Jeunesse adieu jasmin du temps
J’ai respiré ton frais parfum
—Guillaume Apollinaire

El Warfield abrió sus puertas en San Francisco, en 1922, como el más importante teatro de vodevil de la ciudad. En aquellos años desfilaron por ahí Louis Armstrong, Charles Chaplin y Al Jolson, entre muchos más. En 1979, Bob Dylan presentó catorce veces su Gospel Tour y en 1980 repitió con doce actuaciones de A Musical Retrospective Tour. Asimismo, fue el escenario predilecto de Jerry García y su banda ácida Greatful Dead que hizo de ese espacio su casa lisérgica. Después pasaron por allí Guns & Roses, Nirvana y múltiples grupos de heavy metal. Un teatro con historia.

¿Cuál es el secreto de ese recinto? Su capacidad. Con sólo 2,300 butacas, en el Warfield los conciertos son más íntimos, casi como si fueras al cine; es decir, allí se destila un rock para iniciados que buscan escuchar a su banda favorita, de cerca, a un volumen tolerable, y simplemente gozar de las canciones que ya conocen. No dejarse llevar por el espejismo de la multitud, las bocinas estridentes o las luces fosforescentes e insomnes. Por eso llegó hasta estas latitudes el Tri, sin pompa y circunstancia, a festejar sus Bodas de oro. Y los recibió la banda chicana (e invitados) que habita en el Área de la Bahía. Bienvenidos a la tierra de Aztlán.

Noche por meses esperada. La ciudad de San Francisco, donde sólo es real la niebla, despejó sus brumas y nos otorgó un aire transparente y templado, ad hoc para el deleite musical. Nosotros nos desplazamos desde Oakland en el BART, serpiente submarina de acero que cruza el mar por cerca de diez minutos, diez kilómetros, un portento de la ingeniería gabacha. Al llegar a la estación Powell, recordé el verso de Papasquiaro: “Escalinatas del Metro: mis sonrisas”. Y ascendimos. Powell Street es famosa por el tranvía que sube y baja por estrechas y empinadas calles de San Pancho desde principios del siglo pasado. Un símbolo urbano que atrae anualmente a miles de turistas. Sin embargo, cuando oscurece rondan por ahí otros gatos, más pardos: homeless, drogos y prostis (de todos géneros) que surcan la calle de Market y deambulan por el Tenderloin de la ciudad; el lomo tierno de San Francisco.

No nos detenemos y seguimos directo hacia el Warfield, a unos 500 metros de la estación, donde ya están instalados los vendedores de camisetas del Tri. Un cráneo dorada y el anuncio de  “Medio siglo rockanroleando”. Ni más ni menos. La gente forma una línea primermundista y bien organizada frente al teatro. Tras un cateo propio de aeropuerto, empezamos a entrar.

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Señoras y señoras: el Tri. Alex Lora y sus cuadernos salen después de sus invitados: la Castañeda y las Víctimas del Doctor Cerebro, dos grupos con decibeles tan altos que invitaron a la raza a salir a los pasillos a deambular y platicar, a comprar una chela o a visitar los baños antes del concierto estelar. Valga decir que no había muchos juniors por ahí y que los más chavos y chavas rondaban los cuarenta o más. Es una realidad: los seguidores del Tri ya estamos rucos. Nihil obstat, ondean las tricolores y aletean las águilas, paradas en su nopal. Rola la medicinal y la recreativa, aunque de manera discreta y tangencial. Qué nido de tigres el cannabis. El humito verde, siempre un aliado.

Cómo explicarle a los jóvenes que estos chilangos gordos, calvos, adoloridos, con sus chavas rellenitas y valedoras, fueron los muchachos y muchachas que acuñaron los términos “la chaviza contra la momiza”, los que impusieron los pantalones acampanados y las minifaldas, los copetes largos y las greñas al aire, los que fueron al concierto de Avándaro o lo oyeron por la radio, desfilaban por la Avenida Insurgentes y visitaban Hip 70 o andaban por CU en patines de ruedas, abolieron el baile de parejas y escuchaban Radio 590, “La Pantera” o Vibraciones en Radio Capital, 1290 del cuadrante de Amplitud Modulada. También, cuando salían los discos de acetato de sus grupos favoritos, los abrían de manera ritual, se sentaban a escucharlos frente a la aguja magnética (y mágica) del tocadiscos, para comentarlos, calificarlos y más tarde bailar con ellos en las fiestas, bajo los extraños efectos de la luz negra o las multicolores lámparas de aceite.

