Hay agrupaciones que al editar sus discos deberían colocarles una leyenda en la cual se advirtiera de sus efectos. Una etiqueta en la que pudieran englobarse las consecuencias de acercarse a esos álbumes y no la tarugada inventada por el Parents Music Resource Center y su caduco consejo de “Letras explícitas”.

Un sticker que dijera algo así como: “Cuidado, esto puede cambiar tu vida… para siempre”. De existir, seguramente la discografía de Parazit —en otros idiomas el vocablo significa ruido— estaría colmada de esos pegotes.

Fotografías: Cortesía de Parazit

Oriundo de Guadalajara, el grupo surgió en 2010 con la idea de formar un trío instrumental sin reglas y en el que la música fuera la encargada de hablar. La alineación original se conformó con Alex Reyes (guitarra), Kello Gonzalez (bajo) y Christian Gómez (batería), alineación con la cual grabaron un par de placas: A Fractal Journey of Light and Noise (2012) y Amateur Radio in Space (2015). Justo después de la salida al mercado de esa segunda referencia, el conjunto sufrió un cambio cuando en lugar de Alex Reyes se integró José Macario. Desde entonces, han aparecido dos registros más: Paradigm Paralysis (2017) y Aural Coincidence (2018).

Decíamos que en cada una de las grabaciones de Parazit debería encontrarse una etiqueta en la cual se advirtiera que esta cauda de sonidos es capaz de volarle a uno la cabeza. De entrada, el sonido del bajo produce un rápido símil con Primus, pero pasada la primera impresión nos percatamos de que este monstruo de tres cabezas posee una identidad propia, forjada a cincel en un periodo relativamente corto, aunque es evidente que detrás hay más experiencia (José Macario toca sus canciones en su propio trío, además de hacerlo en Arcadia Libre y Golden Ganga; Christian Gómez y Kello González tocan en Nata y también se desempeñan como músicos de sesión).

Parazit debe manejarse con cuidado y extrema precaución. Su música es demoledora; pero si bien uno de sus componentes es la energía, también encontramos en ella un cuidadoso trabajo de composición que la hace todavía más atractiva. Desde sus comienzos, el trío ha ganado solidez y ello se aprecia en la evolución mostrada en cada uno de sus álbumes.

A guisa de ejemplo. “Sonic Ionospheric Disturbance”, el corte abridor de Amateur Radio in Space posee un sonido de funky dislocado, juguetón, de métrica intrincada y con arranques y paradas continuos. Si uno se ha armado de suficiente valor para hacerla de aventurero y prosigue a la caza de experiencias, se topa directamente con “Dxing”,  en la cual un bajo amenaza con estallar, mientras la guitarra es aullante, chillona y la batería parece no marcar  los tiempos adecuadamente, todo ello signado por un ímpetu cuasi  bailable. Sin embargo, ¿qué clase de cuerpo, de elasticidad, debería tenerse para poder bailar una composición como esta?

Parazit es una entidad agitada, turbulenta, estruendosa por instantes, con temas frenéticos y bañados de un espasmódico funk (“Koutoumukel Radio Relay League”), afanes progresivos combinados con matices de jazz y alardes de virtuosismo (“AO-7”, “ELF”). Ocasionalmente aparece un tema lento (“UHF”) para apaciguar la excitación luego de tanto vaivén.

Si han sido lo suficientemente necios para no hacer caso a los avisos de precaución y decidieron adentrarse en la música de Parazit, recomiendo hagan una pausa antes de proseguir con Paradigm Paralysis en el que, obviamente, hay una continuidad con lo instaurado en las producciones previas, pero en donde aparece un mayor refinamiento y pulimento en la composición. Por momentos hay más espacios para la respiración, mas los ataques devastadores se mantienen (“Doppelganger”) y aflora el jazz-hardcore (“Supermassive”). Los efectos de la integración del grupo al tocar son evidentes; sin llegar a ser maquinales, en Parazit se “siente” cómo esa comunicación redunda en beneficio de su quehacer y explota como granada, pero en lugar de alejarse de estas esquirlas, valdría la pena dejarse impactar por ellas.

Es cometido del grupo —y casi siempre lo logran— hacer mella, dejar una impronta difícil de olvidar. Tal vez por ello en su bandcamp pueden escucharse tres grabaciones en directo porque, afirma, Kello González, “cada que lanzamos un nuevo disco y empezamos a armar las canciones para tocarlas en vivo, éstas agarran nueva vida.   Para plasmarlo tratamos de hacer sesiones en vivo que muestran cómo las composiciones mutan con el tiempo”.

La más reciente grabación de la banda es el ya mencionado disco Aural Coincidence, cuyo comienzo es verdaderamente agresivo, incluso tiende a los territorios de un metal extremo. Sin embargo, la sutileza no se abandona, la encontramos en ligeros guiños a otras culturas (“DMBT”) y la presencia funk se mantiene (“The Ghost Machine, con un tremendo solo de guitarra). Hay composiciones con un tono urgente como “Kauso”, tan apremiante y vital que parece que el todo habrá de resquebrajarse por la velocidad con la cual es entregada.   “Quark Soup” (con Adrián Terrazas en saxos) es un funk perverso, ideal para enamorar a una/un extraterrestre en un bar alienígena; “Summum (Ruinae)” y “Acerbic Wit” son buenos ejemplos de progresión en el siglo XXI y la colaboración con el guitarrista Tonio Ruiz (“Uhorligathirst”) añade fuego a eso que ya es conflagración.

Parazit es una banda de excesos, nada se da allí a medias tintas. Ni siquiera se puede pensar que a uno, a cualquiera, le pudieran gustar más o menos. Se les abraza o se los desdeña y es que al momento de hacer un balance, desconocen el significado del vocablo contemplación: “Seguimos firmes en nuestra cruzada de hacer música sin reglas, sin seguir modas y para complacer nuestros deseos musicales solamente. Hemos tenido la fortuna de que cada vez más personas se suman a nuestro gusto por esta música y lo seguiremos haciendo hasta que no haya más”.