La anécdota habla cabalmente del carácter de quien nos ocupa. Él cuenta que en una ocasión, en Nueva York, Elliot Levin, saxofonista que ha tocado con Cecil Taylor, The Apple Room y Decibel, entre otros, además de contar con su propia obra, lo presentó ante el pianista Taylor como un “amigo músico”, a lo que éste preguntó: “Ah, tú eres músico, ¿de cuántas horas eres músico?”.
Esa respuesta, dice muchos años después el guitarrista Carlos Vivanco, “se me quedó para siempre como un tatuaje en mi mente. No contesté nada y Elliot le dijo: ‘Créeme, él está todo el día en la música’”.
En Nueva York, Vivanco vivió de hacer jingles durante 18 años. Cuenta: “Lo que vendía era mi creatividad. Entonces me dije: ¿de cuántas horas quiero ser compositor? El día tiene 24 y decidí ser compositor de 24 horas, no de una, ni de media hora y me impuse componer diario, hubiera solicitud de creatividad o no. ¿Para qué? Para que cuando me pidieran algo tuviera calidad ese producto. Nunca he dejado de componer. Claro, hay días que no se puede y se acabó, pero ahora con la pandemia le dedico de menos seis o siete horas diarias a la composición”.

Imágenes: cortesía Carlos Vivanco
En 2019 apareció Far East, su última placa hasta ahora en formato físico; pero en 2020 aprovechó el encierro y lanzó 17 álbumes, todos ellos digitales. La lista, tome aire, lector, la componen: Carnatic, Mountain Dreams, Legendary Creatures, Arabian Nights, Sirens, After the Storm Comes the Calm, Virtual Soul, Conspiracy Theories, Aves nocturnas, Planting Lilacs, Luceros de media noche, Zgartha (con María Elena Leal), As Above So Below, Planet Earth 2.0, Horizonte de sucesos, Ampersands y Sueños fenicios. Al momento de escribir esto, ya había aparecido Celestial Canvas (2021).
Los tiempos de producción han ido cambiando. En los setenta, las bandas grababan un par de elepés al año, luego empezó a espaciarse la aparición a una obra por año o cada año y medio, para llegar a la época actual en la que los megamonstruos editan un nuevo álbum cada cuatro o cinco años (o más); pero desde la irrupción de las nuevas tecnologías, esos lapsos de producción se han resquebrajado. Sin embargo, ¿qué hay de la calidad?
“Fui ingeniero de sonido en mi propio estudio muchos años; era ingeniero, productor, escritor, me gustaba hacer la chamba completa. Lo hice tan profesionalmente que si no, no hubieran puesto mi música en los comerciales de Coca Cola y he guardado la misma ética con todas mis piezas, toda la vida. No publico algo que no apruebe yo, aunque esté bien loco”, señala.
(Aves nocturnas abre con “Kakapo”, en la llamada escala árabe. Es un paseo por el exotismo, un corte con un énfasis tribal muy fuerte y batalla con una guitarra que suena a sitar.
“Nighthawk” prosigue el énfasis rítmico, pero aquí ya no tenemos esa mirada exótica, por lo menos no tan evidente; el piano juguetea con la percusión, la secunda, se contrapuntea e incluso dialoga con el bajo. “Night Owl”, por su parte, presenta un interesante inicio porque suena como a marimba o vibráfono. Es difícil a veces describir la música, porque si bien las palabras siempre quedan cortas, en el caso de Vivanco se vuelve aún más complicado, dada la cantidad de producciones que lleva a cabo y por el hecho de que hay una melodía o un tema que está allí, claro, a flor de piel, pero debajo suceden cosas, diferentes capas que lo forman.
“Hermit Thrush” es un regreso al exotismo, a los sonidos orientales, chinos, una vena estilística similar a la de “Kakapo”, pero con sus matices; aquí, con una guitarra “profunda” de tintes ácidos, blueseros por momentos y cuya presencia es decisiva. “Aves nocturnas” es un jazz rápido, el piano genera una atmósfera de misterio, la percusión es ríspida, marcada, fuerte y la guitarra aparece allí para inspirar color y añadir exotismo. En “Black Rail”, “Killdeer”, “Caprimulgus” regresa la música oriental y ese bajo gordo, sinuoso que habla, siempre habla, y dice cosas.)
El instrumento natural de Carlos Vivanco es la guitarra, pero igual se le puede encontrar detrás de un piano, una batería o un bajo. Lo cierto es que en sus grabaciones se advierte un sonido orgánico, vivo: “Me gusta poner instrumentos reales en todo. Es un poco a la antigua y sí, le pongo sintetizadores, pero me parece más importante tener una batería tocada por un humano que programar con cajas de ritmo, algo que sí me gustaba, pero que ahora se me hace aburrido”. Incluso, si en su imaginación se aparece un sonido que no puede crear con alguno de sus instrumentos tradicionales, inventa sus propios artilugios con materiales reciclables, vocación que en su vida viene desde temprana edad: “Siendo hijo número siete de ocho, a mí siempre me tocaban los juguetes rotos. Desde muy chiquitín hacía robots, mini guitarras eléctricas, ovnis, todo tipo de cosas, era el terror de la casa porque desarmaba todos los relojes que me encontraba”.