Those were the days en que la chaviza, al ritmo del flower power de Sausalito, bajo el lema de “make love not war”, y con la V de la victoria en alto, se lanzaba a la estación del metro Insurgentes a rolar, a la feria de Coyoacán a compartir un helado o un algodón de dulce o hasta a los hoyos funkies de la periferia de la ciudad de México, para escuchar el mejor rock que se pudiera encontrar.

Luego llegó el Lobo Feroz del gobierno, imponiendo su poder a macanazos, brutalmente, el trauma del 2 de octubre del 68, los Halcones, la desbandada y el dream is over de aquella generación.

Algo nos queda: el Tri, una de las pocas reliquias que sobreviven de aquella época. Y esta noche los festejamos.

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Alex Lora demuestra por qué todavía funge como jefe de aquella tribu sesentera y hoy sesentona. Sí, en el Warfield, en este campo de batalla donde hoy los latinx vuelven a ser extranjeros en su tierra, despliega una bandera de México en pleno territorio gringo y hace entonar a 2 mil gargantas el himno nacional a capella. Retiemblan las butacas del teatro al sonoro rugir de la banda. Luego le mienta la madre a Trump e invita a su clientela a mentársela en coro. La raza se estremece, ruge e insulta: “Que chingue a su madre Trump”. En seguida le manda un saludo oficial, de portero de fútbol, a AMLO, para que el grito de puto “se oiga hasta el Zócalo”. El efecto es catártico. Todos los espectadores están de pie. Después del himno la gente se queda parada, ya nadie se puede sentar. 

El concierto arranca con un clásico 12 bar blues: “La raza más chida”. El público prendido y en plena euforia nacionalista entona al unísono: “Los mexicanos estamos hechos de un fibra muy especial / estamos hechos de la mezcla del tequila y el mezcal”. El Tri conoce bien los trucos del blues. Repite dos veces cada verso, con una rima fácil de recordar. Si no te sabías la letra, la aprendes a la segunda y la cantas: “Somos la raza más chida / de todo el reino animal”. Y en el escenario aparece un danzante azteca que ondula al compás de la rola, con un penacho tricolor de pluma viva. Revienta el solo de armónica, seguido de un líquido requinto que desentume los huesos. Y la banda regurgita, salta, se eleva. Luego Alex Lora, con algo de Mick Jagger, de Bob Dylan o de Rod Stewart de los pobres, cuenta que su madre quería que fuera un hombre respetable, arquitecto o doctor: “Mi mente dijo que no / mi cuerpo dijo que no / mi sangre dijo que no / y aquí me tienes en el rock and roll”.

El show estuvo lleno de mentadas, de porras y de vivas. Con su T-shirt negra, el Tri al frente y la Guadalupana por la espalda, Lora se desgañita y le grita a su audiencia: “Viva la Virgen de Guadalupe”, “Viva Hidalgo”, “Viva Morelos”, “Viva Villa”, “Viva Zapata”. Tiene bien elegidos sus ídolos y termina con un estruendoso, “¡Viva México, cabrones!” que enardece más a la raza. Luego se suelta con un boogie bien antiguo: “Soy un perro negro y callejero / sin hogar, sin dueño y sin dinero”, una de las piezas más remotas del conjunto que entonces obedecía al nombre de Three Souls in My Mind. Lo sigue con otro viejo rock, en el que se burla de sí mismo… y de nosotros: “Pobres de los viejos / ellos no lo pueden entender / que soy un chavo de onda / y me pasa el rock and roll”. ¡Ay!, aquella expresión “me pasa tu onda”. Qué lejos suena hoy.

Al igual que conjuntos como Maná, Caifanes o Molotov, el Tri se avienta un par de refritos rancheros, rockanroleados. Así, de repente oímos un “De la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando / Un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando”. Ayayayay. Los salva la solidez rockera de la banda, bien tight, y la voz aguardentosa de Lora que no deja espacio libre para la cursilería. Y cuando empezamos a pensar que están haciendo tiempo o ya se están rayando, se escucha: “México lindo y querido / si muero lejos de ti / que digan que estoy dormido / y que me traigan al Tri”.  Otra de las cualidades de Lora, su humor preciso y el albur justiciero. “No se oyen las palmas, banda / con huevos… ¿o qué, no tienen?”  Aprovecha las risas para saludar a las damas y  exige aplausos para ellas. Pide “una pinche ola”. Ululean los brazos en el navío roquero: A sail: a veil a wave upon the waves que diría el maestro J’ice. Agradece la presencia de las bellas, comme il faut: “A todas las nenas rockanroleras que vinieron esta noche a festejar con el Tri, a todos los bizcochitos que nos acompañan”. La banda ruge, brinca y repercute. “Y los que no griten es que no les gustan, ¿o qué?”.

