A decir verdad, no parecería que ha transcurrido tanto tiempo como cinco décadas, como 50 años. Sin embargo, así es: he aquí una decena de discos de jazz que fueron publicados en el lejano 1971, un tiempo peculiar para el género, sobre todo porque se vivía una transición en la que el jazz (cada vez más marginal) trataba de acercarse al rock (cada vez más masivo) y se producían toda clase de fusiones, algunas más afortunadas que otras. He aquí, pues, diez estupendos álbumes (y un tema emblemático de cada uno de ellos) con los cuales el jazz iniciaba una década muy importante, de grandes cambios y con enormes músicos. Hace medio siglo ya de esto.

Ilustración: Patricio Betteo
1.- Weather Report: “Orange Lady” (del álbum Weather Report, 1971). Fueron estos los comienzos abstractos y flotantes de Weather Report, mismos que definirían en buena parte el estado del jazz/rock-art electrónico desde la primera hasta la última nota. Este su primer álbum es una extensión directa del período en el cual Miles Davis grabó In a Silent Way / Bitches Brew, aunque con un sonido más fluido y más volátil en la interacción de los músicos. Joe Zawinul acaricia de manera delicada y líquida su piano Rhodes (en esta etapa inicial, empleaba un modulador en anillo para crear efectos extraños como los de un sintetizador). El sax soprano de Wayne Shorter brilla como un faro en medio del arremolinado trabajo en conjunto del bajista y cofundador Miroslav Vitous, el percusionista Airto Moreira y el baterista Alphonse Mouzon. El tema más memorable es “Orange Lady” (de Zawinul, grabado previamente, aunque no acreditado, por el propio Miles Davis en Big Fun), mientras que Shorter se anota con “Tears” y “Eurydice”. Uno de los debuts más impresionantes de todos los tiempos para un grupo de jazz.
2.- Mahavishnu Orchestra: “Meeting of the Spirits” (del álbum The Inner Mounting Flame, 1971). Este es el álbum que convirtió a John McLaughlin en un nombre familiar, un encuentro de virtuosos de alta energía, rigurosamente concebido, que terminó por definir la fusión del jazz y el rock. También llevó inadvertidamente a la connotación despectiva de la palabra fusión, ya que allanó el camino para un ejército de imitadores, muchos de cuyos excesos comerciales devaluaron todo el movimiento. Aunque se ha hablado mucho de la influencia de la improvisación influenciada por el jazz en la banda Mahavishnu, es el rock lo que predomina, derivado directamente de las innovaciones electrónicas de Jimi Hendrix. Las improvisaciones de McLaughlin posteriores a Hendrix en la guitarra eléctrica de dos cuellos y los vuelos de Jerry Goodman con el violín eléctrico se deben más al rock progresivo que al jazz. Esto no significa que no sigan sonando realmente emocionantes hoy día, lo mismo que los teclados de Jan Hammer, el bajo de Rick Laird y, especialmente, la batería de Billy Cobham, cuya técnica entrenada en el jazz influiría en multitud de bateristas de rock. Un disco que fue tremendamente popular en su día.
3.- Alice Coltrane: “Journey in Satchidananda” (del álbum Journey in Satchidananda, 1971). El histórico viaje de Alice Coltrane con el swami Satchidananda revela cuán lejos había llegado la pianista y viuda de John Coltrane en los tres años posteriores a la muerte del saxofonista. Las composiciones son muy abiertas, construidas en su mayor parte con modos menores. Y si bien es cierto que definitivamente se puede escuchar la influencia de su difunto esposo en esta música, ella no lo habría hecho de otra manera. La interpretación del sax de Pharoah Sanders en el corte del título (que también presenta a Vishnu Wood en el oud y a Charlie Haden en el bajo) es gloriosamente contenida. El arpa de Coltrane también es un elemento de expansión tonal tanto como un dispositivo al mismo tiempo modal y melódico. Un álbum notable y necesario para cualquier persona interesada en el desarrollo del jazz modal y experimental.
