José María Arreola y los distintos estados de Hielo

En el principio fue el verbo. Luego el papel. Finalmente la intervención. Así, a grandes rasgos, es el ciclo que hasta ahora ha seguido “Hielo”, poema “expansivo” de José María Arreola, quien ha sacudido los tambores en La Barranca, Monocordio y San Pascualito Rey, entre otras agrupaciones. A él, tal vez por herencia, inquietud, curiosidad, talento o por la conjunción de todo ello, la palabra se le da con igual facilidad que hacer un redoble. El efecto, invariablemente, es el mismo: demoledor.

En 2009, el músico dejó esa piel para envestirse con una diferente al publicar Aire en espera (Rhythm & Books), su primera novela. Siete años después, decidió sonorizar “El imperio del ruido”, cuento que montó en directo —apenas dos presentaciones— en donde rap, rock y hasta algo de sicodelia se confabularon para darle forma (disponible en Soundcloud como “ROBApalabras”). Entonces, quien daba cátedra en el manejo de las baquetas se reveló como un innovador: el cartel promocional traía un código que al escanearse enviaba directo al sitio web para escuchar la obra.

El segundo semestre del año pasado, muy callado, José María Arreola anunció la aparición de “Hielo” que desde entonces ha mutado y hoy navega entre las aguas de la literatura, el libro objeto y el arte sonoro. La edición física, un poster de 60 x 45 ilustrado por Jero Toledo, está limitada a 300 piezas a cargo de la editorial La Hoja Doblada y se conseguirá cuando pase la pandemia en La Tlacuacha, una librería en Bosque de Meztitla, en Tepoztlán.

Sin embargo, los versos han ganado vida propia y en estos momentos de confinamiento, algunas de sus estrofas resuenan con mayor fuerza, aunque al escribirse haya sido otra su intención. Hay instantes que la desazón lleva a su autor a clamar por ayuda divina (“Dios / que entre una bocanada / de tu evangelio en mis pulmones”), pero también a fustigarla: “Padre nuestro / que estás en los suelos / el Gólgota espera / furioso de sed”.

“Hielo” es un retrato de los tiempos actuales, en los que se asienta la paradoja de la soledad en un mundo cada vez más comunicado, las drogas ayudan a escapar de él y éste se muestra descarnado: “Ese niño roto / en la fotografía / clava su mirada / en un algoritmo terrible / nosotros”.

Si hay líneas que el silencio convierte en tormentas y palabras que cual dardos atacan piel y neuronas, cuando la sonora voz de Arreola toma las riendas y se deja escuchar potente como trueno, la oda adquiere nueva identidad. Él grabó el poema a 95 BPM, lo pasó a seis músicos de diferentes tendencias para ser intervenido y quedar plasmado en un álbum editado por Days Whithout End Records, ya disponible en todas las plataformas, con lo cual se convirtió en otro medio.

En Hielo, el álbum, el bajista Alonso Arreola deconstruye el texto, toma algunas frases, las replica-duplica en un ejercicio lúdico que al mismo tiempo genera dramatismo, mientras su instrumento borbotea y un teclado pinta una atmósfera en el fondo. Lari Ruiz Velasco (Tío Gus, Natalia Lafourcade) musicaliza el poema en su totalidad, crea un ambiente inmersivo, una música que por momentos aplaca la voz de Chema Arreola, la cual al llegar a la cuarta estrofa se mueve en una alfombra rítmica, un funk aceitoso a medio tiempo.   Aquí, cada “movimiento” tiene su propio pulso; a veces éste se extiende para transmutarse conforme avanza y va del acid jazz al breakbeat, para cerrar cinemáticamente.

Todos juegan con el poema, ya sea con partes del mismo o con la totalidad, crean diferentes capas de ese frío bloque, lo reconfiguran. Alex Otaola (Santa Sabina, Cuca, entre otros) lo envuelve en un aura electrónica cercana al drone, una edificación cibertrónica de esta odisea que bajo ese formato se acerca al Apocalipsis. Lo que Otaola perfila, Jairo Guerrero, alias Techxturas Sonoras, lo redefine como un track para la pista de baile, lo extiende, lo arropa con una plétora de ritmos bailables, le insufla no solo contemporaneidad, sino también futurismo en donde el eco y los beats incluso le dan un tono sensual y hasta surrealista, porque la voz se vuelve un elemento sonoro más. Con unas cervezas encima y de madrugada, hasta se podría bailar.

Andrés Loewe, por su parte, con su saxofón, más el apoyo del guitarrista Juan Manuel Ledezma, refuerza la voz de José María Arreola, ralentizada, y le añade ambientaciones a cada pasaje, con efectos, algo cercano a un canto mongol y en sus manos la voz, sin dejar de ser la protagonista, se integra, como si se camuflajeara, al tapiz sonoro.

Raul Vizzi (Orquesta Mexicana de Tango, Quinteto Entretango), como Lari, toma todo el poema, incluido el epígrafe inicial, pero lo tiñe con otras connotaciones. El bandoneón imprime tonos más tristes, oscuros, y hace todavía mas sombrío este monolito que al final se ha convertido en pesado iceberg.

Maleable desde su concepción, “Hielo” es una composición que al materializarse rápidamente se transformó. Nació de la oralidad y en su ritmo ya llevaba implícita la música. Hoy, mudado en arte sonoro, recupera su esencia primigenia y se eleva, con nuevos ropajes, a otra dimensión, a esa que ha llevado a su creador a decir, no sin razón: “En adelante, ‘Hielo’ mutará las veces que su autor lo desee y en los formatos que su cabeza diseñe”.

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Publicado en: Disco de la semana