La ciudad soledad de Iván García y Los Yonkis

Lo imagino en un bar, a cualquier hora, sentado en una mesa pegada a la pared. Puede estar solo, lo más seguro es que por lo menos un amigo esté a su lado y en su mano haya una de sus bebidas favoritas: cerveza o vodka. Sin embargo, ya encarrerado, lo mismo puede aceptar ajenjo, ron, whisky. A veces por la rockola escucha una canción de Nacho Vegas, otra es un trío de boleros el que le pone la banda sonora al lugar, mientras arranca páginas de un libro que inopinadamente se encuentra a su lado y las mastica ante el azoro de los demás. Puede ser algo de Lowry, tal vez Hemingway o Baudelaire. Lo cierto es que luego habrá de vomitarlas en frases como “la noche es una cualquiera, se va con cualquier rufián”, “por favor no tengan hijos y no crezcan como ustedes de traumados” o “esta mañana he decidido renunciar a la manía del estúpido antifaz, porque esta tragedia es cliché, del poeta que muere en el mar”.

Hace más de una década que el poblano Iván García, a veces en solitario, pero casi siempre acompañado por Los Yonkis (Iván Carrillo, guitarra; Jhu Camero, bajo; Alberto Montez, batería; Rafa Ortiz, teclados), gira y hace girar cabeza, corazón y vísceras con canciones asentadas en, hasta ahora, siete álbumes, dos como solista y cinco con la banda de marras, aunque dice: “para mí todos son parte del mismo proyecto”.

Imágenes: cortesía de Ivan García

Ciudad soledad (Casa Yonki, 2020) es su más reciente producción y se trata de un disco parido a ras de piso, de noche, humedecido con los vapores del alcohol y macerado por largas charlas y vivencias, pero en el que el personaje principal, o al menos ese que flota como boya en medio del mar, es el amor con sus matices.

El álbum suena a folk, a calle, a arrabal, pero no por ello deja de ser elegante cuando lo necesita o ríspido, crudo, vehemente cuando la canción así lo demanda. Es un recorrido por trece temas que funcionan como polaroids, postales, fragmentos de vida que luchan por no ser calcinados por el sol y viven mejor bajo las sombras; canciones en las que su compositor habla desde el interior y en las cuales flota la honestidad. Las escuchas y es como si García te contara una anécdota que en manos de otro se tornaría no sólo improbable sino anodina, pero que en las suyas gana vida. “Hoy tuve una revelación antes del próximo bar / es que te vengas a vivir por un tiempo a la ciudad soledad” canta, mientras la melodía teje unas notas de delicada guitarra que dan sostén a una armónica que te impele a la tristeza.

En las canciones de Iván García se vive al margen y es menester –no para entenderlas aunque sí para sentirlas– haber atravesado por el pulso apremiante de esa existencia en la periferia y desde ella. “Bebo mientras tú coqueteas con Carlos Varela o ríes mientras le doy un beso a Nacho Vegas” para luego rematar: “Pero ay, amor, ya no hay tiempo, porque ya está por salir el sol y lo siento, pero es momento de regresar al sarcófago y nos cobije el amor” (“Sarcófago”).

Hay temas que parecen el soundtrack de los sobrevivientes de la resaca, de aquellos que son perseguidos por ésta cual si se tratara de un zombie (“Esta mañana decidí no despertar, infusioné un té de tila y diazepam; tengo razones para no salir de aquí, la agorafobia es suficiente para mí”, dice en “Whisky y anfetas”), la que se viste con un solo de guitarra breve, pero muy emotivo.

Aunque el tono de la obra es en su mayoría relajado, lento, hay explosiones de vitalidad (“Carta”, “Tiempo”) que aprovechan esa explosión para espetar en el rostro:  “Pasa el tiempo y no me cansó de alzar alto mi tarro, de abrazar a mis amigos, por las calles de Analco aunque muchos ya se han ido y otros tantos están empastillados”, pero son composiciones en las que la guitarra de su tocayo Iván Carrillo hace de las suyas y crea sedosas melodías sobre las cuales viajar cómodamente mientras el otro Iván canta “tu vestido es muy floreado para las almas nocturnas, quiero que muevas esas botas, entre las botellas rotas bailemos rocanrol y cuando apaguen la luz yo estaré ahí, pidiendo una copa para brindar con la loca que quiero a morir” (La loca”). En “Gato”, macerada con otro espléndido solo del instrumento de seis cuerdas, canta: “Quiero salir a la calle con la luna en ascenso, buscarte en las sombras de los bares del centro, salir a la calle como gato sin dueño” y en la lenta “Vendrá la muerte”, sin tapujos dice: “Con un beso se irá nuestro aliento, como en un verso fugaz lo sublime está en el silencio. Vendrá la muerte y no habrá dolor, firmará nuestro lienzo. Ponte guapa porque vendrá, vendrá la muerte, vendrá la muerte y vendrá por los dos”.

Hay en sus composiciones invocaciones a la cultura rockera y en sus letras, además de la noche, el punk es un personaje más. También,  de manera explícita, encontramos referencias a Dylan (Bob), “Mr Tambourine Man”, Los Gatos rockabilly, el foro Karuzo (espacio vital para la cultura subterránea en Puebla); pero lo que abunda en Ciudad soledad es el toque íntimo, el verbo oracular, la frase que no buscas pero llega cuando la necesitas, el linimento para esa herida reciente o añeja.

Obra en construcción la de Iván García y Los Yonkis que da pasos firmes hacia adelante y en cada acometida hace a un lado aquello de que su placa anterior era la más lograda. Él y sus compinches están por escribir lo mejor.

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Publicado en: Disco de la semana