4.- George Benson: “So What” (del álbum Beyond the Blue Horizon, 1971). Después de haberse llevado a Benson con él cuando fundó la disquera CTI, Creed Taylor simplemente dejó al guitarrista solo con un pequeño grupo para su primer lanzamiento. La recompensa fue una magnífica sesión de jazz en la cual George Benson aceptó el desafío de la turbulenta sección rítmica de Jack DeJohnette y Ron Carter, con Clarence Palmer manejando hábilmente el órgano. Benson se sintió claramente tan a gusto con la interpretación vanguardista de DeJohnette como con su forma de abordar el soul / jazz (después de todo, había tocado en algunas sesiones de Miles Davis unos años antes). El estilo lírico de George Benson se muestra de manera más que elocuente en cortes como “Ode to a Kudu”, “All Clear” y, muy especialmente, en su versión a la clásica “So What” de Davis. Un álbum obligado para los seguidores de la guitarra de Benson.
5.- Herbie Hancock: “Ostinato (Suite for Angela)” (del álbum Mwandishi, 1971). Con la formación de su gran sexteto eléctrico, la música de Herbie Hancock despegó hacia el espacio exterior e interior, comenzando con este emblemático álbum, grabado en una sola sesión en la víspera de Año Nuevo. Hancock juega con todo tipo de dispositivos de efectos electrónicos de la época (unidades de reverberación, trémolo estéreo, Echoplex) que llevan su música por direcciones más espaciadas y abiertas, muy influenciadas por los experimentos eléctricos de Miles Davis, interpretándola desde las convenciones del post-bop. Sólo hay tres temas y de ellos resalta el insistente funk afro-eléctrico de “Ostinato (Suite para Angela)”. Acompañan a Hancock músicos de la talla de Eddie Henderson (trompeta), Bennie Maupin (clarinete bajo y flauta alta), Buster Williams (bajo) y Billy Hart (batería), además de los percusionistas José Chepito Areas y Leon “Ndugu” Chancler, junto con el guitarrista Ron Montrose. La empatía colectiva del grupo es notable. Herbie Hancock solo había comenzado a sondear los límites de su música con esta extraordinaria obra.
6.- Pharoah Sanders: “Black Unity” (del álbum Black Unity, 1971). A fines de los años sesenta del siglo pasado, Pharoah Sanders había llevado al free jazz tan lejos como podía y seguía empeñado en ello. Estaba investigando nuevas formas de usar la rítmica, siempre su principal preocupación, así como formas tonales más estridentes y ajenas al marco melódico de su música. Junto con Cecil McBee y Billy Hart, sus acompañantes frecuentes, un joven Stanley Clarke en el bajo y Norman Connors en la batería, más Carlos Garnett en el sax tenor, Joe Bonner al piano y Hannibal Peterson en la trompeta, Sanders agregó al percusionista Lawrence Killian. Todos juntos se hicieron cargo del único corte del álbum: “Black Unity", con sus más de 37 minutos de pura investigación afrobluesera y sobre los sonidos negros de la música latina, la música africana y la música nativa norteamericana. Un trabajo sólido e impactante que sella las grietas en el vocabulario musical de Sanders. Los arreglos y el escalonamiento de los solos resultan magníficos. Ese era Sanders cuando se veía a sí mismo en el espejo: una masa de contradicciones y la personificación de la furia y la gloria de la música en un solo hombre.
7.- Soft Machine: “Kings and Queens” (del álbum Fourth, 1971). La hipercompleja y refinada habilidad colectiva de Soft Machine en pleno. Su cuarto álbum es resultado de toda su sofisticación y conocimiento, un tejido impresionante de estructuras de sonido. Mezcla de free jazz, jazz directo y psicodelia. La batería de Robert Wyatt es impecable, tan perfecta que a veces se convierte en un mapa imperceptible sobre el cual los miembros de la agrupación toman una dirección instintiva. Los teclados de Mike Ratledge son cálidos en todo momento, con una calidad terrenal que mantiene el ojo en el espacio, entre el suelo y los cielos que Soft Machine intenta habitar. El saxofón de Elton Dean grita con la cadencia más inventiva, toma el frente y el centro, mientras escupe notas enloquecidas. Soft Machine fue el prefacio de una buena parte de la escena post-rock de Chicago, con sus guiños a los experimentos de Miles Davis, el músico que mercaba lo que estaba sucediendo con el jazz en el mundo.
