrido).

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Publicado en: Columnas