Sonidos de Babel
El Rock ’n’ Roll de John Lennon

Para la cultura del rock, John Lennon es lo que Leonardo Da Vinci para el Renacimiento, Duke Ellington para el jazz, Orson Wells para el cine, Jimi Hendrix para el blues o Molière para la comedia.

Bajo la influencia de Bob Dylan, en 1965 Lennon –el rebelde, el “burro” de la escuela, el loco, el terco– inyectó en la música de Little Richard y Elvis Presley la dimensión moderna de las palabras: su yo esencial. Tras “She loves you, yeah, yeah, yeah” llegaron así, de manera intempestiva, “Revolution” y “All You Need Is Love”. Entonces, la irrupción planetaria de la beatlemanía reveló que más allá de las populares composiciones del binomio con McCartney y de las escandalosas greñas y los incomparables arreglos de George Martin, más allá de una imagen particular impuesta por el manager Brian Epstein, de la voz fresca de Paul, del sonido de George o del carisma de Ringo; más allá del talento en conjunto, una conciencia comunitaria permeaba y catalizaba todo lo que la nueva generación de la posguerra significaba.

Lennon tenía veinte años cuando reclutó, fundó, bautizó, concibió y dirigió a los Beatles, el grupo de rock más importante de la historia. Fue su alma, portavoz, pensador y provocador.

El devenir de la música y de la cultura popular no hubiera sido nunca lo que fue sin el Dr. Winston O’Boogie, como John se hizo llamar en algún momento. Toda una ola se levantó detrás del talento lennoniano. No obstante, luego de los Beatles Lennon rara vez igualó lo que hizo con el cuarteto. Después de ellos, sólo produjo discos a los que caritativamente se les puede llamar sui generis, en una errática carrera solista de 1970 a 1980.

Cabe apuntar de paso que, a su vez, la discografía solista de su ex compañero Paul McCartney es, en comparación, de lo más insípida. Aunque también en el caso de Lennon se hizo sentir la crisis de la separación de los Beatles: amarga, existencial, marcada por la plena desconexión emocional y afectiva.

La de John es una obra impudorosa, creada en el diván, en pleno desfile de miedos y demonios. Sin espíritu rockero. Fue el punto culminante en el cual se mezclaron el amor obsesivo y apasionado por la señora Ono (una artista cuyos conceptos jamás habrían salido del agujero en el que estaban, de no haberse ella aprovechado de la fama de su marido), la desintegración del grupo y las canciones para festín del psicoanálisis. El ex beatle trastornado –sin brújula y sin horizonte– fue puesto a fuerza en la realidad tras una cura de electroshocks.

Llegó a Nueva York con su apéndice nipón. Se cortó el cabello y se rasuró la barba. Produjo Imagine, un disco límbico y naïve, níveo y aséptico, sin la mácula de algún aventurero cuatro por cuatro. Las abuelas lo compraban y lo regalaban a sus nietas. Comenzó su mistificación. La crisis de inspiración ya llevaba demasiado tiempo. Abbey Road había quedado muy lejos. Sin embargo, no hay mal que dure cien años.

En un momento de lucidez, el de Liverpool se separó de su mujer y volteó hacia las raíces para comenzar de nuevo. Decidió entonces grabar un álbum de rock and roll, con versiones de temas clásicos. Así comenzó la génesis del que sería por mucho el mejor disco de John Lennon sin los Beatles.

El músico quiso dejar todo el trabajo y los arreglos a Phil Spector, con quien se había disgustado en grabaciones anteriores. No obstante buscó reconciliarse con él, a fin de revivir el ambiente de las sesiones mágicas con las Ronettes, cuando grabaron “Be My Baby”.   Spector aceptó tras alguna insistencia, con la condición de que John se contentara solamente con cantar. El legendario productor había decidido abandonar la música después de su primer “fracaso” comercial (“River Down, Mountain High”, la canción que a la postre hiciera célebres a Ike y Tina Turner), tras doce años continuos de números uno en las listas.

Le hizo falta un Lennon arrodillado para regresar y su talento iluminó de nuevo los tracks hechos por John a continuación. Todo el supremo álbum Rock ’n’ Roll está marcado por la huella de Spector, por el sonido único de su estilo. Estos grandes espíritus realmente se reencontraron después de algunas colaboraciones tormentosas (como la del álbum Let It Be de los Beatles). La tradición spectoriana resucitada con los arreglos adecuados y 28 músicos, la crema de la ciudad de Los Angeles.

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No obstante, en una crisis de paranoia, Spector (como loco de atar) desapareció con todo y las cintas de grabación. Trastornado, John se fue a embriagar en compañía de otros santos bebedores. Tras sendos bandazos, regresó a Nueva York, donde sus escapadas nocturnas entretuvieron a los periódicos amarillistas y grabó otro fracaso, el irregular y discutible Walls and Bridges. Terminado este, Phil Spector reapareció y devolvió las cintas de Rock ’n’ Roll. Pero ya no le gustaron a John, quien decidió no editarlas y regrabar todo el álbum sin Phil (excepto cuatro canciones: “You Can’t Catch Me”, “Sweet Little Sixteen”, “Bony Morone” y “Just Because”). Por lo tanto, este disco, si bien inspirado en el sonido Spector, es una producción de John Lennon, aunque la sombra del primero se manifiesta a lo largo de la obra.

Rock ’n’ Roll, con sus tributos a Chuck Berry, Fats Domino, Buddy Holly, Little Richard, Gene Vincent y algunos iconos del soul como Sam Cooke, Lee Dorsey y Lloyd Price, tuvo un éxito enorme y a John le fue tan bien que subió al escenario del Madison Square Garden. Todo gracias al rock and roll.

Sin embargo, poco después la magia volvió a desaparecer. Lennon, el rocanrolero, se enterró a sí mismo justo en aquel momento. Dejó de ser. Le vendió su alma al dios de los plumeros y las escobas. John y la señora Ono se reconciliaron, obtuvo su tarjeta de residencia en los Estados Unidos, encontró a un médico que curó la esterilidad de la japonesa y engendró un hijo: Sean.

John Lennon desapareció de la vida, optó por la nada, se enfundó en un mandil y se ocupó del vástago de tiempo completo, mientras ella se encargaba de los negocios. En 1980, tras cinco años de silencio y kilos de pan hecho en casa, sacó un nuevo álbum, Double Fantasy, un verdadero cuento de hadas dictado por la señora Ono y que se le convirtió a John, a final de cuentas, en la crónica de una muerte anunciada.

Sólo tenía 40 años.

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Publicado en: Columnas

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