Es como una vibración que va subiendo de tono poco a poco y después se ve rodeada de efectos, de fuerzas que colisionan, despegan, viajan con rapidez, una atmósfera con algo de misterio y que anuncia… ¿Qué anuncia? De pronto, los ruidos desaparecen y entra un teclado con un sonido vintage que destila un tremendo tufo a los setenta. Los créditos dicen que lo toca alguien llamado Baruch Hernández, quien seguro se ha bebido kilos y kilos de Vincent Crane o Jon Lord. En un momento que sabíamos iba a llegar aunque no cuándo, el grupo en pleno hace una vuelta e irrumpe con fuerza para invocar algo grande, majestuoso.
El corte se llama “Effect of Creation” y, efectivamente, la imagen ha sido pintada a cabalidad y ahora ese mundo que comienza a formarse se ha vuelto una veloz pista por donde vuela una guitarra pirotécnica con algo de blues que sólo se detiene para que la batería introduzca un redoble y reaparezca el órgano que ya conoce la pista y ahora la recorre de cabo a rabo. Aparece un saxofón (del invitado Dan Samhain), entrega unas notas y reemerge la guitarra de alguien que se hace llamar Mitch Balaant y que también se ha bebido una buena dosis de bluesistas de los sesenta-setenta, la mayoría ingleses, esos que forjaron los cimientos de la psicodelia a partir de golpear la piedra del blues y fundirla con el rock hasta darle esa forma agresiva, cual si de una guadaña se tratara.
Casi nueve minutos después, quien esto escribe está exhausto. Ha sido arrollado por una potente masa sonora completada por Israel Mejía al bajo y Demian Burgos en la batería que, bajo el nombre de Rostro del Sol, hace llegar un álbum debut que tiene un sonido clásico pero no suena a tributo o a copia, gracias a una buena dosis de actualidad. Hay sí, tal vez, homenaje, pero la placa de cinco canciones es como un bulldozer que todo lo pulveriza. Uno apenas se ha recuperado del vértigo de ese primer corte, cuando el teclado de la breve –comparada con la duración de los tracks restantes– “Solar Fire” lo toma por el cuello para zarandearlo. Es una música de la cual se desprende un déjà vu. Algo de aquí ya se ha escuchado con anterioridad, tal vez una esencia, una idea, un flirteo, pero la diferencia estriba en que Rostro del Sol, apenas formado en 2018, lo entrega con tanta frescura y honestidad que no queda más que regodearse en ello.

Fotografías: cortesía Rostro del Sol
(El nombre de la banda viene de la traducción al español de Kinich Ahau, dios maya que mientras viajaba por el cielo era bondadoso, dador de vida y luz; por la noche, en su viaje por el inframundo, se convertía en su mayor gobernante como el Dios Jaguar; es el creador del tiempo y el origen del futuro y también el patrono de la música y la poesía).
Sí, en Rostro del Sol, el disco, hay blues, hard rock, un guitarrista a quien le encanta dialogar con los teclados (“Backyard’s Blues”, con la colaboración de Anton en el djembe) porque ambos saben que debajo de ellos hay una sección rítmica amarrada que les da espacio para solazarse en sus solos y también saben lo importante que es alcanzar ese trenzado que lo hace a uno contonearse, bailar sensualmente, cerrar los ojos y desear que ese viaje sea infinito, porque ha rato que la banda te ha tomado del brazo y ahora te hace avanzar por un camino donde pululan todas esas drogas que conoces y no quieres probar o aquellas que ya has probado y dejado o simplemente te hace que entres por cada vericueto de tu cerebro que aún no conoces, que abras esas puertas hacia otros mundos, porque cuando menos te das cuenta, ya has llegado a la siguiente estación: “Bop C Sketches”.
Acá, luego de un energético ataque de la batería como introducción, hay algo de síncopa, cortesía de la sección rítmica que, al ingresar la guitarra desbocada, sabe que tiene que acelerar el pulso o quedará abatida en el camino y tú, nuevamente, has subido a esa montaña rusa que ahora baja por una larga pendiente que encuentra un remanso cuando aparece el sax y aquieta tu corazón que ha rato ha amenazado con salirse de tu cuerpo y ahora es mecido por el teclado que hace uno de esos solos en los que los dedos golpean las teclas sin asomo de misericordia, para luego nuevamente ponerse a dialogar con la guitarra en un encuentro de filigrana, de virtuosismo e incluso de excesos. ¿Y? Es rock and roll finalmente.

(En un comunicado la banda dice representar “un medio en el cual los integrantes pueden transmitir alegrías, sentimientos, sensaciones y estados de ánimo a otros mediante todo tipo de sonidos y ritmos”. Aquello que no pudieron expresar con otros lugares que no fueran comunes, con su música habla de diferente manera).
Agotado, las sorpresas no acaban. “Tales I-III” tiene el inicio más tranquilo, pero es mera ilusión. A unos cuantos segundos, aparecen ecos de la escena de Canterbury, el progresivo se funde con la densidad viajera, espacial de la sicodelia a la Pink Floyd de la vieja escuela y eso le sirve de pretexto a Ballaant para un solo que viaja cual cometa y al que te aferras desesperadamente no para no caer, sino para no perderte nada de él en la última estación del trayecto de este viaje.
Rostro del Sol, cuya edición física, aunque pequeña, se agotó en un par de días, antes habían registrado un sencillo llamado “Cynical Mind”, forjado como trío, con otro bajista, y en el que si bien están las semillas del viaje que hemos llevado a cabo, aún no tenía forma definida, no al menos la que darían unos meses después con este álbum.
Dice la agrupación, en una parte más afortunada de su comunicado, que “cada canción se creó con el fin de contar una historia por sí sola; sólo hace falta escuchar y dejar volar la imaginación para descubrir el poder que tienen dentro”. Sí, una vez que le des play, una cauda de caminos se abrirá ante ti; entonces, prepárate para ser arrastrado.
Fuerte candidato a disco mexicano del año.