8.- Brian Auger’s Oblivion Express: “Dawn of Another Day” (del album A Better Land, 1971). Mientras que Brian Auger había asumido la mayor parte de la responsabilidad de componer en el laberíntico álbum debut de jazz-rock de su grupo Oblivion Express, el guitarrista Jim Mullen apareció a lo grande aquí, para escribir o co-escribir siete de los nueve temas del disco. Auger compuso en realidad sólo uno, “Tomorrow City”, y co-escribió dos con Mullen. El jazz cadencioso se contrarresta con contagiosos ganchos de pop y deliciosas armonías vocales. A Better Land es uno de los discos de jazz pop más perdurables de la época, por la calidad de sus composiciones y sus sofisticados arreglos. Es como si el Oblivion Express hubiese querido mostrarse capaz de cualquier cosa, lo que, por supuesto, logró. Un trabajo fantástico para comenzar cualquier colección de Brian Auger.
9.- Hank Crawford: “It’s a Funky Thing to Do” (del álbum It’s a Funky Thing to Do, 1971). Fue esta la última grabación de Hank Crawford para Atlantic, después de una exitosa carrera de diez años. El saxofonista contralto que fuera músico de Ray Charles está respaldado aquí por una sección rítmica funk (Eric Gale o Cornell Dupree en la guitarra, el tecladista Richard Tee, Chuck Rainey o Ron Carter en el bajo eléctrico y el baterista Bernard Purdie) que suena como si los músicos únicamente pasaran por ahí y se detuvieran a palomear. Crawford toca excelentemente bien, como de costumbre. Un trabajo más apegado al funk que al jazz o la fusión.
10.- Miles Davis: “What I Say” (del álbum Live-Evil, 1971). Es este uno de los discos al mismo tiempo más confusos y esclarecedores de Miles Davis. Como álbum doble, presenta escenarios muy diferentes de su banda; de hecho, se trata de dos bandas muy diferentes. Primero está la amalgama de un concierto celebrado el 19 de diciembre de 1970, en el Cellar Door de Washington DC, que contó con una banda compuesta por Miles, el bajista Michael Henderson, el baterista Jack DeJohnette, el guitarrista John McLaughlin, el saxofonista Gary Bartz, Keith Jarrett en el órgano y el percusionista Airto. Un septeto sensacional. La otra formación fue grabada en el estudio B de Columbia e incluyó a Ron Carter o Dave Holland en el bajo, Chick Corea y Herbie Hancock en los pianos eléctricos y otros participantes. De hecho, estas sesiones se grabaron antes de las fechas en concierto, en junio anterior, cuando la banda de tres teclados comenzaba a desmoronarse. ¿Por qué los discos no se publicaron por separado o como un disco en vivo y un disco de estudio tiene más que ver con la mente de Miles que con cualquier otra cosa? Sólo él lo sabía. En cuanto a las actuaciones, el material en vivo es maravillosamente inmediato y ardiente. De las pistas de estudio, solo “Little Red Church” llega a ese nivel de emoción, aunque las otras, en particular “Gemini/Double Image”, poseen una especie de dinámica sinuosa y zumbante, como si la banda estuviera realmente empujando en una dirección libre que Davis no podía controlar del todo. Es un álbum increíble, más por sus defectos que a pesar de ellos. Es el sonido de la transición del jazz de principios de los años setenta en toda su complejidad y, de una y muchas maneras, a medio siglo de distancia sigue sonando maravillosamente bien.