Es un baterista joven y seguramente algunos lo han visto tras los tambores en grupos como Malcría o Doquier, el último al lado de Misha Marks en bajo y Manu Armida en guitarra; pero también suele estar donde el free jazz y la improvisación libre se cuecen. Aquí, como a muchos de sus colegas, lo domina la promiscuidad. De su paso por Géiser (Remi Álvarez, Carlos Alegre e Iñigo Barandiaran) o sus colaboraciones al lado de Germán Bringas e Ingebrigt Haker Flaten, así como de otras, no hay registros fonográficos, no así de su trabajo con su propio cuarteto (con Federico Hulsz, Jacob Wick y Alonso López Valdés), con el cual registró Puente (2016); con el saxofonista Tony Malabi (Tlahualillos, 2013) y con el también saxofonista Roberto Tercero, con quien grabó Esperanza Silver (2020) o el reciente Jazzorca, firmado por Tulpas (Jarrett Gilgore, Arturo Báez, Andrade, más Germán Bringas).
Él es energía pura cuando la ocasión lo demanda, pero también sabe de las sutilezas, de los espacios, de dejar hablar al otro, de escucharlo. En directo, golpea su instrumento como si quisiera destrozarlo; pero cuando le da por el ralentí, acaricia los tambores con ternura, con un golpeo sedoso en el que los gestos son complemento importante de su accionar.

Fotografías: Enero y Abril
Es un músico que tiene un pie en el punk y el hardcore, otro en el free jazz y la improvisación, una mezcla que comienza a ser frecuente y de la cual emerge Androide, nombre de su proyecto personal en el cual combina electrónica, sampleos y saxofón con la batería, trabajo asentado ya en cuatro álbumes. Es un paso que para algunos será mortal, temerario, pero que en su vida se dio naturalmente: “Desde el punk y el hardcore, llegué a músicas un poco más extremas. Hay discos de bandas de anarcopunk que tienen elementos de noise y de música improvisada; te cruzas un poquito al metal extremo y a muchos improvisadores les gusta ese tipo de música por la intensidad y la energía. Naked City es el mayor ejemplo, pero también está toda la escena japonesa, Otomo Yoshihide, entre otros. Es una energía difícil de ignorar; no diría violenta, sino abrasiva y eso lo tienen en común muchas cosas, pero la primera similitud que encontré fue en la música con el hardcore, el punk, el free jazz y eso es lo que hace que yo pueda convivir en ambos mundos”.
Androide nació con una primera grabación (Voz extinta, 2014) que habla más de intenciones que de un proyecto consolidado. Sin embargo, es el embrión de una primera etapa que comenzaría a germinar en Enterrado (Dorados Pantanos, 2017), en donde los sampleos de la música del mundo dialogan, no sin altisonancias y exabruptos, con su batería y el saxofón. De esa génesis cuenta: “Androide es un proyecto que estuve pensando a raíz de colaborar con gente que hacía música electrónica; del hip hop tomé la cultura del sampleo, raperos que no los usaban de la manera convencional. Desde allí me dije que esto me podía servir, porque había ciertas ideas específicas de lo que quería hacer que nadie tocaba. Hay varios intereses que convergieron, el sampleo y la electrónica por un lado; lo otro fue que me clavé mucho a estudiar música tradicional de varias partes del mundo. A raíz de que un amigo me obsequió un sampler, empecé a utilizar esa música del mundo para improvisar, tocar música que no pudiera tocar con nadie más”.
Las primeras presentaciones de Androide respondían a un esquema preparado, en el que la improvisación no tenía cabida, pero pronto se aburrió. La solución fue ponerse a practicar: “Fue un proceso largo para adiestrar mi mano izquierda, con el fin de pulsar los botones o tocar el saxofón y tocar la bataca con la mano derecha y los dos pies. Todo lo electrónico lo manipulo en vivo con la mano izquierda y en el sampler obviamente tengo varias muestras de distintas músicas que suelto conforme pasa la noche y que proceso con delay y otras cosas; eso es lo único que sé que existe, todo lo demás se improvisa a raíz de eso”.