(Rakthavira. “Raktahvira” es un corte de orientación cinemática, por momentos campea el misterio, pero también hay algo de RIO; es vigorosa, robusta, invoca espacios abiertos, tétricos, desolados, ominosos. “Vibrations” posee un comienzo rítmico con la percusión y luego aparece una voz que se duplica y parece dialogar con un violín chillón. La sensación que produce es de un misterio oriental, en un castillo inmenso, rodeado de selva, tal vez en la India porque aquí aparecen la escalas orientales; de hecho, afloran más en la segunda parte del tema. “Martina” comienza tenue y rompe luego en un ritmo funky que no oculta unas cuerdas que desde el comienzo se mueven en el fondo, el bajo reptante, gordo, fuerte, le da un tono bailable para luego “desprenderse” y tejer unos arabescos nuevamente orientales. Rakthavira es un disco de la iminencia en el que también aparecen las figuras femeninas, otra de las obsesiones de su autor. “Laura” es una mujer atrevida, segura de si misma, audaz, elegante, tal vez veleidosa y urgente, mientras “Griselda” es líquida, evanescente, tiene algo de reservada, pero cuando el bajo aparece, nos dice que ella es muy sensual: fuego, pasión latente a la espera de ese algo que habrá de detonarla, de hacerla florecer, pero es una imagen no del todo nítida, enturbiada por una percusión cascabeleante y sibilina que esconde algún secreto. “Malena” es aguerrida, guapa, moderna, empoderada, futurista, montada en ese bajo que se fustiga a sí mismo, pero en realidad la muestra con cierto garbo y una deliciosa altivez al caminar; una mezcla de electrónica de principios de siglo, mezclada con la organicidad del bajo que abraza y propulsa al mismo tiempo a la composición. “Periquita” es un corte breve en el cual la atmósfera de la noche aparece de la mano de ese sax, el piano galopante y el bajo sinuoso, aunque también hay algo de ritmos rotos y fracturados a la manera del jungle. Es un tema en el que la noche cuenta secretos peligrosos con una atmósfera cercana al cine noir. En “Vedas” están retratados el Oriente, el exotismo, la India, el budismo, el misterio, la tupida vegetación, los animales y la incertidumbre.)

Las mujeres desfilan abundantemente en el trabajo del guitarrista. “Cuando ves mujeres es porque le rindo un tributo a una ex novia; en serio, es un tributo. Las respeto mucho, para mí es obvio que las mujeres son superiores y por tanto las tengo en un pedestal”. Su otra obsesión es Oriente, misma que explica como sigue: “Fíjate que desde que empecé a tocar guitarra, cuando escuchaba música hindú, árabe, de medio oriente en general, todo lo que fuera exótico, me llamaba mucho la atención, siendo que en nuestra cultura todo eran escalas menores y mayores, diatónicas, todas iguales. Recuerdo que en los setenta escuché por primera vez a Shakti (John McLaughlin, guitarra; L Shankar, violín; Zakir Hussaim, tabla; Vikku Vinayakram, gatham) y me dejaron con la boca abierta. Me dije, eso es lo que quiero y por eso tengo muy marcadas esas escalas”.
(After the Storm Comes the Calm. Abre con “And the Sun Will Come Out Tomorrow" y es una propuesta cinemática en la que confluyen algo de jazz y un piano dramático de inflexiones clásicas. “Resurrection” tiene un tono de cine negro, con el bajo ominoso en primer plano y se escuchan voces que parecen presagiar algo sobre una base rítmica constante que ayuda a generar tensión y de pronto es como si hubiera dos personajes allí, superponiéndose.
En “After the Storm Comes the Calm”, una voz cuenta rápidamente del uno al diez. Es la primera vez que se escucha la voz de Vivanco con claridad y el tema es vertiginoso, con el sinte por lo bajo y después bajo y guitarra trenzados, aunque es la voz de la última la que predominará, con momentos de respiro para piano y percusión. “Home Sweet Home”, salpicado de sonidos orientales, es una pesadilla, un corte urgente, veloz, casi frenético por momentos y cuándo eso se da es incluso irritante (como ejemplo está esa parte percusiva a los dos minutos, ese sonido que parece una marimba desbocada, pero al mismo tiempo un ejército de insectos). Es un trabajo en el cual la guitarra tiene mucha presencia, pero también muestra la diversidad de miras de su creador.)
Carlos Vivanco es un músico prolífico. Mientras hablo con él, cuenta el número de discos que se encuentran en su bandcamp y la cifra alcanza 63, aunque, con seguridad, cuando vayan y quieran constatarlo, la aritmética me desmentirá porque tal vez haya incorporado un par más. Cuando le pregunto acerca de la abundancia de su trabajo y de cómo ingresar a este universo, contesta con humildad. “Nunca lo había pensado, eso está difícil de contestar. No lo sé. Que sean curiosos y no nada más con mi obra, pero a veces yo trato de no escuchar para crear. Yo escucharía lo último, que se metan a bandcamp y que le piquen.”
Inabarcable es la mejor forma de describir al guitarrista. Al menos, quien esto escribe ha rato que dejo atrás la peregrina idea de hacer una minuciosa descripción de cada uno de sus álbumes, pues a su obra en solitario hay que añadir sus discos con Kathmandu Ensemble, Bardo Thodol y Decibel, así como colaboraciones y trabajos pasados: “Hay cosas que pueden ser eclécticas que no están en mi página como Zenith, un grupo que tuve con Tetsuo Inoue, música totalmente electrónica. Era mucha programación y más programación”.
Electrónica, jazz, música del mundo, contemporánea, clásica, rock progresivo, es un poliedro gigantesco que cada vez se antoja incontenible y con mucho por explorar. Cierro la charla, pero antes le preguntó si hay algo más por decir y con una sonrisa afirma: “Lo que yo le quiero decir al mundo ya lo estoy diciendo, lo digo con música”.
Es un verdadero genio de la música lc