El diablo, una escalera, las matemáticas y la música

Las matemáticas, confieso, me resultan un galimatías y no deja de sorprenderme la estrecha relación existente entre éstas y la música. En estado puro, son las causantes de dolores de cabeza para la mayoría. Sin embargo, hay quienes son capaces de conjugarlas, reconciliarlas, hacerlas amigas… y tornarlas indispensables.

La breve descripción que The Devil’s Staircase (La Escalera del Diablo) hace de su forma de trabajo parece tomada de un libro de álgebra o de algún oscuro tratado: “Que las matemáticas y la música estén relacionadas es bien conocido. Sin embargo, la base de las matemáticas es la geometría de Euclides: los puntos, las líneas rectas, las curvas suaves. En la naturaleza, las formas no son así. Son figuras escabrosas, de alta complejidad que sin embargo existen en toda ella y que se pueden obtener mediante simples reglas matemáticas, repetidas un gran número de veces, y errores estocásticos”.

Fotografías: Cortesía The Devil’s Staircase

No se amilane, lector; aguante un poco más. Sigue el comunicado: “Esta es la fórmula de composición de The Devil’s Staircase” y es una nueva forma de emplear la matemática para componer (no de manera algorítmica, sino deliberada y humana). Al mismo tiempo, es un ensamble científico también: la música ha abierto puertas en la investigación de sistemas dinámicos. La composición ‘Morse’, basada en la secuencia Thue-Morse, abrió las puertas para que se diera  una publicacíon en el Journal of Mathematics and Music (2020) y más por venir”.

En un territorio menos abstracto, The Devil’s Staircase es un grupo en el cual tres de sus integrantes son académicos de tiempo completo: Aaron Geller (guitarra; Might Could, Funk Ark), Luis Nasser (bajo; Sonus Umbra, Luz de Riada), Tim McCaskey (guitarra; Sonus Umbra, Might Could). Completan la banda Ramsés Luna (synthsax; Luz de Riada) y Mattias Olsson (batería; ex Anglagard). Edgar Arrellín Rosas, en la ingeniería de audio, es el responsable de unir este trabajo nacido en la distancia, pues sus integrantes viven en distintos países.

Ahora han puesto a circular una placa homónima (The Devil’s Staircase, 2020), en la que las avenidas de la fusión, la experimentación y el progresivo en su veta sinfónica se cruzan continuamente, para trazar un mapa marcado por una energía extrema: saben utilizar la potencia, pero sin abandonar la musicalidad. En “Rule 34”, por ejemplo la introducción trae a la memoria a Mahavhisnu Orchestra, pero la referencia se rompe de inmediato por los constantes cambios de tiempo, la incorporación de una guitarra ácida, sicodélica, cercana al heavy metal y el synthsax que suena a violín.

Esta cruza entre elementos de jazz rock, una veta progresiva-sinfónica (aunque sin rimbombancia) y destellos experimentales son el sello de la banda. Con esa premisa, que en realidad es mucho más compleja [el grupo describe este corte como: “Los autómatas celulares, el rock progresivo y otros ingredientes secretos se dan un encontronazo bajo la regla del internet que dice: para cada tema publicado en la red, existe pornografía”], el quinteto nos conduce por temas vigorosos (“Room 104”), pasajes con visos de música del mundo aderezados con otros más agresivos, en un continuo vaivén que da a la música un carácter más robusto y que encuentra, en una mayor extensión de la misma, las posibilidades de desarrollarse y crecer aún más y cuyo mejor ejemplo es “Cantor Dust”, trepidante composición que logra combinar una brutal energía con espacios de enorme musicalidad.

En “Morse” —que  ellos llaman “el primer capítulo en nuestra exploración de la sinergia entre secuencias binarias, sistemas dinámicos y la música”—, tenemos un coro de voces virtuales generado por el synthsax y aquí los cambios de tiempo y ritmo generan la impresión de que la composición se desdobla para dar paso a una nueva en la que se intercalan algunos breves solos de las guitarras que conviven con esa demostración de fuerza que hay en casi todas las composiciones de la banda.

De Chicago, a Estocolmo y de allí a Santiago de Chile y viceversa, la pistas de esta música viajaron muchas veces hasta llegar finalmente a Ciudad de México, donde la mano de Edgar Arrellín se encargó de imprimirles el trazo final. El resultado es desafiante, juega con el escucha, la música le coquetea, le lanza guiños, flirtea con él, promete pero no dice cuáles son sus exigencias.

“¿Quieres escuchar geometría fractal y física no lineal en el lenguaje de la música?”, preguntan estos cinco y la boca empieza a salivar como si le pusieran a uno enfrente esa fémina o varón largamente deseado, sin percatarse de que a tan intrincada pregunta y con semejante apariencia habrá que decir que sí.

Entonces uno camina ansioso tras el promisorio fruto y al llegar a la antesala de aquello anunciado como el paraíso, una voz grave nos recuerda uno de los requisitos: “Desciende por la escalera del Diablo”.

Nadie dejará escapar la oportunidad. Ya adentro, sólo queda dejarse llevar por este furioso ciclón. No hay posibilidades de salir indemne en este descenso-ascenso, tampoco hay razones para librarlo. Los placeres sonoros así son, lo demandan todo, incluso el alma.

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Publicado en: Disco de la semana