Desde el principio, Pearl Jam era diferente a cualquiera de las bandas grungeras con las que normalmente eran amontonadas en los medios. Los de Washington eran más hipnóticos, más melódicos y elocuentemente más tradicionalistas, en deuda con el rock clásico en su sonido más elemental. Rápidamente se convirtieron en favoritos de las estaciones de radio, en un momento en el cual nadie estaba seguro de lo bien que los viejos y los nuevos guardias se codearían juntos.
Los principales “contrincantes” eran Nirvana y Soundgarden, mismos que traían raíces basadas en el punk y el metal. Pero Pearl Jam suministró una ruta más directa a todos esos fanáticos forevers criados en The Doors y The Who. Esto les proveyó de una carrera más larga que la de la mayoría de sus fraternos grunge, los cuales se desconectaron del mundo antes de que se liquidaran los años 90.

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Pero esta longevidad también le ha dado al quinteto muchas oportunidades para alejarse de las expectativas sonoras en las últimas tres décadas. Además de ser —ocasionalmente—sobresalientes, sus álbumes han sido desafiantes, imponentes y muchas de las veces desconcertantes. La banda nunca ha sido nada menos que interesante; sin embargo ¿cuándo fue la última vez que pudiste tararear una canción de Pearl Jam?
Gigaton, su undécimo álbum —y el primero en siete años—, no es un regreso a sus días de gloria: (Ten/Vs/Vitalogy/Lightning Bolt). Tampoco es una recopilación de los dos discos con los que terminaron su década inaugural, pero es un viaje musicalmente aventurero que lo sitúa como su álbum más satisfactorio desde el Backspacer de 2009. Este es el rock n’ roll del siglo XXI, con conciencia y propósito y, sí, suena a polvo estelar, de ese que no se desperdiga con el tiempo, sino que sigue flotando por el universo hasta el final de la materia; suena incluso más relevante que la mayoría de la música hecha por cualquiera de los colegas de Pearl Jam que todavía están en pie.

Las mejores canciones del álbum llegan de manera prematura: el grunge actualizado de “Superblood Wolfmoon” y ese ripeo a la Talking Heads que es “Dance of the Clairvoyants”, en la que la influencia de Eddie Vedder es, efectivamente, David Byrne, tanto que los tics vocales de éste casi se interponen en el camino con las guitarras de Stone Gossard. En la abridora “Who Ever Said”, todas las guitarras ardientes y la furia sincera allanan el camino para que las cosas vengan con mejor ánimo.
Estos momentos temperamentales se dividen entre cortes más arriesgados, como el meditativo “Seven O’Clock”, adornado con armonías de sonido como tolvaneras, y el repliegue “Never Destination” que se carga en el álbum como una toma más de la era Vitalogy, con voces que refunfuñan y riffs de guitarras distorsionadas.
Desde el derretimiento de la capa de hielo polar en la portada del LP hasta la mayoría de los temas, Gigaton es el álbum-natura de Pearl Jam; específicamente, se trata del cambio climático y los efectos que está teniendo en el planeta: “Siete mares se están levantando / Futuros que desaparecen para siempre / Siente el retroceso por todas partes” y como muestra, otra canción ya recorrida: “Los océanos se alejan / Las olas ruedan en mis pensamientos. Mantenga apretado el anillo … / El mar se elevará…”. Rara vez son imprecisos acerca de sus intenciones, pero a veces apuntan a quema ropa: “Crucé la frontera con Marruecos / Cachemira y luego Marrakech / Hasta dónde teníamos que ir entonces / Para encontrar un lugar al que Trump aún no hubiera jodido”, canta Vedder en “Quick Espace”.
Todo en Gigaton es muy oportuno, así como nostálgico, y en el cierre de “River Cross”, guiados por un órgano vital, lo envuelven todo en una solemne elegía sobre la reflexión, la pérdida y el continuar. Pearl Jam marcha hacia una nueva década con este álbum, con el mismo espíritu de lucha que ha hecho de esta pandilla una de las agrupaciones más populares del mundo en los últimos treinta años, pero también se percibe una sensación de arrepentimiento y de seguir adelante a pesar de todo.
El nombre de la banda, garabateado en la portada del disco, parece que está a punto de ser una línea plana que simula un paro cardiaco. Eso no es tan sutil, pero la franqueza siempre ha sido uno de los mayores atractivos de Pearl Jam. Como la mayoría de sus álbumes, Gigaton equilibra la sinceridad de la vieja escuela con la introspección de los adultos mayores (sí, ustedes señores, que crecieron usando camisas de franela bajo el sol y ahora se quejan de los cortes de pelo del trap). Nunca ha sido un discurso forzado y nunca se bloquean aquí.
Jamás se han inclinado por complacer a nadie más que a sí mismos, hay que tenerlo en cuenta, y de alguna manera todavía encuentran innumerables seguidores. Este disco no cambia nada de eso. Pearl Jam se ha ganado ese derecho a lo largo de los años, así como el respeto de tus hijos. Gigaton es un ministerio de lucha sindical en un mundo que ha cambiado drásticamente.
Sólo una precisión: Stone Gossard no toca la guitarra en «Dance of the Clairvoyants», toca el bajo. Saludos.