2020 fue un año en el cual cristalizó varios proyectos. Apareció Esperanza Silver, el disco a dueto con el saxofonista Roberto Tercero; como Androide, lanzó Fama y codicia y colaboraciones suyas aparecieron en la versión digital de Anthology of Experimental Music from Mexico (Unexplained Sounds Group) y Compilación México 2020 (Infra Ediciones). También fue el año en el que viajó a Sudamérica, experiencia que se ha concretado en El fin de una era inventada (Prius, 2021), una tercia de cortes de ritmos fracturados, rotos, dislocados y en los cuales por momentos lo acústico lucha con lo electrónico para verse arrasado momentáneamente por oleadas de noise y sampleos de música del mundo, pero la más de las veces se conjuntan para crear un lenguaje propio, personal (“Levantando piedras”, a diferencia de “Trampa de ser visible”, el corte inicial, es un poco más reposado, con momentos incluso ambientales, una “charla” entre los tambores y los sampleos por momentos ríspida, pero también apacible en otros). Un baterista con tentáculos de acero, maleables y que generan una música que a veces mira a sus orígenes tribales para luego apostar por la automatización.
“En Sudamérica tuve varios toquines, tanto como Androide como con Roberto Tercero. Androide llevaba un rato sin grabar nada, porque Fama y codicia lo hice en 2019, un año antes de que saliera; Roberto me sugirió que grabara lo que estaba haciendo, porque sonaba diferente a los demás discos, y en Argentina conocimos a la banda Tildaflippers y todo conectó para que hiciera una sesión en la casa de Walter Zenker, propietario del sello Prius. Pasó todo 2020 y no había encontrado manera de escoger lo grabado, pero finalmente logré hacerlo. Para mí, grabar es documentar partes de tu proceso; no es que tuviera una idea específica para hacer un disco, como improvisador uno va cambiando y hay momentos que son puntos de transición y eso es lo que uno documenta”, dice Androide.
Además de El fin de una era inventada, Gibrán habla de los planes de Doquier, trío hiperquinético, salvaje, crudo, una muestra de lo brutal y extremo que puede ser el postpunk y con quien ha grabado un total de ocho demos y del que preparan una especie de best of, remasterizado, así como un split con Flesh Narc (Denton, Texas), más el fragmento de un directo que aparecerá en el segundo volumen de una compilación a editar por 316 Centro.
Dice Andrade a propósito del compilado de Doquier: “Las grabaciones son caseras y no es por temas de limitación sino por una decisión estética que fueran un poco precarias, con un sonido medio garagero, punky; le funciona a la naturaleza de la música porque no es muy precisa ni muy sofisticada. Tenía sentido hacer puros demos y se fueron grabando de distintas formas, uno de ellos incluso es un concierto que se registró con una grabadora en la que apenas y se distingue qué pasa, pero nos gustó y por eso decidimos sacarlo”.
Improvisar es generar el sonido en su momento y estar en una sesión de la misma es para los asistentes la oportunidad de ver a la música nacer, desarrollarse y desaparecer en un lapso corto. El músico, paradójicamente, también se diluye en ese proceso; pero cuando la improvisación, yendo contra su propio principio, queda plasmada en un disco, entonces el ejecutante obtiene una fotografía que es sólo eso, un fragmento de vida, del momento, del instante.

¿Es El fin de una era inventada el retrato actual de Androide? “El año pasado grabé otro disco que saldrá a mediados de 2021. Cuando grabas hay muchos procesos y el producto lo sacas luego de un año de haberlo hecho; por más inmediatez que haya en la actualidad, siempre va desfasado un poco ese proceso y más en la improvisación. Este álbum lo grabé en Bucareli 61, pero habrá que mezclarlo y esos dos ya reflejan la faceta de Androide más sólida hasta el momento, pero después de esto ya haré otras cosas. Por eso el nombre de El fin de una era inventada, es el cierre de un ciclo” concluye.
Androide visitará Xalapa del 22 al 26 de febrero para una serie de encuentros de música y danza con Raquel Salgado. Estén pendiente de los horarios locales.