Belafonte Sensacional es una banda capitalina que toma su inspiración del barrio, de lo marginal y de la literatura. Pero actualmente, en vísperas de su segundo disco, el grupo lidia con la extinción. Israel Ramírez, su vocalista, líder y brújula inmoral, habla del posible ocaso y otros aspectos de la banda en un tianguis de Iztapalapa.

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Israel Ramírez camina entre los puestos. Va con calma, volteando hacía los productos coloridos que descansan sobre tarimas. Entonces se detiene a mirar algo, continúa y luego se detiene a levantar otra cosa. Curiosidad, como cuando era un niño que venía aquí mismo, al tianguis de Santa Cruz Meyehualco, con su papá o sus primos a chacharear.

“Aquí vendí mi infancia”, dice. Y recuerda esa colección de G.I. Joe que “por querer sentirme maduro” vendió a los trece años. Luego señala una pila de historietas y confiesa que de ellas le gusta más el arte que los argumentos, pero atesora una de Superman porque fue publicada el día que nació.

Fotografías: Yair Hernández

Cuando da con varios cassettes apilados en el piso, asoma una sonrisa y empieza a remover las cajas. Por seis pesos asegura un par: Aries, de Luis Miguel, y una recopilación de éxitos rancheros de Carlos y José.

Este martes, a mediodía, Israel no sabe qué vino a buscar, pero  en una de esas encuentra algo –un aparato, un recuerdo, una idea– que le ayude a su plan: salvar a Belafonte Sensacional, la banda dónde canta sobre todo lo que mira y recuerda.

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En la Calle 63 casi esquina con Calle 14, en la colonia Santa Cruz Meyehualco, Iztapalapa, hay una casa azul.

Hace treinta y tantos años de ahí salía un niño flacucho de tez morena a jugar con otros niños; echaban reta, tocaban timbres y caminaban sin destino por caminos llenos de grafitis y perros huesudos.

Desde entonces, aquel infante sentía fascinación por los cachivaches que le llevaba don Luis, su papá. También por la música que sintonizaba Jovita, su mamá. Por eso, a los diez años, en lugar de perfeccionar trucos con el trompo, prefirió aprender el círculo de Do en la guitarra.

No fue de extrañar que aquel pequeño, al crecer, mantuviera el interés musical, a la par de desarrollar estudios en la carrera de Comunicación. Terminada la universidad, el joven se entregó al trabajo periodístico en la Secretaria de Cultura, mientras transitaba por bandas que tocaban covers de The White Stripes.

Pero pronto decidió dejar de proyectar sentimientos ajenos y empezó a componer sus canciones. Entonces, en 2009, Israel Ramírez fundó su primer proyecto personal: Belafonte Sensacional, como el barco de The Life Aquatic with Steve Zissou (Wes Anderson, 2005), añadiendo un adjetivo que otrora engalanaba publicaciones sobre barrios y traileros.

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A la una de la tarde, mientras el sol atormenta y las marchantas inundan el tianguis, Israel camina hacia los puestos de chácharas, esos a ras de piso dónde igual se encuentra una batería de auto que una colección de tazos o un libro de Carl Sagan.

Ya sabe qué quiere: unos lentes “a la Lennon”.

Entre cámaras Polaroid, perfumes de 50 pesos, muñecos de acción destazados y canciones de Wisin y Yandel, “Isra” recuerda su primer disco de larga duración, Gazapo, editado en 2014: “Te juro que había gente que decía: ‘¿En cassette? ¿Cómo lo va a escuchar la gente?’. Incluso dentro de mi banda”.

Este primer LP tuvo como predecesor un corta duración llamado Le petit riot (2010), en el que ya se notaba cierto interés por lo marginal, lo barrial y lo literario en la música de Belafonte. Gazapo acentuó esos aspectos. Y su más reciente EP, Destroy (2017), los corroboró.

“Jefa, ¿a cuánto ésta?”, dice el a veces llamado “heredero de los rupestres”, mientras señala una grabadora de cassettes.

—Dame cincuenta.

—¿Treinta?

—Dame cuarenta.

Israel desembolsa la cifra y sigue caminando. Cuando se topa con un puesto de comida, revela que el taco parrillero siempre será su platillo de tianguis por excelencia.

“Cuando vengo por acá de chismoso, me pregunto: ‘¿A qué suena (un tianguis)?’.  Y no me suena a rock and roll, me suena más a otras cosas. Hay una parte charanguera, electrónica. Si me suena a rock, me suena a rock urbano. Me gustaría poder imprimir en la música que hacemos todos esos sonidos. A veces siento que la banda no puede abarcar todo eso”.

Pero lo intenta: Belafonte es un enjambre de sonidos que van del punk ramonero al rock urbano haraganesco, pasando por chispazos que remiten a Bob Dylan y ritmos cumbiancheros. Esta versatilidad se debe a su multitud de mentes: siete callejeros —Israel (voz y guitarra), Julio (guitarra), Israel Pompa (bajo),  Cristóbal (batería), Ale (armónica), Emmanuel (trompeta) y Enrique (violencia)—  que reflejan una de las máximas de Ramírez: “En este negocio no puedes hacerlo solo, a huevo es colectivo”.