Ya más alivianado el público, el jefe Lora, con buenas tablas y añejado, toma una guitarra acústica y empieza a entonar sus éxitos clásicos, los que sabe que electrizan la memoria. Empieza con otro 12 bar blues a intervalos de armónica, requinto y piano: “El cantinero”, una rola que pareciera escrita por José Alfredo Jiménez: “Oye, cantinero / sírveme otra copa por favor / quiero estar borracho / quiero sentirme de lo peor / pues la mujer que quiero / con otro se fue a parchar”. Un blues de borracho despechado, cuyo final se resuelve con alta comicidad: “Óigame, señor / yo a usted nada le puedo servir / este manicomio / no tiene servicio de bar / y no soy cantinero / soy el loquero de este hospital”. La  banda ríe, se estremece, le celebra sus andanzas al chief Lora, por su humor, su energía y su capacidad de seguir satisfaciendo a la afición.

Después empieza a rondar la nostalgia. Le rinde homenaje a Rockdrigo González, muerto en el terremoto de 1985: “Allá en la estación del metro Balderas / allí quedó embarrado mi corazón”. Continúa con “Triste canción”, iniciada con un solo de violín que se eleva por los aires. La raza canta con él: “Ella existió sólo en un sueño / él es un poema que el poeta nunca escribió / y en la eternidad los dos / unieron su almas para darle vida / a esta triste canción de amor”. El teatro es una sola voz. Si hay una rola que todos conocen, es ésta. Y el Tri lo sabe, y lo saborea con sus añejos seguidores.

Sale Chela Lora, esposa del cantante, y nos urge a celebrar los 50 años de El Tri.  El “Agustín Lora” de nuestra generación vuelve a salvar el momento cursi al llamar a su media naranja, “mi domadora” y plantarle un beso ante el que todos asienten. Para bien del espectáculo, este festejo es breve y sin excesos. Chela se retira hacia un lado y acompaña a la banda en sus dos temas finales, llenas de nostalgia juvenil. “El ADO”, puro blues lamentoso en el que se lucen la armónica, el requinto, el piano y hasta la bataca. “No me he podido consolar / desde que mi novia me dejó / Estoy esperando mi camión / en la terminal del ADO”. Y Lora, con su trémula y patriótica greña, aprovecha para presentar al grupo que lo acompaña: Rafael Salgado, armónica; Eduardo Chico, guitarra; Oscar Zárate, guitarra; Carlos Valerio, bajo; Lalo Toral, piano; Chela Lora, coros; Alex Álvarez, violín;  Felipe Chacón, batería.

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El público sabe que el concierto se acaba y el jefe Lora anuncia que los del Warfield le dieron hasta las once de la noche y va la última, otra pieza lejana, de sus inicios musicales: “Turutu / turututurutu / turutu / fuimos parte de la misma historia / íbamos en la misma prepa / yo siempre fui una lacra / y tú eras del cuadro de honor”. Tal vez lo más chido de esta rola es que, en verdad, íbamos en prepa cuando por primera vez escuchamos al Tri: “Las piedras rodando se encuentran / y tú y yo algún día nos habremos de encontrar / mientras tanto cuídate / y que te bendiga Dios / no hagas nada malo que no hiciera yo / Turutu / turututurutu / turutu” Y así es, hic et nunc, tantos años después, nos volvemos a encontrar.

El Tri se inclina y se despide. Y no lo regresa ni con chiflidos o aplausos. No hay encore. Ni un pobre pilón mexicano. Minutos –segundos– después, los bouncers del Warfield, disfrazados de civiles, esperan a los que fueron al baño para escoltarlos por las escaleras hasta la salida del teatro y cerrar las puertas. Extraña visión, al llegar a la calle, la marquesina del teatro ya no anuncia al Tri, sino al grupo que tocará a la noche siguiente. “Qué efímero es esto”, dice un camarada del grupo.

Con esa frase, nos lanzamos pensativos hacia el metro. Parafraseo a Papasquiaro: “Escalinatas del Metro: mis tristezas”. Descendemos. Nos despedimos. Cada uno va en diferente dirección: Richmond, Vallejo, Lake Merritt, North Beach”. La noche sigue templada y transparente, aunque ahora más solitaria.

Ya en Oakland, fuera del metro, la luna de octubre brilla en las alturas. Camino hacia la nave, para volver al chante. “¿Será que el Tri y su rock & roll son tan efímeros como las tres horas que duró el concierto?”, me pregunto mientras abro la puerta del auto. Albañiles del recuerdo, construimos puros fracasos triunfales. Como hoy. “No”, me respondo. “No es el Tri ni el rock & roll lo que es efímero, somos nosotros mismos. Y no hay encore”. Con este pensamiento en la cabeza, arranco el motor. Y me voy.