Tras sortear un puesto de micheladas, por fin aparecen montones de lentes.

“Pero ya no me alcanza para nada”, dice Ramírez.

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Actualmente Belafonte Sensacional, además de la esperanza y única ocupación de Israel, es su principal preocupación: en pos de sacar un segundo larga duración, el grupo se embarcó en una travesía que tiene como meta juntar casi cuarenta mil pesos en un par de meses. Si no se logra, es probable que el navío se hunda.

“Yo creo que quienes tienen más éxito dentro de la escena independiente, quienes han logrado salir del under, son en su mayoría güeritos o de familia adinerada. Esa es mi tesis. Como que todos esos grupitos que les está yendo súper chido tienen una posición privilegiada. Sí, hay quien le chinga muy cabrón y crea comunidad, pero igual yo lo veo como un chip en el que todo es más fácil, no sé si me explico… Acceso a una cultura musical. Está perro encontrar quién se haya labrado desde abajo; tal vez Charlie Monttana, Armando Palomas, ¿Jaime López? Es que se mantienen bien under. Pero yo sí veo esa tendencia: que tienes que tener varo”, expone el vocalista que alguna vez confrontó a Jumbo durante un evento de Circuito Indio, lo que le resultó en un veto por parte de quienes organizan dichos ciclos.

Porque Belafonte se ha labrado desde abajo: en sus inicios, Israel solo con su guitarra, en busca de dónde tocar; luego, con la compañía Sensacional, picando piedra en eventos con amplificadores de 50 watts; y hoy día, ya con mayor estatus y reconocimiento mediático, pero sin un respaldo económico que le permita asegurar un futuro.

“En el DF sí me quieren mucho, pero afuera no me conocen tanto”.

Por eso, además de una campaña de salvación que involucra toquines por toda la Ciudad de México, venta de mercancía y búsqueda de apoyos privados (sin sucumbir ante plataformas de fondeo), Belafonte planea salir a conquistar el país.

Porque necesita dinero. Salvarse.

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Fuera del tianguis, sobre avenida Emita Iztapalapa, Ramírez confiesa que si la salvación no se logra y el septeto que convoca al destroy se extingue, planea seguir individualmente en la música, poniendo cumbia bajo el mote de Santito Reyes.

Además, hace poco se integró como guitarrista a un proyecto llamado Teresa Cienfuegos y las Cobras. Tiene opciones para seguir haciendo ruido.

Pero quiere más a Belafonte e incluso ya tiene el nombre para el próximo disco: Soy piedra.

“Me puse a analizar las doce rolas y todas son… No que las hiciéramos por eso pero me di cuenta que tienen que ver con transformaciones y obviamente no le quería poner Transformación a mi disco. Entonces empecé a buscar y en un libro de Paul Auster encontré una parte que dice que las piedras, como el lenguaje, siempre se están transformando”.

Piedra… y el bagaje musical de Israel: desde “Like a Rolling Stone” de Dylan hasta “Una piedra en el camino” de José Alfredo, pasando por “Las piedras jamás, paloma” del Cucurrucucú y “Las piedras rodando se encuentran” del Tri.

Piedra… y todas sus connotaciones: la droga, la calle, el muro, lapidar, corazón de piedra… Cosas que van de la mano con Belafonte.

Piedra… y casi todo lo que nos rodea.

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En un puente desde dónde se ve el Cerro de la Estrella, Israel se despide: tiene que cruzar para llegar a su barrio actual, Las Peñas; después de pasar una temporada viviendo en el Centro Histórico, hace poco regresó a Iztapalapa para cuidar a Jovita, su mamá.

—Está enferma.

El resto de la tarde debe ayudar a su progenitora a seleccionar cosas para una venta de garaje que planean hacer en su casa, lugar que en un futuro le gustaría convertir en un foro cultural.

Antes de irse, Israel Ramírez se trepa a las rejas del puente y pide una foto. Luego emprende la marcha y se pierde taciturno entre las calles de una de las demarcaciones más peligrosas de la ciudad. Porque de ahí, del barrio, del  tianguis, de una casa azul, de un comic de Superman, de las chácharas, de un piedroso, de los tacos, de un puente, de las lonas con rostros de candidatos, de Michael Jackson, de Carlos y José, de Foster Wallace, de Parménides García Saldaña, de los perros echados en la sombra, del porno, del cabrón que le pegó cuando conoció a su novia Andrea, de todo lo que mira y recuerda, se nutren sus canciones.

Pero, para hacerlas, necesita “varo”.

Y eso es lo que busca hoy, a sus 36 años, Israel Ramírez: salvar a su banda para salvarse él.

 

Yair Hernández
Twitter: @YairHernandezC